Contra mi costumbre, tendré que decir algo sobre la
autora. Perteneciente a una familia de banqueros rusos exiliada
en Francia tras la revolución soviética, Irène
Némirovsky fue una de las novelistas de éxito durante
la década de los 30. Joven y rica, participaba de la vida
de la alta sociedad francesa de la época, teniendo sólo
un defecto: ser judía.
Tras la invasión alemana de Francia y los primeros reglamentos
antijudíos, la familia de la autora abandonó París
en busca de mayor seguridad. En una situación tan angustiosa,
Némirovsky emprende la escritura de una obra ambiciosa, “Suite
francesa”, que constaría de cinco novelas breves.
Tuvo tiempo de terminar las dos primeras, “Tempestad en
junio” y “Dolce”, que, junto con
una colección de notas y cartas de la autora, forman el volumen
que nos ocupa.
“Tempestad en junio” consiste en una serie
de escenas de la desbandada general que tuvo lugar en Francia en
junio de
1940, al desplomarse de forma desastrosa el frente que contenía
el avance alemán. Ricos y pobres se montan en cualquier vehículo,
o van a pie, colapsando todas las vías de comunicación
hacia el oeste y creando situaciones que sacan a la luz lo peor
de cada uno. La narración progresa saltando de unos personajes
a otros, cuidadosamente elegidos para construir un fresco de la
sociedad francesa de la época: la familia de un alto funcionario,
rica, beata y patriótica; un banquero, su amante y sus empleados;
un escritor de moda... También hay soldados que huyen, convoyes
de heridos, orondos campesinos que aprovechan la necesidad del prójimo
para hacer caja, un estado de anarquía transitoria que la
autora refleja magistralmente en capítulos como el que cuenta
la aventura de los pupilos de un orfanato.

Amsterdam, febrero de 2007
La otra novella, “Dolce”, tiene una estructura
mucho más simple. Situada en la rica campiña francesa,
narra unos meses en la vida del pueblo de Bussy, marcados por la
obligación de los vecinos de acomodar a un regimiento alemán.
La vida de ricos y pobres —campesinos, la rica propietaria,
la vizcondesa— se ve así alterada, pues no sólo
son parte de un país derrotado, sino que además cada
uno ha de alojar, en su propia casa, a un soldado del ejército
invasor. Como casi todas las familias tienen algún miembro
prisionero de los vencedores, el resentimiento hace de las suyas.
Némirovsky aprovecha la situación magníficamente,
diferenciando las reacciones de los distintos personajes, el patriotismo
ridículo, el colaboracionismo abyecto, el respeto e incluso
el enamoramiento. Se detiene en las Angellier, suegra y nuera de
acomodada posición, y en la relación de ambas con
el teniente alemán que se aloja en su lujosa casa.
“Suite francesa” es una gran obra por méritos
propios: la habilidad narrativa, las descripciones de los personajes,
la estructura tan adecuada a lo que se pretende contar, son características
de una buena novelista. Si además recordamos las circunstancias
extremas en que fue escrita, sólo queda reconocer el mérito
de Irène Némirovsky y lamentar que no hubiese vivido
cuarenta años más.
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