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Cuento Fantástico ~ Millernov ~ Fantasía |
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~ Capítulo V ~ |
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Desde el interior de la arbórea cueva donde se encontraban, Martha observó como la lluvia de
chispas amainó lentamente hasta que desapareció. El proceso se estaba invirtiendo. La vaporosa
nube que flotaba en una danza constante sobre la puntiaguda construcción perdió volumen, se apretó
contra el gran monolito y sin dejar de girar comenzó a descender, bajó hasta que se posó sobre el
suelo. Durante un corto instante, Martha pudo distinguir las desnudas paredes de la torre. El
fosforescente velo se espació y se fundió con el luminoso polvo que lo cubría todo. A partir de
ese momento, la oscuridad fue total, la energía que había alimentado el fulgor del claro, se había
desvanecido, y el incesante murmullo que producía el zumbido que provenía de la torre, se fue
amortiguando hasta enmudecer por completo. Lo último que captaron sus retinas antes de que ya no
se pudiese distinguir nada, fue de nuevo el lento y monótono deambular de las figuras que poblaban
el claro.
Se volvió y contempló los ahora apenas brillantes ojos del búho, la seguían mirando fijamente.
Martha pudo entender en ellos lo que le pareció un atisbo de comprensión. El ave como si pareciese
satisfecha, cerró placidamente sus ojos. El caballo parecía más bien tranquilo, se aproximó a él,
buscó a tientas las riendas que había dejado colgando, y las ató a la primera rama que palpó. Le
palmeó la quijada y le plantó un beso entre los ollares.
Acariciando con una mano el suave costado de Mythos, y con la otra tanteando la frondosa pared de
su guarida, regresó cerca de la entrada. Se sentó apoyando su espalda en algún grueso tronco,
desde allí contempló la oscura abertura y el vacío que esta le mostraba. Se dio cuenta de que era
incapaz de pensar en otra cosa que en sus padres, estarían muy preocupados. Seguramente ya hacía
rato que habían organizado partidas de búsqueda. Lo más desesperante que se le antojó, fue el hecho
de pensar que a nadie de la ciudadela se le ocurriría que podría haber entrado en el bosque.
También pensó en sus hermanos, pero lo que más triste le puso fue el pensar en Tata, la conocía
muy bien y sabía lo asustada que se encontraría en estos momentos. Debatiéndose entre el miedo,
la desesperación y la tristeza, cayó en un intranquilo sueño.
Notó que algo le tocaba la rodilla, el sobresalto la sacó abruptamente del profundo sueño y abrió
los ojos. Se topó con la serena mirada del mochuelo, se sorprendió al percibir el increíblemente
vivo color naranja de sus ojos. También pudo apreciar los colores parduscos de su plumaje. Aunque
el pájaro no era muy grande, se notaba en él un recio y altanero carácter, sin embargo, parecía
tan humilde, allí, posado sobre su pierna. El búho con suma elegancia giró su cuello y se quedó
mirando al exterior, era de día. Sin apenas esfuerzo aparente, extendió sus alas y las batió para
alzar el vuelo. Martha pudo ver como se perdía entre las construcciones del soleado y solitario
claro.
Se levantó e involuntariamente dejó escapar un leve quejido. Todo su cuerpo estaba anquilosado y
dolorido. Vio a Mythos mover la cabeza y mirarla a modo de saludo. -¡Hola bonito! -Le dijo mientras
le acariciaba cariñosamente sobre la redondeada grupa. Viendo que el animal parecía tranquilo,
decidió que sería mejor dejarle allí por el momento, en la relativa seguridad que ofrecía la
foresta cueva.
Cuando se dispuso a salir al exterior, le llamó la atención que muchas de las ramas que formaban
las paredes de la cavidad, parecían haber sido cortadas por manos humanas. Podía distinguir en los
tocones más gruesos los finos surcos que dejan los dientes de las sierras, como las que se usan
para podar o talar árboles. Estaba acostumbrada a verlos en los ceporros con los que alimentaban
el fuego de la chimenea durante los largos y fríos días de invierno.
Con mucha cautela se situó bajo el arco que formaba la entrada de la oquedad, y viendo que todo
lo que podía apreciar del claro no era otra cosa que la alta torre y las insignificantes
construcciones, salió de su refugio. No había ningún rastro de las figuras que habían ocupado
el claro durante la noche anterior. Enseguida se percató de algo que llamo su atención. No había
ninguna sombra proyectada sobre el ceniciento suelo del claro, nada, ni la gran columna que era la
imponente torre, ni cualquiera de las otras pequeñas construcciones dejaban derramar su oscura
proyección. Con creciente inquietud alzó su cabeza hacia el cielo, era azul claro, estaba limpio,
pero de la misma manera que el oscuro velo de la noche anterior no dejó ver una sola estrella,
ahora, en la celeste cúpula no se veía el esperado astro.
Con pasos tan lentos que apenas removían el ahora inerte polvo que lo cubría todo, se dirigió
hacia la casita más cercana. Pensó que encontrar al pequeño búho le daría cierta seguridad, pero
no había ni una sola señal de él. Cuando alcanzó la construcción comprobó que apenas era más alta
que su propia estatura, y el resto parecían ser prácticamente iguales. Esto hizo que desde la
posición en la que ahora se encontraba, la torre se viera exageradamente más alta de lo que hasta
entonces le había parecido, dándole una sensación sobrecogedora.
Rodeó las paredes hasta encontrar la puerta que servía de entrada, la empujó ligeramente, y esta
se abrió un tanto, dejando el hueco necesario para que pudiese pasar una persona. Del interior
salía un rancio olor, y desde donde se encontraba, sólo pudo ver en la penumbra, la forma de algo
que parecía ser una mesa de sencilla ornamentación, y que soportaba algunos bultos, todos ellos
del mismo tamaño y forma. De un paso se coló en su interior, y avanzó directamente hacia la mesa.
Lo que sobre ella había depositado, no era otra cosa que unos bloques de pan. Cogió uno, lo sopesó
y lo apretó ligeramente con ambas manos, parecía algo correoso y mostraba un apagado color en su
corteza. No se parecía en nada a las hogazas que Tomás el tahonero, horneaba en la ciudadela, y
que tenían una superficie crujiente, de colores dorados y brillantes, pero tan tiernas por dentro.
Acercó el bloque de pan a su cara y aspiró profundamente, pero no pudo identificar olor alguno,
bien porque el predominante ambiente corrompido lo inundaba todo, o simplemente era que el propio
pan, como todo lo que parecía haber sobre el claro, carecía de la esencia necesaria para parecer
real.
Pellizcó una esquina y consiguió arrancar un pedacito, al menos la miga que podía ver parecía
tener color blanco, además pudo apreciar que la molienda no era muy fina. Se llevó el trocito
de pan a la boca y lo mordió. No le sorprendió que el pan no fuese muy sabroso y que costase
masticarlo, pero de momento serviría para saciar su hambre y la de Mythos.
Con esa intención fue a salir de la casita, pero al girarse distinguió algo que hizo que se le
escapase un ahogado grito, mientras que el trozo de pan se le caía de las manos inevitablemente.
Una persona sentada en el suelo y con la espalda apoyada en la pared, parecía mirarla con unos
ojos inexpresivos, permanecía totalmente inmóvil y el tono de su cara era tan apagado como lo es
el de los enfermos. Casi tan carente de color como sus sencillas vestiduras o sus manos. Apenas se
distinguía del grisáceo color de todo lo que les rodeaba.
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