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Luciano G. Egido:
“La piel del tiempo”

Título pretencioso para una novela fatal (superlativo de malo).

 

Hay unas pastillas, indicadas cuando uno ha sufrido un proceso diarreico de fermentación y/o putrefacción, que prometen contener, cada una de ellas, 1.000 millones de microorganismos vivos, prestos a repoblar el malogrado intestino. Como uno más de estos valerosos microbios partió Martín, el protagonista de esta novela, cruzando los páramos de Castilla, a convertirse en flora y fauna de Salamanca, asolada por la morisma.

De camino, el encuentro con un leproso y la generosa reacción de Martín hacen que, cuando entre en Salamanca, lo haga como poseedor del don de la eterna juventud, además de otros dos que pronto se olvidan. Y ya tenemos la coartada perfecta para, siguiendo las andanzas del bueno de Martín, enterarnos de las consecuencias del paso de los siglos en la ciudad del Tormes.

La reconquista, las guerras civiles, Comunidades, Inquisición, decadencia del Imperio, guerras napoleónicas, guerra civil... todos estos sucesos y muchos más, ya dentro de la vida privada del longevo protagonista, descendientes, amores y hasta el fantasma del castillo, desfilan por las páginas de la novela, provocando bostezos, tedio, desesperación y, finalmente, cabreo.


Ávila. Junio 2002

El benemérito autor de este desaguisado tiene una gran virtud: quiere mucho a su ciudad, y eso le honra. Que esa ciudad sea Salamanca, y no Fuenlabrada o Cartagena, lo hace más fácil, no cabe duda, pero líbrenos Dios de rebajarle el mérito por eso.

Acabada la enumeración de lo bueno, pasemos a lo malo: es el culpable de La piel del tiempo, absurda novela que tiene principio, en la que se cuentan muchas cosas, y que acaba como todas, con un punto. Las primeras páginas son más pasables: el protagonista nos narra cómo medra, pasando de villano a noble, algo de lo más común en la época. Luego, debe ser porque se cansa, toma la pluma un nieto, luego otro, luego el fantasma de algún descendiente, tostado en auto de fe, más tarde es el mismo Martín quien retoma la narración, para ser relevado por las palabras de un adivino que le cuenta, con todo lujo de detalles, lo que va a hacer, ver y escuchar durante los siguientes 150 años, y ya me pierdo...

El juicioso lector hará bien en decir: ¡al grano, Luciano! y olvidarse de a quién le toca seguir con el cuento, para fijarse en el cuento en sí. El cual, pasadas las primeras 100 páginas, repite, reitera y hasta regurgita las mismas cuatro anécdotas de guerras, amoríos absurdos, duelos y hasta de fantasmas. De hecho, espectros y aparecidos van apropiándose de la escena durante siglos enteros, unas veces como narradores, otras como almas en pena y otras veces incluso como vulgares navajeros. Es preocupante esta costumbre de soltar un par de fantasmas por la calle Toro o por la plaza Mayor cuando no se sabe muy bien cómo llenar un siglo, y tratar de deleitar al público con sus fantasmadas. No funciona del todo bien.

Agreguemos las constantes disgresiones que podrían titularse: “Salamanca: qué bonita es mi ciudad”, listas exhaustivas de edificios notables, calles, tradiciones populares, etc. y habremos llegado al colmo del hastío. ¿Cuántas veces, cuántas, nos tiene que recordar de qué cantera vienen las dichosas piedras?

Para terminar, una breve mención a lo que más me ha cabreado de este engendro: el estilo. Barroco, pedante, siempre que se le presenta la disyuntiva de contar algo usando 5 o 27 palabras, ¡utiliza las 32! ¡Y qué palabras! Deberían quitarle el carnet de manipulador de adjetivos por ignorar las reglas de la higiene. Y si alguien tiene la mala suerte de toparse con esta novelita, tápese la nariz y pase de largo.

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Última actualización: 12-08-2002

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