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Mario Bellatin :
“El jardín de la señora Murakami”
(Oto no-Murakami monogatari)

Una historia de perfección, refinamiento, tradiciones e intrigas.

 

Esta brevísima novela comienza por el final, con la decisión de la señora Murakami de destruir su jardín. Un jardín tradicional, todo armonía y sofisticación, ocultas tras una aparente sencillez. Y así es este librillo, donde se nos narra la historia de Izu, una brillante estudiante de arte cuya vida da un vuelco tras visitar la colección privada de arte tradicional del señor Murakami y publicar una crítica donde juzga con severidad el criterio del coleccionista.

El lector se sumerje en un mundo de tradiciones minuciosas, donde el color del cinturón del kimono o el orden en que se enciende el número preciso de lamparillas votivas lo dicen todo; tan importante debe de ser, que, cada vez que Izu cruza el umbral de su casa, sus ropas nos son descritas con todo detalle, tanto si lleva el tradicional kimono como si ha decidido vestirse a la occidental, con un abrigo de lana de oveja por ejemplo.

Ceremonia del té

Antigua pintura sobre papel de arroz, representando la ceremonia del té.

No sólo las apariencias externas son descritas con todo detalle; el comportamiento de los personajes, sobre todo las sutiles desviaciones de una tradición tan estricta, deben desvelarnos la clave escondida de la novela. Eso de presentar los hechos de sopetón solamente es propio de los burdos tarugos occidentales. De hecho, el lector, cansado ya de tanto detalle sobre la delicadeza del bordado del kimono de tela gruesa que, siendo de invierno, debería haberse guardado ya, empieza a sospechar algo raro...
Cuando la vieja sirvienta de la familia nos sorprende con una revolucionaria forma de acelerar la Ceremonia del Té —colocando hojas de té en bolsitas de papel, vertiendo agua hirviendo y ¡tapando la taza con un platillo!—, empiezan a saltar todas las alarmas, y cuando el sutil acto de rebeldía del señor Mizoguchi Aori consiste en no cubrirse el rostro con la preceptiva gasa durante la Cacería de Orugas que se celebra los años bisiestos, la novelita, un peñazo orientalizante, se convierte de repente en algo similar al bulldozer que acaba con el famoso jardín de la señora Murakami-Izu.

Y al que esto escribe, le salva el día. Empieza a apreciar, cual gourmet, los continuos detalles de una cultura superior, como las parcelas de medio metro cuadrado en los cementerios, o el uso de ese material moderno y lujoso a la vez que práctico, la formica. Las muestras de aprecio por tan refinada cultura acaban frecuentemente en carcajada, ayudadas por una serie de notas al pie de página que tampoco tienen desperdicio. Se termina releyendo la novela, para poder regocijarse con cada detalle.

Ah, y me apostaría algo a que ni siquiera ocurre en el Japón. ¿Y qué?.

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Última actualización: 4-06-2002

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