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Disfruto leyendo libros de historia, particularmente los escritos por
historiadores ingleses. Admiro a Eric Hobsbawm
por su planteamiento moderno, en el que cobra más importancia la
vida de la gente que la de los políticos e instituciones, y por
su ecuanimidad en el tratamiento de hechos que, al no sernos demasiado
lejanos, depende mucho de la ideología del historiador. Hobsbawm
lo logra dejando muy claro cuáles son sus ideas personales, para
que el lector tenga más fácil la separación entre
opinión y hecho, como debería hacer también el buen
periodismo. Todo esto unido a una prosa ágil y amena, hace de la
lectura de sus obras una delicia.
Sirva el párrafo anterior como justificación a la ilusión
con que el que esto escribe adquirió el primero de estos dos volúmenes.
E. H. Carr, británico, diplomático de carrera, dedicó
treinta años de trabajo a la investigación y escritura de
una monumental Historia de la Rusia Soviética (1917-1929)
en varios volúmenes, de la que el libro que nos ocupa es un resumen
para el gran público del que orgullosamente formo parte.
El
asunto tratado no podía ser más interesante. De pequeño
yo tenía una adoración ilimitada hacia la Unión Soviética:
tanta película de Hollywood (o de James Bond, tanto da) en la que
los rusos, además de malos malísimos, eran tontos y tragadores,
provocó esa reacción inexplicable en las coordenadas socioculturales
donde me criaron. Más adelante, según fui descubriendo que
los enemigos de los malos no tienen por qué ser buenos, me fui
convenciendo de que la URSS, pese a no ser el Imperio del Mal ni haber
amenazado nunca de forma creíble a Occidente, era un lugar horrendo
para vivir. Y que el culpable de todo había sido Stalin, un bicho
verdaderamente malo.
Por tanto, La revolución rusa es el libro ideal para confirmar
o destruir mis rudimentarias ideas previas, o, más bien, para poner
algo de orden en un marasmo de dudas. Y verdaderamente lo hace: limitándose
al período que va de la Revolución de octubre de 1917 a
la toma del poder por Stalin, explica los acontecimientos revolucionarios,
el golpe de estado bolchevique, la guerra civil, la NEP (Nueva Política
Económica) y el inicio de la planificación económica,
que coincidió con el triunfo de Stalin sobre sus antiguos camaradas.
Omite tanto una introducción que presente el estado en que se
encontraba el Imperio Ruso antes de la revolución, como una interpretación
o discusión de los hechos: ambas cosas muy necesarias para entender
los hechos descritos en todo el libro. Opta por un enfoque mucho más
distante, de enumeración de acciones y discursos, que pronto se
hace pesado y aburrido. Enumera multitud de actos políticos: creación
de instituciones, maniobras en el congreso de turno, artículos
en Pravda, firma de acuerdos, leyes, diplomacia... estoy seguro
de que el señor Carr se pasó largos años buceando
en archivos polvorientos, pero tanta atención a ese tipo de detalles
es a mi juicio un enfoque demasiado limitado para el estudio de la historia.
Acabaremos sabiendo los nombres de muchos de los actores principales:
Lenin, Bujarin, Trotski, Stalin, Zinoviev, Kamenev, y otros muchos, pero
estaremos ante un caso evidente de "árboles que no nos dejan
ver el bosque".
Tras leer La revolución rusa, sabremos muy poco sobre qué
pensaban los habitantes de Rusia sobre sus nuevos gobernantes, sus condiciones
de vida, la efervescencia cultural
de los primeros años, la vida en el campo antes del exterminio
de los kulaks, cómo se inició la industrialización
de un país horriblemente atrasado... El aburrimiento hace estragos,
ante tanto dato accesorio, tanto comité y tanto rollo.

Méndez Álvaro. Madrid. Octubre 2002.
Por suerte, a escasos metros de mi humilde morada hay una biblioteca
pública decentemente surtida, y pude remediar mi decepción
con la lectura del libro de Robert Service. Como su nombre indica, la
Historia de Rusia en el siglo XX cubre mucho más que el
librillo del plúmbeo Carr: los años anteriores a la Primera
Guerra Mundial se cuentan como una introducción, como los precedentes
a lo que vendría después. Los capítulos que tratan
el período cubierto por Carr, mucho más llevaderos, evitan
tanto politiqueo (una revolución engendra mucho) para centrarse
más en las consecuencias que tuvo la revolución para los
que la acogieron con entusiasmo, y para los que no: guerra civil, NEP,
primer Plan Quinquenal... Cuando Stalin comenzó a mostrar su verdadero
carácter, la desdichada Rusia que le tuvo que sufrir era ya muy
distinta de la que gobernaron los zares.
Los capítulos que narran los años de las purgas y del terror
estalinista, incluyendo la Gran Guerra Patria y la segunda posguerra mundial,
han sido para mí los más interesantes. Hambruna, industrialización
forzosa, deportaciones, masacres y guerra: peor que eso no podía
ser, y no fue. Historia de Rusia sigue con los años de la
desestalinización y relativas esperanzas, con Jruschov y el primer
Breznev, para terminar con esa gran mentira que suponía el estancamiento
bajo la gerontocracia del Partido. Cuando Gorbachov intentó reformarla,
terminó con la Unión Soviética. Y así llegamos
a la Rusia actual, la cara más mafiosa del capitalismo salvaje.
El libro termina en 1997, con la reelección de Yeltsin.
Robert Service hace un buen trabajo condensando un siglo de historia
en un volumen; se puede decir que se libra de los defectos de Carr, pues
es más ameno y profundiza más en los aspectos que este último
deja desatendidos, aunque creo que le siguen sobrando crónicas
de congresos del Partido y conspiraciones del Politburó. Trata
de interpretar los hechos y de explicar los desarrollos históricos
a partir de las situaciones precedentes, lo cual es muy de agradecer,
aunque no siempre estemos de acuerdo con las conclusiones. Quizá
Service sea demasiado crítico: casi todo el mundo estará
de acuerdo en denigrar las atrocidades cometidas desde Lenin hasta Breznev,
pero algún logro tuvo que haber en la URSS para durar tanto tiempo
y conseguir un nivel de vida que, aunque triste, era bastante mejor que
el de muchos rusos hoy en día.
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