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Vida fácil ~ MillerNov ~ Drama

NOTA: Este relato se escribió para el segundo concurso en la Web de Imacrea. El primer párrafo, (en cursiva) era el punto común de comienzo para todos los participantes.


«El sol se pone en Tíndar mezclado con tonos azules y rojizos en el inmenso cielo de la Isla de Argenta, y tumbado en la blanca arena me siento privilegiado espectador del ir y venir de las nubes al son del viento. Los pescadores preparan las redes entre risas y animadas conversaciones. Envidio la sencillez de sus vidas. Cuando era pequeño mi padre solía llevarme a los acantilados. Nos sentábamos al borde del abismo, dejando caer las piernas, y el estruendo de las olas chocando contra las rocas inundaba nuestros oídos. Era el sonido del tiempo, que todo lo desgasta. Ahora que he regresado me pregunto si tantos años de ausencia han merecido la pena.»

Ni siquiera sabría decir exactamente cuantos años han pasado desde mi partida de Tíndar —pensó. Tampoco importa mucho, todo está tan cambiado. Caras nuevas en los hijos que recuerdan a las viejas amistades, casas recién construidas sobre las viejas chabolas. Embarcaciones a motor, en lugar de velas y remos. Pero la misma costa, la misma brisa. El mismo atardecer que un día me despidió de la isla. Si pudiera por un momento dar marcha atrás, parar el tiempo y hacer que las hojas arrancadas del calendario volviesen a colgar de la pared. Si pudiese devolver la vida a mis padres, y presentarme a ellos de nuevo como el hijo que quisieron ver en mí. Si realmente pudiese hacer todo eso, las noches serían más tranquilas, quizás las pesadillas dejarían de atormentarme, pero temo que hasta el final de mis miserables días, serán mi única compañía, mi purgatorio en vida. Ahora pienso a cada momento en cambiar mi vida, ahora, que ya es tarde para todo.

Los últimos rayos de Sol rozaron el horizonte y cientos de recuerdos de su infancia pasaron por su mente, pero no eran tan agradables como le habría gustado, estos, le arañaban en su interior haciéndole sentirse mal. Se levantó y se sacudió la húmeda arena que se había pegado a sus pantalones. Atravesó el puerto y se encaminó hacia las empinadas callejuelas que se adentraban por el pueblo. Reconocía las calles sí, pero no muchas de las encaladas y floridas fachadas que ahora las flanqueaban. Se detuvo frente a una angosta puerta, la pintura verde estaba descascarillada por varios puntos, y el salitre dejaba su impronta en la pequeña reja que cubría la mirilla y también sobre el latón de la cerradura.

Esa misma mañana había alquilado la casita de pescadores. La afable anciana le aceptó el dinero de un mes por adelantado, pero sólo porque él había insistido. El mero recuerdo de aquella cara inocente, le hizo sentirse aún peor. Sacudió la cabeza en un gesto negativo mientras pasaba al interior. Fue directamente al dormitorio y se sentó sobre el borde de la cama. El viejo colchón de lana se hundió bajo su peso, y el olor a naftalina que desprendían las sábanas inundó toda la habitación.

Abrió el cajón de la mesilla, levantó un pañuelo y sacó una pistola automática. El tenue brillo, apagado como la noche, destelló en los gastados bordes del arma. Después la sujetó con ambas manos y gastó unos minutos contemplándola. Cierto placer le recorrió por los brazos, pero también una buena dosis de odio y rabia.

Con un rápido movimiento montó el arma, el sonido de una bala alojándose en la recámara restalló como un látigo en su mente, haciendo resurgir recuerdos que nunca pensó que volverían a pasar por su cabeza. Se avergonzó de sí mismo. Sabía manejar muy bien ese instrumento mortífero, lo hacía con seguridad y lo había hecho muchas veces. Dirigió la boca del cañón por debajo de su barbilla, deslizó muy despacio el dedo índice por el gatillo, respiró hondo y retuvo el aire. Tensó su dedo haciendo fuerza, pero lo relajó mientras exhalaba el contenido de sus pulmones. Lentamente bajó el arma y la sostuvo sobre sus piernas, incapaz de apartar la vista de ella.

Unos segundos después, asqueado de sí mismo, soltó con desprecio la pistola sobre la cama. Las palmas de sus manos, limpias y blancas, lisas y bien cuidadas, fueron las que atraparon toda su atención. Se imagino como estarían ahora, endurecidas y llenas de callos, si su vida hubiese sido tal como sus padres esperaban. Recordó las fugaces imágenes que guardaba de su padre. Hora tras hora, desde antes del amanecer hasta bien entrada la noche, siempre trabajando, entre rancios e inolvidables olores que conseguían penetrar por todos los poros, y el agobiante vapor que salía de los grandes pucheros puestos al fuego. Siempre cociendo cabezas y colas de pescado, raspas y tripas que compraba en el puerto después de la subasta. El hedor insoportable se filtraba por todos los rincones de la casa, hasta la gente evitaba pasar por aquel tramo de la calle. Luego, después de comer deprisa, mientras la hedionda masa se enfriaba a la sombra de una mustia palmera, cogía el enorme batidor de madera y lo untaba con sebo, parecía tratarlo mejor a que a sus propios hijos. Lo cubría con una capa más y lo volvía a frotar con sus burdas manos, una y otra vez, como un obsesivo ritual. Y no descansaba hasta que su superficie parecía tan brillante como un cristal. Dejaba el batidor apoyado en un caballete y se secaba las manos en los ajados faldones de su mandil. A veces, se liaba un cigarro y hasta parecía disfrutar de aquel placer, sólo unos minutos sin hacer otra cosa que tragar humo para después soplarlo lentamente. Cuando aplastaba la colilla en el suelo, volvía a coger el batidor, le dedicaba otra orgullosa mirada y ya no paraba de golpear en el interior de las grandes ollas, arriba y abajo, golpe tras golpe, horas y horas. Hasta que la pútrida masa se convertía en polvo. Su madre, su sumisa madre, llenaba sacos de harina de pescado sin parar, y como podía, los apilaba en grandes montones.

Aquella era la vida que debía haber vivido, aquella era su herencia, una fétida casa, una docena de palos para batir la harina de pescado y una manos endurecidas por los callos. Que habrían pensado sus amantes, si después de subir a su suite en el hotel, en vez de aromas de maderas orientales flotando en el aire, oliese a pescado podrido. Si después de bajar la cremallera de sus vestidos galantemente, acariciara sus hombros con unas ásperas e insensibles manos. Si en vez de Champagne francés, les tuviese que ofrecer vino de garrafa, con más olor a vinagre que a barrica. Por un momento, recordó la razón por la que había abandonado a sus padres y se había alejado de aquel pueblo. Durante un momento se odió a sí mismo, por haber nacido en una familia pobre en un pueblo tan humilde. Pero enseguida recordó su última decisión. Llegó a desear formar parte de la serena imagen de los pescadores, arreglando las redes para la faena del siguiente amanecer. O de su padre, moliendo harina de pescado y de su madre, trabajando y cocinando sin parar. Un pueblo sencillo, pobre y tranquilo, pero lleno de conciencias tranquilas y un triste plato en la mesa cada día. También se avergonzó por haber llevado allí sus remordimientos, toda la suciedad de la que se había impregnado su vida, la infamia de su orgullo. Aquella gente no se merecía. Volvió a coger la pistola y con rabia la apoyó sobre su sien, cerró los ojos pero tampoco esta vez tuvo valor para apretar el gatillo.

Volvió a contemplar el tenue brillo de la pistola. Y por su cabeza desfilaron las imágenes del último día de la vida fácil que el mismo se había proporcionado, lo que él defendía con fanfarronería cuando presumía delante de sus amigos como “la vida que me quisieron robar”. Se vio sentado en una mesa de su restaurante preferido y frente a él, su mejor amigo, su colega, su cómplice. Se trataba de Lou, aunque todos le llamaban El Sonrisas, debido a que siempre sonreía a sus víctimas antes de descerrajarles varios disparos, le gustaba que vieran como disfrutaba de sus encargos. Aquella noche habían cenado bastante y bebido más todavía. Sus pómulos sonrosados y la elevada voz con la que presumían de sus últimos trabajos, estaban comenzando a intimidar a los que estaban sentados en las mesas cercanas. Presumían por turnos de su valor, de cuanto se acercaban a sus “clientes” para terminar con sus miserables vidas. También fanfarroneaban de los polvos que eran capaces de echar después de matar o después de una buena borrachera. Y siempre terminaban igual, llenaban las copas y las levantaban a la vez que gritaban a coro: ¡Follar me relaja del estrés del trabajo! Luego paseaban la mirada desenfocada por las otras mesas, como si esperaran a que alguien les desafiara.

Aquella noche llovía torrencialmente y Pietro, el orondo Maitre, había dejado refugiarse en la entrada del restaurante a una joven que solía leer la buenaventura a los transeúntes que le confiaban sus manos. El Sonrisas pidió su sombrero en el guardarropa y mientras se lo ponía, se fijó que la chica no apartaba la mirada de su amigo. —Joder otra vez me has vuelto a ganar, has ligado antes que yo. —se burló Lou. Carl tuvo que pestañear varias veces para enfocar su mirada sobre la chica. Vio a una joven maltratada por la vida, flaca y ojerosa, pero algo en ella había atrapado su atención. Se dio cuenta al instante y eliminó cualquier signo de flaqueza delante de su amigo. Avanzó directamente hacia la chica y le tendió ambas manos. —Toma pequeña, te dejo que leas mis manos, —dijo sin poder contener una sonora carcajada. El Sonrisas coreó a su amigo con otra risotada.

La chica tomo las manos que le tendían sobre las suyas, pequeñas, huesudas y cuarteadas, pero no dejó en ningún momento de mirar a los ojos del hombre. Aguantó sin pestañar unos segundos y luego dijo con voz triste —:Hoy no vas a encontrar la felicidad y mañana, seguramente tampoco.— soltó las manos que ni siquiera había mirado, pero Carl siguió con ellas extendidas. —¿Eso es lo que te dicen las líneas de mis manos? —Preguntó divertido. —No; eso es lo que me dicen tus ojos, tus manos están manchadas de pecado y ya no son capaces de decir nada. Carl torció el gesto e iracundo, miró a Lou, pero este, se limitó a encoger los hombros mostrando su típica sonrisa. Entonces todo sucedió como un relámpago más dentro de la tormenta. Carl agarró despiadadamente por el pelo a la chica y la arrastró hasta la calle. La soltó con tal fuerza que cayó de rodillas y cuando levantó la vista, se encontró con el hueco del cañón de la pistola de Carl frente a sus ojos. —Pues mira, yo te voy a hacer feliz esta noche. —Carl apretó el gatillo, lo hizo con la misma facilidad con la que lo hacía cuando el encargo era de pago. La sangré se comenzó a mezclar con el agua que encharcaba la acera, mientras Carl y Lou se alejaban entre risas y pasos torpes. Lou comentó algo sobre que realmente la chica sería más feliz así, pero Carl no parecía escucharle.

La mañana siguiente comenzó para Carl con el sonido de los nudillos de El Sonrisas golpeando sobre la puerta de su suite. Quitó el cerrojo y Lou pasó sin esperar a que le invitara, y cuando llegó al centro del salón, se giró y le tendió a su amigo el periódico que llevaba. —Parece que vas a ser famoso antes que yo —le dijo sin dejar de sonreír. Carl tomó el periódico por la página que estaba abierto sin entender lo que Lou le decía. La fotografía desenfocada de un cuerpo sin vida, tendido sobre la fría acera, llenaba la cuarta parte de la plana. En una de las esquinas del artículo había un retrato de la cara de la chica asesinada. Carl la reconoció de inmediato, aunque sonrió ligeramente a Lou, notó como algo de aquella cara le llamaba la atención, igual que lo había hecho la noche anterior. Rápidamente subió la vista hasta el principio del artículo y leyó rápidamente hasta que vio el nombre escrito. Su gesto se turbó, miró seriamente a Lou y le pidió que se marchara, mientras él no dejaba de mirar la cara que había en aquella pequeña fotografía.

Que razón tenía la chica cuando me dijo que nunca encontraría la felicidad, —pensó—. Ni siquiera era lo suficientemente sincero como para derramar una lágrima por ella. La vida fácil que había elegido le había hecho así, —se repetía muchas veces—, pero sabía que no eran más que argumentos vacíos para disculparse ante el mundo. Esta vez agarró firmemente la pistola, introdujo el cañón en su boca y apretó el gatillo.

El trueno ensordecedor reventó sus tímpanos, y dos hilillos de sangre resbalaron por sus oídos mientras su cuerpo caía inerte sobre la cama. El olor a pólvora se impuso sobre la naftalina. Y en la mínima fracción de tiempo que le quedó de vida, la imagen que conservaba en la memoria con la cara de su hermana, se fundió con la foto que había visto en el periódico.