| Isaac Rosa se plantea escribir una novela ambientada en el tardofranquismo,
época de disturbios estudiantiles, lógica dialéctica,
cargas de los grises, alocada juventud, etc. En lugar de dirigir la narración
por los derroteros que cree convenientes, renuncia a esa prerrogativa,
mostrando las cartas con las que él, como autor, comienza la partida.
La elección de los personajes, a partir de nombres encontrados
en notas a pie de página durante un largo esfuerzo de documentación,
y del argumento, de entre unas cuantas historias tipo a elegir de entre
las clásicas y tópicas del período en estudio, da
pie a una larga y muy interesante reflexión sobre el adocenamiento
y la manipulación que supondría seguir el camino trillado:
personajes arquetípicos, que, a lo largo de una peripecia predecible
por lo conocida, acaban por reforzar el tópico costumbrista de
los felices años 60, culminando en la poco menos que perfecta (y
feliz) transición. Una elección que no sería inocente.
No es inocente situar una ficción en el franquismo como si de
cualquier período histórico se tratara, no es lo mismo una
historia policiaca en una abadía benedictina medieval que en Madrid
1965, sobre todo en una sociedad que prefirió tapar todo lo desagradable
sucedido entre 1936 y 1975, decisión que tuvo sus razones pero
que no debemos aceptar acríticamente. Los que no pudimos conocerlo
de primera mano tenemos el derecho de saber lo que ocurrió, no
a través de ñoñas películas costumbristas
ni de memorias escritas por quienes en vacaciones antes de ir a Ibiza
pasaban por París a manifestarse un rato. Aunque sólo sea
para saber a quién tenemos algo que agradecer y quiénes
aprovecharon bien la oportunidad de medrar, aprovechando el esfuerzo ajeno
para quedar como unos héroes.
Consecuencia. Madrid, octubre 2004.
De entre los cientos de entradas encontradas en los índices onomásticos
de obras serias sobre el período, el autor selecciona dos, de aparición
fugaz en la Historia, para ser sus personajes: un "líder
estudiantil" y un profesor, quienes desaparecieron en febrero
de 1965, un mes de mucho disturbio en la Ciudad Universitaria.
Se alternan capítulos de pura novela, a veces contados por un
narrador omnisciente, otras veces por algún personaje secundario,
con las reflexiones del autor sobre cómo escribir la novela: en
qué cliché situarla, el papel de las casualidades, qué
arquetipo adjudicar a cada personaje... son los mejores pasajes, sin duda.
Al lector le asalta la sospecha de si no se estará recurriendo
a la vía fácil de la reflexión en voz alta en lugar
de construir una buena novela, sospecha difícil de espantar. Sin
embargo, los capítulos novelados demuestran que para Isaac Rosa
no habría sido ningún problema: en cuatro páginas
el lector está metido de lleno en la peripecia, a pesar de haber
sido avisado de que no es más que un artificio, y a haber asistido
a la selección y mezcla de los ingredientes. El lector se ve arrastrado
por la novela, empieza a simpatizar con los personajes, quiere saber qué
es lo siguiente que les sucede... menos mal que el autor, bruscamente,
corta la narración para enseñar, una vez más, que
el escenario es de cartón piedra. Un buen ejemplo es la doble biografía
del profesor desaparecido, impresa a dos columnas, que demuestra lo fácil
que sería colocarlo en cualquiera de los dos bandos.
Según avanzamos en “El vano ayer”, los pasajes
que podemos llamar metaliterarios van dando paso a materiales “en
bruto”, algunos de los cuales son casi perfectos: versiones de la
prensa española y francesa del mismo suceso (una manifestación),
las declaraciones de un policía herido en la misma, un editorial
de periódico adicto al régimen... no voy a hacer la lista
de todos. Sólo señalar que, llegando al final del libro,
se vuelven más chirriantes y amargos, como el capítulo que
podemos llamar “de la risa” —una descripción
acelerada de la muy hilarante transición española—,
o el que a mí me ha parecido el más flojo del libro, una
glosa de aquel General que ganó a los rojos todos los Reynos de
España, escrito a modo de cantar de gesta y demasiado largo, pareciendo
más una mera demostración de ingenio.
“El vano ayer” es un libro muy ambicioso, que lucha
simultáneamente en dos frentes, contra la escritura de novelas
siguiendo una fórmula —un trabajo que, si se tiene cierta
facilidad expresiva, viene a ser tan monótono como el de un contable—
y el vergonzoso recuerdo que en España se tiene de los hechos sucedidos
durante las décadas de los 60 y 70. Un recuerdo totalmente favorable
a los verdugos, a la gauche divine, a los funcionarios fieles
a la dictadura, y que por tanto no hace ninguna justicia a los torturados,
o simplemente a tantos que tuvieron que aguantar durante décadas
la sumisión absoluta al fascista de su barrio, al cura de su pueblo
y a toda figura de autoridad.
Además, es una lectura agradable, pues está muy bien escrito.
El autor hace gala de un dominio del idioma formidable, y es evidente
que se trata de una escritura muy trabajada. Esperaré con atención
el próximo libro que publique.
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