Relatos - La página de MillerNov




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Cuento Fantástico ~ Millernov ~ Fantasía
 ~ Capítulo VIII ~ 

Dentro de la pequeña cueva Martha no se podía esconder en ningún sitio. Dio unos pocos pasos y se situó junto a la testuz de Mythos, pues sabía que en caso de peligro, los potentes cuartos traseros del caballo resultarían una buena defensa. Se agarró fuertemente al duro cuello del animal, Martha tenía todos sus músculos agarrotados por el pánico. Desde allí sólo podía esperar, mientras veía como la oscura figura se acercaba en su rápida carrera, y como iba dejando una larga y revuelta estela de fulgurante ceniza según se aproximaba. Apenas tardaría un instante en irrumpir por la entrada.

De repente un rayo apareció a la vista de Martha. Como un látigo iridiscente y seguido de un atronador crepitar, parecía como si el propio aire al romperse se quejase por el paso zigzagueante de la vertiginosa centella, emitiendo el brutal sonido. A la persona sólo le faltaban un par de zancadas para atravesar la entrada de la foresta cueva, cuando el rayo la alcanzó y la derribó, emitiendo un desagradable chasquido.

Allí, al cabo de la vista de Martha, tendido en el suelo de bruces e inerte, yacía aquel cuerpo. Durante un corto espacio de tiempo, no fue más que una mancha oscura sobre el fosforescente suelo, hasta que la actividad de la torre llegó a su fin. La más absoluta oscuridad lo envolvió todo de nuevo, ya no se podía distinguir nada, ni siquiera el arco que hacía de separación entre la relativa seguridad de Martha y el inquietante claro.

Martha era incapaz de moverse, no conseguía apartar la mirada del lugar donde sabía que se encontraba el cuerpo caído. Su mente no dejaba de jugar con sus pensamientos ni un sólo momento. Se le ocurría que la figura se levantaba y se acercaba en silencio a ellos, sin que se pudieran percatar de su presencia en la opresiva oscuridad. Otras veces, su imaginación revivía la frenética carrera de la silueta, pero en esta ocasión, conseguía penetrar en la boscosa cueva para aterrorizarles. Y así, sin saber cuanto tiempo llevaba elucubrando atormentados pensamientos, creía caer presa de la locura.

Dos puntos brillantes como dos ascuas en la lóbrega oscuridad, aparecieron a su lado. Martha no pudo evitar que todo su cuerpo tuviera un sobresalto. También de golpe cesaron sus inquietantes fabulaciones. Comprendió que se trataban de los increíbles ojos del pequeño búho. El mochuelo hizo un guiño, volvió a levantar sus párpados, y con las alas extendidas se dejó caer. Sin que la chica pudiese ver hacia donde le llevaba su suave y delicado planear, se posó en el suelo, fuera de la cueva. Giró su cuello, y Martha pudo distinguir de nuevo los dos rutilantes círculos, a la vez que la familiar llamada del ave, le devolvía gran parte de tranquilidad. Al comprender que se había detenido cerca de la figura caída, presumía que el búho pretendía indicarle que no habría peligro.

Cuando liberó a Mythos del medroso abrazo que aún mantenía, notó cierto dolor en sus hombros. Tuvo que frotárselos con las manos para desentumecerlos y eliminar la tensión que habían acumulado. Avanzó por el interior de la cavidad con paso indeciso, sin apartar la vista del único punto de referencia que tenía, los ojos del búho.

Una vez en el exterior, buscó con sus manos hasta que encontró el cuerpo. Por primera vez desde que estaban en este inaudito lugar, el búho se posó sobre su hombro. Notó como sus fuertes garras se sujetaban a su ropa. Martha procuraba no hacer movimientos bruscos, pero daba la sensación de que el pájaro no tendría problemas en sujetarse si así lo hiciera. La fuerza que hacía sobre su hombro parecía tirar de ella hacia el interior de la cueva, no necesitó más indicaciones. Levantando uno de los hombros de la persona consiguió darle la vuelta, a continuación buscó sus muñecas y las sujetó con toda su fuerza, y tiró de ellas hacia la seguridad de la arbórea caverna. Parecía que la nocturna ave guiaba su corto recorrido, pues pese a caminar de espaldas y en completa oscuridad, tenía la seguridad de conocer la distancia y el espacio perfectamente. Creía sentir que algún tipo de vínculo había nacido entre el búho y ella.

Con mucho cuidado dejó a la persona tumbada, colocando sus brazos a ambos costados. Caminó un par de pasos hasta toparse con la otra pared que formaban los tocones, se sentó y movió la espalda hasta encontrar un poco de la comodidad que podía ofrecerle el irregular respaldo. El búho apenas se movió lo más mínimo, a veces Martha sólo sabía que seguía sobre su hombro porque notaba la presión de sus uñas sobre su piel. De esa manera, sentados de pie o tumbados, los cuatro ocupantes de la curiosa caverna, esperaron a la claridad de un nuevo día.

Una suave brisa despejó el cansado sueño de Martha. Con mucha pereza abrió los ojos, el búho aleteaba muy cerca de ella, ululó a modo de saludo y un rápido cambio de dirección llevó su pequeño cuerpo fuera del refugio. En el suave amanecer Martha siguió con su vista el gracioso vuelo del ave, hasta que lo perdió de vista. Enseguida centró su atención en la persona, se acercó a ella. Totalmente cubierta de polvo respiraba con mucha dificultad, pero al menos seguía viva. Martha con toda la premura que fue capaz, retiró como pudo la capa de ceniza. Enseguida descubrió que se trataba de Janus, había logrado escapar por fin, Martha estaba eufórica, se llenaba de esperanza.

Sumergió una mano en el cubo de agua, y la curvó para que sirviera de recipiente. Con el brazo libre incorporó un poco la cabeza de Janus, y le mojó los labios. Después, con la mano todavía húmeda limpió su cara, hasta que la dejó sin rastros de ceniza. Parecía que respiraba de forma más regular. Le dejó apoyado contra la pared más cercana y se relajó un poco.

Uno de los cubos estaba vació, el que había saciado la sed de Mythos, y el otro, aunque todavía conservaba la mitad de su contenido, se veía manchado de una buena cantidad de ceniza. Miró al caballo, le dedicó una sonrisa y le hablo. -Buenos días Mythos, ahora te traigo agua y algo de comer. -Como si la hubiese la entendido, el animal se removió un poco y resopló de forma muy suave, dando su aprobación a las palabras que acababa de escuchar.

Agarró cada cubo por su asa, y salió a la carrera. Por el camino y sin dejar de correr, vació el contenido del cubo que estaba manchado, el suelo de polvo absorbió el agua sin dejar rastro de humedad. Sabía hacia donde debía ir, y también sabía que el tiempo era muy importante. Primero se dirigió a la casa donde la vez anterior había recogido el pan. Penetró en su interior, y como había sospechado, la misma mesa que viera el día anterior, volvía a sostener una buena cantidad de bloques de pan. Colocó cuatro de ellos dentro de uno de los cubos, y fue a salir de la casita. Cuando se dio la vuelta observo a tres figuras, dos de ellas sentadas contra la pared, la otra tumbada de lado sobre el suelo.

Sus caras aunque aparentemente dormidas, reflejaban un triste estado de pena y angustia. Martha lo percibía, y lo que más temía era acabar como ellas. Ahora por las cosas que Janus le había contado, sabía que podría llegar a suceder. De hecho, supuso que todos y cada uno de los que se encontraban en aquel estado en el claro, habrían aparecido allí un buen día, como ella lo hizo. Y lo que le dejó una sensación de desasosiego, fue el caer en la cuenta de que empezaba a perder la cuenta de los días que allí llevaba. Sin saber con seguridad que los ciclos de luz y oscuridad, que más o menos coincidían con la enigmática actividad que parecía regir la torre sobre el claro, no se parecían mucho con respecto a la duración de los que reinaban en la ciudadela.

Saliendo de sus ensoñaciones, y apremiada por el trascurso del tiempo, se fijó que dos de ellos parecían tener su tez algo más clara que la persona que permanecía tumbada en el suelo. Miró las manos de esta última, aparecían llenas de ceniza, había intentado limpiar las caras de sus compañeros. Martha comenzaba a ponerse nerviosa, pero sentía la necesidad de ayudar a aquellas personas. Movió a la persona, hasta dejarla sentada como lo estaban las otras dos. Despejó de ceniza su rostro, mientras dos lágrimas abandonaban los neutros ojos de la grisácea cara y rodaban por las áridas mejillas, dejando limpios surcos según caían. Martha sentía como sus corazones pedían la ayuda que su cautivo cuerpo no les podía facilitar. Estuvo a punto de derrumbarse, pero el recuerdo de Janus, el búho y por supuesto de Mythos, le hizo pensar que de otra manera quizá hubiese esperanza para todos.

Corrió de nuevo, tanto como sus piernas le permitían. Ahora debía ir en busca de agua, sabía muy bien cual era la casita que debía encontrar. Era la misma en la que Janus y ella se refugiaron a salvo cuando le conoció, la misma que contenía los cubos de agua. Era una de las que más cerca de la torre se encontraba. El polvoriento suelo del claro comenzó poco a poco a cobrar la tenue luz que daba aquel aspecto fantasmal a todo el claro. Esperaba tener el tiempo suficiente de volver a la cavidad, no se podía permitir perder ni un sólo instante.

Una vez dentro, dejó a un lado de la puerta el cubo que todavía mostraba restos de ceniza. Dirigió su mirada al fondo de la pieza, y comprobó que casi todos los estantes se mostraban repletos de recipientes similares. Avanzó lo justo para coger uno de los cubos más cercanos a ella, notó por el peso que estaba lleno. Examinó de un rápido vistazo el resto de la habitación, pero no distinguió nada. Enfiló hacia la puerta y salió lo más rápido que pudo con el peso que soportaba.

Sospechosamente, el inquietante torbellino que formaba la luminosa nube, ya se preparaba para su ascensión hacia la parte más alta de la omnipresente torre. Martha pensaba que los espacios de tiempo entre los sucesos cotidianos eran cada vez más cortos. La angustia volvía a apoderarse de ella. Esperaba que todavía quedara algo de luz cuando llegara de vuelta a la cueva. Temía que sus inseguros pasos sobre aquel suelo recubierto por la engañosa ceniza que poseía luz propia, y el tener que esquivar a las figuras que ya caminaban sin ver, la hicieran perder el equilibrio. Sabía lo que significaría permanecer en claro cuando estallara la lluvia de chispas, y como la torre tomaría posesión de su voluntad. El miedo le dio renovadas fuerzas a sus cansadas piernas, apresuró la carrera, derramando parte del agua que rebosaba por el redondeado recipiente.

Como un torbellino, atravesó la entrada de la pequeña gruta y paró bruscamente, jadeando. La poca luz que ya entraba, le dejó ver como Janus de pie junto al caballo, y con una mano extendida, parecía darle algo de comer. -Janus, ¿estás bien? -Martha estaba exaltada. -Sí, -respondió mientras se giraba para mirar a la chica, -un poco cansado. -Dijo hablando muy despacio. -Me acordé que habías dicho que tenías un caballo. Me encantan los caballos, me gustan tanto. -De nuevo puso toda su atención en el animal, que a su vez parecía complacido, Martha no salía de su asombro. -Recobré un poco de mi esencia, y corrí a la casita donde se acumula el grano, me llené cuanto pude los bolsillos de avena, trigo y centeno. -Martha creyó ver algo parecido a una sonrisa en el perfil de Janus mientras hablaba. -El trigo parece que no le gusta mucho, pero lo demás lo ha devorado. -Janus le dio los últimos granos, sacudió delicadamente sus manos, y acarició muy tiernamente a Mythos. Después pareció decirle algo al caballo que Martha no llegó a escuchar. Se giró y dio un paso en dirección a la chica.

Mythos había dado ya cuenta de más de un bloque de pan, cuando indicó a Martha levantando la cabeza que ya tenía suficiente. Ella se sentó frente a Janus, y ambos comieron un buen trozo del soso pan, pero que a Martha se le antojó como el más delicioso de los manjares. Una vez llenaron sus estómagos, dividieron el agua en los dos baldes. Janus se apresuró a llevar uno hasta el morro de Mythos, que bebió el líquido de forma ansiosa. Mientras que Martha a pequeños sorbos que obtenía con sus manos, sació su sed.

A continuación dos cosas ocurrieron al mismo tiempo. La funesta lluvia desde lo alto de la torre comenzó con un fuerte estruendo, dando un poco de iluminación a la penumbra que había en la guarida. Y el búho hizo su entrada, con la suavidad de una gota de rocío resbalando por el pétalo de una flor, se posó sobre el hombro de Martha. Ella sin saber por qué, se sentía confortada con su contacto y el trato que parecía dispensarle, mientras que Janus observó la escena como si fuera algo muy normal, algo a lo que ya estuviera acostumbrado.

-¿Cuándo has construido esta especie de gruta?, -preguntó Janus haciendo un gesto con la mano. -Ya estaba aquí, el búho nos guió. Y teniendo en cuenta lo secos que aparecen los muñones de las ramas, yo diría que se hizo hace mucho tiempo. -Martha respondió al hombre, pero en su interior era ella la que se hacía muchas preguntas. -¡Entonces, era cierto lo que decía aquel mago loco! -exclamó Janus con los ojos muy abiertos. Martha cambió de repente su gesto por algo que al hombre debió parecerle otra pregunta pidiendo pronta aclaración. -Sí, hubo hace tiempo, aunque en realidad no se cuanto, alguien que decía ser mago. -Janus hacía verdaderos esfuerzos por recordar. -En algunos momentos antes de la lluvia, cuando conseguíamos escapar durante cortos espacios de tiempo. Aquel loco, nos quería convencer de que era posible escapar. -Martha miró muy atentamente a Janus aquellas palabras le daban alas a su esperanza. -Nos contó como había cogido un simple serrucho, y que con un poco de su poderosa magia, la poca que había conseguido ocultar a la torre, había imbuido los afilados dientes de la hoja con maravillosos sortilegios. -Janus parecía contar sus recuerdos con tristeza, como si alguna oportunidad se le hubiese escapado en aquel momento. Por su parte Martha, estaba tan absorta en la historia que ni siquiera se dio cuenta de que el pequeño búho había volado hasta la silla de Mythos, donde seguramente pasaría la noche como ya parecía ser costumbre.

Janus como si despertara de una ensoñación, dio un ligero respingo con la cabeza y prosiguió con su relato. -Debemos serrar con esta hoja un túnel a través del bosque, será la única manera posible de escapar del claro, evitando también a los azechadores. -Dijo imitando al mago y usando un tono de voz más ronco. -Era lo que solía decir, blandiendo aquel oxidado serrucho. -Luego venía esa otra cosa que también repetía sin cesar. -Volvió a adoptar el tono de antes y levantó su dedo índice. -Tejerá una red mágica que protegerá el interior del túnel, y que ninguna criatura creada por la torre, tendrá posibilidad de atravesar. -Recorrió con su vista el pequeño agujero donde se encontraban. -Vaya, por lo visto aquel loco hablaba muy en serio. Y nosotros, necios, le teníamos por un charlatán. -Terminó con un gesto de desolación en su rostro.

-¿Y qué paso con el mago? ¿Lo sabes Janus? -Martha quería saberlo todo. Intuía que el búho sabía algo sobre aquella cavidad, debía descubrirlo, era la posibilidad de escapar de allí. -Alguien corrió la voz de que tanto el viejo como su serrucho, fueron encerrados en el interior de la torre. Pero sólo son suposiciones. -Janus dejaba ver que no había ningún rastro esperanza en sus palabras.

Abrió repentinamente los ojos. -Acabo de recordar que al cabo de algún tiempo, alguien que decía haber estado dentro de la torre, nos contó que sabía algo del mago. Había sido convertido en un árbol más del bosque como castigo. De esa manera, si alguien intentaba escapar usando la sierra que él había creado, su cuerpo sería víctima de su propia magia. Claro, que nadie creyó aquella extraña historia, y menos de alguien que dijo haber estado dentro de la torre.

Martha sintió como dentro de su cabeza discurrían cientos de ideas, era incapaz de ordenar sus pensamientos después de lo que había oído. Había algo en aquella historia que parecía encajar. Su ilusión le hizo tener la certeza de que había algo de verdad en la historia que acababa de escuchar.

-¿Recuerdas como se llamaba aquel mago, Janus? -Martha no pudo evitar aquella pregunta. -Es posible que lo dijera en alguna ocasión, pero no; no me acuerdo. -¿Podría llamarse Sentímedran? -Arrolló sin dejar que Janus terminara de hablar. -¡Sí, creo que sí!, pero no; no estoy muy seguro, -había incertidumbre en sus palabras.

Martha sólo oyó la primera afirmación, sus pensamientos ya estaban muy lejos de allí. En su imaginación, la caverna de ramas cortadas había desaparecido, y en su lugar había unas viejas ruinas. El castillo del legendario Sentímedran y su historia. ¿Por qué iba a ser mentira?, ella sabía ahora que no sólo era una historia para dejar con la boca abierta a niños que no quieren comer. Tan solo debían entrar en la torre, buscar el serrucho mágico de Sentímedran, continuar con el túnel y serían libres. Además, ahora contaba con la ayuda de Janus. Algo hizo que terminaran sus ensoñaciones, parpadeó varias veces y volvió a la realidad. Janus se había levantado y estaba asomado a la entrada del peculiar refugio.

-La lluvia de la torre ha terminado, esta vez estoy fuera de su alcance, -dijo mirando hacia el centro del claro. -Resulta que el mago tenía razón, este túnel está protegido por su magia, y nos mantiene a salvo del poder de la torre. -Parecía muy contento, y sus movimientos parecían normales, no como Martha los había observado cuando se encontraba bajo el control de la torre. Janus dio un paso y salió al claro. La nube que cubría la torre había descendido, y la completa oscuridad parecía ya ir apoderándose de todo lo que había allí.

Con su manera de avisar, el búho ululó varias veces seguidas, era una advertencia, pero esta vez no iba dirigida a la chica. El sobresalto los cogió desprevenidos, nadie reacciono. De nuevo un rayo, violeta, muy brillante, recubierto por un halo de luz azulada casi trasparente, impactó en el pecho de Janus. Envolvió su cuerpo con decenas de ramificaciones que lo inmovilizaron, y quedó suspendido en el aire. El estruendoso chasquido que produjo la centella, quedó enmudecido por el grito de pánico que salió de la garganta del hombre. Martha, se levantó con la intención de tirar de Janus hacia el interior, pero el búho la retenía, sujetando como podía su hombro, haciendo algo de fuerza con un vigoroso aleteo.

El rayo se retrajo con la misma celeridad que había aparecido. Janus desapareció de su vista. Martha sin dejar de oír constantemente el horripilante grito de socorro de su amigo, rompió a llorar. El búho posado en su hombro, intentaba consolarla.

 Capítulo VII    Capítulo IX