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Michael Moore se hizo famoso en España, o al menos en mi casa,
por el magnífico documental Bowling
for Columbine. Una película muy bien medida, mezclando
la reflexión con la acción y eligiendo bien los ejemplos,
construyendo una argumentación sólida y equilibrada sobre
uno de los males que afligen a Estados Unidos: la proliferación
de armas de fuego y el constante sentimiento de inseguridad a que está
sometida la población.
Uno podría pensar que el libro, como objeto que se lee al ritmo
elegido por el lector, y no a los 24 fotogramas por segundo, es un medio
que se presta más a la exposición detallada y rigurosa,
a la presentación de alternativas, al ensayo de toda la vida, vamos,
y que un autor capaz de bordar un medio complicado como es el documental
cinematográfico, no debería tener dificultades para dominarlo.
En realidad, no hay ninguna razón a priori para pensarlo.
A posteriori, 300 páginas más tarde, tampoco. Moore
opta por lo fácil, por la payasada sin tasa, y llega a hartar al
lector, quien, aunque practique un estilo similar al evaluar a la "clase
dirigente" de su país en el bar, espera algo mejor cuando
se lo presentan encuadernado y en letras de molde.
Empezando por ese híbrido de pucherazo y golpe de estado incruento
que fue la victoria electoral de Bush, el autor pasa revista a los grandes
problemas de su país, algunos particulares de Norteamérica,
los más, universales. Racismo, discriminación de la mujer,
destrucción de la naturaleza, catadura de la camarilla dirigente,
estado de la educación pública, política exterior...
Enumera ejemplos, sugiere soluciones absurdas pero mucho más
encaminadas que la simple hipocresía reinante, abusa de la
ironía de grano gordo tipo "el mundo al revés":
los varones blancos son un peligro, las mujeres disfrutan de todos los
privilegios, etc., un truco argumentativo que por burdo debería
usarse mucho menos a menudo. Y jamás tantas veces en el mismo libro.

No tiene absolutamente ninguna relación con el objeto del artículo,
pero es una bonita cebolla. Enero 2004.
Coincido con Moore en muchos de sus planteamientos, quizá por
eso me ha decepcionado este libro. "Nuestras" ideas merecen
una defensa decente, amigo. Claro que si mi ideología fuera la
contraria, probablemente no habría pasado de la décima página,
tan ofensivo es su estilo. Habría sido curioso leer su análisis
post 11 de septiembre, aunque en realidad no han cambiado tanto las cosas.
Una de las virtudes de Stupid white men es la incitación
a la anatomía comparada: ¿se podría decir que en
mi país (España, anno MMIV) están mejor las cosas?
No. Sufrimos pocas penurias materiales, pero con semejantes guías,
las sufriremos, véase la entrada Argentina. Tenemos políticos
muy corruptos, apoyados en un electorado apático y muy manipulado
por la televisión, una política económica y fiscal
consistente en el trasvase de recursos de los pobres a los ricos, y una
política exterior basada en ser el perrito faldero del más
malo. Que en mi opinión es el peor pecado del gobierno actual:
en lo demás no nos diferenciamos mucho de Inglaterra, Alemania,
Italia, USA, etc., pero este intento de dinamitar la Unión Europea,
probablemente el factor a que debemos buena parte de nuestra prosperidad,
es de una maldad alucinante. Descontentos del mundo, uníos.
Moore finaliza con un sermoncete que anima a la acción, a la participación
cívica, lo cual es curiosamente utópico, tras las casi 300
páginas anteriores. Peor sería caer en el cinismo absoluto,
pozo sin fondo cuya atracción siento cada vez más cerca,
por eso tenemos que convencernos de que todavía queda alguna alternativa,
aunque sea lejana y difícil. No será el partido (social)demócrata
de turno, tampoco un grupo terrorista.
Ya inventaremos algo..., lo que sea.
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