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William Gibson : “Neuromancer”

Ciencia ficción que inventó el ciberespacio.

 

Neuromancer es una novela que debí haber leído hace tiempo. Pocas veces una obra tiene tanta influencia, es capaz de generar toda una subcultura, poderosa además al manejar sus buenos dineros, y además, o quizá por ello, favorita de la prensa. Me refiero al movimiento que podemos llamar ciberpunk (los más radicales), a esa manía de anteponer a todo el repelente prefijo ciber-, y a tantas cosas más.

El empujón definitivo lo dio un comic on-line, The Guy I Almost Was, cuyo protagonista se transforma tras leer la novela que nos ocupa. Por cierto, el comic es muy recomendable para todo el que tenga un par de horas que perder...

Ciberpuking

©Patrick S. Farley.
Una viñeta con cibervómito incluido de The Guy I Almost Was. No todo es así.

El argumento de Neuromancer recuerda al de muchas películas de acción: Case, el protagonista, “cowboy del ciberespacio” (ocupación consistente en hacer tropelías en plan hacker pero conectando su cerebro directamente al sistema informático), cometió el error de robar a sus patronos, por lo que le condenan sutilmente, dañando su sistema nervioso de forma que no pueda trabajar nunca más. Vive una existencia miserable entre el lumpen de Chiba, una prefectura japonesa, trapicheando en el mercado negro de drogas de diseño y componentes electrónicos.

De tal inapropiada ocupación le saca un coronel del servicio secreto junto con una guapa moza, asesina a sueldo, quienes tienen un plan supersecreto para infiltrarse en los sistemas de una poderosa y escurridiza compañía. Tras unos episodios en los que se nos va presentando al resto de personajes y varias vueltas al mundo, se entra de verdad en la misión, repleta de giros y sorpresas que mejor no desvelo.

Parece el guión de una película. De Hollywood, claro. Héroe fracasado se arrastra entre las sombras. Pero los servicios secretos lo saben todo. Le necesitan. Aunque uno se pregunta por qué, dado lo fácil que les resulta encontrarle y arreglar su sistema nervioso. El páncreas, también. El narrador lo sabe todo. Es contundente. Frases cortas y al grano. Como este párrafo. Quizá para adaptar el estido al mundo deshumanizado y brutal que describe. Es un poco excesivo para mí, ser de carne y hueso para quien las estructuras gramaticales complejas son una gran ayuda para enlazar unas ideas con otras. Es cuestión de gustos.

Ya que opta por una sintaxis rotunda de puro simple, Gibson contraataca en el plano léxico (horror): metáforas muy efectistas, constantes términos técnicos muy traídos por los pelos, palabras inventadas. No tengo nada en contra, pero, como con toda medicina, hay que respetar las dosis. Gibson no lo hace. Y el uso reiterado de términos de una disciplina en plena evolución hace que la novela haya envejecido muchísimo en menos de 20 años. No obstante, sabe crear una atmósfera futurista, inhumana, etc. pero una vez que le han metido ahí, el lector no tiene una memoria tan pésima como para necesitar que se lo recuerden a cada momento.

La estructura de la novela vuelve a recordarme el guión de una película, dividido en escenas demasiado reconocibles, incluyendo ya el product placement para redondear los ingresos de taquilla. No entiendo esa obsesión americana con las marcas, la mayor parte de la gente que conozco tiene que esforzarse para recordar de qué marca es la mayoría de las cosas que tienen por casa. Otra obsesión de Gibson es lo japonés: los zaibatsu o grandes conglomerados de empresas, artes marciales, ninjas, yakuza... ¿por qué meterlo en esta novela?.

En resumen, no me ha gustado. Mucho mejor The Guy I Almost Was (el comic). De todas formas, creo que como best-seller es más que digno, superando a casi todos los novelones de ese estilo que he leído hasta la fecha. Pero hay novelas mucho mejores en que dedicar nuestro escaso tiempo.

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Última actualización: 10-07-2005

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