|
Neuromancer
es una novela que debí haber leído hace tiempo. Pocas veces
una obra tiene tanta influencia, es capaz de generar toda una subcultura,
poderosa además al manejar sus buenos dineros, y además,
o quizá por ello, favorita de la prensa. Me refiero al movimiento
que podemos llamar ciberpunk (los más radicales), a esa
manía de anteponer a todo el repelente prefijo ciber-, y
a tantas cosas más.
El empujón
definitivo lo dio un comic on-line, The
Guy I Almost Was, cuyo protagonista se transforma tras leer la
novela que nos ocupa. Por cierto, el comic es muy recomendable para todo
el que tenga un par de horas que perder...

©Patrick
S. Farley.
Una
viñeta con cibervómito incluido de The
Guy I Almost Was. No todo es así.
El argumento de Neuromancer
recuerda al de muchas películas de acción: Case, el protagonista,
cowboy del ciberespacio (ocupación consistente en hacer
tropelías en plan hacker pero conectando su cerebro directamente
al sistema informático), cometió el error de robar a sus
patronos, por lo que le condenan sutilmente, dañando su sistema
nervioso de forma que no pueda trabajar nunca más. Vive una existencia
miserable entre el lumpen de Chiba, una prefectura japonesa, trapicheando
en el mercado negro de drogas de diseño y componentes electrónicos.
De tal inapropiada
ocupación le saca un coronel del servicio secreto junto con una
guapa moza, asesina a sueldo, quienes tienen un plan supersecreto para
infiltrarse en los sistemas de una poderosa y escurridiza compañía.
Tras unos episodios en los que se nos va presentando al resto de personajes
y varias vueltas al mundo, se entra de verdad en la misión, repleta
de giros y sorpresas que mejor no desvelo.
Parece el guión
de una película. De Hollywood, claro. Héroe fracasado se
arrastra entre las sombras. Pero los servicios secretos lo saben todo.
Le necesitan. Aunque uno se pregunta por qué, dado lo fácil
que les resulta encontrarle y arreglar su sistema nervioso. El páncreas,
también. El narrador lo sabe todo. Es contundente. Frases cortas
y al grano. Como este párrafo. Quizá para adaptar el estido
al mundo deshumanizado y brutal que describe. Es un poco excesivo para
mí, ser de carne y hueso para quien las estructuras gramaticales
complejas son una gran ayuda para enlazar unas ideas con otras. Es cuestión
de gustos.
Ya que opta por una
sintaxis rotunda de puro simple, Gibson contraataca en el plano léxico
(horror): metáforas muy efectistas, constantes términos
técnicos muy traídos por los pelos, palabras inventadas.
No tengo nada en contra, pero, como con toda medicina, hay que respetar
las dosis. Gibson no lo hace. Y el uso reiterado de términos de
una disciplina en plena evolución hace que la novela haya envejecido
muchísimo en menos de 20 años. No obstante, sabe crear una
atmósfera futurista, inhumana, etc. pero una vez que le han metido
ahí, el lector no tiene una memoria tan pésima como para
necesitar que se lo recuerden a cada momento.
La estructura de
la novela vuelve a recordarme el guión de una película,
dividido en escenas demasiado reconocibles, incluyendo ya el product
placement para redondear los ingresos de taquilla. No entiendo esa
obsesión americana con las marcas, la mayor parte de la gente que
conozco tiene que esforzarse para recordar de qué marca es la mayoría
de las cosas que tienen por casa. Otra obsesión de Gibson es lo
japonés: los zaibatsu o grandes conglomerados de empresas,
artes marciales, ninjas, yakuza... ¿por qué meterlo
en esta novela?.
En resumen, no me
ha gustado. Mucho mejor The Guy I Almost Was (el comic). De todas
formas, creo que como best-seller es más que digno, superando
a casi todos los novelones de ese estilo que he leído hasta la
fecha. Pero hay novelas mucho mejores en que dedicar nuestro escaso tiempo.
|