Relatos - La página de MillerNov




Categorías   
~ Fantasía
- Ciencia Ficción
- Terror
- Policiaca
~ Drama
- Histórica
- Poesía
~ Otros


Colaboradores
~ MillerNov
~ Anacanudas
~ Guss_m
~ Claudia







Cuento Fantástico ~ Millernov ~ Fantasía
 ~ Capítulo IX ~ 

Durante los tres días siguientes, o lo que a Martha le parecieron ser tres días, buscó a Janus de manera infructuosa. Según se iba acostumbrando a la vida en el claro, también fue adquiriendo un mejor conocimiento del extraño ciclo del paso del tiempo que imperaba en el lugar. Además, aprendió a predecir las distintas fases de luz y oscuridad, de peligro o de tranquilidad, simplemente observando los cambios que se producían en la torre, el monótono zumbido que esta producía y en el misterioso y polvoriento velo que esporádicamente la cubría. La columna de polvo de ceniza parecía ser el nexo entre la torre y la fulgente capa que lo dominaba todo sobre el claro. Creyó notar como los espacios de luz, que ella denominaba días, se fueron alargando sensiblemente.

Hizo acopio de una gran reserva de agua utilizando bastantes cubos para ello, y también de una abundante cantidad de pan. Consiguió colgar uno de los cubos de madera en una de las ramas que formaban la pared de la cavidad, y que parecía ofrecer la resistencia necesaria, esto permitió que el caballo pudiese saciar su sed sin la constante ayuda de Martha. Si el pan se ponía duro no importaba, casi al contrario, ya que la mayoría de los caballos parecen disfrutar con buenos trozos de pan seco y duro, y Mythos para esto, tampoco era distinto al resto de los de su raza. Martha realizó varios intentos para que el caballo saliera de la pequeña gruta, y pudiese moverse un poco por el borde del claro en los momentos que sabía que no eran peligrosos, pero todos ellos se vieron frustrados por la negativa del animal a abandonar el refugio. Cuando finalmente desistió de tan ardua intención, le despojó de las riendas que hacían la función de ramal, sabiendo que el animal no abandonaría su cobijo por propia voluntad. También le retiró la silla, que dejó sobre el suelo muy cerca de la entrada.

Sus furtivas incursiones por las distintas casas que poblaban el inmenso claro, solían comenzar por aquella que contenía siempre un buen aprovisionamiento de agua fresca, ya que fue donde Janus y ella se conocieron. Después sus pesquisas se dirigían a las construcciones colindantes, pero siempre procuraba acercarse un poco más al centro del claro, donde se levantaba la omnipresente torre. En algunas de las casitas cercanas al baluarte, encontró ingentes cantidades de grano. Usando algunos recipientes de madera, fue reuniendo una importante cantidad de avena dentro de la arbórea cueva, manteniendo así una gran reserva de alimento para Mythos. Aquello le permitía dedicar la mayor parte del tiempo a la búsqueda de Janus, o intentar encontrar la ayuda necesaria que les permitiera abandonar aquella locura.

Algo se había convertido ya en una costumbre cotidiana, el búho avisaba a Martha en el momento que comenzaba la macabra dominación de la torre sobre el claro, dejando de ser un lugar seguro. Además, su vuelo siempre le indicaba la dirección que debía seguir para encontrar la gruta. Ella llegó incluso a comprender los diferentes matices que había en las llamadas que usaba el ave. Era capaz de diferenciar las que eran simples advertencias de las que levaban impresa una nota de peligro, o de otras más comunes y que simplemente la invitaban a que le siguiera a un punto concreto.

Amanecía un día más y Martha ya estaba dispuesta a salir al claro. Desde que Janus había desaparecido, dormía muy cerca de la entrada, así los primeros atisbos de luz la despertaban, no se podía permitir desaprovechar ni un sólo momento. El búho ya había desaparecido. Lo único que no comprendía del comportamiento del autillo era su extraña naturaleza, y como siendo un ave de vida nocturna, pasaba las noches en la cueva, con Mythos y con ella. En su fuero interno prefería que así fuera, ya que le daba cierta tranquilidad saber que aquel especial mochuelo vigilaba su sueño. Corrió sobre la mullida superficie del claro y se adentró entre las primeras construcciones, siguió al mismo ritmo hasta alcanzar la entrada de la casa que contenía el agua. No había nadie, la esperanza de volver a encontrar a Janus parecía disiparse un poco más cada día, temía que su existencia se fuera convirtiendo en un vago recuerdo alejado de la realidad.

Se atragantó mientras bebía rápidamente algunos sorbos de agua, pero no se paró por ello. De nuevo a la carrera abandonó el lugar y se apresuró a indagar en otras casas. En una de las que entró, había cientos de cuerdas, enrolladas y colgadas por las paredes. Las había de distintos grosores y longitudes. Tomó nota mental del hallazgo, pues era muy posible que las pudiera necesitar en algún otro momento. Apoyadas en la pared del fondo, había dos figuras, parecían estar sentadas una enfrente de la otra. Se acercó a ellas, les limpió el ceniciento polvo de sus caras y de sus hombros. No parecían reaccionar. Martha todavía no comprendía cual era el motivo por el que algunas personas eran más o menos susceptibles al poder que la torre mantenía sobre ellas, ya fuera durante el día o durante su fuerte actividad.

Entró en otra de las construcciones, en su frenética carrera no vio el par de piernas que descansaban muy cerca de la puerta, tropezó, y de manera irremediable cayó de bruces al duro suelo. Ya se estaba incorporando cuando una tenue voz la sobresaltó. -¿Te encuentras bien, querida? -La voz provenía de la mujer que le había hecho trastabillar, era una voz muy tranquila, pero carente de emociones. -Sí, estoy bien, -respondió Martha, ya de pie. -¿Y tú, te he lastimado? -No, descuida, no ha sido nada. -La mujer parecía sumida en un soporífero sueño. Martha se fijó que tenía los ojos cerrados. Se acercó a ella y con sus manos retiró toda la ceniza que pudo de su cuerpo. La persona pareció salir del letargo que la atenazaba. Sus ojos fueron adoptando muy despacio algo de brillo, y sus rasgos parecieron cobrar el natural color de la piel. -Gracias, de verdad, casi no recordaba como era sentirse viva. -La voz de la mujer tenía ahora una sonoridad casi musical, pero seguía notándose en su fondo la tristeza de quien ha perdido toda esperanza. Martha se preguntaba cuanto tiempo llevaría allí, cautiva de la siniestra torre. -Me llamo Martha, y estoy buscando a alguien, su nombre es Janus. -Yo soy Bettina, pero mucho me temo que aquí los nombres no sirven de mucho. Apenas conseguimos escapar por cortos momentos del vínculo de la torre, y de las pocas personas con las que he hablado en esos espacios de libertad, casi ninguna recordaba su nombre. -La mujer aunque torpemente, consiguió levantarse mientras hablaba. Era algo más alta que Martha, y debajo de sus enlutadas vestiduras, se adivinaba un enjuto cuerpo, sin embargo, en contraste con el resto, sus brazos y sus manos se apreciaban fuertes.

Bettina avanzó pasando muy cerca de Martha, se dirigió hacia varias hileras de tiras que colgaban del techo, muy cerca de la pared que había al otro lado de la habitación. Parecían pequeños listones o tablas de madera. La mujer sujeto una de aquellas piezas, y con un fuerte tirón, desgarró un trozo bastante grande. Alargó su brazo ofreciéndole a Martha lo que sujetaba en su mano. La chica lo cogió y lo observó con curiosidad, le dio la sensación de que era una corteza seca arrancada de un tronco de árbol. Lo acercó a su cara y aspiró su aroma, pero no consiguió distinguir ningún olor. Mientras tanto Bettina, había arrancado otro pedazo de similar tamaño que se llevó a la boca. Lo mordió y masticó ante la asombrada mirada de Martha. Esta, para no parecer descortés, imitó a la mujer. ¡Era carne!, seca y en salazón, pero no sabría decir de que tipo, pues apenas tenía sabor. Martha tragó el bocado que había mordido, pero dejó el resto intacto, mientras contempló boquiabierta como Bettina daba cuenta de varios trozos más que iba arrancando de la misma pieza. Ella sólo pensaba en buscar ayuda y aquella carne no le abría el apetito lo suficiente, no lo necesario como para desaprovechar la oportunidad de preguntar todo lo que pudiera saber aquella mujer. Con bastante disimulo, guardó el trozo de carne en el bolsillo de su pantalón.

Bettina se giró volviéndose hacia ella de nuevo, mostraba en sus manos sendos trozos de carne seca, con uno de ellos hacía gestos de ofrecimiento, pero Martha lo ignoró. Finalmente ambas porciones terminaron desapareciendo de su vista según los engullía la mujer con avidez. Martha no podía esperar a que Bettina terminara de masticar, se estaba impacientando, pues el tiempo corría en su contra.

-Estoy buscando a un hombre que se llama Janus, -repitió Martha. -Juntos íbamos a entrar en la torre, allí hay un objeto mágico que nos puede sacar de este horrendo lugar. -Querida, creo que ese hombre no te ha esperado. -La mujer se encaró a Martha, en su rostro se dibujaba una sonrisa más irónica que divertida. -Él ya está dentro, y no creo que salga, -hizo una pausa, y se volvió de nuevo hacia las tiras de comida. -Para cuando vuelva a salir, si es que lo hace, no creo que se encuentre en condiciones de ayudarte. -Parecía como si Bettina cobrase fuerza vital poco a poco. -Os vi corriendo juntos, yo intentaba ponerme a salvo de la maldita lluvia que nos vuelve a atrapar cada día. -Hablaba con el tono elevado, dando la espalda a Martha. -Pero creo que no fui la única que os vio intentando escapar del alcance de la torre, -hizo otra pausa mientras masticaba una fina tira de aquel insípido alimento. -Y me temo que dentro de poco tu serás una más entre nosotros, o peor aún, te reunirás con ese tal Janus, pero no precisamente para escapar de aquí. -Soltó una risa seca que denotaba la indiferencia de quien ha perdido toda esperanza.

Martha desesperada, le relató atropelladamente los últimos acontecimientos. También le habló de la cueva, confirmándole que era segura, y lo que Janus le había contado sobre la herramienta del mago y como huir de allí. Para finalizar le contó como aquel rayo se había llevado al hombre.

-Claro querida, es la vieja historia que todos conocemos, aquel chiflado mago y su fiel amigo. -Su voz se iba apagando un poco con cada palabra que pronunciaba. -Pretendían salvarnos a todos con no se que cosa. -Martha apenas pudo escuchar las últimas palabras de Bettina.

Casi entre lágrimas pudo ver como los rasgos de Bettina se escurrían de su cara, como si hasta entonces hubiese llevado una máscara que ahora se fundía en la nada hasta desaparecer. Volvía a tener la inexpresiva mirada que tenía cuando se tropezó con ella. Instintivamente giró su cabeza para comprobar que en el exterior la ceniza se estaba iluminado. Bettina comenzó a caminar en contra de su voluntad, sus desgarbados pasos la llevaban tortuosamente hacia el claro. Al pasar por su lado, de sus inmóviles labios pudo escuchar algo que parecía más una advertencia que otra de sus ironías: -Querida, sólo entrarás en la torre cuando pertenezcas a la torre, -y desapareció por la puerta. Lo último que Martha pudo distinguir de ella, fue como se volvía a cubrir de cenizas todo su cuerpo.

Con mucho esfuerzo arrancó un par de tiras más de carne, entonces pensó con que facilidad lo había hecho Bettina, y la fuerza que debía tener la peculiar mujer. Las guardó en su bolsillo, junto a la otra, creyó que al búho le agradaría algo de carne como cena. Con esos pensamientos en su cabeza, salió al claro, sabía que no tenía mucho tiempo, pero aún disponía del suficiente para ver el interior de un par de casitas más.

Una vez se encontró en el exterior pisando el fulgente suelo, se percató de lo cerca que se encontraba de la torre, apenas a unas pocas zancadas la separaban de ella. Corrió sorteando las polvorientas figuras que ya deambulaban por el claro, hasta que llegó al pie de las altas murallas que hacían de paredes de aquel baluarte. Visto desde tan cerca el contorno era impresionante, Martha levantó la vista, pero en la incipiente oscuridad no pudo distinguir hasta donde se levantaban aquellos ciclópeos muros. Acercó su mano hasta tocar la superficie, era suave, tanto o más que el pulido mármol que adornaba el templo de la ciudadela. También había algunos surcos que sólo descubrió cuando amplió más los movimientos de su mano, pero eran tan sutiles que no se distinguían a simple vista. Se deleitaba con el tacto de aquella pared que parecía pedirle que siguiera acariciándola eternamente, la embriagadora sensación que le producía parecía hipnótica.

Siguió moviendo su mano por la delicada superficie hasta que encontró otro surco, comenzó a seguirlo dejando que sus dedos se deslizasen por sus trazos. Los finos canales parecían cobrar intensidad. Como si fuera ella quién los escribiera, un sublime rastro iba dejando marcando el camino que iban recorriendo sus dedos. Se le antojaba que se tratase de una exótica escritura, armónica y torneada, y así, poco a poco se fueron distinguiendo los maravillosos y entrecruzados símbolos que ya habían capturado toda la atención de Martha.

El búho voló muy cerca de donde ella se encontraba, ululó varias veces, en su llamada había más urgencia que en ninguna otra ocasión anterior, pero Martha no oyó el penetrante gañido. Todos sus sentidos estaban irremediablemente pendientes de los vívidos trazados que seguían apareciendo en la suave pared. El ave repitió su vuelo y también su llamada, pero no obtuvo mejor resultado, nadie parecía escucharle. La chica seguía dejando que su mano siguiera las atrayentes estrías que labraban la pared. En un último y arriesgado intento, bajó en vertiginoso vuelo hasta casi tocar la cabeza de Martha, ululó de nuevo dejando tras de sí un desgarrado grito de desesperación, pero ella ya no tenía oídos para otra cosa que no fuese el leve roce de sus dedos al recorrer los surcos. Ni siquiera escucho el creciente zumbido que comenzaba a emanar de la torre.

La oscuridad lo convirtió todo en penumbra, las figuras seguían su camino por pura inercia, sin la necesidad de luz alguna. Pero Martha seguía allí, impávida, contemplando como emergían por debajo de sus dedos nuevos símbolos de los que no podía más que imaginar su significado. Cuando apenas quedaba más luz que la que despedía el iridiscente suelo, una fuerza que no entendió, la empujó hacia atrás, de forma muy suave, pero a la vez muy firme, hasta que su mano se alejó tanto de la suave pared que fue incapaz de seguir con sus dedos el fascinante recorrido. Su única preocupación era no apartar la vista de los extraños pero atrayentes símbolos que creía haber dibujado en aquella pared.

Cuando la columna de humo comenzó a ascender, lo hacía entre ella y los inmensos muros de la torre. La tenue luminosidad que despedía se reflejaba en su contrariado rostro, ya no podía ver las maravillosas formas que había dejado impresas en la pared. Aún así no cejo en el intento, dio un paso hacia delante, quería atravesar la vaporosa nube que delante de ella se interponía, pero de nuevo una fuerza invisible la rechazó, manteniéndola alejada de la torre. No se fijó que sus botas de cuero se estaban empezando a impregnar con la ceniza que tenían por alfombra.

Una gran cantidad de figuras se estaban concentrando muy cerca de donde ella se encontraba, intrigada se desplazó muy despacio hasta aquel lugar. Decenas de ellas entraban y salían de la torre a través unas grandes puertas con postigos que atravesaban la espesa cortina de polvo que cubría ya casi toda la torre. Intentó acceder por uno de los lados, apretándose contra una fila de figuras que trataban de hacer lo mismo, pero cuando estaba en el mismo vano de los portalones, sintió como una invisible barrera de aire muy denso impedía su acceso. La fina capa de polvo ya le cubría hasta las rodillas, pero Martha seguía absorta en la entrada de la torre. Observaba como las figuras delante de ella, atravesaban las puertas entrando o saliendo de la torre, llevando todo tipo de cubos, herramientas y otros bultos que no se molestó en distinguir. Pero todos los intentos que ella realizó para entrar a la monolítica construcción fueron inútiles.

De repente cayó en la cuenta de que la oscuridad era total. En su ensimismamiento, las imágenes de los dibujos que había dejado grabados en la pared, así como la intención de acceder al interior de la torre se difuminaron, dejando paso al recuerdo de Mythos, el búho y la angosta gruta. Hizo intención de salir corriendo, pero no logró dar un solo paso. Su cuerpo se negaba a responder a sus impulsos. Fue entonces cuando se fijó en su cuerpo, se hallaba completamente cubierto con la misma asfixiante capa grisácea que portaban el resto de las figuras. Quiso sacudirse, librarse de aquella lacra, no quería ser una figura más del claro. Presa del pánico comprobó como sus brazos permanecían inmóviles. Entonces volvió a oír aquella siniestra risa, muy cerca, salía del interior de la torre aprovechando el hueco que ofrecían las enormes puertas abiertas, pero esta vez fue tan fuerte que casi trepanó sus tímpanos. Quiso llevarse las manos a la cabeza y tapar con ellas sus oídos, pero de nuevo, sus extremidades se negaron a obedecerla.

Cuando por fin cesó aquel sufrimiento para sus oídos, se descubrió caminando, estaba atravesando la entrada, penetrando al interior de la torre. Ahora su mente no quería ir en aquella dirección, pero sus pasos seguían otra voluntad. Aterrada, se sentía impotente, formaba parte de una hilera de figuras que iban a algún sitio dentro de aquel maldito edificio. En unos instantes también dejó de pensar, simplemente se convirtió en una figura más que deambulaba por la torre. Sus ojos ya no miraban a ninguna parte.

 Capítulo VIII    Capítulo X