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Daniel Pennac:
“La felicidad de los ogros”

(Au bonheur des ogres)

De cómo ganarse la vida haciendo de chivo expiatorio
 

Benjamin Malaussène tiene dos trabajos de lo más curioso, uno de ellos remunerado. En unos grandes almacenes de París, desempeña la misión de ser el chivo expiatorio del negocio, el blanco al que se dirigen las quejas de los clientes cabreados; y luego, en su casa, tiene que cuidar de un largo catálogo de hermanastros, cada uno con sus líos y neuras. También está Julius, un perro epiléptico que huele muy mal.

Durante la temporada de compras navideñas, en el almacén donde el protagonista cobra por dejarse insultar, un atentado con bomba liquida a un cliente en pleno departamento de juguetes. Entran en danza los detectives de la policía, y las elucubraciones propias del protagonista, quien gracias al uso generoso de la ironía es capaz de conciliar de algún modo su vida familiar y laboral. Todas las noches, para convencer a la numerosa prole a su cargo de que se meta en la cama y vaya cerrando los ojitos, les cuenta una divertida versión de la historia del asesinato en el almacén, que por supuesto va cobrando vida propia en paralelo con la triste realidad.

La felicidad de los ogros es una novelita original, ágil y bien construida, de personajes improbables pero con grandes dosis de coherencia interna. Más que la trama policiaca, me ha atraído la atropellada secuencia de malabarismos que el protagonista tiene que efectuar para lidiar con esa colección de hermanastros que le va colocando la pendona de su madre; con mucho cariño y una pizca de severidad, les ha construido un hogar de lo más especial, y a veces hasta les educa. Y cada uno de ellos es un mundo: tenemos representadas la Fantasía, el Racionalismo, la Superstición y el Arte, cada una con un nombre y unas manías –muy lógicas— distintas, y todavía no he logrado definir al perro. La característica común a todos ellos, y que les hace merecer toda la protección que Benjamin es capaz de dar, es la Inocencia.

Después del café
Después del café. Enero 2006.

En paralelo, en su vida pública desarrollada en el Almacén, Malaussène necesita utilizar una buena carga de mala leche para sobrevivir en la jungla laboral; por supuesto, Pennac aprovecha para deslizar sabrosas caracterizaciones de personajes, enemigos o aliados del protagonista, en una amplia gama que va desde lo surrealista (Thèo y sus viejitos) hasta el nacido para mandar (Sainclair), pasando por el sindicalista profesional (Lecyfre), el fascista (Lehmann) o el viejo partisano ajedrecista (Stojilkovitch). El lector les ve haciéndose faenas, o evitándolas, como el biólogo que observa una pandilla de protozoos en el plato del microscopio; y el hecho de que de vez en cuando les pille de cerca un bombazo no hace sino añadir interés al experimento.

Narrada en primera persona y con un estilo coloquial, como corresponde a la personalidad espontánea e irónica de Malaussène, La felicidad de los ogros se lee de maravilla. La traducción, de Manuel Serrat Crespo, me ha parecido correcta: sin poder comparar con el original francés, el resultado es convincente, y pasa la difícil prueba del lenguaje coloquial.

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Última actualización: 3-01-2006

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