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Hartos de siglos
de opresión, los animales se reúnen en el Jardín
Botánico de París y conspiran para sacudirse el odioso yugo
del dominio humano. Tras un minuto de silencio en honor de La Fontaine,
deciden guardar garras y colmillos y luchar con las armas más queridas
del enemigo: el ingenio y las letras. Organizan así una publicación,
dirigida por los señores Redactores Jefes, el Mono y el Loro, en
la que los animales tendrán la oportunidad de narrar sus aventuras,
exponer su visión del mundo y demostrar su excelencia literaria.
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Este
personaje es un médico, visto por Grandville
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Pronto comienzan
a llegar las colaboraciones: una anciana Liebre nos cuenta sus
aventuras en el París de la revolución de Julio;
una Gata inglesa, sus cuitas amorosas y su lucha contra el spleen;
un Cocodrilo, sus contrariedades en la fría Europa... así,
hasta llenar un volumen.
El segundo
tomo comienza con una sangrienta revolución, lucha fratricida
entre animales que aprovecha hábilmente un zorro para convertirse
en el monarca absoluto Zorro I, y decidir quién publica
y qué se permite escribir. No obstante, Animales entusiastas
siguen enviando capítulos: un Mirlo blanco, su excepcional
historia; una Abeja obrera, su amor platónico por un Zángano;
otra Gata, esta vez francesa, describe sus cuitas... llenando
páginas y más páginas de amores, desgracias,
críticas y denuncias de la penosa situación del
Mundo Animal.
Ciertamente,
una obra en la que han colaborado tantos y tan distintos autores,
de pelaje, plumaje y escamas de muy diferentes colores, va a tener
muchos altibajos.
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Mis investigaciones
indican, por desgracia, que en realidad la Vida privada y pública
de los Animales fue una iniciativa de un editor alsaciano, Pierre-Jules
Hetzel, que, además de escribir casi la mitad de los capítulos,
encargó a lo más granado de los escritores de la época
sus colaboraciones. Encontramos así las firmas de J-P Stahl (el
seudónimo de Hetzel), Balzac, George Sand, Franklin, Stendhal...
y otros muchos que mi ignorancia no reconoce.
La obra mantiene
una cierta unidad, gracias al propio Hetzel y sobre todo al ilustrador
J. J. Grandville, autor de magníficos grabados como los que adornan
esta reseña. La edición es muy generosa con las ilustraciones,
prácticamente hay una cada dos páginas, y merece la pena
detenerse en ellas.

Los
últimos momentos de un Animal arrepentido. Por Grandville.
Los relatos son de
temática muy variada, aunque, como cabría esperar, predomina
la sátira de la sociedad francesa de los tiempos de la monarquía
burguesa de Luis Felipe; también pueden encontrarse ataques feroces
a los movimientos literarios romántico y realista, al socialismo
utópico, a los ingleses, a la medicina... pocas cosas quedan a
salvo.
El estilo es necesariamente
variado, oscila desde lo ágil a lo más acartonado. Quizá
la obra sea demasiado larga, acaba uno cansado de los amores de la Corneja
o de las opiniones filosóficas de un Pingüino. Sin querer
alabarla en exceso, si recomendaría su lectura. No creo que esté
en una lista de obras maestras, pero se ha conservado dignamente
tras siglo y medio. Que no es poco.
Mis relatos favoritos
han sido: las Últimas palabras de una Efímera, de
Benjamin Franklin, y el Viaje de un Gorrión de París,
por George Sand.
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