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Esta brevísima
novela comienza por el final, con la decisión de la señora
Murakami de destruir su jardín. Un jardín tradicional, todo
armonía y sofisticación, ocultas tras una aparente sencillez.
Y así es este librillo, donde se nos narra la historia de Izu,
una brillante estudiante de arte cuya vida da un vuelco tras visitar la
colección privada de arte tradicional del señor Murakami
y publicar una crítica donde juzga con severidad el criterio del
coleccionista.
El lector se sumerje
en un mundo de tradiciones minuciosas, donde el color del cinturón
del kimono o el orden en que se enciende el número preciso de lamparillas
votivas lo dicen todo; tan importante debe de ser, que, cada vez que Izu
cruza el umbral de su casa, sus ropas nos son descritas con todo detalle,
tanto si lleva el tradicional kimono como si ha decidido vestirse a la
occidental, con un abrigo de lana de oveja por ejemplo.

Antigua
pintura sobre papel de arroz, representando la ceremonia del té.
No sólo las
apariencias externas son descritas con todo detalle; el comportamiento
de los personajes, sobre todo las sutiles desviaciones de una tradición
tan estricta, deben desvelarnos la clave escondida de la novela. Eso de
presentar los hechos de sopetón solamente es propio de los burdos
tarugos occidentales. De hecho, el lector, cansado ya de tanto detalle
sobre la delicadeza del bordado del kimono de tela gruesa que, siendo
de invierno, debería haberse guardado ya, empieza a sospechar algo
raro...
Cuando la vieja sirvienta de la familia nos sorprende con una revolucionaria
forma de acelerar la Ceremonia del Té colocando hojas de
té en bolsitas de papel, vertiendo agua hirviendo y ¡tapando
la taza con un platillo!, empiezan a saltar todas las alarmas, y
cuando el sutil acto de rebeldía del señor Mizoguchi Aori
consiste en no cubrirse el rostro con la preceptiva gasa durante la Cacería
de Orugas que se celebra los años bisiestos, la novelita, un peñazo
orientalizante, se convierte de repente en algo similar al bulldozer que
acaba con el famoso jardín de la señora Murakami-Izu.
Y al que esto escribe,
le salva el día. Empieza a apreciar, cual gourmet, los continuos
detalles de una cultura superior, como las parcelas de medio metro cuadrado
en los cementerios, o el uso de ese material moderno y lujoso a la vez
que práctico, la formica. Las muestras de aprecio por tan refinada
cultura acaban frecuentemente en carcajada, ayudadas por una serie de
notas al pie de página que tampoco tienen desperdicio. Se termina
releyendo la novela, para poder regocijarse con cada detalle.
Ah, y me apostaría
algo a que ni siquiera ocurre en el Japón. ¿Y qué?.
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