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Cuento Fantástico ~ Millernov ~ Fantasía |
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~ Capítulo VI ~ |
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Durante los siguientes segundos el tiempo transcurrió muy despacio, Martha no se atrevía a moverse,
ni siquiera podía pestañear. La persona tampoco hizo ningún gesto o movimiento que diese a entender
que estaba despierta, o por lo menos viva, pero ella creía ver algo en esos ojos tristes.
Al cabo de un rato y de forma inconsciente se agachó para recoger del suelo el bloque de pan, y con
un gesto casi de costumbre, lo sacudió con una mano. Entonces se fijó que tanto el pan como el
suelo y el resto de la habitación, estaban perfectamente limpios, no había ni una sola mota de
polvo. Cosa que no ocurría con la aletargada figura que tenía en frente, por el contrario, quien
quiera que fuese, estaba cubierta por una generosa capa del ceniciento polvo que también cubría el
exterior del claro.
Una sensación contradictoria invadía los pensamientos de Martha, por un lado estaba deseando ayudar
a ese ser, extender su mano y apartar con ella la polvorienta capa que cubría su cuerpo, verle así
le causaba ahogo y claustrofobia. Pero por otra parte, el miedo que sentía, era superior a la
voluntad de atender la llamada de súplica que era capaz de leer en los inmóviles ojos. Ojos que
parecían no mirar a ningún lugar en concreto, pero que no dejaban de mirarla fijamente. Y así,
angustiada e inmóvil, incapaz de apartar su mirada de los vidriosos ojos que la tenían atrapada,
el tiempo seguía pasando.
De pronto Martha observó un cambio, muy sutil, pero pudo notar perfectamente como la única parte
de la persona que parecía tener algún atisbo de vida, sus ojos, perdían rápidamente el poco brillo
que habían mantenido hasta ese momento, la superficie de las dos pequeñas esferas se tronó mate.
Martha salió de su estupor en un instante, el extraño zumbido llegó de nuevo a sus oídos a través
del hueco de la puerta que permanecía abierta. Hacia allí dirigió su mirada. El polvo que cubría
el exterior volvía a tener luz propia. De nuevo todo su cuerpo se estremeció, se le cortó la
respiración al volver a escuchar aquella siniestra risa que penetraba sus tímpanos, y la dejó
con el corazón queriendo escaparse por su garganta.
La persona comenzó a incorporarse con torpes y lentos movimientos, Martha aterrada y desesperada,
clavó las uñas en el bloque de pan que sujetaba en sus manos, y retrocedió hasta chocar con la
pared que había a su espalda, con los ojos fuera de sus órbitas observó como la figura terminaba
de levantarse. El cuerpo de la persona, sin mostrar ninguna emoción en su rostro, estaba avanzando.
Martha quería cerrar los ojos y desaparecer de ese lugar, pero estaba tan asustada que el miedo
tenía atenazados cada uno de los músculos de su cuerpo, no se movió.
La figura cubierta de polvo se detuvo frente a la mesa, y con los mismos pasmosos movimientos, los
que Martha ya había observado en esos seres cuando deambulaban por el claro, recogió un buen número
de bloques de pan, sin pasión alguna se dio la vuelta y dirigió sus pasos al exterior. Martha soltó
de golpe el aire que había retenido durante todo ese tiempo en sus pulmones, respiró de nuevo y se
quedó algo más tranquila.
Viendo como la figura desaparecía de su vista, pudo ver a través del arco de la puerta algunas
figuras más, que ya recorrían con su característico y errático caminar todo el claro. Iban
levantando a su paso algo del fulgente polvo que hacía de esponjosa alfombra.
Algo más recobrada del cúmulo de sobresaltos, se decidió a volver al refugio donde había dejado a
Mythos. Con pasos inseguros atravesó la puerta y puso sus pies sobre la inmensa capa de polvo.
Ahora podía ver ya a cientos de figuras, todas ellas yendo sin sentido aparente de algún lugar a
cualquier otro, algunas llevaban bultos en sus manos, otras no. Pero ninguna de ellas parecía
advertir su presencia.
Sin dejar de mirar en todas las direcciones, y con el corazón todavía en un puño, desanduvo el
camino que la había llevado a aquella casita. Mientras caminaba, una idea iba aflorando en sus
pensamientos, tenía la certeza de que el extraño ciclo de tiempo y acontecimientos que parecía
controlar la enigmática torre, se estaba repitiendo. Una de sus fugaces miradas se topó con la
monolítica construcción, y apreció como la vaporosa columna ya había comenzado de nuevo su torneada
ascensión.
En la cavidad Mythos resolló saludando a Martha, parecía más bien tranquilo. La luz que penetraba
por la entrada, le permitía ver perfectamente las reducidas dimensiones de la cavidad donde se
encontraban, y el caballo parecía encontrarse a gusto allí. El hueco no difería mucho de algunos
de los cubículos que había en las cuadras de la ciudadela, donde dormían muchos de los caballos
que allí tenían. Se adentró hasta situarse a la altura de la cabeza del animal, al que saludó con
algunas caricias en el cuello.
Desgarró con sus manos un buen trozo de pan, y se lo ofreció a Mythos, este sin siquiera husmearlo,
lo atrapó con su poderosa dentadura, y dedicó un buen rato a triturarlo en el interior de su boca.
Mientras tanto, Martha iba arrancando pequeños trozos de miga que llevaba a su boca. Así siguieron
un buen rato, hasta que el alimento se terminó. El sabor que dejó en la boca de Martha no era
desagradable, pero sentía la necesidad de beber agua. Imaginó que su caballo también estaría
sediento, tanto o más que ella.
Sabía que en alguna de las casitas que había repartidas por el claro, podría encontrar un poco de
agua. Si los moradores del lugar fueron los que habían cocinado el pan que terminaban de comer,
necesariamente habrían usado agua en su elaboración. Sólo debía encontrar el lugar donde la
guardaban, y seguro que estaba cerca.
Se obligó a vencer el miedo que sentía sólo con pensar que debía regresar al maldito claro. La
necesidad de agua era imperante. Se sacudió las manos en sus ajustados pantalones de montar, para
así, eliminar las finas migajas que le habían quedado adheridas entre sus dedos. Con cierta
decisión y algo de valor, se acercó a la entrada, escrutó el cielo en busca de alguna señal del
búho, pero no avistó nada.
Si había comprendido como se desarrollaba el tiempo en este lugar, sabía que no disponía de mucho
tiempo antes de que comenzara a oscurecer, y por algún motivo creía que debería estar de vuelta en
la protección de la cueva antes que comenzara la lluvia de chispas, si es que se repetía.
Caminó sin mucha prisa y con cautela, arrastrando tras de sí una estela de brillante polvo. Se
dirigió a otra de las cercanas casitas. Localizó la entrada y pasó al interior. Parecía una
herrería. En el centro de la pieza había un yunque que descansaba sobre un grueso tronco de árbol,
pero ambos eran del mismo apagado color. Por las paredes, repartidas, se podían ver todo tipo de
herramientas, aunque apenas se distinguían, pues no había relieve en la grisácea escena. Parecía
como si un pintor que disponía tan solo de un color, lo hubiese dibujado todo, pues no parecía
real. Miró hacia el suelo, al igual que en la otra construcción, este también se encontraba limpio
de polvo.
Decidió ir probando de casa en casa sin entretenerse, hasta encontrar una en la que encontrase el
agua que debía llevar a la guarida. Salió al exterior y se mezcló con las figuras en su indiferente
caminar, se sentía invisible junto a ellas, incluso llegó a pensar que su anodino ritmo parecía
contagioso. Pero la premura devolvió sus pensamientos hacia a su principal preocupación.
Probó a buscar primero por las construcciones que le permitían no perder la referencia de la gruta
donde se encontraba oculto Mythos. No encontró agua en ninguna de ellas, la oscuridad parecía
acechar, debía darse prisa. La mayoría de ellas parecían albergar talleres o extrañas máquinas.
En una de las que indagó, había miles de clavos, remaches y herraduras de caballo, de todas las
medidas y posturas, perfectamente colocadas. Pero daban una extraña sensación de inutilidad allí.
La oscuridad estaba imponiéndose ya en el cielo, y la sinuosa nube de luz que cubría la inmensa
torre, pugnaba por trepar a su cima. Martha se desesperaba por momentos.
Sin éxito buscó dentro de otras dos más. En su exasperante búsqueda se estaba acercando
peligrosamente a la imponente torre, donde podría apreciar el inquietante zumbido que esta
emitía de manera más fuerte. La nube ya había comenzado su lenta ascensión, e iba cobrando
fuerza.
Por fin, en una de las casas en la que entró, aunque apenas se podía distinguir ya el interior
debido a la escasa luz que penetraba a través del hueco de la puerta, había algunos cubos que
parecían de madera, remachados con dos aros de latón, y un asa del mismo material. Parecía haber
algo más al fondo de la habitación, pero en la penumbra que se encontraba, no logró distinguir de
que se trataba. Con más miedo que cuidado introdujo los dedos en uno de los cubos. Sintió una
fresca sensación de humedad. Quería pensar que en verdad se trataba de agua. Se dispuso a cargar
un cubo en cada una de sus manos, cuando un repiqueteo que provenía del exterior, se impuso al
constante zumbido. Martha se asomó a la puerta lo suficiente para poder ver de que se trataba.
Como ya ocurriera la noche anterior, algunas de las personas parecían salir de su insustancial
estado, y estaban empezando a correr por el fosforescente claro. Sabía entonces que la lluvia de
haces luminosos y chispas era inminente. Debería darse mucha prisa si quería llegar a la cueva,
cargada con los dos cubos de agua.
La distante llamada del búho hizo que volviera a ella una renovada esperanza. Desde la puerta miró
en la dirección que le pareció haber escuchado el sonido. El veloz vuelo acercaba rápidamente la
silueta del mochuelo hacia el lugar en el que ella se encontraba. Sin perder un instante, se giró
sobre si misma y agarró ambos recipientes, pesaban más de lo que había imaginado, pero creía que
podría cargar con ellos hasta el borde del claro.
Justo cuando salía de nuevo por la puerta, el pequeño búho, planeaba sobre su cabeza, ululó dos
veces, había inquietud en su advertencia y Martha lo percibió. Durante un instante siguió con la
mirada el vertiginoso vuelo del ave, pues sabía que sería su mejor guía para volver junto a Mythos.
Pero debía correr, la nube ya estaba sobre la cima de la torre, y parecía deseosa por derramar la
chisporroteante lluvia. La gente del claro corría ya presa del pánico.
Apenas dio el primer paso alejándose de la casita cuando una sombra se cernió sobre ella, la
impetuosa fuerza de su desesperada carrera la arrolló, empujándola y tirándola al suelo, haciendo
que el contenido de los cubos se derramara sobre el polvoriento suelo. La figura sin apenas
detenerse, agarró con fuerza uno de los brazos de Martha, y tiró de ella hacia el interior de la
casita, una vez dentro, soltó a la chica y cerró de un portazo.
Martha incapaz de moverse, permaneció en el suelo. No podía ver nada, pero oía perfectamente la
agitada respiración de quien la había derribado. Sintió como la persona se dejaba caer, haciendo
que su cuerpo resbalase por la puerta, hasta que quedó sentado en el suelo de la casa. Lo siguiente
que escuchó fue la estrepitosa tormenta de rayos y la lluvia de haces de luz, y como las chispas
caían y rebotaban sobre el tejado que les daba cobijo.
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