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"La muerte y la muerte de Quincas Berro Dagua", cuento
largo con el que se abre este volumen, narra la última noche de
Quincas, o bien la primera después de muerto, dependiendo del punto
de vista: para los que le acompañaron en esa última noche
de farra, sus fieles amigos negros y mulatos del alegre lumpen de Bahía,
incluyendo su amante la negra Quiteria, Quincas no desapareció
hasta el final de la noche. Para su poco afligida familia, Joaquim Soares
da Cunha, pues tal era el nombre del probo y serio funcionario hasta que
al jubilarse decidiera rebautizarse y lanzarse a una vida más divertida,
había fallecido la mañana anterior, habiendo recibido los
santos sacramentos etcétera.
El cuento, casi una novela corta por su extensión, se mueve perfectamente
entre los dos mundos: la familia, obsesionada por mantener una apariencia
respetable a la vez que procura que el funeral no le salga muy caro, y
el de los amigos, preparando una buena juerga para despedir al bueno de
Quincas como se merece: con mucho aguardiente, música y baile.

Mayo de 2003
La segunda parte del libro, titulada "La completa verdad sobre
las discutidas aventuras del comandante Vasco Moscoso de Aragón,
capitán de altura", ya es una novela, por extensión
y alcances. Salimos de Bahía, la antigua capital del Brasil y ciudad
protagonista de la obra de Jorge Amado, para trasladarnos a Periperi,
un suburbio de la anterior, habitada durante casi todo el año por
un aburridísimo elenco de jubilados de clase media.
El narrador, aspirante al premio del Archivo Público por la investigación
histórica amateur de que disfrutamos, rememora lo acaecido
30 años atrás, cuando la letalmente plácida vida
de Periperi fue sacudida por la llegada del capitán de navío
retirado a que alude el título. Pero no puede evitar incluir detalles
de sus propias aventuras, en especial sus amores con la mulata Dondoca,
amante a su vez de un meritísimo magistrado un lío,
pero de lo mejor del libro.
Pero vayamos con don Vasco. La sorpresa de su llegada, que habría
bastado para revolucionar el estático suburbio, fue acrecentada
por la afición del comandante a relatar sus aventuras por los siete
mares, unas andanzas fabulosas en lejanos puertos, arrostrando mortales
peligros y conociendo mujeres exóticas, que le convirtieron en
el centro de atención de los aburridos jubilados de Periperi.
Lamentablemente, es de humana condición que donde hay éxito
pronto surge la envidia, y poco tardó en ser blanco de la maledicencia
de un bilioso vecino, quien osaba afirmar que don Vasco jamás había
mandado no un bajel trasatlántico, sino siquiera un transbordador
de río. Llegamos así a la clave de la novela, algo ya indicado
por el propio narrador: el esclarecimiento de la verdad. Las trampas tendidas
por el envidioso, las salidas airosas del comandante, las largas investigaciones
que completan su biografía... no desvelaré aquí el
resultado, aunque la conclusión vuelve a ser una pregunta: ¿dónde
está, qué es la verdad absoluta? ¿existe? Y de esta
forma tan metafísica dejo mi resumen a medias.
Hay muchas razones para leer esta novela, muchas más que para
no hacerlo: está bien escrita, es divertida, original. Jorge Amado,
a quien se negó el premio Nobel por su militancia de izquierdas,
extrae una y otra vez personajes universales de su universo particular
Salvador de Bahía. Que nadie se asuste por la militancia,
nada más lejos de la literatura social que este volumen.
Si tuviera que calificarlo, lo haría usando un adjetivo horrendo,
sujeto de viciosos abusos por parte de políticos, periodistas y
fauna afín: diría que tanto el cuento inicial como la novela
son humanos. Con lo que quiero decir (pues este atrevimiento hay
que justificarlo) que exalta la alegría de vivir, es comprensivo
con las numerosas flaquezas de los personajes, y, cuando no puede llegar
a tanta comprensión, prefiere reírse de ellos antes que
censurarlos.
Bien podría decir que, en la visión del mundo que toda
buena narración construye, los héroes aquí son la
sencillez, la humildad, la generosidad y, sobre todo, la alegría.
Frente a ellos, el orgullo, la mezquindad y la pretenciosidad son los
peores vicios, castigados con el arma más devastadora: el ridículo.
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