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Thomas Mann: “La montaña mágica” (Der Zauberberg)

Reflexiones sobre una novela impactante, y no sólo por su tamaño.

 

Lo primero que sentí al terminar una novela que me ha acompañado durante casi cuatro meses no fue alivio, ni satisfacción por el deber cumplido —que no es poco—. En este caso, las últimas docenas de páginas me hicieron lamentar de verdad haber llegado al final.

No siempre ha sido así. Hubo momentos de duda (¿qué hago yo leyendo este coñazo?), intermedios de semanas de duración, tentaciones de devolverla a su estantería hasta la próxima mudanza, pero, no sé cómo, me mantuve firme en mi propósito inicial. Y ha valido la pena. Se puede pensar que le sobran capítulos enteros, conversaciones pedantes que se prolongan durante 50 páginas, llevando al límite la paciencia del lector, o episodios que uno no sabe a qué se deben, como por ejemplo el del espiritismo, o las incursiones del protagonista en los libros de medicina; pero, al cerrar el segundo tomo, va cuajando la certeza que, de algún modo que se me escapa, todo ello era necesario.

La estructura de la novela es clásica, narrador en tercera persona, totalmente lineal, las causas siguen a los efectos y todo, incluidos los personajes, sigue un orden perfecto. Siglo XIX, en suma. La narración comienza con la llegada del protagonista, Hans Castorp, al sanatorio suizo donde su primo Joachim trata de curar su tuberculosis. Hans es un joven ingeniero, huérfano desde niño pero de muy buena familia, que acaba de terminar la carrera y aprovecha el viaje como paréntesis antes de entrar a trabajar en unos astilleros de su ciudad, Hamburgo, donde está destinado a ser un burgués ejemplar, como corresponde a un descendiente de los senadores de la ciudad desde tiempos de la Hansa.

Un paisaje alpino, podría haber estado en los alrededores del Berghof.
Gredos, julio 2003.

El carácter disciplinado de Hans se adapta pronto y de buen grado a la rutina del sanatorio. Poco después de su llegada, un incidente hace aconsejable que prolongue su estancia, lo que le convierte en miembro de pleno derecho de la institución. Se nos introduce así en el universo en miniatura del Berghof, sanatorio donde ricos burgueses de toda Europa tratan su tuberculosis en el aire puro de los Alpes. Todos de muy buena cuna y educación, pero a los que la convivencia continua con la muerte hace tomarse a la ligera más de una convención social, ante la desaprobación de nuestro recto Hans. A través de él conoceremos una larga galería de personajes, como el ferviente liberal Settembrini, fiel seguidor de la llama del progreso, que toma a Hans como discípulo y nos aburre con eternas y muy pedantes disquisiciones; su rival —y no menos pesado— Naphta, jesuita oscurantista y medievalizante; Pepperkorn la fuerza de la naturaleza; y, por supuesto, muchos más, sin olvidarnos de Madame Chauchat, de quien se enamora perdidamente nuestro héroe. Llega hasta a tutearla, oh cielos.

A lo largo de los años, las conversaciones inacabables, las muertes y las llegadas de nuevos personajes, Hans va madurando; La Montaña Mágica consiste por tanto en una novela de aprendizaje, en la que vemos los cambios que unos y otros provocan en el protagonista, por lo demás bastante influenciable. Por no hablar de la manía que tienen casi todos de "educarle", ¡pobre hombre!.

Llega un momento en que parece que todos se estancan en sus posiciones —pues en esta novela los cambios los producen los personajes: el mundo exterior no sabemos siquiera si sigue existiendo— y es el narrador el que parece que tiene que darles un empujoncito, a la manera de esos dibujos animados en que aparece la mano enorme del dibujando pinchando al pato Donald con un lápiz gigantesco. Y es entonces, cuando la novela parece que ha entrado en una vía muerta, cuando el comportamiento de los personajes va cambiando, sin dar giros bruscos, pero provocando un nuevo enfoque, genial, de la novela, que la convierte en una verdadera parábola de la tragedia europea durante el siglo XX, de su marcha hacia el abismo y de cómo la semilla de las catástrofes que se sucedieron estaba germinando entre los educados y pedantes burgueses.

Prefiero dejarlo así, para no arruinar la experiencia al futuro lector, pues es esta última parte la que da sentido a la obra y —aquí quizá estoy afirmando demasiado— lo que ha hecho de ella todo un clásico.

No puedo menos que recomendar su lectura. Con paciencia, pues es un proyecto de larga duración, que perdona las interrupciones y agradece que se lleve a cabo con calma. He pasado ratos buenos, pero también malísimos (¡esos rollos pedagógicos de Settembrini!), y es algo que hubiera preferido ahorrarme; pero, a la vista del conjunto, ha valido la pena.

 

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Última actualización: 10-07-2005

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