Relatos - La página de MillerNov




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Cuento Fantástico ~ Millernov ~ Fantasía
 ~ Capítulo VII ~ 

Martha creyó distinguir un susurro entre el repiqueteo constante, la lluvia que caía de la torre hacía que fuera casi imposible escuchar cualquier otra cosa. Casi podría asegurar que venía de la persona que se ocultaba con ella, y que parecía que trataba de decir algo.

Era incapaz de aguantar tanta tensión por más tiempo. Estaba a oscuras. Aquel rancio olor que amenazaba con marearla. Perdida, sin saber que iba a pasar ni donde se encontraba. La imagen de Mythos llegó a su pensamiento, allí en la cueva, solo y sediento. Sus padres y Tata. Rompió en llanto. Lloró de miedo, de rabia y de impotencia. Lloró desconsolada. Lloró en el más absoluto de los silencios, el pánico le impedía llorar con fuerza y perderse lejos, muy lejos de aquella realidad.

El constante martilleo sobre el tejado dejó de escucharse, indicando de esa manera que la extraña lluvia por fin había cesado. Ahora Martha podía percibir que la rápida respiración de la persona, se estaba convirtiendo en un angustioso y enfermizo jadeo, parecía como si el último resquicio de vida quisiese abandonar su hastiado cuerpo, y solo aquellos estertores la retuvieran un poco más de tiempo.

Con el dorso de sus manos, Martha se secó las lágrimas que aún resbalaban por su cara. Se oyó un golpe seco, amortiguado y no muy fuerte. Aunque no entraba ninguna luz que le permitiera ver lo que había ocurrido, supo que la figura que reposaba sentada, se había desmoronado.

-Por favor... -Otra vez ese ahogado susurro, pero en esta ocasión lo había escuchado perfectamente. -¿Quien eres? ¿Qué te pasa? -La trémula voz de Martha se negaba a abandonar su garganta. -Por favor... -Volvió a repetir la misma voz, pero esta vez en un tono apenas audible.

Haciendo acopio de valor, Martha se levantó del suelo. Con los brazos extendidos buscó a tientas la puerta. Cuando la encontró, tiró hacia sí del picaporte. La puerta apenas se movió un poco, dejando ver una mínima filo de tenue luz. Tiró de nuevo, pero esta vez hizo uso de toda su fuerza. Sin albergar duda alguna, sintió como la hoja de la puerta, en su esfuerzo por abrirse, arrastraba hacia el centro de la pieza el cuerpo que se hallaba tirado en el suelo. Ahora la suave luz del incipiente amanecer se colaba cómodamente por el hueco que había quedado abierto.

A sus pies, podía contemplar el apagado cuerpo de la persona. Martha tenía mucho miedo, pero también notaba un sentimiento de compasión. Cada una de las espaciadas respiraciones que costosamente realizaba la persona, angustiaban algo más a Martha. Al igual que la persona que encontró en la otra casa, esta también se veía recubierta de la asfixiante capa polvorienta. Pero al contrario que la otra persona, sus ojos no dejaban de moverse dentro de sus órbitas, parecían buscar algo, finalmente encontraron lo que esperaban, se quedaron fijos en la mirada de estupor Martha.

-Por favor... -De nuevo esas dos palabras, que salieron casi arrastrándose entre los inmóviles y pálidos labios. Martha no se atrevía a moverse, su acelerado corazón quería estallar. -Por favor... la ceniza... -Esta vez la súplica que había en las ahogadas palabras, parecía indicar que irremediablemente serían las últimas. Los músculos que hasta entonces habían mantenido la taciturna mirada sobre Martha se cansaron, y los ojos parecieron caerse, terminando fijos en el suelo de la habitación. Después exhalo la única brizna de aire que le quedaba, y finalmente, sus párpados se cerraron ocultando sus apagados ojos.

Martha no podía soportar el sufrimiento de aquella persona. Se agachó a su lado y comenzó a apartar el polvo que cubría su cara. Sus manos comenzaron a teñirse del grisáceo color que parecía dominar en todo lo que había visto allí. Entonces comprendió las palabras que acababa de escuchar. El omnipresente polvo estaba en su totalidad formado por cenizas. Martha se apresuró a quitar los restos que cubrían la cara y las manos de aquel moribundo cuerpo. Parecía como si ahora pudiera respirar con menor dificultad. Martha pareció recobrar el ánimo. Cuando pensó que casi había retirado todo el polvo que podía, la persona pareció recobrar algo de vitalidad.

Lentamente abrió los ojos, y posó su mirada en la chica. Se veía agradecimiento en sus gestos. Comenzó a respirar de forma más regular. A Martha incluso le pareció que su tez cobraba algo de color, y algo parecido a un principio de sonrisa, se dibujó en su boca.

-¿Quien eres? -Martha dejó escapar la pregunta con la voz muy baja, como si temiese que alguien más pudiese escucharla. -Mi nombre es Janus. -Respondió con un hilo de voz. -Debes irte, aquí estarás atrapada, debes huir. -Pero. ¿Por dónde puedo huir? No he visto lugar alguno por el que pueda escapar de este horrible sitio. -Inquieta esperaba esa respuesta más que cualquier otra cosa. -No lo sé, -La persona se incorporó y permaneció sentada frente Martha. -Hace tanto tiempo. Bueno, en realidad no consigo recordar desde cuando estoy aquí. -Janus bajó la mirada y rodeó sus rodillas con los brazos. -Ya no consigo recordar muchas cosas. -Será mejor que salgas pronto de aquí, tú no pareces estar atrapada aún, todavía tienes ese color que nos falta a nosotros. -El hombre seguía hablando sin mirar a los ojos de Martha. -No te entiendo. ¿Qué quieres decir con eso de atrapada? -Martha puso un especial énfasis en la última palabra. -Cuando la torre vuelva a reavivar las cenizas, tomará de nuevo posesión de nuestra voluntad. Estas cenizas están vinculadas al hechizo mágico que emana de la torre. -Levantó la cabeza, Martha veía la desesperación en la expresión de su cara. -Vete antes de que las cenizas te cubran, entonces estarás perdida. -Pero ahora ya no te cubren las cenizas a ti tampoco, te las he limpiado. -Martha imprimía urgencia y esperanza en sus palabras. -No, no importa, yo estoy tocado ya por el ceniciento polvo. -Hizo un gesto con las manos, recorriendo su opaco cuerpo de arriba a abajo. -En cuanto la torre despierte, hará que mi propia voluntad me obligue a salir al claro, donde me impregnará de nuevo. Sólo consigo escapar durante breves momentos, y no muchas veces. -Dijo moviendo la cabeza de lado a lado.

Por la abertura de la puerta se apreciaba como la luz empezaba a decaer. Martha se empezaba a desesperar, nunca lograría salir de aquella pesadilla. Si además era cierto lo que Janus contaba, podría terminar con el mismo destino que todas aquellas subordinadas figuras.

-Debo llevar algo de agua a mi caballo, lleva demasiado tiempo sin beber. -Martha no sabía por que lo dijo, y se sintió un poco estúpida. -¿Tienes un caballo?, ¿Aquí en el claro? -Janus parecía no salir de su asombro ante las palabras de Martha. Viendo la reacción del hombre, Martha se asustó, pensó que por alguna razón no debía haber mencionado que tenía un caballo. -Sí, está oculto en una especie de gruta, en el borde del bosque. -¡Pero no puedes escapar por el bosque! -Janus se mostraba estupefacto mientras trataba de avisar a la Chica. -Los acechadores son feroces, y no permitirán que lo atravieses. -Por favor Janus, ayúdame a llevar el agua. -Su petición iba cargada de una desesperante súplica. -Necesito ver a Mythos. -El tono que arrastraba la voz de Martha, y las lágrimas a punto de rodar por sus mejillas convencieron a Janus.

Se levantó, y torpemente agarró dos cubos, sus movimientos se hacían eternos, aunque levantó el peso sin ningún esfuerzo aparente. Marta le imitó, pero ella dejó escapar un soplido al notar como la pesada carga tiraba de sus hombros. Ella le miró y le dirigió un gesto de asentimiento, dio media vuelta y desapareció por la puerta. Janus como pudo, se apresuro a seguirla.

Había perdido la orientación. Intentado recordar cual fue su última posición respecto a la tétrica torre, caminó lo más rápido que pudo alejándose de ella en dirección al bosque. Podía oír la extenuada respiración de Janus tras ella. Martha tuvo que reducir la marcha, pues el hombre parecía caminar más despacio cada paso que daba. Apenas habían avanzado un corto trecho, cuando Martha comprobó que el polvoriento suelo volvía a cobrar luminosidad. Se le hizo un nudo en la garganta al volver la vista hacia atrás.

Janus apenas podía sujetar los cubos, su cara reflejaba la angustia del pánico. Se había retrasado demasiado. A cada paso que daba, la fulgente estela de ceniza que levantaba en el aire se pegaba a su cuerpo, y comenzaba a cubrirle. Martha soltó un grito, dejó los cubos en el suelo y corrió en su dirección.

-Corre, no te detengas, te atrapara. -La voz de Janus era más débil cada palabra que emitía. Pero Martha no le escuchó, estaba sacudiendo el polvo de su espalda con ambas manos. -Es inútil, sálvate... -De repente Janus, giró sobre si mismo y siguió caminando. Llevaba consigo los dos cubos, pero su forma de andar era ya igual que el resto de figuras que habían vuelto a tomar el claro.

La espiral neblinosa cargada de luz ascendía lentamente, retorciéndose alrededor de la torre. Supo que Janus no la escucharía, ni siquiera la vería. Regresó levantando luminoso polvo a su paso, recogió de nuevo los dos cubos llenos de agua. Triste y desolada, trató de llegar al límite del bosque. Apenas podía distinguir nada en la espesa barrera cuando llegó, miró a ambos lados, pero no pudo ver la entrada de su refugio. Podría estar delate de ella y no ser capaz de distinguirla, la oscuridad se lo había tragado todo.

No necesitaba volver la vista para comprobar que la espiral ya estaría convertida en un nube, dispuesta a esparcir su aberrante lluvia sobre aquellos indefensos seres, y así seguir cautivándoles. Ahora que sabía como la torre arrebataba la voluntad de todas aquellas figuras, le pareció muy desolador pensar que dentro de cada una, había una persona, y que su libertad estaba secuestrada en algún lugar del interior de la maléfica torre.

La llamada del búho en forma de un ululo, que a Martha se le antojó más aguda que las que había escuchado en otras ocasiones, le dio la pista que necesitaba. Siguió el camino que había revelado el sonido. Entrando en la gruta, pudo distinguir los brillantes y naranjas ojos del mochuelo, que parecía posado de nuevo sobre el canto de la silla de montar que aún soportaba Mythos.

Martha con la respiración agitada por la rápida carrera, dejó uno de los cubos sobre el suelo, y llevó el otro al fondo de la oquedad para que Mythos saciara su sed. Mientras el caballo sumergía su hocico y daba buena cuenta del contenido, Martha le hablaba con cariño, en un tono que casi parecía dejarse caer por su pelaje.

La cueva se iluminó ligeramente. De nuevo la terrorífica tormenta había comenzado. Ahora que Martha sabía lo que ello suponía, podía sentir como su corazón se encogía un poco. Mythos resoplo, dando a indicar que estaba saciado, y ella notó que el cubo era mucho más ligero. Sabiendo que la poca iluminación no duraría mucho, se volvió hacia la entrada, donde bebería todo el agua que pudiera. Se agachó he hizo un cuenco con sus manos, las sumergió en el cubo que había dejado en el suelo y se dispuso a beber.

El fuerte aleteo del búho provocó una repentina corriente de aire dentro de la cavidad, Mythos demostrando su miedo, comenzó a piafar. Martha alertada, levantó la cabeza y pudo ver no muy distante, como una gran sombra se acercaba a toda velocidad directamente hacia ellos. Al fondo, pero no muy lejos, la lluvia de chispas parecía remitir.

 Capítulo VI    Capítulo VIII