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Aunque según
la cubierta del libro ya había escrito una novela y un libro de
relatos, El mundo a media voz ha sido mi primer contacto con José
María Ridao. Y no me ha decepcionado en absoluto.
La novela gira en
torno a Martín, un hombre todavía joven que marcha a Angola
queriendo descubrir las huellas de su abuelo Germán. Está
compuesta de cuatro historias que se van interrumpiendo unas a otras,
aunque no son en absoluto paralelas, sino distintos periodos de la vida
de Martín o de Germán: la peripecia de Martín en
Luanda; los recuerdos de su infancia, entre Madrid y el caserón
familiar; los sucesos acaecidos justo antes de su partida a África,
y la narración de las aventuras del abuelo en la Angola colonial,
por su amante de aquel tiempo.
Cada una de ellas
tampoco respeta un orden cronológico. Las cuatro historias, narradas
en completo desorden, se enlazan y se dan paso unas a otras con maestría
(un sueño, una palabra hacen que el hilo de la narración
pase a otra historia), de modo que el lector va descubriendo las relaciones
causa-efecto de los hechos y los motivos de los personajes, pero de forma
fragmentaria e incompleta, teniendo que esperar hasta las últimas
páginas para tener una imagen clara de lo ocurrido: similar a las
mejores novelas de Vargas Llosa, con la diferencia de que aquí
es siempre un narrador en tercera persona el que cuenta, en lugar de dejar
hablar a los personajes.
El estilo empleado
por Ridao es quizá demasiado farragoso, frases que se atropellan
unas a otras, ausencia total de diálogos y párrafos que
se extienden por varias páginas. Creo que no acaba de dominarlo
por completo; no hasta el punto de otros autores como Saramago, la prueba
es que cuesta leerlo.

Una
playa, podría ser Luanda.
De todas formas,
aunque yo lo habría preferido algo aligerado, es un estilo que
casa bien con la complejidad de la estructura de la novela. Ambos elementos
obligan al lector a progresar muy lentamente, releyendo páginas,
reflexionando sobre lo que se acaba de leer para poder comprender el párrafo
que comienza.
Esta forma calculada
de entorpecer el paso al lector, tan a contracorriente de lo que más
vende en el país de la Operación Triunfo, es para mí
un mérito que le añade mucho valor a la novela: el esfuerzo
intelectual para deducir los detalles de la trama es muy gratificante,
y la lentitud en la lectura hace que se aprecien muchos más aspectos
que los usuales en un libro simplón de los de presentación
- desarrollo - desenlace.
Por otra parte, cada
una de las hebras que, entrelazadas, forman El mundo a media voz,
podría ser una novela por derecho propio: las anécdotas
de la familia del protagonista, sus tribulaciones amorosas, el descubrimiento
de la Luanda contemporánea y, sobre todo, las andanzas de Germán
por la revuelta Angola de los últimos años de la colonia.
Y, como argamasa entre todo, la búsqueda de Martín, que
cruza medio mundo perseguido por una crisis vital cuando menos preocupante.
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