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Cuento Fantástico ~ Millernov ~ Fantasía |
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~ Capítulo I ~ |
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Amaneció un día más de aquella larga y templada primavera. Unos tímidos rayos de luz se abrieron
camino a través de las rendijas que había en la contraventana del cuarto de Martha. Inmediatamente
los primeros ecos del patio de armas y también de la granja, le obligaron a salir de la cama. Le
habría gustado seguir acostada un poco más, pero sabía que sería imposible seguir durmiendo, la
ciudadela empezaba a cobrar vida y en breve, todo serían voces, ruidos y olores.
Tres golpes muy suaves en el lado exterior de la puerta le hicieron girar la cabeza. —El agua está
caliente, aprovecha antes de que salgan los demás—, la voz cantarina que venía del pasillo
pertenecía a Cloe, aunque Martha prefería llamarla cariñosamente "Tata". Siempre avisaba a
Martha antes que a ninguno de sus hermanos, para que fuera a lavarse y vestirse antes de desayunar.
Martha todavía en camisón, se calzó las zapatillas, abrió la ventana de par en par y salió al
pasillo.
Andaba de puntillas intentado que el suelo de madera no crujiera bajo su peso, si sus hermanos se
despertaban, vendrían gritando y corriendo al cuatro de baño, y con sus juegos siempre terminaban
esparciendo todo el agua por el suelo y salpicando las paredes y las toallas había colgadas de sus
percheros.
Una vez que hubo terminado de bañarse, se secó, se colocó una bata perfumada con lavanda y volvió
a su cuarto. Tata le ayudó a hacer la cama, después, le dio un beso en la frente y le dijo que se
diera prisa si quería desayunar con ella. La mujer salió cerrando muy despacio la puerta para no
hacer ruido. Se vistió con una camisola de seda del mismo color que el cielo de verano y
se puso unos pantalones ajustados, abrió el arcón que estaba a los pies de su cama y sacó unas
botas altas, de cuero marrón y se las calzó no sin dificultad.
Bajando las escaleras respiró el olor a pan recién hecho, cerró los ojos y aspiro profundamente,
le encantaba el pan tostado que hacía Tata para el desayuno. Antes de hornearlo, le ponía por
encima finas ralladuras de cebolla y espolvoreaba un poco de albahaca. Comió el pan untado con
mantequilla de amapola, un poco de jamón dorado con manteca y bebió un vaso de zumo de grosellas.
Se disponía a salir al patio delantero cuando entró su madre. —Buenos días cariño —saludó. Martha
corrió a besar a su madre, colgándose de su cuello. —Recuerda que hoy tienes que practicar con tu
padre para el desfile del verano. Cuando termines con el caballo, te estará
esperando en la plaza de armas, —terminó levantando la voz, pues Martha, ya iba corriendo fuera de la
casa.
Todos los días tenía que entrenar con Mythos, el caballo que le había regalado su padre por su
decimoséptimo cumpleaños, aunque todavía era un potro de tres años, era tan alto como los caballos
más grandes de la cuadra. Cada día, lo primero que tenía que hacer por la mañana era
continuar con la doma de Mythos. Aunque montar a caballo era lo que más le gustaba, la doma le aburría.
Prefería dar largos paseos y disfrutar en el campo con el cariñoso animal.
Corrió hasta la puerta del almacén y se coló dentro, sacó un pequeño paño del bolsillo y colocó
en el un par de zanahorias y una manzana, ató las cuatro esquinas con un nudo sencillo y salió a
toda prisa de nuevo, pero esta vez en dirección a los establos.
—¡Hace rato que ha comido! —gritó Jurgen, cuando vio a Martha atravesar el pórtico como un
vendaval. Jurgen se encargaba de la comida y limpieza de las caballerizas, además, hacía las veces
de herrador en invierno, cuando los caminos estaban nevados y Petro, el viejo herrador de la ciudad,
no conseguía llegar. Ayudaba en la fragua para que las herraduras tuvieran la medida y curvatura
adecuada de cada caballo, y no eran pocas las veces que sustituía al veterinario. Si algún día le
sobraba algo de tiempo, cosa nada común, cepillaba el pelaje a los caballos mientras tarareaba
canciones de antiguas gestas. Y con todo eso, muchas veces interrumpía su trabajo para corregir
posturas o actitudes a los jinetes que estaban en la pista de entrenamiento. Siempre de buen humor
y con una sonrisa para todo el que se acercaba a las cuadras, desde luego, los caballos de la
ciudadela, no podrían estar en mejores manos.
Martha entró en el cubículo donde se encontraba Mythos, que ya estaba impaciente porque la había
oído venir antes incluso de que traspasara la puerta. Desató el atillo y le puso junto al
abrevadero la manzana partida en dos mitades, se guardo el resto en el bolsillo del pantalón y se
dirigió al guadarnés. Una vez allí, cogió un ramal corto y se lo colgó en los hombros, un gancho
con mango fino que le había fabricado el herrero y un cepillo de cerdas duras. Cargada con todo lo
necesario, volvió a por Mythos, que todavía se relamía saboreando la amarilla manzana. Le dio dos
palmadas en el cuello y le plantó un besó en la quijada. Con un movimiento tranquilo pero muy
preciso, como le había enseñado Jurgen, enganchó el aro del ramal a la cabezada de cuadra que
llevaba colocada el potro y salieron caminando al soleado día.
Una vez fuera del establo, Martha ató el otro extremo del ramal a una de las argollas de la pared,
se colocó a un costado del animal y le mostró el gancho. Éste dobló su pata delantera ofreciéndole
el casco. La chica lo cogió con la mano libre, y usó la herramienta para despejar el interior de
las briznas de paja húmeda y el barro acumulado, cuando quedó limpio, soltó la pata, Mythos piafó
de agradecimiento. Sacó una zanahoria del bolsillo y la colocó en la boca del animal. Repitió la
misma tarea en las otras tres patas del caballo. Para terminar, cepillo en mano, frotó con las
cerdas toda la piel, el flequillo, las crines y la cola, quedando peinado y limpio de polvo.
Ofreció la última zanahoria al caballo y se encamino al interior de la cuadra.
—Yo ensillaré al caballo —se ofreció Jurgen, que ya iba de camino, con la silla apoyada en su
antebrazo y las riendas sujetas con la otra mano. Martha guardó el cepillo y el gancho en su armario
del guadarnés y volvió corriendo para ayudar a colocar la montura. Cuando alcanzó al caballista,
le liberó de las bridas, y así, pudo apoyar la silla sobre el lomo del caballo. Ajustó la cincha y
se aseguro de que quedará bien firme. Mientras tanto, ella, soltó al animal del ramal que lo
mantenía sujeto a la pared, y acto seguido, con un gesto casi cariñoso, le colocó el bocado y
sujeto las riendas a la testuz, por último, le ajustó la cadenilla por detrás de la mandíbula.
El hombre ayudó a subir a la chica, y cuando esta afianzó sus botas en los estribos, tomo las
riendas que hasta entonces había sujetado su amigo.
—¿Que vas a hacer hoy, pequeña? —Preguntó mientras el caballo giraba para dar media vuelta.
—Creo que practicaré el galope por el camino del bosque —contestó—, y muchas gracias Jurgen,
—le dijo ya alejándose.
Mantuvo el caballo al paso hasta la última calle de la ciudadela, la más cercana al bosque.
Cuando se llegaba a su linde, había un camino apenas transitado que recorría todo el perímetro,
pero no ofrecía ninguna entrada al mismo, la espesura del bosque era tal que, por delgada que fuera
una persona, apenas podría abrirse paso entre sus ramas. Ni a su padre, ni a nadie más que conociera,
le gustaba aquel bosque. Las largas tardes de invierno, cuando no había otra cosa que hacer, que permanecer
dentro de las casas, reunidos alrededor de la chimenea y comiendo castañas asadas, siempre había
alguien que recordaba la leyenda del mago y el bosque maldito.
Sentímedran había sido el mago que habitó castillo cercano a la ciudadela, que desde hace muchos años,
más de los que podían recordaban los ancianos del lugar, se encontraba en ruinas, prácticamente
inhabitable, recordó Martha. El mago, según decían las historias populares, visitó el bosque una
noche de Luna nueva, y los misterios que este encerraba, le atraparon, convirtiéndolo en un árbol
más, que ahora ya sería centenario.
Perdida en sus ensoñaciones, apreció que el soleado día había perdido la luz, levantó la mirada
esperando ver alguna nube pasajera que ocultara el Sol. Pero lo que observó, le cortó la respiración.
Con el corazón acelerado, pudo apreciar que estaban totalmente rodeados por una tupida red de ramas
que se iban apartando al paso de Mythos. Confundida y sin saber por donde se había metido el caballo,
volvió la cabeza y miró hacia atrás, pudo ver como las propias ramas que antes les abrieran el
camino, ahora se cerraban tras ellos.
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