Resulta complicado resumir una obra tan ambiciosa, que da forma
a un mundo rico y complejo, que aunque trasunto de un paisaje y
unas gentes bien reales, tendría perfecta consistencia como
una construcción totalmente imaginaria. Situada en un espacio
geográfico muy reducido, el municipio de Getxo, con algunas
incursiones al otro lado de la ría del Nervión, temporalmente
cubre los años de despegue de la industria pesada vizcaína
-siempre el hierro, minas y altos hornos-, hasta su declive durante
la crisis de los 70: prácticamente un siglo. Como cumbre
trágica, la caída del frente de Bilbao durante la
Guerra Civil.
La novela puede interpretarse como la lucha entre los hombres de
madera —los campesinos, la tradición, un tanto falsaria,
basada en el folklore y en la pureza simbolizada en los caseríos—
y los hombres de hierro, representantes de la industrialización
y el progreso económico que enriquece a algunos, destruye
el paisaje y lo llena de extraños, venidos de tierras lejanas
y portadores de ideas destructivas. Pero pronto veremos que la situación
es más compleja, pues al eterno conflicto tradición-modernidad
se le superpone el no menos viejo enfrentamiento entre ricos y pobres,
formando un tablero de juego de cuatro esquinas, hacia las que se
aproximan los personajes principales:
El cacique tradicionalista, clerical, está representado
por la marquesa Cristina Oiaindia. Nacionalista sabiniana, hipócrita
consumada, manipuladora, sus principales víctimas acaban
siendo sus hijos. Empeñada en que la esencia del alma vasca
no desaparezca de entre sus aparceros y arrendatarios, sin embargo
establece contacto por matrimonio e inclinación con la burguesía
industrial, culpable de convertir Vizcaya en un paisaje quemado
de minas de hierro y altos hornos, poblándolo de maketos
ignorantes de las verdaderas tradiciones.
El mundo del campesinado toma cuerpo en la novela en la familia
Altube, del caserío Altubena —detalle éste muy
importante—, aunque también muchas familias de los
caseríos de Getxo, presentes desde tiempos remotos juegan
un papel importante: los Larreko, Etxe, Ermo... Aunque humildes,
tardan más en abandonar las viejas costumbres que sus "mayores".
Muy conservadores, el signo de los tiempos les hace vulnerables
a la contaminación por los postulados del movimiento obrero.
En torno a ese cuadrilátero madera-hierro, ricos-pobres
se construye un mundo mucho más complejo: también
aparece una encarnación del Mal, sin escrúpulos, debilidades
ni tan siquiera nombre, Ella; los descendientes de Cristina
Oiaindia, víctimas de una locura provocada en gran medida
por los manejos de su madre, y el sustrato mitológico, siempre
presente, desde que los 48 fundadores salieron del mar en el principio
de los tiempos con forma de bichitos verdes y se convirtieron en
los 48 fuegos cuyos patriarcas, los jauntxos,
legislan bajo la copa de un gran roble. La pureza del pueblo vasco
está socarronamente representada por los Baskardo de Sugarkea,
familia que desprecia los inventos modernos (la rueda, por ejemplo)
y sigue procreando dentro del mar; las tradiciones rigurosamente
defendidas, por el mágico catafalco que sirve de mostrador
en una taberna, causa de las páginas más divertidas
de la novela.

Guetaria, mayo de 2004
Tal es el planteamiento de "Verdes valles, colinas rojas".
Fiel a la tradición de mic-culturilla,
no voy a avanzar en el desarrollo del argumento, pues no se trata
de privar al lector del placer de descubrirlo por sí mismo;
mejor unos comentarios sobre la estructura y forma de la novela,
pues una obra tan compleja y extensa necesita una urdimbre resistente
y flexible a la vez, como las buenas obras de ingeniería.
Más que una trilogía, hay que decir que se trata
de una novela dividida en tres volúmenes; no tendría
mucho sentido comenzar por uno distinto del primero, ni dejar alguno
sin leer. Estructurada en capítulos que siguen un orden temporal
no estricto, alternan tres narradores: Josafat Baskardo, hijo de
Cristina Oiaindia, Asier Altube, y Roque Altube. Cada uno con una
percepción de los acontecimientos, como se verá, muy
diferente. Josafat ("Jaso") y Roque son verdaderos participantes
en el drama, mientras que Asier, cuyo papel es mucho más
secundario y que escribe desde el presente, transcribiendo prácticamente
las narraciones del maestro de Getxo, cumple más fielmente
la figura de narrador clásico, cuyos actos no influyen en
el desarrollo de la trama.
El ritmo narrativo elegido por Ramiro Pinilla es muy dinámico,
logra mantener la tensión durante una novela tan larga. Al
estar los distintos narradores ansiosos por contar los episodios,
evitan descripciones de atmósferas o ambientes que todos
conocen y que el lector será perfectamente capaz de construir
sin necesidad de ayuda explícita. A veces las versiones no
concuerdan del todo y nos vemos obligados a hacer una labor de reconstrucción,
es lo normal en estos casos y una parte importante del placer intelectual
de desentrañar una obra compleja.
Me queda mucho por mencionar: el papel del maestro, personaje
antipático por lo pesado, pero muy importante como cronista
local; la comuna hippie-nudista organizada en un caserío
50 años antes de tiempo; el rebaño desbocado de llamas
carniceras; el descubrimiento del fútbol como epopeya histórica,
y tantos otros personajes e historias dignos de reflexión,
tal es la riqueza y extensión de "Verdes valles,
colinas rojas". Una novela que me ha entusiasmado, y que
sueño con ver disfrutar algún día del éxito
popular que merece. Para cuando llegue ese día, quiero dejar
bien clara mi pertenencia al club de admiradores de Roque Altube,
patrón de las parturientas que no están a lo que tienen
que estar.
Ramiro Pinilla ha construido un territorio mítico equiparable
al condado de Yoknapatawpha, o a la ciudad de Macondo, pero situándolo
en la bien real villa de Getxo.
Si esta novela tuviera el éxito que merece, Getxo pronto
se convertiría en meca del turismo cultural, con reconstrucciones
del caserío de Oiarzena y de la casona de Laparkobaso; baños
nocturnos en la playa de Arrigunaga, excursiones a los montes mineros,
al mítico caserío Sugarkea... Aunque hayan convertido
La Galea en un club de golf, ya han dedicado una
calle importante a los Altube. Un servidor hace lo que puede
con el Google
Maps, pero tiene que verlo en persona.
Por supuesto, un objetivo para la próxima temporada será
leer más escritos del autor de esta obra maestra. Como aperitivo,
un cuento del autor publicado en la web de la Universidad del País
Vasco: Euskera
Ez.
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