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Poco nos cuenta esta larga novela de la vida de Tristram, aunque sí
mucho de sus opiniones. Laurence Sterne, clérico anglicano, párroco
en una remota provincia, se dedicó a publicar durante la década
de 1760 librillos humorísticos, reunidos bajo este título.
Tuvieron gran éxito en su tiempo, aunque se les vaticinó
un rápido olvido: algo me dice que erraron.
Tristram Shandy, hijo de un acomodado propietario rural, escribe sus
memorias, aunque su disciplina en cuanto a ceñirse a un hilo argumental
deja mucho que desear. Tras varios cientos de páginas, el protagonista
y narrador todavía no ha venido a este mundo. Su madre se retuerce,
presa de los dolores del alumbramiento, y el doctor Slop sigue buscando
sus aparejos de obstetra, para hacerle nacer según los principios
de la ciencia.
En lugar de conocer la vida de Tristram Shandy, el asombrado lector ha
podido disfrutar de descripciones y de anécdotas de una increíble
galería de personajes: el padre de Tristram, obsesionado con el
tamaño de las narices y con la importancia que el nombre de las
personas tiene en su destino; Yorick, el cura bocazas; el tío Toby,
heroicamente herido en el sitio de Namur, quien junto a su fiel criado
Trim se dedica a reproducir a escala los asedios de las campañas
de Marlborough; el papista del doctor Slop...

Ávila. Agosto 2002
Laurence Sterne hace un verdadero arte del normalmente nefando arte de
la digresión. Intercala episodios larguísimos de la vida
de cualquier personaje, o verdaderos cuentos dentro de la novela - un
buen ejemplo es el del narigudo de Estrasburgo-, inacabables reflexiones
del autor, puestas en boca del narrador, sobre todo lo divino y lo humano...
Pronto el lector se percata del juego y se deja llevar, disfrutando de
las numerosas anécdotas, aburriéndose con las inacabables
peroratas pseudofilosóficas del padre de Tristram y desesperándose
con los eternos soliloquios del autor/narrador. Es recomendable, por tanto,
leer este libro con prudencia, pocas páginas cada día, para
no cansarse demasiado.
Durante algo más de la primera mitad del libro predominan las
anécdotas graciosas, y es en verdad una delicia romper a reír
ante las absurdas peripecias de unos y otros. En mi opinión, son
puntos álgidos la Maldición
del Obispo Ernulfo, que el doctor Slop, sumamente cabreado, recita
al inútil de su criado: siete páginas repletas de juramentos,
en latín y en inglés, repartidas por todo el santoral y
todas las partes del cuerpo del infeliz. El otro momento cumbre es la
circuncisión accidental del pequeño Tristram con una ventana
de guillotina, unos capítulos inolvidables.
Sin embargo, hacia los volúmenes VI y VII (Tristram Shandy
está dividido en nueve "volúmenes"), la lectura
se vuelve muy pesada. Se cuenta un viaje a Francia sin relación
alguna con el resto del texto, olvidándose de toda la entrañable
tropa anterior, y reincidiendo con demasiada frecuencia en las "opiniones"
del narrador. Solamente hacia el final del libro, donde se narran los
ridículos amores del tío Toby y la viuda Wadman, se recupera
algo la frescura del principio.
No hay que olvidar que Tristram Shandy se escribió hace
250 años; aunque el inglés de la época no es difícil
de entender, el estilo sí es muy diferente al que estamos acostumbrados.
Por otro lado, las continuas referencias a polémicas políticas,
médicas, filosóficas o literarias sólo las podemos
entender con ayuda de las más de cien páginas de notas que
acompañan al texto. Lo mismo ocurre con las numerosas metáforas
picantes: menudo bicho, este Sterne. Lo curioso es que también
publicaba colecciones de sermones.
Sterne se declara deudor y discípulo de Cervantes, Rabelais y
Swift. Quizá no esté a la altura, pero lo cierto es que
Tristram Shandy es un juego literario en el que merece la pena
participar, aunque cada carcajada nos cueste un difícil esfuerzo.
Otro valor añadido que para mí ha tenido esta novela lo
comparte con muchos clásicos escritos hace siglos: no hay mejor
forma de saber cómo vivían y pensaban en determinada época
que recurrir a una fuente de primera mano. Y si nos hace reír,
mejor.
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