| Al que esto escribe, no le gusta la guerra. El dolor casi insoportable
que supone la muerte de un ser querido, multiplicado por todas las víctimas
que producen, es razón suficiente para oponerme a las guerras en
todas sus formas, y desear que los belicistas prueben su propia medicina.
Cosa que, gracias
a millones de tontos útiles, no suele suceder. Otra cosa es
defendernos cuando nuestro país es atacado, fenómeno que,
además de haber ocurrido muy pocas veces desde 1212, solía
comenzar con la decisión de algún rey estúpido de
regalar el ejército al enemigo.
Por otro lado, está la educación que uno ha recibido, no
sólo la escasa formación histórica, sino también
las innumerables novelas, películas, cantares de gesta, batallitas
del abuelo, juegos infantiles, y tantas otras manifestaciones de glorificación
a la muerte de grandes cantidades de gente. La guerra, sobre todo cuando
ocurre lejos en el tiempo y en espacio, es un fenónemo interesante:
por eso, no está de más estudiar un poco sus formas a lo
largo de las épocas. Nada mejor que recurrir a la obra de uno de
los historiadores militares más conocidos, John Keegan.

Ejemplo de arquitectura militar, hacia 1090. Ávila, febrero 2004.
En una larguísima introducción, Keegan estructura la obra
en forma de tesis en contra del tratado militar moderno por excelencia,
El arte de la guerra del prusiano Von Clausewitz. La famosa sentencia
"la guerra es la continuación de la política por
otros medios", es refutada una y otra vez por la tesis de Keegan:
las raíces de la guerra son mucho más profundas, son culturales.
Pese a ser una buena argumentación, es demasiado larga, arrebatando
demasiado espacio a la descripción de la evolución histórica
del arte militar. Y algunos de los argumentos reposan demasiado en cierta
mística guerrera, de orgullo regimental, propia del soldado profesional
quien, aislado en su mundo de disciplina, maniobras y banderitas, desprecia
lo civil. Dudo que sean así, o que sean tantos como parece dar
por sentado.
Gracias al dios Marte, si suprimimos los capítulos de introducción
y conclusión, todavía nos queda un buen tratado de historia
militar. No está dividido en las épocas convencionales,
sino en cuatro grandes capítulos: Stone (piedra) explica
los inicios de la guerra en las sociedades primitivas; Flesh
(carne) narra el auge de la caballería, y cómo cambió
la historia; Iron (hierro), se ocupa de los avances en armamento,
y su explotación por parte de la infantería. Finalmente,
Fire (fuego), cuenta la introducción de la pólvora,
el triunfo de la artillería y los constantes avances técnicos
culminando con la bomba atómica, que hace replantearse toda la
filosofía militar desde sus mismas bases. Entre capítulo
y capítulo, unas secciones más breves, a modo de interludio,
explican otros aspectos fundamentales, como la logística o la fortificación,
que corrían el riesgo de quedar insuficientemente explicados en
los capítulos principales.

Otro ejemplo: fuerte artillero del 1900, dominando Canfranc, Pirineo aragonés.
Coll de Ladrones, Octubre 2004.
Es esta parte central la que salva al libro. Un enfoque original, evitando
la aburridísima cronología tantas veces repetida, con énfasis
en las tácticas que supusieron cambios revolucionarios en la forma
de hacer la guerra y en los inventos, ideologías o costumbres en
los que reposan esos cambios: el carro de guerra, las falanges de hoplitas,
la horda mongola, los picadores... no faltan ejemplos. Dedica más
espacio a las formas más arcaicas que a las tácticas modernas,
pero no hay que olvidar que, por fuerza, se trata de una introducción,
cuya misión es sobre todo despertar la curiosidad del lector, quien
a partir de aquí podrá profundizar en la época que
más le interese.
Y he dejado para el final una de las grandes virtudes de este libro:
parece un manual de usuario para ese gran juego llamado Civilization.
Las guerras de mentira son mucho más divertidas que las reales.
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