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Cuento Fantástico ~ Millernov ~ Fantasía |
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~ Capítulo X ~ |
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Como una figura más entre tantas, Martha caminaba por los interminables pasillos que formaban las
laberínticas entrañas de la torre. La fría iluminación hacía que el interior resultase sórdido,
mostrando vacías paredes y opacos suelos, los techos parecían tan altos que se perdían en las
sombras. En cualquier caso la luz resultaba innecesaria, pues nadie que recorriera aquellos
espacios necesitaba la vista para llegar a su destino, ya que las figuras actuaban guiadas por
una voluntad que no era la suya. El río de personas fluía de forma ordenada, cada figura tenía
un propósito en su vacuo caminar. Algunas cambiaban de dirección, siguiendo el tránsito que les
ofrecían otros pasillos y que partían en otras tantas direcciones, otras entraban o salían de
decenas de dependencias que daban a los corredores. Ninguna de las figuras sabía a donde iba ni
lo que haría, tampoco recordaban de donde venían. Su cuerpo se había convertido en una simple
herramienta al servicio de la torre, y su mente, sencillamente anulada.
La figura de Martha abandonó el ancho pasillo acompañada de varias figuras más, se habían adentrado
en un corredor bastante más estrecho. Caminó hasta que sus pasos desembocaron en una amplia sala
repleta de muebles, también había unas pocas figuras que parecían manipular diversos materiales,
cogiéndolos y llevándolos de unas mesas a otras, o colocándolos formando pilas con ellos. Martha
recogió varias barras metálicas de uno de aquellos montones, eran más anchas que sus propios
hombros, y parecían pesar más de lo que ella nunca hubiese soportado. Su rostro parecía una
máscara circunspecta, no reflejaba ningún tipo de sensación. Giró sobre sus talones y caminó de
vuelta hasta el pasillo principal. Una vez se hubo incorporado a la marea de figuras, realizó
otro largo y lento recorrido, hasta que penetró por un pasillo que desembocaba en una escalinata.
Descendió y continuó por el nuevo piso, accedió a una estancia donde el calor que se podía sentir
era prácticamente insoportable. El gesto de Martha seguía lánguidamente vacío.
Sus movimientos aunque lentos y torpes, eran realmente efectivos. Se dirigió hacia un hito de
barras iguales a las que portaba, las figuras que caminaban delante de ella, iban depositando
las barras que habían transportado sobre las que había dejado la figura anterior, y la columna
pronto alcanzó una altura considerable. La figura que precedía a Martha llegó a la base, alzó
ligeramente sus brazos sin apenas esfuerzo, pero de alguna forma comprendió que no llegaría a
depositar su carga. Como si hubiese tomado una decisión por su propia cuenta, se desplazó a un
lado, avanzó un paso y depositó las barras que llevaba en el suelo, mientras el resto de figuras
que había en la fila esperaban sin demostrar ningún tipo de prisa ni curiosidad. Martha ocupó el
lugar de aquella figura cuando esta se alejó y colocó su carga sobre la que acababa de ser
depositada en suelo, comenzando así a crear un nuevo montón de barras.
Dio media vuela y se dirigió hacia la salida de aquella dependencia, en la propia puerta recogió
varios cubos vacíos, los bordes de los recipientes chocaron entre si cuando cerró sus manos sobre
sus metálicas asas, haciendo que pareciera que portaba dos grandes abanicos hechos de madera y
zinc. Recorrió de nuevo algunos corredores, hasta que al cabo de un tiempo, su cuerpo volvió a
pasar por debajo del arco que formaba la gran puerta de la torre. En el claro ya había oscurecido
y el fulgente suelo era la única nota luminosa, aunque sólo alguien que no fuese Martha ni ninguna
otra figura podría haberlo apreciado.
Sin saberlo, dirigió su mustio caminar hacia la casita donde ella misma había recogido tantas
veces los mismos cubos llenos de agua fresca. Entró, pero su mirada no se dedicó a buscar a Janus,
no en esta ocasión, tampoco busco otros cubos llenos que cambiar por los suyos. Se limitó a
dejarlos cerca de la pared, donde ya había un desordenado montón de otros recipientes también
vacíos. Una fuerza que ella no sintió y que tampoco podría nunca llegar a memorizar, hizo que
nuevamente se dirigiera fuera de la construcción. De nuevo en el exterior, volvió a dirigir sus
pasos hacia los portalones que daban acceso a la torre. Antes de llegar a adherirse a la monótona
masa de figuras que pugnaba sin mucho ímpetu por entrar en la gran construcción, comenzó a
elevarse la turbulenta nube, luminosa y erizada se contoneaba como lo hacen las serpientes,
parecía lamer los muros de la torre en su espiral ascenso mientras iba cobrando vigor.
Una figura se acercaba a Martha, según se aproximaba a ella iba caminado más rápido, hasta que
su paso alcanzó la carrera. Agarró su brazo y tiró de ella, pero sus esfuerzos fueron inútiles,
permanecía impertérrita. Aunque Martha no pudiera verlo, había verdadera angustia reflejada en el
rostro de aquella persona. Finalmente desistió en su intento por arrancar a la chica de su
estupor. -Vamos Martha, corre, sígueme, apenas tenemos unos segundos. -Gritó Bettina a la vez que
reanudaba su carrera en dirección a la casita más cercana. -Corre Martha, -repitió con su cabeza
vuelta hacia la chica mientras alcanzaba la salvadora puerta.
Martha escuchó su nombre, aquello le hizo salir del estupor que la mantenía en aquel estado.
Tenía la misma sensación que cuando despertaba después de una pesadilla de la que no quisiera
rememorar ningún detalle. Así se sentía, no recordaba nada en absoluto, pero algo estaba
despertando dentro de ella. Sus sentidos volvían a mostrarle el entorno donde se encontraba.
Pudo empezar a distinguir las siluetas de las demás figuras, comenzó a escuchar el fastidioso
zumbido proveniente de la cercana torre. Notó como sus doloridos brazos y sus cansados pies le
devolvían la veracidad de su cuerpo. Pero lo que hizo que su corazón se encogiera de miedo fue
el tomar el control de su propia consciencia.
Empezó a comprender que se encontraba en el momento oportuno, ella misma lo había observado en
bastantes ocasiones. Era la confirmación de la posesión de la torre sobre las figuras. Pero
había un determinado instante en el que parecía que la espiral ascendente robase la fuerza que
necesitaba al claro, haciendo que la inmensa atalaya perdiese momentáneamente el control sobre
sus moradores. Martha se hallaba en ese instante y sabía que era muy corto. La espiral derramaría
su funesta lluvia sobre el lugar, renovando la dominación de todas las figuras. Sabía como
librarse, lo había visto hacer a varias figuras, y Janus había sido una de ellas.
Como un eco rescatado de su memoria más reciente y de forma muy amortiguada, se repitieron en
algún lugar de su interior dos palabras: «Corre Martha». Después la imagen de la borrosa silueta
de Bettina corriendo a su lado activó todos sus sentidos de alerta. Movió su cabeza y allí estaba,
asomado la mitad de su cuerpo a través de la puerta de una casita, Bettina hacía gestos con la mano
llamando a Martha. Quiso reaccionar, lanzarse en una veloz carrera y atravesar la negra abertura de
la pequeña construcción, pero sus pies se negaban a abandonar la hilera de figuras que esperaban
su turno de entrada en la torre. Una furtiva mirada a lo más alto del colosal monolito, desveló
que apenas faltaban unos instantes para que la vaporosa cortina llegase a su álgido final. Martha
se desmoronaba, pero su cuerpo se mantenía inconcebiblemente de pie.
Por sus mejillas rodaban abundantes lágrimas que se empastaban con la ceniza que las cubría. Martha
sólo era dueña de su mente, podía sentir su cuerpo, pero no tenía la suficiente voluntad como para
hacer que se moviera, ni siquiera fue capaz de limpiar su rostro de aquella incómoda amalgama que
formaba su silencioso llanto. Su ánimo cambió al siguiente instante, fue el sonido más hermoso que
jamás creía haber escuchado. Una, dos y hasta tres veces ululó el búho mientras su vuelo lo llevaba
planeando sobre la cabeza de Martha. Su descendente recorrido lo llevó al interior de la casita
donde se encontraba Bettina. Por la cabeza de Martha se sucedieron muchas imágenes, Mythos, Janus,
la gruta, Tata. Todo aquello le devolvió la fuerza que necesitaba, recobró su voluntad, ahora podía
ordenar a sus piernas que avanzaran hasta el refugio que le ofrecía la mujer y el búho, quién como
siempre le mostraba el camino.
Como si se tratase de un esfuerzo desmesurado, comenzó a mover sus piernas, primero avanzaba con
un pie y después de haberlo asegurado en el suelo, movía la otra pierna en la misma dirección.
Muy despacio, fue acortando la distancia que la separaba de Bettina. Cada paso suponía un reto,
tanto mental como físico. Miró al suelo, sus pies se arrastraban pesadamente dejando grandes surcos
vacíos de ceniza. Al levantar de nuevo la cabeza se fijó en el rostro de la mujer, sus grandes
ojos, abiertos exageradamente, miraban por encima de ella y su cara, con la mandíbula caída,
reflejaba tal asombro que Martha comprendió lo que ocurría.
Súbitamente todo se ilumino. Centelleantes chispas de ceniza caían formando una terrible pero bella
cascada. Las estrías en el suelo que marcaban el corto camino recorrido por Martha comenzaban a
desaparecer, desdibujándose, cubriéndose de renovada ceniza aún brillante. Martha sintió como el
cálido polvo se posaba sobre todo su cuerpo, la fina capa que iba acumulando parecía ser
excesivamente pesada, tanto que seguir moviéndose le resultaba imposible. Notaba como su cuerpo
se abandonaba a otra voluntad que no era la suya. Poco a poco fue perdiendo la noción de todos sus
sentidos, todo, absolutamente todo se iba atenuando, desapareciendo de su mente hasta quedar
pendiente de un hilo que amenazaba con rasguearse. Pero antes de que la oscuridad se apoderarse de
su interior, sus ojos le mostraron como Bettina buscaba cobijo bajo la techumbre de la casita. El
búho, posado en el hombro de la mujer, le regaló una reservada mirada de esperanza. Con esa
sensación se abandonó a su letargo. Su figura se giró, y exánime buscó un hueco en el gran caudal
de siluetas que esperaban devotamente para ser engullidas por la gran abertura que penetraba en la
abyecta torre. Al atravesar el umbral, la lluvia amainó, dejando que la total oscuridad se
apoderase del claro, las puertas se cerraron tras los pasos de Martha.
Caminó constantemente y recorrió multitud de pasillos y corredores, subió y bajó escaleras, cargó,
llevó y depositó multitud de objetos, pero ella nunca podría recordar nada de todo aquello.
Innecesariamente las débiles luces que ambientaban los espacios del interior de la torre se
atenuaron, hasta que la penumbra absorbió la última esquina de cualquier pared. La figuras seguían
deambulando y realizando tareas sin sentido aparente, con la misma parsimonia y efectividad que lo
hacían antes de que la oscuridad las ocultase a la vista de nadie.
Al cabo de poco tiempo transcurrido, cada figura que depositaba su carga en el destino
correspondiente, buscaba un lugar en el suelo, casi siempre cerca de una pared, y allí, en la
soledad que proporciona la oscuridad y el silencio más absoluto, se dejaba caer y permanecía
sentada o tumbada. Martha soltó un gran puñado de piezas de madera que alguien había lijado, se
quedaron dentro de un cajón hecho del mismo material. Después se dejó caer allí mismo, su espalda
quedó apoyada en los tablones que formaban una de las paredes de aquel contenedor. Y así, pasó lo
que ella conocía como la noche cuando estaba en el claro, pero tampoco fue consciente de ello.
Martha comenzó a mecerse, sus movimientos recordaban a como lo hacen las marionetas cuando el
titiritero mueve los hilos que corresponden a cada una de las partes del cuerpo. Consiguió
levantarse y torpemente reanudó su marcha con la misma intención que terminó la del día anterior.
Si hubiese pasado la noche en la arbórea cueva, al cuidado de Mythos, ahora podría comprobar como
la luminosidad bañaba todo lo que podía abarcar con su vista. Pero ella se dedicó a recorrer
infinitos pasillos con cientos de esquinas y derivaciones, trasportando arriba y abajo y volviendo
a cargar. Si en algún lugar de aquella maldita torre, o fuera, en el claro, había luz, a Martha no
le importaba.
Así transcurrió una jornada más, cuando de repente Martha volvió a sentir vagamente que podía
recibir percepciones a través de sus sentidos. La vista poco a poco fue cobrando nitidez y aunque
no podía oír nada, era capaz de adivinar que los cientos de pares de pies que se arrastraban por
el mismo pasillo que ella, debían emitir algún leve sonido, por muy apagado que fuera, acabaría
escuchándolo. Gradualmente la pobre iluminación del interior le permitió distinguir borrosas
siluetas, todas llevaban la misma dirección. Martha quería gritar, quería dar la vuelta, quería
volver a ser ella misma. Pero nada de eso ocurrió, siguió caminando, contra su voluntad y sin
poder evitarlo. Casi era peor ser consciente de lo que le ocurría, sin poder hacer nada. Casi
deseaba que una nueva capa cenicienta revitalizara su cobarde vínculo con la torre, y así, no
sentir como dejaba de ser dueña de si misma y prisionera a la vez.
El búho con su rápido aleteo, abandonó la verde alfombra que sustentaba su vuelo, se adentró en
el claro y siguió flotando, pero ahora a escasa altura de la polvorienta capa que cubría el suelo.
Los enormes postigos de la torre se estaban abriendo, y el ave volaba directamente hacia el hueco
que se empezaba a aparecer en la pared del baluarte. Un arriesgado y fugaz movimiento a ras del
suelo, hizo que se levantara un fino velo de polvo, en ese preciso instante el búho hizo temblar
sus extendidas alas, reduciendo su velocidad como lo haría un colibrí. Las cenicientas motas que
se hallaban suspendidas en el aire cubrieron su cuerpo, y así, con elegantes y suaves movimientos
gano una considerable altura. Planeando sobre las figuras que ajenas a su voluntad salían al
exterior, pudo atravesar la entrada, penetrando a las entrañas de la odiada construcción. Con un
vigoroso batir de sus alas consiguió que su plumaje se librara de las peligrosas cenizas con las
que se había impregnado.
En cortas y esquivas piruetas, el autillo sobrevoló las cabezas de cientos de figuras. Haciendo
gala de su excelente visión, no tardo mucho en encontrar a Martha, posándose de manera familiar en
su hombro. Frotó sus alas contra su ceniciento rostro, intentando liberarla de la fútil prisión en
la que se encontraba. Los ojos de la chica parecieron abandonar la mirada perdida que habían
mantenido hasta entonces. El contacto con el suave plumaje del búho, hizo que los recuerdos
volvieran a aflorar tímidamente en su memoria, recobrando la necesidad de luchar por salir de
aquel estado. Otra vez resonaron en sus aletargados oídos las últimas palabras que escuchara de
Bettina: «Corre Martha». Sabía que debía evitar la lluvia que se produciría en el exterior, lucho
por salir de la marabunta que la arrastraba irremediablemente hacia ella. Pero todos sus intentos
fueron vanos. Cada instante eran más nítidos sus recuerdos, pero cada paso que daba su ajeno cuerpo
más cercana estaba la puerta que la conducía al claro, para uncirla de nuevo con el yugo de la
torre. La desesperación convirtió sus denuedos en frustración y angustia.
Sin cejar en su empresa el búho ululó, lo hizo tan fuerte como pudo. Martha se aferró a esa frágil
hebra de consciencia que unía sus sentidos a su cuerpo, algo le decía que era la escasa identidad
que quedaba de su verdadera esencia, que allí, en ese profundo rincón de su ser, languidecía el
último resquicio de la persona que había sido. Seguía notando como alguna fuerza externa quería
hacerse con el control de su voluntad, pero ahora tenía la posibilidad de sentirlo. Cerró sus ojos
y luchó contra ello. Fue recobrando cada trocito de su verdadera vida, arrebatándoselos a la
torre.
Cuando abrió sus ojos de nuevo observó como las puertas comenzaban a cerrarse, y las últimas
figuras se perdían por el claro. Ella se había detenido, había conseguido romper el invisible y
maléfico lazo, había vencido. Cuando los postigos de la torre casi se tocaban, las primeras gotas
de ceniza incandescente caían dejando una corta estela tras ellas. El búho emprendió el vuelo, sus
alas lo llevaron adentrándose por uno de los pasillos, Martha comenzó a correr tras él. Sus
primeras zancadas le recordaron cuan dolorido tenía todo el cuerpo, pero su necesidad de seguir al
mochuelo la obligó a ignorar cualquier sensación de abatimiento. El débil zumbido que había
escuchado en el claro durante aquellas ocasiones, aquí era casi insoportable, y su fuerza aumentaba
según se adentraban en el corazón de la torre.
Descendieron muchos tramos de escaleras, atravesaron largos corredores. Martha ni siquiera se
imagino que ya los había recorrido docenas de veces, pero no guardaba ningún recuerdo de aquello.
La determinación que la chica veía en el vuelo del búho, la llevaba a pensar que conocía el camino
que seguían. Los hombros le ardían de dolor, hacía rato que con las manos protegía sus oídos, pues
el zumbido se había convertido en un tétrico aullido. Pero por cada paso que daba, por cada escalón
que bajaba, por cada zancada que la alejaba de aquella lluvia, recobraba una parte más de si misma,
ahora se sentía entera. Cuanto más sentía su débil cuerpo más crecía su voluntad.
El vuelo del mochuelo se frenó de repente, casi parado, flotando en el aire, giró y atravesó el
hueco que daba acceso a una gran sala, allí se posó en el suelo. Martha sentía como su cabeza
quería estallar en mil pedazos, aquel estrepitoso ruido amenazaba con reventar sus tímpanos. Entró
siguiendo al búho y en su vertiginosa carrera no se fijó en todo lo que había en aquella habitación.
Su desgarrado grito se unió al que se estaba produciendo allí mismo, se encontraba en la misma
pieza que se originaba aquel aberrante sonido. Del cual, sólo un leve zumbido, casi como un
susurro, era lo que se podía oír en el claro. Decenas de cuerpos inmóviles reposaban sobre
enmohecidos jergones de arpillera que se encontraban diseminados por el frío suelo. Cada figura
que allí había tendida, tenía la cabeza rodeada de una vibrante red, luminosa y en constante
movimiento, sus ramificaciones cambiaban con espasmódicos impulsos. Un rayo salía de cada una de
aquellas enmarañadas presas y ascendía por el alto techo, donde todos confluían. El sufrimiento
de cada una de las personas que allí se encontraban era indescriptible, de sus gargantas salían
los horrorosos gritos que transportaban dolor mientras su vida les era robada.
El búho se movió hasta colocarse muy cerca de una de las figuras. Martha no pudo seguirle en esta
ocasión, si bien era incapaz de dejar de mirar tan macabra escena, también lo era de moverse. Se
sentía atenazada y en un instante su desesperado grito sonó tan fuerte como cualquiera de los que
allí resquebrajaban el denso aire. Al cabo de un corto espacio de tiempo, los rayos fueron
perdiendo su fulgor, de la misma manera que las exhaustas figuras dejaban de gritar. Finalmente
las cabezas de cada una de las personas quedaron libres de su particular tortura. Ella también
cesó su ya afónico grito. Se hizo la calma, pero el silencio era tan opresor que no parecía real,
Martha creía sentir que en cualquier momento volvería aquel infernal estrépito que había dejado un
extraño vacío en sus oídos.
Todos los rayos, como cada uno de los hilos que forman una telaraña, se contrajeron formando una
gran masa palpitante y fosforescente que fue ascendiendo hasta perderse en el insondable techo.
Cuando Martha logró reponerse en parte, avanzó hasta el lugar donde se hallaba el mochuelo.
Todos aquellos cuerpos, algunos con pequeñas convulsiones casuales, parecían inertes, pero quedaba
un hálito de vida en ellos. Unos dejaban tristemente escapar un leve gemido y otros, en silencio,
permitían que pequeñas lágrimas afloraran por la comisura de sus párpados, hasta que resbalaban por
sus mejillas. Martha gritó de nuevo, pero esta vez en su lamento se podía escuchar la impotencia y
la rabia que sentía, también reflejaba el miedo que la oprimía. La visión de Janus, tendido,
demacrado, torturado y falto de vida, hizo que le flaquearan las piernas, allí mismo desfalleció.
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