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Colaboradores |
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Cuento Fantástico ~ Millernov ~ Fantasía |
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~ Capítulo IV ~ |
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El caballo decidió pararse a medio camino entre el límite del bosque y las casas que formaban el
contorno alrededor de la enigmática torre. Seguía nervioso y sus orejas no dejaban de moverse,
orientándolas constantemente hacia atrás, en dirección al bosque y hacia delante, detectando los
ruidos y movimientos que pudieran producirse en las inmediaciones.
Aunque Martha ya no era capaz de escuchar ningún sonido que pudiera proceder del interior de la
espesura, no tenía la certeza de que estos hubiesen dejado de producirse, pensó que simplemente
era su resuello y los golpes de su propio corazón, los que le impedían escuchar ninguna otra cosa.
Decidió que sería mejor fiarse de los finos sentidos de Mythos.
Con fugaces miradas dirigidas en todas las direcciones, tuvo la sensación de que las figuras que
se movían y caminaban entre las bajas construcciones, no se habían percatado de su presencia. Nadie
se paró a mirarles ni prestaron la más mínima atención hacia ella o su caballo. Un repentino
movimiento hizo que mirara hacia el bosque, el mochuelo había levantado el vuelo, ganó algo de
altura y enfiló directamente hacia ellos. Una vez que salvó la distancia que los separaba, planeó
sobre sus cabezas durante un momento, y acto seguido voló en la dirección opuesta a la que había
venido, atravesando el claro. Martha lo siguió sin apartar la mirada, hasta que la negrura que se
iba apoderando del entorno, hizo que no pudiese distinguir el pequeño cuerpo del ave. No sabía con
certeza hacia donde podía haber ido, pero tuvo el convencimiento de que la intención del búho era
que le siguieran.
Su montura, parecía más tranquila, pues Martha se fijo en que apenas apuntaba con sus orejas hacia
el bosque, sólo prestaba atención a las ya apenas visibles siluetas que deambulaban como almas en
pena. Parecía que no fuesen a ninguna parte y que la prisa no existiera para ellas. De eso Martha
estaba segura, el tiempo en el claro parecía obedecer a otras leyes, distintas a las que había en
la ciudadela. Mas calmada y un poco confiada por la relativa tranquilidad que los rodeaba, probó a
mover a Mythos, tiró suavemente de las riendas hacia la derecha del caballo, este hizo un intento
de mantener su posición, y recogió todo el cuello, pero Martha no cedió en la fuerza que imprimía
a las bridas. Finalmente cuando el caballo movió su cabeza, el cuerpo le siguió.
Anduvieron muy despacio, las volutas iridiscentes que iban levantando en el aire a su paso,
comenzaron a dejar un rastro de forma circular, que se mantenía constantemente a la misma distancia
de las cercanas casas. La oscuridad había aumentado tanto que apenas les permitía distinguir nada.
Martha se hacía una idea de donde estaban las construcciones, pues estas, dejaban huecos sin luz
que se repartían a tramos irregulares sobre el fulgente terreno. Ahora que el contraste entre el
suelo y el aire era total, ya no podía ver a la gente, sólo sabía por donde se movían por las
suaves estelas de polvo iluminado que levantaban al caminar.
No sabía que distancia habían recorrido cuando oyó el ulular del mochuelo. El musical sonido
procedía como no podía ser de otra manera de las estribaciones del bosque. Instintivamente Martha
supo que era un llamada, ya no se sentía tan asustada y se dejó llevar por la fuente del sonido.
Podía apreciar como la muralla de negrura que representaba el bosque, quedaba más cerca a cada paso
que daban, hasta que llegaron a sus inmediaciones. El búho guardó silencio, y ella, supo entonces
cual era su intención. En el suelo se distinguía un estrecho camino que penetraba en el bosque, su
luminosidad era más débil que el resto del claro. En seguida creyó entender que la inteligente ave,
les ofrecía un camino de vuelta a su hogar. El pulso se le aceleró de emoción. Sin perder un sólo
segundo se encaminó seguida de Mythos por el camino que se internaba hacia la espesura del bosque.
Pronto su euforia se tornó en decepción, y casi en desesperación, pues el camino que parecía abrir
una trocha a través del tupido bosque, no era otra cosa que una pequeña cavidad que no la dejaba
continuar avanzando. Como pudo paso por el flanco de su caballo, para poder salir de nuevo al
exterior, pero entonces pensó qué el mochuelo tendría alguna importante razón para haberlos
conducido hasta allí.
Con una naturalidad increíble, el mochuelo en un corto y delicado vuelo, se dejó caer de la
invisible rama que lo sujetaba, descendió y penetró en la oquedad. Martha sintió una suave
corriente de aire que le rozaba la mejilla cuando el búho pasó volando a su lado, pero no se
inmutó, no podía dejar de mirar el asombroso espectáculo que había frente a ella. El ave se posó
sobre la silla sujeta a Mythos.
La torre, frente a ella, pareció cobrar más intensidad, se le antojaba viva. La eterna espiral,
pareció arreciar en su ímpetu por ascender, y la energía luminosa se fue acumulando cerca de la
parte más alta. Algo llamó la atención de Martha que le hizo bajar la vista, parecía como si
algunos de los seres cobraran velocidad, casi podía sentir el miedo en sus acelerados movimientos.
Según se iba adaptando su visión, logró ver como algunas de las figuras que más corrían, iban
además perdiendo el plomizo tono que parecía cubrirlas.
El búho emitió un raro gorgojeo. El caballo se removió inquieto, pero tal y como estaba con la
grupa orientada hacia la entrada, no insistió demasiado. Martha estaba tan absorta en la visión
que ofrecía el exterior, que apenas hizo caso a ninguno de los animales. Otro gorgojeo pero esta
vez más insistente, sacó a Martha del hipnótico estado en el que estaba sumida, y se vio obligada
a mirar al curioso pájaro. Este, tenía los ojos tan brillantes que parecían dar un aspecto algo
acogedor a la oscura cavidad.
De repente todo el interior de la pequeña estancia se iluminó con un fuerte y dorado reflejo.
Martha, sobresaltada, se giró sobre si misma, y atónita contemplo como una gigantesca fuente de
azogue que partía desde lo más alto de la torre, derramaba una cascada de chisporroteantes chorros
luminosos. Según caían majestuosamente si iban dividiendo en partículas más pequeñas cada vez, lo
iluminaban todo, parecía como los fuegos de artificio que solían contemplar con asombro en las
fiestas de verano en la ciudadela, sólo que la imponente torre expulsaba tal cantidad de haces
luminosos, que no había comparación posible. Poco a poco todo el claro fue inundado con los
luminosos fragmentos que caían de la torre, tanto sobre las casas como sobre las figuras.
Martha se quedó petrificada cuando observó el efecto que las chispas causaban a las personas que
corrían por el claro. Estas se volvieron de nuevo lentas y vacías, y la sutil pauta de color que
algunos parecían haber cobrado, se volvió grisácea de nuevo. Todo había vuelto a la angustiosa
quietud del principio. En ese momento Martha entendió por qué el búho la había llamado al interior
de la cavidad.
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