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Jaroslav Hasek:
“Las aventuras del valeroso soldado Schwejk”
(Osudy dobréiho vojáka Svejka)

En estos tiempos de estupidez prebélica, una novela ideal para responder a esos aprendices de genocidas que nos gobiernan.

 

Verano de 1914. En Sarajevo matan a un archiduque y en una taberna de Praga un tal Schwejk desaprovecha, como de costumbre, una bonita ocasión de callarse delante de un policía secreto en plena búsqueda de desafectos a la causa del Emperador. La velada acaba en la jefatura de policía, donde nuestro héroe, sincero y parlanchín, en poco tiempo logra que le cambien de destino: al manicomio, repleto de enfermos imaginarios, poco entusiasmados con la idea de ser despedazados a mayor gloria del Emperador.

Tras un interesante periplo por calabozos y tribunales varios, Schwejk aparece en el ejército como asistente del capellán castrense Otto Katz. Varios grados más borrachuzo que Schwejk, es el amo ideal para tal criado, pero por desgracia lo pierde a las cartas ante el teniente Lukasch, un oficial mucho más íntegro que ignora la joya que acaba de adquirir. Su nuevo asistente, a base de meter la pata, pronto consigue que les destinen al frente, con lo que comienza un largo viaje por medio Imperio: Bohemia, Hungría, hasta llegar a las tierras devastadas de Galitzia, donde rusos y austrohúngaros se zurran en nombre de los más elevados ideales.

Schwejk recorre todas las estaciones de este Via Crucis armado de inocencia infinita, verborrea aplastante y sentido común a prueba de bombas. Estas cualidades, pese a ganarle pronta fama de imbécil, demuestran ser ideales para relacionarse con la autoridad, esté representada por oficiales, policías, carceleros o un simple cabo, aunque sean sádicos, corruptos, subnormales o simplemente tengan una resaca de muerte. Conoceremos una amplia variedad de tipos y costumbres; nada ni nadie podrá con Schwejk.

Protesta contra guerra en Irak
Madrid, febrero de 2003

El soldado Schwejk es demasiado largo. 600 páginas de anécdotas absurdas y trampas propias de novela picaresca pueden hacerse pesadas si el argumento no avanza, y el libro sería infumable si no hiciera reír tanto. Todos los personajes se desesperan en torno a Schwejk, quien, fiel cumplidor de las órdenes recibidas, consigue infaliblemente el efecto contrario: que ninguna llegue a término. Una buena dosis de inocencia angelical, y tampoco hay castigo que valga.

Es posible que este libro tuviera una intención satírica contra las instituciones del Imperio Austrohúngaro, esa "cárcel de pueblos" que, como la historia pronto se encargó de demostrar, era más bien un jardín de infancia. La indignación de los patriotas checos frente al yugo austriaco me resulta casi tan graciosa como las trompadas que se atizan con los húngaros cada vez que se encuentran. De todas formas, se adivina pronto de qué lado están las simpatías nacionalistas del autor. Pero no deja de ser un pecado venial, pues, a pesar de que ha llovido mucho desde entonces, El soldado Schwejk sigue siendo perfectamente actual, y esto es lo que lo convierte en un clásico: trascendiendo el contexto concreto en que se sitúa, es de aplicación universal, un manual de supervivencia en entornos hostiles a la vida y sobre todo al pensamiento racional. Esa combinación de obediencia ciega, estupidez aparente, tremendo sentido común y absoluta falta de amor propio es lo que hace de Schwejk un personaje digno de recordarse siempre.

Un Schwejk sembrando la desesperación por el clásico entorno burocrático-oficinesco (estilo Dilbert) sería algo digno de verse; y, sin llegar a esos extremos, siempre podremos usar alguna de sus tácticas defensivas frente a la autoridad, algo nocivo siempre que se nos acerca.

Jaroslav Hasek no llegó a concluir este libro, que entronca perfectamente en la tradición bohemia del buen vivir: buena cerveza, sencillez, y no tomarse la vida nada en serio. Como Bohumil Hrabal, quien seguro que se acordó de Schwejk no sólo para bosquejar alguno de sus personajes, sino probablemente como guía en su propia vida.

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Última actualización: 9-02-2003

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