libros
 

David S. Landes:
“The Wealth and Poverty of Nations ”
(La riqueza y pobreza de las naciones)

Análisis económico-histórico de los imperios que en el mundo han sido.
 

Tras la agradable sorpresa que supuso la lectura de Cañones, gérmenes y acero, un análisis de las sociedades humanas basado en parámetros geográficos y biológicos, un servidor buscaba algo similar, estudios de historia comparada. La presente obra, subtitulada “Por qué algunas son tan ricas y otras tan pobres”, prometía dar buena satisfacción a mis deseos de conocimiento. David S. Landes, emérito de Harvard, ha sido profesor tanto de historia como de economía: cualificaciones que a priori le capacitan para la tarea prometida por el título.

Empieza este grueso volumen (unas 650 páginas, menos mal que las 100 últimas son de notas y bibliografía) con un breve capítulo sobre la importancia del factor físico, la geografía, para atacar inmediatamente lo que será el hilo conductor de la obra: la excepcionalidad de las sociedades europeas, que conduce al dominio del planeta a lo largo de la Edad Moderna. Se remonta para ello hasta los albores de la Edad Media, comparando los embriones feudales de las futuras naciones-estado con los imperios de Oriente. Para el autor, la principal diferencia es el respeto por la propiedad privada en la Europa feudal frente a la arbitrariedad despótica, un argumento más que discutible. No solamente porque omite que en torno al cambio de milenio los europeos eran unos siervos de lo más miserable mientras que los grandes mercaderes salían de El Cairo, Damasco y Basora; sino porque también olvida que el desarrollo comercial y técnico de la Baja Edad Media se produjo precisamente en los resquicios que dejaba el sistema feudal: las ciudades-estado italianas y alemanas, mientras que la sociedad medieval no se distinguía precisamente por su respeto a la propiedad privada y al comercio. Valgan de ejemplo las restricciones a la venta de propiedades de la nobleza y del clero (mayorazgos y demás), y las continuas exacciones de reyes y poderosos a los pocos mercaderes y prestamistas que comerciaban por sus reinos. Mientras dedica una acertada crítica al sistema gremial, por el impedimento que supone a la libre competencia, ignora muy convenientemente el principal motor de avance económico, agrícola y técnico, de Europa occidental en los siglos de despegue (X-XII): las muy poco capitalistas abadías benedictinas.

No es mi costumbre opinar sobre la calidad de un libro ya en el segundo párrafo de la reseña, pero esta tenacidad para escoger solamente los fenómenos históricos que respaldan una tesis, omitiendo los demás, supone un ejercicio falaz de influencia sobre unos lectores (los consumidores norteamericanos de libros de divulgación histórica) probablemente no lo bastante duchos en historia medieval como para detectar la trampa. Pronto se ve de qué pie cojea Landes: la libertad de comercio es la verdadera libertad, es la causa última del progreso económico y por ende del poderío militar y cultural de las naciones. Atribuirlo todo a una causa es una simplificación excesiva, parece un sermón de los de Mario Vargas Llosa en El País.

El Escorial
Idea para invertir sabiamente las rentas de un Imperio donde no se pone el sol.
El Escorial, primavera de 2006.

Para beneficio del potencial lector de esta reseña, haré un inciso para resumir mis opiniones sobre la política económica: prefiero que el papel del Estado se limite a garantizar las condiciones para que se desarrolle un mercado lo más libre posible, cumpliendo unas leyes básicas que no excluyen el pago de impuestos para garantizar unos servicios mínimos a los ciudadanos (educación, salud, seguridad). Me opongo tanto a un modelo sin regulación, con dolorosas consecuencias para los más débiles, como al proteccionismo y a las subvenciones que sólo sirven para beneficiar a unos sectores que disfrutan de los impuestos de todos. En lo económico, me considero más cerca de un modelo liberal que, por ejemplo, de lo que se estila en Francia o en España; quiero decir con esto que, aunque comprendo y comparto en gran medida la postura de Landes, me niego a asumirla como el motor de la Historia. Y menos aún con el dogmatismo de un creyente en la verdadera fe. Pero sigamos con “The Wealth and Poverty of Nations”.

Los capítulos dedicados a la Edad Media dan paso a la Era de los Descubrimientos, a los imperios marítimos, primero el de Portugal y luego el español. Es evidente que no gozamos de su simpatía, y que sobran motivos para vilipendiar un imperio tan desastroso tanto para los pueblos conquistados como para sus súbditos; razón de más para no cometer errores de bulto. Paso a citar algunos, empezando con la página 65, párrafo sobre la Reconquista:

...and Castile, an expansioninst frontier state of caballero pastoralists (what we would call cowboys)...

¿Tanta era la diferencia con los señores feudales de otras partes de Europa, es decir Inglaterra, pues a ese reino periférico parece que se reducen los conocimientos de este señor? ¡Me habría encantado ver a los hidalgos castellanos pastoreando ovejas por esas cañadas! Por cierto, ni una referencia se hace al motivo principal del poderío económico de Castilla en el siglo XV, no vaya a ser que quite filo a la tesis del libro. Y una generalización tan absurda y tan gratuita asusta sobre la calidad de los argumentos del autor.

En la página 138, el lector aprenderá que a principios del S. XVII (han leído bien, diecisiete), el emperador Carlos V pone Flandes bajo el dominio fanático y terrible de los Habsburgo españoles. Toda la vida convencido de que había sido al revés –además de un siglo antes, pero perdonemos el error-, pero no vamos a estropear la teoría de la maldad intrínseca ibérica haciendo concesiones a la realidad, como mencionar que el bueno de Carlos, educado y criado en Flandes, donde tuvo que sofocar rebeliones ¡burguesas! para hacerse con la corona fue en Castilla.

Por último, en la página 184, en un inciso titulado “The Tenacity of Intolerance and Prejudice”, adjudica la isla de Sicilia a la corona de Castilla durante el siglo XV. El autor tiene el derecho de tomar como ejemplo de todo lo malo al imperio que quiera, y el español, con su Inquisición, expulsiones de judíos y masacres en América, es muy poco defendible. Sin embargo, las falsedades sobran –y hacen dudar de las cualificaciones de Mr. Landes como historiador-, y falta un análisis mínimo de las causas que hicieron que la monarquía española escogiera ser el paladín de la fe católica y derrochar todos sus recursos en continuas guerras condenadas al fracaso. Con dos páginas hubiera bastado.

Por el Imperio hacia Dios
Por el Imperio hacia Dios. El Escorial, primavera de 2006.

He escogido tres ejemplos de la historia de un país que por razones obvias conozco bien, para destacar las características más notables de esta obra: análisis muy superficial, maniqueísmo propio de película de Hollywood, y estructura inexistente. Los capítulos se suceden: expansión marítima de Holanda e Inglaterra, revolución industrial, Estados Unidos, China, América Latina, Japón, el mundo árabe (este capítulo es terrible), y, salvo la repetición del mismo leitmotiv, no se adivina una estructura coherente que los agrupe y dé forma a una tesis más compleja. Simplemente, acumulación de descripciones de periodos en la historia de algunos países e imperios, elegidos según le convenga.

Tiene la costumbre de terminar cada capítulo con una anécdota histórica a veces de interés discutible, y a veces pierde los papeles y dedica páginas enteras a atacar a todo tipo de intelectuales “progresistas” que dudan de la Única Verdad, la pureza del camino que ha llevado al binomio Inglaterra-Estados Unidos a dominar el mundo. Particularmente vergonzosa es la invectiva lanzada contra Edward Said en el capítulo sobre los imperios musulmanes.

Si en lugar del aluvión de anécdotas el autor hubiera fundamentado mejor sus afirmaciones, “The Wealth and Poverty of Nations” habría podido ser un volumen discreto de divulgación histórica, desde un punto de vista político muy determinado, con un simpático y constante refunfuño en contra de la corrección política, muy en plan abuelo Cebolleta. Pero los errores de bulto, las invectivas sin venir a cuento y la superficialidad del análisis hacen que no valga ni el papel en el que está impreso.

Una sorpresa bienvenida, que sin salvar el libro deja un regusto agradable, son los capítulos finales, donde analiza brevemente la situación actual, dividiendo a los países en ganadores y perdedores del proceso imperialista y de la descolonización posterior. Mucho menos dogmático, plantea las disyuntivas que se encuentran los países al perseguir el desarrollo económico, incluyendo alguna forma de atenuar los desequilibrios del libre mercado. Pero la recomendación de mic-culturilla es clara: habiendo tantos buenos libros de historia, bien estructurados y argumentados, escritos por verdaderos historiadores, no pierdan el tiempo con este ladrillo. Si ya los americanos no han hecho nada para merecerlo, menos hemos hecho nosotros.

ir al índice

 

Última actualización: 18-04-2006

Ponte en contacto conmigo