Emprender la lectura de un libraco de 700 páginas es una
decisión que debe estar bien fundamentada; el lector invertirá
muchas horas de su escaso tiempo libre, y más vale que obtenga
un buen rendimiento. Si por lo menos estuviéramos hablando
de una novela, podríamos confiar en que la empatía
por los personajes y el interés por sus aventuras nos hicieran
más llevaderos los centenares de páginas, pero aquí
lo que tenemos en las manos es un tratado de historia. Dicho de
otra forma, un libro de texto. Eso sí, con personajes como
el Rey Sol, Federico el Grande, Catalina de Rusia, Voltaire, Nelson
y Napoleón, y más batallitas entre alianzas cambiantes
que en un juego de tablero de esos de conquistar el mundo, sólo
hace falta que el escritor lo cuente bien para que el lector haga
un gran negocio con su tiempo. Y como una calificación Moody's
cualquiera, aquí está mi reseña para minimizar
el riesgo del lector, prometiendo acabar de una vez por todas con
esta lamentable metáfora financiera.
El libro sigue una estructura temática, dividiéndose
en cuatro grandes bloques. Para ponernos en contexto, nada mejor
que unos capítulos sobre la economía y población
de la época: tímidos progresos en la agricultura y
en las manufacturas, impedimentos al comercio, plagas, hambrunas
y demás bendiciones para mayor disfrute de la población,
etc. El primer capítulo del libro, Comunicaciones,
es magistral, alternando el frío análisis de la cuestión
con testimonios de los desventurados viajeros de la época,
adornados con todos los adjetivos necesarios. Es una tónica
constante durante todo el libro, y muy de agradecer, pues lo hace
muy ameno: ¿qué otra cosa se puede esperar de una
época en que se puede recurrir a ingenios de la talla de
Voltaire o Federico el Grande?
El segundo gran bloque está dedicado a la política:
organización del estado, absolutismo -no tan absoluto-, formas
de gobierno más avanzadas (Países Bajos, Reino Unido),
reformas y revoluciones. Es probablemente la parte más árida
del libro, que se ve compensada con el capítulo Gobernantes
y sus élites, una narración brillante sobre las
dinastías europeas, sus locuras, salvajadas y fracasos, desde
los logros de Prusia y las animaladas de los rusos a la imbecilidad
y decadencia absoluta de España... salvando a Carlos III,
claro está. Contiene un buen análisis sobre las causas
de la Revolución Francesa.

Roma, octubre de 2007
Posteriormente, llega el inevitable análisis sobre pensamiento,
ciencia y artes, construido a partir de la tensión entre
sentimiento y razón: las pasiones desenfrenadas del periodo
barroco son sustituidas por la fría razón ilustrada
y la estética clásica, hasta que Europa, aburrida,
se lanza a la exaltación del Romanticismo. Tim Blanning no
duda en defender convincentemente algunas ideas enfrentadas a las
convenciones dominantes sobre este periodo histórico, como
ejemplo queda el capítulo sobre la religión. A pensar
de que frecuentemente se lo identifica con el panteísmo y
ateísmo asociados normalmente a la Ilustración, el
siglo XVIII vio un resurgimiento del interés religioso en
Europa, construcción de monasterios, peregrinaciones, nuevas
confesiones protestantes... que probablemente era lo que primero
notaba la gran mayoría de la gente, alejada de las logias
de los acaudalados y descreídos gobernantes.
La parte final del libro, hábilmente titulada Guerra
y Paz, es una larga y trepidante narración sobre alianzas
con acuerdos secretos, declaraciones de guerra, batallas decisivas
que no resuelven nada y tratados de paz que como mucho llegaron
a la categoría de 'tregua'. La mejor descripción
que se puede dar de la época es: “el mundo de Barry
Lyndon”, cualquiera que haya visto la película
sabrá a qué me refiero. Aunque a veces repite hechos
ya referidos en el capítulo sobre política dinástica,
gira a un enfoque más global. Primero el protagonista es
el expansionismo de Luis XIV -persiguiendo esa gloire que
da título al libro- a costa de los Habsburgo, siendo sustituido
por el surgimiento de Prusia como potencia, para terminar con esa
gran traca final que supusieron las guerras revolucionarias y las
campañas de Napoleón, otro buscador de gloria y creador
de viudas.
Para terminar, el autor resume el período en una conclusión
doble, dejando al lector que elija: desde el punto de vista optimista
-progreso material, Ilustración- frente al pesimista, tanta
sangre derramada en guerras y revoluciones alivió muy poco
el sufrimiento de la mayor parte de la población.
Un punto a favor de este tratado es que el autor, profesor en Cambridge,
no es anglocéntrico en absoluto, dedicando más espacio
a los países centrales: Austria-Hungría y ese galimatías
que más tarde se convirtió en Alemania. De hecho,
la parte del libro que para mí ha sido más novedosa
-donde he aprendido más cosas- es el capítulo donde
describe la organización política del Sacro Imperio
Romano (ni sacro, ni imperio, ni romano, según el gran Voltaire).
Estoy muy satisfecho de haber leído “La búsqueda
de la gloria”, libro que recomiendo a quien guste de
la Historia como fuente de entretenimiento. Bien escrito, ameno
sin perder rigor por ello, resulta muy útil para comparar
las políticas, promesas y errores de un pasado no tan remoto
con los del presente. Quizá dedica demasiada atención
a la política, objeto tradicional del estudio histórico,
pero no me quejo, pues las batallitas son de lo más entretenido,
aunque todas las campañas del siglo tuvieron bien poca repercusión
en la vida de la gente.
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