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Barcelona, 1995. Tiempo de escándalos políticos y financieros.
Fernando Atienza recibe el encargo de investigar a cierto personaje, tomándoselo
muy en serio y redactando un prolijo informe destinado a un desconocido
pero omnipresente Lector.
Dicho informe se extenderá probablemente por toda la trilogía
El día del Watusi. Por ahora, tan sólo puedo ocuparme
de la primera parte, titulada Los juegos feroces. En ella, Fernando,
el protagonista-narrador, nos cuenta lo que le sucedió durante
un día que le marcó para siempre: el 15 de agosto de 1971,
cuando no era más que un chaval de trece años, habitante
de un barrio de chabolas de los que proliferaban en los cerros que rodean
Barcelona.
Al amanecer de ese día aparece asesinada la hija de uno de los
capos del barrio. Acusan a un personaje cuasi mitológico
a los ojos del narrador, al menos, conocido y temido en los
bajos fondos de medio Mediterráneo, el famoso Watusi. Arrastrado
por Pepito, el Yeyé, un gitanillo cojo y embustero, Fernandito
emprende la búsqueda del Watusi, con el propósito algo confuso
de prevenirle de la venganza del clan. Comienza así una búsqueda
enloquecida por lo peor de Barcelona, chabolas, lupanares, puerto, llena
de persecuciones, violencia, brillantes deducciones detectivescas y hasta
algo de sexo. Todo muy cutre, pero narrado con un sentido del humor magnífico.

Madrid, noviembre de 2002
Tan sólo por la peripecia, las fantásticas aventuras de
Fernando y el Yeyé en pos del Watusi, ya merece la pena leer esta
novela. Es divertida, no dejan de pasar cosas, los personajes tienen una
presencia formidable, la intriga policiaca se sostiene, los diálogos
son ágiles e ingeniosos (y creíbles)... pero, como habrán
adivinado, mis alabanzas no pueden terminar aquí; creo que es una
buena novela, y, como tal, permite profundizar más allá
de la trama ya descrita.
La narración fresca y dicharachera no oculta el fondo de amargo
desengaño: es una novela de iniciación, pero filtrada por
un narrador que ya se siente acabado, de vuelta, que oscila
ante la nostalgia de aquel tiempo en que el futuro todo lo ofrecía,
y la amargura de conocer de qué manera se hizo realidad. Me recuerda
a las novelas de Eduardo Mendoza El misterio de la cripta embrujada
y El laberinto de las aceitunas, pero moderando el desmadre
de argumento y lenguaje gracias a haber adoptado este punto de vista del
narrador.
Sumémosle un estilo cuidado, tanto en los diálogos barriobajeros
como en las narraciones y descripciones, ejemplos de dominio del lenguaje,
de cómo se puede escribir muy bien sin acercarse lo más
mínimo a la pedantería; una recreación excelente
de los bajos fondos de Barcelona en aquella época, y una completa
galería de personajes, y quizá así pueda explicar
cómo estoy deseando poner mis zarpas sobre la segunda parte de
la trilogía.
Aunque puede parecer que nos adelantamos a los acontecimientos,
las partes segunda y tercera
también están reseñadas en mic-culturilla.
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