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Lo primero que sentí
al terminar una novela que me ha acompañado durante casi cuatro
meses no fue alivio, ni satisfacción por el deber cumplido que
no es poco. En este caso, las últimas docenas de páginas
me hicieron lamentar de verdad haber llegado al final.
No siempre ha sido
así. Hubo momentos de duda (¿qué hago yo leyendo
este coñazo?), intermedios de semanas de duración, tentaciones
de devolverla a su estantería hasta la próxima mudanza,
pero, no sé cómo, me mantuve firme en mi propósito
inicial. Y ha valido la pena. Se puede pensar que le sobran capítulos
enteros, conversaciones pedantes que se prolongan durante 50 páginas,
llevando al límite la paciencia del lector, o episodios que uno
no sabe a qué se deben, como por ejemplo el del espiritismo, o
las incursiones del protagonista en los libros de medicina; pero, al cerrar
el segundo tomo, va cuajando la certeza que, de algún modo que
se me escapa, todo ello era necesario.
La estructura de
la novela es clásica, narrador en tercera persona, totalmente lineal,
las causas siguen a los efectos y todo, incluidos los personajes, sigue
un orden perfecto. Siglo XIX, en suma. La narración comienza con
la llegada del protagonista, Hans Castorp, al sanatorio suizo donde su
primo Joachim trata de curar su tuberculosis. Hans es un joven ingeniero,
huérfano desde niño pero de muy buena familia, que acaba
de terminar la carrera y aprovecha el viaje como paréntesis antes
de entrar a trabajar en unos astilleros de su ciudad, Hamburgo, donde
está destinado a ser un burgués ejemplar, como corresponde
a un descendiente de los senadores de la ciudad desde tiempos de la Hansa.

Un
paisaje alpino, podría haber estado en los alrededores del Berghof.
Gredos, julio 2003.
El carácter
disciplinado de Hans se adapta pronto y de buen grado a la rutina del
sanatorio. Poco después de su llegada, un incidente hace aconsejable
que prolongue su estancia, lo que le convierte en miembro de pleno derecho
de la institución. Se nos introduce así en el universo en
miniatura del Berghof, sanatorio donde ricos burgueses de toda Europa
tratan su tuberculosis en el aire puro de los Alpes. Todos de muy buena
cuna y educación, pero a los que la convivencia continua con la
muerte hace tomarse a la ligera más de una convención social,
ante la desaprobación de nuestro recto Hans. A través de
él conoceremos una larga galería de personajes, como el
ferviente liberal Settembrini, fiel seguidor de la llama del progreso,
que toma a Hans como discípulo y nos aburre con eternas y muy pedantes
disquisiciones; su rival y no menos pesado Naphta, jesuita
oscurantista y medievalizante; Pepperkorn la fuerza de la naturaleza;
y, por supuesto, muchos más, sin olvidarnos de Madame Chauchat,
de quien se enamora perdidamente nuestro héroe. Llega hasta a tutearla,
oh cielos.
A lo largo de los
años, las conversaciones inacabables, las muertes y las llegadas
de nuevos personajes, Hans va madurando; La Montaña Mágica
consiste por tanto en una novela de aprendizaje, en la que vemos los cambios
que unos y otros provocan en el protagonista, por lo demás bastante
influenciable. Por no hablar de la manía que tienen casi todos
de "educarle", ¡pobre hombre!.
Llega un momento
en que parece que todos se estancan en sus posiciones pues en esta
novela los cambios los producen los personajes: el mundo exterior no sabemos
siquiera si sigue existiendo y es el narrador el que parece que tiene
que darles un empujoncito, a la manera de esos dibujos animados en que
aparece la mano enorme del dibujando pinchando al pato Donald con un lápiz
gigantesco. Y es entonces, cuando la novela parece que ha entrado en una
vía muerta, cuando el comportamiento de los personajes va cambiando,
sin dar giros bruscos, pero provocando un nuevo enfoque, genial, de la
novela, que la convierte en una verdadera parábola de la tragedia
europea durante el siglo XX, de su marcha hacia el abismo y de cómo
la semilla de las catástrofes que se sucedieron estaba germinando
entre los educados y pedantes burgueses.
Prefiero dejarlo
así, para no arruinar la experiencia al futuro lector, pues es
esta última parte la que da sentido a la obra y aquí quizá
estoy afirmando demasiado lo que ha hecho de ella todo un clásico.
No puedo menos que
recomendar su lectura. Con paciencia, pues es un proyecto de larga duración,
que perdona las interrupciones y agradece que se lleve a cabo con calma.
He pasado ratos buenos, pero también malísimos (¡esos
rollos pedagógicos de Settembrini!), y es algo que hubiera preferido
ahorrarme; pero, a la vista del conjunto, ha valido la pena.
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