Corre la década de los 70, deprimente en una Unión
Soviética estancada y corrupta. El narrador-protagonista,
joven intelectual de Leningrado ahíto de manifestaciones
culturales disidentes, provocadoras y un tanto absurdas, marcha
al remoto norte de Rusia para recoger las escasas manifestaciones
supervivientes de folclore autóctono.
En la aldea de Mirnoie, cercana ya al Mar Blanco, encuentra un
ambiente desolado de abandono y ruina, un mundo de ancianas olvidadas
que quedaron solas tras la marcha de sus hijos y maridos a la guerra
contra Alemania, 30 años atrás. Pero quien más
le intriga es Vera, la maestra, una bella mujer que todavía
continúa esperando al hombre que un lejano 1945 partió
hacia el frente.
“La mujer que esperaba”, novela breve pero
magníficamente construida, relata el proceso de descubrimiento
de Vera, los vanos intentos de catalogarla en que el lector caerá
al mismo tiempo que el protagonista, frustrados al ir conociendo
más sobre el personaje, que, según avanzan las páginas,
nos revela pliegues y misterios de un destino trágico y a
la vez orgullosamente estoico.

Estampa propia de un bosque nórdico. Puerto de Canencia (Madrid),
octubre de 2005
El protagonista, joven brillante, atrevido y con esa petulancia
que da el saberse parte de la vanguardia cultural de la capital,
se ve transformado en contacto con los habitantes del bosque duro,
pobre y triste. No será capaz de llevar a cabo sus propósitos
iniciales, satíricos y cínicos, al verse reemplazados
por un conocimiento más cercano de esas vidas rotas, cuyo
hundimiento es una metáfora de la situación irreparable
del país.
Como trasfondo, la dureza de la vida en el campo abandonado, en
una sociedad podrida en la que nadie cree. Y una sucesión
de momentos de delicada y sensual belleza entre el fango y la niebla
de las turberas y bosques árticos.
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