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Colaboradores |
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Cuento Fantástico ~ Millernov ~ Fantasía |
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~ Capítulo II ~ |
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El caballo, obligado a seguir avanzando por el único camino que le iba ofreciendo el bosque,
comenzó a resoplar fuertemente, dando muestras de nerviosismo. A su vez, Martha, más nerviosa
aún que su montura, sujetó las riendas con una sola mano, de todas formas, poco podía hacer que
no fuera dejar que el animal simplemente ocupara el hueco que iba apareciendo por delante de él,
y así, con la mano libre, dio algunas firmes palmadas en el rígido cuello de Mythos. Aunque su
intención era la de transmitir cierta confianza al caballo, su efecto no fue en absoluto el
deseado, Mythos, que estaba muy acostumbrado a su trato con la amazona, noto el miedo en su
tacto, que no hizo más que aumentar su propio temor, todos sus músculos se tensaron, y sus patas
comenzaron a dar fuertes y secos pisotones en el terreno cada vez que daba un paso.
Martha percibió que la marcha, hacía rato que se había vuelto cuesta arriba, y la inclinación
cada vez era más pronunciada, obligándola incluso a echar su cuerpo hacia delante, para facilitar
a Mythos su propio equilibrio durante la ascensión. Las ramas seguían abriendo el único camino que
podían y se veían obligados a seguir. La pendiente se mantenía en continua subida.
Hacía un buen rato que el caballo daba muestras de cansancio, y había reducido ligeramente su
paso. Martha se extraño mucho al pensar que tanto camino cuesta arriba, se debiera al recorrido
por algún antiguo sendero, y que este, trepara por la ladera de una alta montaña. Recordaba
perfectamente todas las veces que había subido con sus hermanos a lo más alto del campanario de
la iglesia, que estaba en el centro de la ciudadela, y desde allí, había contemplado el bosque
cientos de veces, y en todas ellas, no había otra cosa que no fuera el verde manto que ofrecían
las frondosas copas de los árboles que lo formaban, y mucho menos una elevación tan abrupta del
terreno. Asustada y confundida no tenía otro remedio que esperar a descubrir donde les llevaría
su marcha. Un súbito cambió de luz, acompañado por una nueva tensión en los músculos del lomo de
su montura, llamó la atención de Martha. De repente casi había anochecido, aunque ella no tenía
constancia de que hubiese pasado tanto tiempo, tanto como para que el Sol hubiese anunciado el
final del día. La pendiente, que hasta ahora había sido muy pronunciada, comenzó a perder
inclinación, casi hasta parecer horizontal. Y allí, a no mucha distancia, pudo ver la silueta
ensombrecida de la puntiaguda terminación de lo que parecía ser una altísima torre.
Según el bosque les permitía avanzar en dirección a la torre, esta iba mostrando su magnificencia,
ejando ver sus verdaderas dimensiones, mientras que la vegetación comenzaba a perder frondosidad.
Mythos se paró de manera brusca, dejó sus anchos cascos firmemente clavados en la tierra. Martha
no podía salir de su asombro, el bosque se había abierto inesperadamente, dejando a ambos en la
orilla de un inmenso claro. Frente a ellos, apenas se podía distinguir bajo una tenebrosa luz que
lo cubría todo, un conjunto de pequeñas casas, construidas alrededor de la ciclópea torre, se veían
tan insignificantes, que le costaba distinguirlas entre sí.
Parecía como si todo el lugar estuviese cubierto de un fino manto de nieve, sin embargo, ella no
sentía frío en absoluto. De reojo, lanzó un vistazo hacia la grupa de su caballo, y no podría
asegurar por que parte de la verde cortina habían accedido al lugar donde ahora se encontraban.
Viendo que no se apreciaba ningún signo de que el lugar pudiese estar habitado, pensó que debería
afrontar la situación, vencer el paralizante miedo que sentía y comenzar a recorrer la linde del
bosque en busca de una posible abertura, algún camino en la vegetación, cualquier vía que le
permitiera regresar de vuelta a su casa.
Llevó sus manos unos centímetros hacia delante para soltar las riendas, y apretó ligeramente las
piernas sobre los costados de Mythos. Nada ocurrió, el caballo se negaba a dar un paso en cualquier
dirección. Martha sabía lo testarudo que podía llegar a ser su encantador animal cuando se lo
proponía, y sabía que cualquier lucha de fuerza con él, era una pérdida de tiempo y esfuerzo.
Descabalgó sin soltar las riendas de sus manos, y una vez en el suelo, las pasó por encima de la
testuz de su asustado compañero y se colocó frente a él. Le hizo una tierna caricia entre los ojos
y le susurró algunas palabras de consuelo. Nada, se negaba a seguir adelante. Ella sabía
perfectamente que los caballos son capaces de detectar el peligro y evitarlo, pero ¿Qué otra cosa
podía hacer?
Mirando desesperada al suelo, advirtió que lo que al principio le pareció ser nieve, era realmente
polvo, finísimo polvo que se levantaba cada vez que movía o arrastraba sus botas por el terreno.
Le extraño mucho que el polvo sólo cubriera el claro y todo lo que se encontraba en él, pero la
densa capa blanquecina, no llegaba a tocar el borde del bosque que había a su alrededor. La luz
era más escasa por momentos, dentro de poco, apenas distinguiría los ollares de Mythos.
Un ensordecedor trueno, rasgo el inquietante silencio que hasta ahora, había reinado tanto en el
bosque como en el claro, la vibración hizo que la tierra temblara acompañando al sonido, y su eco,
alejándose, se dejó oír repetidas veces hasta finalmente desapareció. Martha aterrada, encogió el
cuello y sus hombros involuntariamente, los latidos de su corazón, parecían una reminiscencia del
anterior estruendo, e instintivamente se apretó contra su caballo. El animal intentó recular, pero
el tupido bosque se lo impidió.
Finalmente, y armándose del suficiente valor, dirigió su vista hacia la fuente del ensordecedor
sonido. Una nube grisácea ascendía lentamente desde el pie de la torre, envolviéndola y ocultándola
según ganaba altura. En ese mismo momento, el eco de una siniestra risa, se fue abriendo paso a
través de las partículas grises que flotaban en el aire hasta que llegó a los oídos de Martha.
Ella se quedó petrificada.
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