Relatos - La página de MillerNov




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Cuento Fantástico ~ Millernov ~ Fantasía
 ~ Capítulo III ~ 

Pasaron algunos segundos hasta que Martha se atreviera a volver la cabeza, parecía que la relativa calma había vuelto al lugar. Solo un zumbido había quedado flotando en el aire, al principio creyó que eran sus propios oídos, que todavía estaban resentidos por el atronador sonido que produjo la torre. Enseguida se dio cuenta de que no era así. El murmullo comenzó a emitir una cadencia de pequeños cambios en su frecuencia, tan sutiles que sólo se apreciaban si se prestaba la suficiente atención.

Martha, de manera involuntaria, inspiró profundamente, había estado todo este tiempo conteniendo la respiración, y ya notaba que le faltaba el oxígeno. Después de un breve momento, en el que sus pulmones parecieron disfrutar su ingesta, soltó el aire de forma sonora, y parece que esto hizo que se relajara un poco. El caballo también parecía algo más tranquilo, aunque algo receloso, seguía manteniendo la cabeza alta, como si fuese él quien tiraba de las riendas que Martha sujetaba firmemente.

El rumor que seguía escuchando, la transportó al pasado, viejos recuerdos afloraron en su memoria, era como si una defensa natural intentase que su mente se alejase de aquel extraño e inquietante claro y su bosque. Seguía escuchando el mismo zumbido, pero ahora se encontraba en el cuarto trasero de las bodegas de la ciudadela, y allí estaba el viejo alambique, una mezcla de cobre y vidrio, vasijas y botellones, todos ellos unidos por los conductos más raros y retorcidos que jamás hubiese imaginado, y ese particular ruido que emitía, y que iba variando según la parte del proceso en la que se encontrase. Allí, el bodeguero y su hijo, solían destilar, dependiendo de la recogida de cada estación del año, cualquier tipo de licor. Cuando eran unos críos, les gustaba entrar en sala de fermentación, y encogidos en un rincón para no molestar, pasaban largos ratos observando casi sin pestañear, como el morado zumo de bayas no dejaba de borbotear, pasando de una retorta a otra. Se divertían con los ruidos que producía y se relamían con los dulces y afrutados aromas que desprendían las espitas con golpes de vapor. Finalmente, Efrén, el hijo del bodeguero, vertía un cubo agua muy fría con algún tipo de especias aromáticas en la última redoma, y cuando el zumo ya destilado, iba a resbalar por el largo serpentín hasta el recipiente donde se mezclaría con el agua, la válvula de escape dejaba salir un fortísimo chorro de vapor tintado, acompasado de un ensordecedor pitido. Entonces todos los chiquillos, salían al exterior corriendo y saltando entre gritos y empujones, una vez fuera de la bodega, comentaban con excitación, como deseaban ser mayores para poder beber el ansiado y atractivo licor.

Una nueva vibración en el claro sustituyó la algarabía de los niños, añadida al constante murmullo que provocaba el zumbido, devolvió a Martha a la inquietante realidad. Era suave pero constante, y similar al que producen algunos troncos cuando están ardiendo en la chimenea. Se fijó en que la nube de polvo que ahora cubría la totalidad de la inmensa torre, realizaba un movimiento espiral, como si quisiera acariciar constantemente las paredes de la construcción desde el suelo hasta su cima. Daba la apariencia de que nunca terminaba de ascender. Provocó en Martha la sensación de mareo y cierta angustia.

Aun así, parecía hipnotizada, la atracción que la espiral ejercía en ella, la tenía atrapada, se sentía incapaz de apartar la mirada del extraño fenómeno que en parte le aterraba, pero que a la vez no dejaba de fascinarla. El crepitar cobró algo más de fuerza, y comenzó a ver de forma muy tenue como en el interior de la sinuosa nube, una serie de delgados rayos de luz, subían y bajaban intermitentemente, cambiando bruscamente de dirección, dejando estelas luminosas que desaparecían gradualmente, rodeando el contorno de la torre.

Poco a poco, la luminosidad generada por los relámpagos, fue creciendo entre la torre y la vaporosa columna grisácea, a la vez que el sonido que emitía se iba normalizando, fundiéndose de manera más armónica con el arrullo que parecía emitir ahora todo el claro. Apenas pasado un momento, el fulgor ya era tan uniforme y potente que parecía capaz de engullir a la incesante espiral que no dejaba de girar vertiginosamente. Martha seguía sin poder dejar de contemplar, no sin miedo, el fabuloso espectáculo.

Cuando a Martha le resultó imposible distinguir si la etérea columna que se retorcía alrededor de la torre estaba formada de polvo o de brillante luz, un nuevo acontecimiento se sumo a todos los anteriormente ocurridos. La luminosidad se empezó a extender por el suelo, partiendo de la base de la gigantesca columna que reinaba en el centro del claro. Muy despacio, los pequeños edificios que se levantaban tímidamente en el perímetro, parecieron tener luz propia. Las sombras que derramaban las pequeñas casas, permitieron a Martha hacerse una mejor idea de las dimensiones de cada una de las que estaban al alcance de su vista.

Y allí desde un extremo del claro, pudo contemplar maravillada como la escena que ofrecía el extraño lugar, parecía más tranquilizadora, era realmente hermosa. Un lecho luminoso, que vibraba ocasionalmente con alguna débil chispa que se quisiera escapar del resplandor. Se asemejaba a los campos nevados en invierno, cuando la luz del sol incide en el amanecer, y se pueden ver reflejos de colores sobre el inmaculado manto. En contraste con el oscuro bosque que lo rodeaba todo, y el negro cielo, donde no se distinguía absolutamente nada, a Martha se le antojó que se encontraba a la orilla de un lago cuya superficie se hubiese congelado, y que un hechizo mágico, hubiese colocado el orbe solar en lo más profundo del fondo. La visión era tan cautivadora, que bestia y mujer, se olvidaron del miedo que habían sentido.

De repente, muchos puntos alrededor de la torre llamaron la atención de Martha, y Mythos orientó sus triangulares orejas hacia delante. La ciudad que formaban las casitas en el centro del claro, tomaron vida, y pudieron observar como las siluetas de decenas de personas se movían y cambiaban entre las callejuelas y las inmediaciones de algunos edificios, pero lo hacían en el más absoluto de los silencios, pues hasta ellos no llegó ningún sonido nuevo. Nadie se fijó en ellos, como si fuesen invisibles, a pesar de que algunas figuras parecían estar relativamente a poca distancia.

Mythos levantó la cabeza de golpe, y elevó violentamente el brazo con el que Martha sujetaba las riendas. El tirón le provocó tal susto que le hizo emitir un ahogado grito, la tensión del momento le había traicionado. Pero ninguna de las siluetas, ni siquiera las más próximas a ellos, parecieron apreciar ni oír nada. Martha miro directamente a donde suponía que también lo hacía su caballo.

Contempló como un pájaro no muy grande, que se le antojó un mochuelo, planeaba perdiendo altura hasta posarse muy suavemente sobre una rama cercana a ellos, curiosamente era la única que sobresalía del telón que formaba la tupida vegetación, era como si el propio bosque la hubiese hecho crecer a propósito para ofrecérsela. A Martha le llamó mucho la atención que aun teniendo el color de su plumaje totalmente pardo, como lo usan las aves de presa para camuflarse, destacara tanto en el entorno. Casi podría decir que daba una nota de color al yermo paisaje que ofrecía el claro. Había algo muy especial en ese autillo. Además, tenía la sensación de que tanto el pequeño búho como su montura y ella misma, formaban el único conjunto de seres realmente vivos, en contraste con las figuras que habitaban los alrededores de la torre, que le parecían carentes de espíritu.

Con la quietud casi pasmosa que caracteriza a las aves nocturnas, el mochuelo parecía mirar directamente y con bastante descaro a los ojos de la chica. Martha a su vez, no apartaba la vista de él, aunque de vez en cuando también miraba por el rabillo del ojo hacia las figuras que deambulaban por los alrededores de la torre, intentando así estar alerta ante cualquier nuevo acontecimiento que pudiera ocurrir. De repente, y tan rápido que Martha apenas se dio cuenta, el escaso cuello del búho realizó un vertiginoso giro, haciendo que su cabeza diese media vuelta, ninguna otra parte de su vertical cuerpo dio la más mínima muestra de movimiento, ni siquiera se alteró una sola pluma. Martha se puso alerta, sabía perfectamente que los sentidos del mochuelo, mucho más desarrollados que la mayoría de los animales, había detectado algo en el interior del bosque.

Enseguida pudo comprobar que sus temores no eran ni mucho menos infundados, y por si eso fuera poco, Mythos corroboró el miedo que sentía comenzando a piafar, a la vez que sus ollares se volvían perfectamente redondos y exageradamente abiertos con cada resoplido. Martha podía ver el miedo reflejado en sus dorados ojos, casi como si fuesen la viva imagen de los suyos. El mochuelo guiándose por sus perfectos sentidos, iba girando su cabeza lentamente, volviéndola hacia la posición que ocupaban la amazona y su caballo, pero Martha ya no miraba al pájaro. Toda su atención se centraba en el bosque, y en los crecientes crujidos que producían las ramas que se iban rompiendo. Martha pudo comprender que el ruido que escuchaba sólo podía ser provocado por un animal de gran tamaño. El pánico se volvía a adueñar de ella.

Mythos, como cualquier otro caballo, sabía instintivamente que la mejor forma de evitar el peligro era la huida. Por lo que finalmente, venció la resistencia que hasta entonces había sentido, y que le impedía pisar el polvoriento y fulgente suelo que se abría frente a él. Esa era la única manera de conseguir alejarse de lo que fuera que ahora acechaba en el bosque. Martha no intentó frenar al caballo en esta ocasión, caminó rápida junto a él intentado seguir su trote, aterrada y sin dejar de mirar hacia atrás. A su paso levantaban en el aire las encendidas partículas que formaban el suelo, creando una fina lluvia de chispeantes volutas, que daba a la escena un aspecto fantasmal.

 Capítulo II    Capítulo IV