| Madrid tiene Fortunata y Jacinta; Barcelona, La ciudad
de los prodigios; París, Los miserables; Danzig, El
tambor de hojalata... Para toda ciudad de mediana importancia,
es posible encontrar una obra literaria donde más que mero lugar
de la acción, la ciudad sea uno de los protagonistas (I Teorema
de mic-culturilla).
Aplicando dicho enunciado, cuya demostración queda para una
futura sección de lógica difusa, podemos evaluar la magnitud
espiritual de cualquier lugar habitado.
Armado de este implacable instrumental deductivo, me dispuse a analizar
la importancia del improbable lugar donde transcurrió parte de mis vacaciones,
la noble y leal ciudad de Atlanta, Georgia. Recordando que cierta novelilla
de Tom Wolfe la mencionaba alguna que otra vez, decidí releerla.
No quedé defraudado. A Man in Full tiene todo el derecho
del mundo a llamarse “La novela de Atlanta”. Una
ciudad de espíritu provinciano, que crece rápidamente en riqueza, importancia
y tamaño hasta convertirse en una de las principales metrópolis del país,
es un interesante personaje que, bien llevado, da mucho juego. Y Mr.
Wolfe se dedica a ello con entusiasmo y acierto: describe una ciudad
en auge, dividida como todas en barrios ricos y pobres, dirigida por
una élite económica bastante impresentable y con complejo de inferioridad
siempre respecto a Nueva York, y con el aliciente de una política local
torturada por las complicadas relaciones entre razas.
Midtown Atlanta desde Piedmont Park, octubre 2005.
El mismísimo alcalde, hábil manipulador de las tribus que habitan su
ciudad, es un personaje clave de la novela. En una larga escena, recorre
en el coche oficial la ciudad entera, mostrando a otro protagonista los
barrios más degradados para fundar una de sus tesis: como guía
de la ciudad, A Man in Full cumple sobradamente su cometido,
reflejando a la perfección el espíritu de la Atlanta de finales de los
90 del mismo modo que, por ejemplo, Eduardo Mendoza logró hacerlo con
el de la Barcelona entre sus dos exposiciones universales.
Por supuesto, en sus tres cuartos de millar de páginas hay sitio para
mucho más. Su argumento, enrevesado pero fácil de seguir, se asemeja
a un guión del típico 'blockbuster' de Hollywood,
pecando a mi juicio de demasiado esfuerzo por atar todos los cabos, y
de un uso liberal de todo tipo de afortunadas coincidencias para que
las tramas converjan cuando hace falta: ¡es capaz hasta de destruir media
California a base de terremotos para que uno de los personajes salga
de un lío donde se ha metido hasta el cuello! A partir de ese punto,
la "suspensión de la incredulidad" necesaria para que el lector se interese
por la peripecia sufre un daño irreparable; menos mal que la novela conserva
virtudes que le motivan para llegar hasta el final.
En la trama principal, Charlie Croker, un constructor enriquecido a
base de pelotazos —sin duda, único en su oficio—,
se enfrenta a una más que probable bancarrota, poco ayudado por
su despampanante segunda mujer, amiga más bien de lujos nada baratos.
El capítulo en que el especialista en apretar las tuercas a morosos
del banco acreedor le somete a una atroz sesión de tortura es
de lo mejorcito de la novela. Mientras tanto, la estrella del equipo
de fútbol americano de la universidad de Georgia Tech se ve envuelto
en una acusación de violación, lo que puede hacer saltar
la ciudad por los aires, pues, mientras que él es un negro de
origen humilde, la presunta víctima es la heredera de una de las
familias más poderosas del establishment blanco de la
ciudad. El alcalde (también de raza negra) se ve obligado a intervenir,
aunque siempre en un discreto segundo plano y llevando el agua a su molino.
Escaparate en downtown Atlanta, octubre 2005.
Para dar más sustancia al caldo, tenemos las tribulaciones de
un humilde empleado de Croker, representante de esa digna clase social
inmisericordemente conocida como “white trash”,
convertido en un estoico de libro; los tejemanejes de Roger Too White,
abogado del jugador en líos, un negro aún más pijo como el alcalde; las viles maniobras de un
ejecutivo del banco que en su tiempo libre anda en pleitos de paternidad...
Cómo se las arregla Tom Wolfe para hacer encajar las piezas, aunque a
veces tengan que intervenir las fuerzas tectónicas, queda como ejercicio
para el lector. Tampoco faltan las particulares diatribas cosecha del
autor, contra hippies e izquierdistas de todo pelaje, asemejándose al
típico vejete reaccionario y cascarrabias; debió de pasarlo muy mal allá
por los años 60 y 70...
Como es frecuente en los superventas USA, la complejidad argumental
se ve compensada por la sencillez formal: narrador omnisciente que salta
de la mente de un personaje a la del siguiente según convenga. Sin embargo,
hay otros elementos que le salvan de la atroz etiqueta de best-seller:
la construcción de los personajes, complejos y con buen desarrollo a
lo largo de la novela, y el cuidado puesto en el lenguaje, muy rico en
las intervenciones del narrador y realista en los diálogos: es una buena
novela para ampliar vocabulario, leyéndola en su idioma original. Aunque
con algún reparo, no me arrepiento de haber emprendido tan largo camino:
es una novela entretenida, de las que resulta difícil dejar a un lado,
e ideal para conocer Atlanta.
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