|
Tras la lectura de los anteriores volúmenes de "El día
del Watusi", de argumento original y brillantemente construido,
estilo depurado mas agradable de leer, y, sobre todo, peripecia muy interesante,
la espera por este último libro de la trilogía se hizo larga,
pero no demasiado acuciante, pues confiaba yo en disfrutar de una buena
cantidad adicional de horas de satisfactoria lectura, siguiendo la vida
y milagros de Fernando Atienza, este peculiar pícaro moderno.
Ahora tendría que intervenir el coro griego: es difícil
que el objeto de unas expectativas muy halagüeñas sea capaz
de colmarlas a nuestro antojo, y tengo que decir que, por desgracia, El
idioma imposible no ha logrado mantener el elevado nivel de sus predecesores
en la saga. La peripecia se embrolla, perdiendo interés; las digresiones
del narrador alcanzan una frecuencia y duración alarmantes, tendiendo
la novela a una acumulación de anécdotas que han sido forzadas
a resolverse apresuradamente en una conclusión a toda la trilogía
que, en mi opinión, se merecía algo mejor.
Unas pinceladas sobre el argumento: tras los vaivenes sufridos durante
Viento y joyas,
Fernando Atienza se oculta en los ambientes cutres del centro de Barcelona,
construyéndose una nueva identidad, cubierto con la cual recorre
toda la década de 1980. Se gana la vida trapicheando con anfetas,
es testigo de los destrozos causados por el auge de la heroína,
participa en la explosión de grupos pop que marcó
la música de la década en España, y termina relacionado
con el mundillo cultural de diseño que asoló Cataluña
durante los años previos a la Olimpiada de 1992 y cuyos coletazos
todavía sufrimos. También conocemos al gran amor de
su vida, Elsa, además de otros episodios sentimentales de distinta
duración y relevancia.

Un ambiente similar al de nuestro protagonista. Madrid, febrero de 2003.
Demasiado para un solo libro. Comparándolo con los dos anteriores,
dotados de un hilo conductor el día del Watusi en el primero,
la aventura política de los mandamases del Banco Comercial Ciudadano
en el segundo, en esta entrega no logro reconocer ningún
elemento clave en la sucesión de eventos, cambios de actividad
del protagonista, reflexiones interminables o teorías conspiratorias.
Se entra en excesivo detalle al describir cosas no demasiado trascendentes
(un ejemplo doloroso: el guión de manga japonés escrito
por el protagonista), y el libro se hace aburrido, sensación que
acaba predominando a pesar de páginas muy logradas y del buen estilo
de Casavella. Al igual que en los volúmenes anteriores, aparece
un amplio elenco de personajes, destacando aquí los típicos
arribistas de la escena político-cultural, pero son mucho menos
interesantes y están mucho menos desarrollados que en las entregas
previas.
Cuando llega el final, rotundo y apresurado, de la trilogía, ronda
la sospecha de que las 300 páginas que acabamos de leer sobran,
que han aportado poco al desarrollo de la trama.
La decepción es, por tanto, inevitable. Más que por los
deméritos de El idioma imposible en sí, pues es capaz
de mantener la cabeza bien alta entre la marea de mediocridad en que nos
movemos, por el contraste frente a las dos partes anteriores, que habría
deseado que no hubiesen terminado nunca. Seguiré recomendando esta
trilogía, pero con la pena de que haya terminado dejándome
este mal sabor de boca.
|