| Benjamin Malaussène tiene dos trabajos de lo más curioso,
uno de ellos remunerado. En unos grandes almacenes de París, desempeña
la misión de ser el chivo expiatorio del negocio, el blanco al
que se dirigen las quejas de los clientes cabreados; y luego, en su casa,
tiene que cuidar de un largo catálogo de hermanastros, cada uno
con sus líos y neuras. También está Julius, un perro
epiléptico que huele muy mal.
Durante la temporada de compras navideñas, en el almacén
donde el protagonista cobra por dejarse insultar, un atentado con bomba
liquida a un cliente en pleno departamento de juguetes. Entran en danza
los detectives de la policía, y las elucubraciones propias del
protagonista, quien gracias al uso generoso de la ironía es capaz
de conciliar de algún modo su vida familiar y laboral. Todas las
noches, para convencer a la numerosa prole a su cargo de que se meta
en la cama y vaya cerrando los ojitos, les cuenta una divertida versión
de la historia del asesinato en el almacén, que por supuesto va
cobrando vida propia en paralelo con la triste realidad.
La felicidad
de los ogros es una novelita original, ágil y bien
construida, de personajes improbables pero con grandes dosis de coherencia
interna. Más que la trama policiaca, me ha atraído la atropellada
secuencia de malabarismos que el protagonista tiene que efectuar para
lidiar con esa colección de hermanastros que le va colocando la
pendona de su madre; con mucho cariño y una pizca de severidad,
les ha construido un hogar de lo más especial, y a veces hasta
les educa. Y cada uno de ellos es un mundo: tenemos representadas la
Fantasía, el Racionalismo,
la Superstición y el Arte, cada una con un nombre y unas manías –muy
lógicas— distintas, y todavía no he logrado definir
al perro. La característica común a todos ellos, y que
les hace merecer toda la protección que Benjamin es capaz de dar,
es la Inocencia.
Después del café. Enero 2006.
En paralelo, en su vida pública desarrollada en el Almacén,
Malaussène necesita utilizar una buena carga de mala leche para
sobrevivir en la jungla laboral; por supuesto, Pennac aprovecha para
deslizar sabrosas caracterizaciones de personajes, enemigos o aliados
del protagonista, en una amplia gama que va desde lo surrealista (Thèo
y sus viejitos) hasta el nacido para mandar (Sainclair), pasando por
el sindicalista profesional (Lecyfre), el fascista (Lehmann) o el viejo
partisano ajedrecista (Stojilkovitch). El lector les ve haciéndose
faenas, o evitándolas, como el biólogo que observa una
pandilla de protozoos en el plato del microscopio; y el hecho de que
de vez en cuando les pille de cerca un bombazo no hace sino añadir
interés al experimento.
Narrada en primera persona y con un estilo coloquial, como corresponde
a la personalidad espontánea e irónica de Malaussène,
La felicidad de los ogros se lee de maravilla. La traducción,
de Manuel Serrat Crespo, me ha parecido correcta: sin poder comparar
con el original francés, el resultado es convincente, y pasa la
difícil prueba del lenguaje coloquial.
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