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De Lorenzo Silva he leído ya unas cuantas cosas: las aventuras
del sargento Bevilacqua y los libros sobre la guerra de África,
entre otros; es un autor que me gusta seguir desde que cayó en
mis manos "La flaqueza del bolchevique", una novela que,
sin entusiasmarme, sí me sorprendió gratamente. Da la impresión
de ser un autor de fondo, prolífico, que irá escribiendo
más novelas y libros de viajes hasta llegar a una que sea extraordinaria,
que no necesariamente un éxito: todos sabemos que no tiene nada
que ver un concepto con el otro. En resumen, me gusta cómo escribe.
Sin embargo, "Noviembre sin violetas" es otro cantar.
El mismo autor confiesa en un prólogo que fue su primera novela
en verse publicada, ingenua, pero un buen resumen de su aprendizaje como
autor. Por eso mismo, retóricamente pregunto: ¿por qué
reeditarla entonces? ¿Porque, tras haber ganado el Premio Nadal,
cualquier cosa de Lorenzo Silva se venderá seguro?
Tras un título algo pretencioso se esconde una enrevesada historia
de la más pura serie negra: el narrador protagonista, retirado
voluntariamente del mundo y sus afanes, tiene que regresar, llamado por
Claudia, la viuda de su difunto e inseparable amigo Pablo, al que traicionaron
mucho tiempo atrás. La muerte violenta de Claudia le obliga -aquí
los hechos obligan y los personajes obedecen, no hay mucho sitio para
el libre albedrío- a iniciar una difícil investigación
para hallar a los culpables, entrando en una trama de la que es muy difícil
salir
vivo. Cartas póstumas, misteriosos personajes que saben
mucho más de lo que dicen, bellas mujeres que se entregan al protagonista,
armas, sorprendentes confesiones: lo típico del género,
aunque un poco más retorcido de que sería deseable para
poder mantener una mínima verosimilitud y que el lector siga encontrando
un mínimo de sentido a lo que tiene entre las manos.

Lomos de Orios (La Rioja), marzo de 2003
El trío protagonista -narrador, amigo muerto y mujer fatal- parece
un grupo de marionetas movido por los implacables hilos del destino. Las
decisiones con que continuamente nos sorprende el narrador resultan repentinas
y bruscas, pues carecemos de elementos de juicio para que cobren algún
sentido: faltan piezas en la cadena causa-efecto. Lo cual es ya un delito
grave: el pecado fundamental de esta novela es a mi entender el exceso
de reflexiones, puestas en boca del narrador, sobre la brevedad de la
vida, los sueños rotos, la amistad traicionada, los crueles embates
del Destino y un largo etcétera. Entre tanto lamento se podrían
haber deslizado un par de pistas sobre lo que se estaba cociendo, en lugar
de dejarlo todo para las pertinentes confesiones de dos o tres personajes
clave.
Otro aspecto desagradable es el excesivo énfasis puesto en la
forma: léxico excesivamente cuidado, da la impresión de
ser demasiado rebuscado, impresión que inevitablemente se extiende
a otros aspectos de la novela, como la construcción de algunos
personajes, demasiado inteligentes, misteriosos y profundos, frente a
otros, tontos del culo, pero un alivio encontrarlos tras las inacabables
remembranzas del protagonista o los inverosímiles diálogos,
verdaderos duelos de titanes, repletos de frases con doble sentido, sobreentendidos,
de una precisión quirúrgica. Los seres humanos no somos
así, y no somos capaces de hablar así ni soñando.
No quiero dar la impresión de que "Noviembre sin violetas"
sea una novela verdaderamente horrenda, únicamente merecedora
de ser purificada por el fuego; no lo es, aunque sus fallos sean
demasiado evidentes, y muestra unas cualidades que Lorenzo Silva
ha desarrollado afortunadamente, deshaciéndose de buena parte
de los excesos. Sin embargo, creo que es mejor dedicar nuestro escaso
tiempo a leer otra cosa.
Otras obras de Lorenzo Silva en
mic-culturilla: La reina sin
espejo .
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