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El hecho de ponerme
a leer este libro es enteramente fruto de la casualidad, de haber posado
la mirada en cierto estante de una biblioteca de barrio. Pero, una vez
en mis manos, le doy el mismo trato que al libro más caro: lo leo.
Y lo primero que leo no me gusta nada: un primer capítulo, a modo
de introducción, con los peores vicios a que son tan proclives
muchos textos de ciencias sociales: generalizaciones gratuitas, palabras
rimbombantes y pocos hechos que las respalden.
Por suerte, este
ensayo no es tan malo. Tampoco es bueno del todo; dejémoslo en
irregular. Para empezar, de internacional tiene poco:
se queda en dos países, Italia y Estados Unidos, cuyo periodismo
poco menos que idolatra. Por cierto, al traductor habría que recordarle
que 'América' comprende un continente entero, desde Canadá
a la Tierra del Fuego. Más irritante resulta el continuo goteo
de palabras y expresiones en inglés: si don Furio nos quiere dar
la impresión de hallarse rendido ante el poder de una cultura superior
(a él), lo ha conseguido.

Nada
mejor para ilustrar esta reseña que una Naturaleza Muerta de Juan
Gris.
Ya que he empezado
con lo peor del libro, seguiré con lo simplemente malo: su admiración
por el periodismo norteamericano lleva al autor a afirmaciones cuanto
menos discutibles, como subrayar la imparcialidad de la CNN durante la
Guerra del Golfo. Y tiene algunos capítulos que son para tirar
directamente a la basura: la interminable y pedante disquisición
sobre el periodismo fotográfico, las leyendas urbanas (llamadas
metropolitanas por un traductor poco enterado), el periodismo de
guerra limitándose ¡a contarnos una película
del archifamoso director Marcel Ophuls!, y algún otro que
por fortuna olvidé nada más leerlo. Demuestra, por ejemplo,
una especial clarividencia en el capítulo, al final del libro,
en el que hace sus predicciones sobre los medios de comunicación
los media, cómo no del futuro: obviamente, estamos
siendo testigos del triunfo arrollador de la televisión interactiva.
De Internet habla lo justo para demostrar que no tiene ni la más
remota idea de qué es ese extraño invento; pudiendo ser
honrado y cerrar el pico, nos aburre estirando la metáfora de las
autopistas de la información hasta provocar el dolor, estaciones
de servicio, peajes y hasta baches incluidos.
Sin embargo, hay
otros capítulos que, aunque no me hagan recomendar la lectura de
tan iluminado autor, sí salvan a estas Últimas noticias
del periodismo del calificativo, rotundo y fatal, de verdadera
mierda. Se trata de los capítulos centrales, en los que evita
las reflexiones elevadas y se dedica a examinar a fondo aspectos prácticos
del trabajo del periodista: cómo nacen y sobre todo
cómo mueren las noticias, las trampas a que lleva la falsa separación
entre hechos y opiniones, trucos y abusos de las entrevistas, particularidades
de las noticias económicas y científicas, y la mayor trampa
de todas: la exclusiva.
Demuestra Furio un
avisado sentido crítico, presentando costumbres perversas, pero
reconocibles en casi todos los periódicos, radios y televisiones
que conozco; pero mejor que eso pues tan inocentes ya no somos
son los consejos para aguzar la desconfianza, única protección
que tenemos ante el bombardeo constante de falsedades y manipulaciones
que nos toca aguantar todos los días.
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