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Cuento Fantástico ~ Millernov ~ Fantasía |
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~ Capítulo XI ~ |
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Martha agarró a Janus por las muñecas y arrastró el enjuto cuerpo hasta que consiguió sacarlo de
aquella habitación. Le habría gustado llevarse de allí al resto de las personas, sentía la
necesidad de hacer algo por ellas, algo que pudiera detener su sufrimiento. Pero el búho avanzaba
delante de ella, marcando el camino que debían seguir y daba muestras de impaciencia.
Recorrieron varios pasillos que a Martha le parecieron ser el mismo. Desorientada, cansada, pero
sobre todo amedrentada, sólo quería saber que llegarían a algún lugar que fuese seguro. No sabía
muy bien cual era la razón, pero confiaba ciegamente en el búho. Aquella ave parecía conocer a la
perfección el interior de la torre, mientras que ella, dudaba que fuera capaz de encontrar de
nuevo la última sala por la que habían pasado. Pero lo que más angustia le provocaba, era que
casi podía sentir la impotencia que se presentaría si tuviera que buscar las puertas que daban
al claro.
Por fin el búho traspasó el arco de una puerta, momentos después lo hacía Martha tirando del
inerte cuerpo de Janus. Se encontraban en una espaciosa sala, donde el murmullo del agua cayendo
en un generoso chorro, salía de un caño que sobresalía de la pared del fondo. Con el mismo cuidado
que tendría una madre con su hijo, Martha dejó que el cuerpo de su amigo reposara sobre el frío y
mortecino suelo. Cuando soltó sus brazos lo hizo con mucha delicadeza, como si temiese que se
pudiera despertar. Después y casi como una tarea cotidiana, agarro uno de los cubos que había
cerca de la caudalosa fuente y dejó que se llenara de agua hasta que rebosó.
Cuando se dio la vuelta observó que el búho se había posado sobre un alto fardo, se encontraba
cerca de otra de las paredes y esperaba inquieto, emitiendo un leve pero continuo gorgojeo.
Soportando con sus doloridos hombros el peso que llevaba, Martha se acercó hasta el lugar donde
se encontraba el mochuelo, para descubrir que se trataba de una gran cantidad de sacos de
arpillera, todos ellos perfectamente doblados y apilados.
Dejó el cubo cerca del yaciente Janus y uso varios de aquellos sacos que extendió y distribuyó
por el suelo, hasta formar un basto pero abultado colchón. Después sumergió sus manos en el cubo
y las frotó bien, con ellas todavía húmedas, lavó la cara y mojó el cabello de su amigo. Se aclaró
las manos varias veces, hasta que pudo ver que no le quedaban restos de ceniza. Una vez satisfecha,
hizo lo mismo con las manos y los descalzos pies del hombre.
Aunque pensaba que su fuerza le había abandonado, consiguió mover el cuerpo de Janus y colocarlo
sobre la cama improvisada. Le llamó la atención observar el gesto que mostraba el rostro de su
amigo, emanaba paz. Pero una apreciación más detenida, acabó repentinamente con su alegría. Casi
toda la piel de su cara mostraba finísimas pero lacerantes heridas, algunas se mostraban sólo
como un fino trazó de color por debajo de la piel. Martha prefirió no pensar como se las habían
producido, pero era incapaz de apartar de su recuerdo la imagen de como aquellos rayos hacían
presa en las cabezas de todas las figuras que había visto en la otra sala.
Se acercó a la fuente de nuevo y se enjuagó. Juntó sus manos formando algo parecido a un cuenco
y las colocó bajo el caudal. Llevó sus labios entreabiertos hasta sus manos y bebió hasta saciarse,
la sensación de sequedad desapareció de su garganta y eso hizo que se sintiera mejor.
El búho se posó en su hombro, tan delicadamente como lo haría una mariposa sobre una delicada flor.
Sintió con agrado como las pequeñas garras hacían la fuerza necesaria para sujetarse sin causarla
ningún daño, aquella sensación de complicidad la reconfortó aún más. Por un momento se sintió
segura y fue capaz de apartar de su cabeza las interminables penurias que estaba viviendo.
Un sonido apenas perceptible la devolvió a la realidad. Su mirada se buscó en el rostro de su
amigo. Los labios de Janus pugnaban temblorosos por separarse, mientras dejaban que débiles
gemidos escapasen a través de ellos. Su cuerpo parecía necesitar más aire del que su pecho podía
retener en cada respiración. Entre cada esforzado intento se volvía a escuchar otro quejido, casi
como el estertor que llama al final de la agonía. Martha llevó otro cubo lleno de agua hasta donde
reposaba Janus. Humedeció sus labios y dejó que algunas gotas que resbalaban por sus dedos,
cayeran dentro de la boca.
Janus abrió lentamente sus párpados. Unos blanquecinos ojos, turbios y sin brillo, orbitaron
pasmosamente dentro de sus cuencas, hasta que finalmente se cruzaron con la mirada de la chica.
Durante un corto espació de tiempo pareció no reconocerla, hasta que en un notable esfuerzo
consiguió enfocar su vista, sus ojos parecieron recobrar algo del verdoso color que alguna vez
habían tenido.
-¿Martha? -Su voz sonó torpe, arrastrándose con notable esfuerzo entre sus cuarteados labios,
flotó por el aire, hasta que llegó a los oídos de ella.
Sus ojos se volvieron a cerrar, pero su respiración parecía algo más regular. Martha sintió con
gran alivio que pareciera mejorar, además la había reconocido. Pensó que lo mejor sería que
descansara, así podría recuperarse de lo que fuese que le habían hecho en aquella maldita sala.
Solo con rememorar la habitación Martha volvía a sentir nauseas.
El búho tiró de su hombro, tenía su cabeza vuelta en un ángulo imposible para Martha, pero cuando
ella giró completamente su cuerpo pudo comprobar que miraba directamente hacia la puerta por la
que habían entrado. Martha se dirigió hacia allí, salieron al pasillo y otra vez, siguiendo las
indicaciones que notaba en su hombro, giro a la derecha. De nuevo recorrieron varios corredores,
abandonando unos para retomar una nueva dirección y siguiendo por otros. Al principio intentó
memorizar el camino que seguían, pero desistió de hacerlo al cabo de un rato, pues todos los
pasillos le parecían desesperadamente iguales, y ya había perdido la cuenta de las esquinas y
puertas por las que habían pasado.
Los ojos de Martha se abrieron desmesuradamente, atónita contempló una gran cantidad de perfectas
columnas formadas por bloques de pan de un color indeterminado. De repente, la sensación de hambre
despertó de sus sentidos y se convirtió en una necesidad real. Avanzó con pasos rápidos,
adentrándose en la sala a la que el búho la había conducido. Mientras se acercaba respiró
sonoramente por la nariz, esperando que el cálido aroma del pan recién horneado, tierno y de
corteza crujiente, inundara sus sentidos. Casi podía oír como la llamaba Tata, invitándola a
bajar para desayunar antes de que lo hicieran sus hermanos. Pero lo único que percibió su olfato,
fue el mohoso olor de la humedad que se producía debido a la gran cantidad de pan que había
acumulado.
La decepción le dijo a Martha que se diera la vuelta, que saliera corriendo de allí, pero la
realidad, más acuciante y exigente, le dijo que aquel pan, aunque malo, sería lo único que
encontraría para paliar su hambre.
Agarró uno de aquellos bloques de pan, su corteza no era crujiente, si no más bien correosa.
Usando las dos manos lo partió en dos pedazos irregulares, su miga no era esponjosa ni tierna,
estaba apelmazada y casi seca. Aun así lo mordió y lo masticó, tragó muchos bocados del insípido
pan, y así siguió un buen rato, incluso hasta después de haber saciado su hambre.
Cuando en sus manos apenas pudo ver algo más que unas migajas, algo llamó su atención.
Completamente cubiertas por una capa de ceniza, dos figuras que hasta entonces habían conseguido
pasar desapercibidas a la vista de Martha, se levantaban del suelo torpemente. Cuando finalmente
consiguieron ponerse en pié, caminaron anodinamente hacia las pilas que formaban los bloques de
pan. Cada una de aquellas figuras cargó en sus brazos toda la cantidad de alimento que pudieron
sujetar. Salieron de la habitación, desfilando ajenas a la estupefacta mirada de Martha, hasta que
se perdieron por uno de los corredores.
Algo se había despertado en los recuerdos de Martha, algo que la mantenía absorta, incapaz de
apartar la vista de la esquina por la que habían desaparecido las dos figuras, como si ella
todavía pudiese seguir viéndolas.
Comenzó a caminar muy despacio, sobre los mismos pasos que habían seguido aquellas figuras.
Cuando ya estaba recogiendo varios bloques de pan, notó un punzante dolor en su hombro. La aguda
molestia que sentía la hizo salir del estado en el que había caído. Dejó escapar un ahogado grito
y cuando bajó la vista hacia su hombro, se encontró con la firme mirada del búho, que desprendía
un aviso de advertencia, casi mayor que el continuo ulular que emitía su apenas apreciable pico.
Un poco más abajo, a través de la seda de su blusa, afloraron dos hilillos de sangre, que poco a
poco se fueron extendiendo hasta formar una sola mácula oscura.
No sabría decir cuanto tiempo llevaba el mochuelo avisándola, pero comprendió que la maléfica
torre tenía más control sobre las figuras de lo que había pensado. Ya no bastaba con que se
mantuviese fuera del contacto de la ceniza, ni tampoco de la lluvia de chispas que renovaba el
vínculo de las figuras con la moradora maldad. Además, debía ocultar sus pensamientos. Había
sentido como sus recuerdos, esos minúsculos fragmentos de memoria que conservaban alguna
reminiscencia de su cautiverio, habían servido a los propósitos de la macabra torre para volver
a subyugarla.
Soltó varias piezas de pan, conservando sólo dos de ellas. Sin que el búho aflojara la presión
de sus garras en su dolorido hombro, salió corriendo de la habitación todo lo rápido que le
permitían sus piernas. Giraba por las esquinas, atravesaba otros pasillos, esquivaba a las
deambulantes figuras. No sabía que camino seguía, pero tenía la certeza de que era el correcto
para regresar a la sala donde descansaba Janus.
Sentía con emoción la vertiginosa velocidad de su carrera. Sus ojos captaban las siluetas de las
figuras con las que se cruzaba como alargadas estelas, hasta que desaparecían emborronándose sobre
el fondo claro de las paredes. Sus oídos percibían nítidamente las pisadas de cada una de las
figuras, incluso de las que se movían por otros pasillos. Hasta podía escuchar la pasmosa
respiración de todas ellas. Supo con certeza que sus sentidos y los del búho se habían fundido
con su contacto, comportándose como un sólo ser.
Cuando llegaron a la esperada estancia encontraron a Janus despierto, apoyado sobre sus codos
había conseguido incorporarse ligeramente. En su mirada había algo más de cálida vida que la
última vez que Martha le viera. Sus labios en una mueca forzada, dibujaban algo que intentaba
ser una sonrisa.
El búho extendió sus alas y se separó del hombro de Martha, planeó hacia Janus y se posó sobre
la improvisada cama de arpillera, muy cerca del borde. Janus había seguido con su cabeza el
corto vuelo del ave. En sus gestos, aunque dificultosamente, se iba apreciando una sensación
de esperanza. Como si el búho quisiera confirmar su mejoría, ululó de forma especialmente aguda.
Mientras tanto, Martha experimentó una sensación de vacío, como si alguna parte de su interior
le hubiese sido arrebatada repentinamente. De inmediato esa sensación se convirtió en mareo y
comenzó a sentir que su cuerpo se volvía muy pesado, tan pesado que sus rodillas flojearon y
comenzaron a temblar, amenazaban con dejar de sujetarla. Hasta el pan que sujetaba se le antojó
una carga insoportable. Su vista perdió brillo y nitidez, mientras que todos los sonidos que
escuchaba se agolparon en su mente, martilleando su cabeza. Se sentía torpe y cansada. Pero más
allá de todo aquello había algo, otra sensación, algo que no era físico. Entonces lo comprendió
todo. El miedo la volvía a acobardar y la cargaba de incertidumbre. Sabía que durante un tiempo
no había sido así. Entonces entendió que lo que había abandonado su mente, no era otra cosa que
la conexión que había mantenido con el búho. Ahora la herida del hombro era como una quemazón,
no como la agradable presión que casi había llegado a agradecer. Sobre todo cuando sus sentidos
habían sido transportados hasta un estado que a ella le pareció asombroso, lo más cercano a la
perfección que pudiera imaginar.
Ofreció a Janus uno de los bloques de pan que había traído. Este, extendió un brazo y agradeció
asintiendo con la cabeza mientras tomaba el pan de las manos de Martha. Lentamente Janus fue
comiendo sin mucho apetito aparente, pues parecía dedicar a ello las pocas fuerzas que su cuerpo
había recuperado.
La iluminación cambió repentinamente. Por una pequeñísima fracción de tiempo pareció que un
fogonazo había estallado detrás de ellos, llenándolo todo de una cegadora luz. Martha se giró
instintivamente, pero todo parecía haber vuelto a la normalidad. La estancia estaba tranquila,
aunque en el pasillo se podía seguir notando a intervalos irregulares algo parecido a los
chispazos destellantes que se desprenden en las fraguas.
Martha se acercó a la entrada de la sala y asomó cuidadosamente la cabeza mirando por el pasillo.
Además de varias figuras que se movían en su continua procesión, también pudo distinguir como al
final del largo corredor se producían continuos destellos, acompañados por leves temblores, cada
uno de ellos parecía más cercano que el anterior.
-¡Ya vuelve! -Articuló Janus con su quebrada voz. -¡Vuelve a por mi! -Esta vez Janus consiguió
que sus palabras sonaran como un grito de desesperación. Martha se giró asustada ante la reacción
de Janus. Vio como el poco pan que aun no se había comido se le escurría de las manos y como
trataba inútilmente de ponerse en pie.
Cuando la chica quiso reaccionar para ayudar a Janus a levantarse, un rayo, como una centella de
color violeta, pasó muy cerca de su cara, estallando a pocos pasos de ella. Ahora el fogonazo que
llenó la habitación de luz, hizo retumbar el suelo y las paredes, el ruido fue atronador.
Martha corrió hasta Janus, sin saber de donde salía su fuerza lo agarró por debajo de los hombros
y lo llevó a rastras hasta el fondo de la estancia. Lo dejó en el suelo, se volvió y se mantuvo de
pie delante de su amigo, intentando protegerle. El búho se había posado sobre el caño de la fuente
que sobresalía de la pared, muy cerca de Martha. Su cabeza miraba hacia la entrada de la estancia,
su actitud volvía a advertir a la chica del peligro que se cernía sobre ellos. En sus redondos y
anaranjados ojos, ella pudo distinguir como se reflejaban las centelleantes explosiones que se
producían en el pasillo. Cada vez se podían sentir más cercanas.
Martha se sobresaltó cuando otro relámpago estalló justo en el hueco de la entrada. Otro rayo más
pasó de largo por el pasillo, como un látigo luminoso, chascó en un estruendoso crepitar y estalló
en algún punto que no pudo ver, pero el fulgor volvió a deslumbrar todo el pasillo.
Janus no paraba de temblar, su cuerpo convulso sentía la fuerza que trataba de encontrarlo. La
desesperación torturaba su mente y por sus labios se escapaban sonidos desgarrados que no
conseguían articular palabra alguna.
Martha trató de vaciar su mente, sabía que sus pensamientos podían ser el falso aliado que les
traicionara. Trató que los recuerdos que guardaba su memoria de la Ciudadela, fuesen los únicos
que afloraran, y en como se divertía con sus amigas en las fiestas de primavera. Pero todo lo que
vio su imaginación no fue más que ceniza, chispas que caían del cielo y la sombra omnipresente de
una amenazadora y lóbrega torre. Supuso que sus pensamientos unidos a los de Janus, serían más que
suficientes para volver a caer presas de aquella pesadilla. La imagen de Janus en aquella sala,
viendo como el rayo violeta envolvía su cabeza, anulando su ser y robándole la vida, le revolvió
el estómago y también se adueñó de sus pensamientos.
Un rayo que avanzaba por el corredor penetró en la estancia, Martha encogió sus hombros preparándose
para soportar el inminente estallido, pero este no se llegó a producir. Apenas podía mantener la
mirada en aquella centella, el halo luminoso que la envolvía era cegador. Como una gran serpiente
se fue moviendo, contoneándose y husmeando por el interior de la sala. Martha se puso de cuclillas
y se hizo un ovillo junto a Janus.
Algunas ramificaciones salían repentinamente del rayo, culebreaban espasmódicamente y provocaban
ligeros fogonazos antes de desaparecer. Tan rápido que los ojos de Martha apenas lo pudieron
seguir, el rayo realizó un giro imposible y se estrelló sobre la cama en la que había reposado
Janus hace tan sólo un momento. La habitación se llenó de volutas incandescentes, los sacos de
arpillera ardieron provocando una columna de denso humo que ascendió hasta quedar flotando cerca
del techo. Cuando el rayo se retrajo y volvió a su posición anterior, una mancha negra, cubierta
por los rescoldos aun humeantes, fue lo único que quedó de la improvisada cama.
El rayo que no había perdido ni un ápice de su feroz intensidad, siguió rastreando por la sala.
Las ramificaciones esporádicas eran ahora más frecuentes, parecían brazos que se separaban del
rayo ayudándole en su búsqueda. Algunos de los tentáculos se aproximaban peligrosamente al lugar
donde se encontraban encogidos. Cuando el rayo estuvo a poca distancia de Martha y Janus pareció
detenerse en su avance, la centelleante y deslumbrante punta aparentaba observarles con detalle.
Durante el momento que siguió, todo parecía quietud, el tiempo pasó inquietantemente despacio para
Martha. La pasmosidad de cuando se adivina el fatídico final, se adueñó de los pensamientos de la
chica. La serenidad de la impotencia y el deseo de que todo finalizara de una vez, le pareció la
mejor actitud. No se sentía capaz de seguir luchando, su fuerza huía de ella, de la misma manera
que su voluntad se negaba a manifestarse en forma alguna. Se rindió a lo inevitable.
Una ligera vibración recorrió todo el rayo, haciendo que el fulgor violáceo aumentara a lo largo
de toda su longitud, hasta que llegó a su final. La punta cobró más intensidad, y la centella se
acercó ligeramente hacia Martha y Janus. La punta del rayo que parecía mirar directamente a la
chica, cobró más fuerza en su avance, mientras que el resplandor que emitía alteró la atmósfera
del cuarto. Martha notó a través de sus pies como el familiar zumbido de la torre hacía vibrar el
suelo que pisaban.
Sin más aviso, el rayo se precipitó vertiginosamente hacia la chica. Martha recibió un fuerte
golpe en su costado y sintió una fuerte punzada de dolor. El ímpetu de la embestida hizo que
cayera al suelo.
El búho, en un alarde de rapidez había empujado a Martha en el preciso instante que el rayo se
lanzaba contra ella. El impacto que recibió el ave cuando la centella le alcanzó fue brutal. Lo
estrelló contra la pared. Aturdido y malherido siguió aleteando como pudo para mantenerse flotando
en el aire.
El rayo comenzó a extender decenas de finas ramificaciones que trataban de atrapar a la pequeña
ave. Batiendo sus alas tan rápido como le permitía su deplorable estado, el búho conseguía mantener
alejados los crepitantes tentáculos que pugnaban por aferrarle.
Tirada en el suelo, Martha contemplaba boquiabierta la escena, sin saber lo que verdaderamente
había ocurrido. Janus mostraba su cara teñida de pánico, y permanecía igual de inmóvil que ella.
El búho durante un corto espacio de tiempo, había conseguido zafarse de los ataques del rayo, que
incesantemente mantenía por atraparle con su marañosa red de crepitantes haces. Pero su maltrecho
cuerpo hizo que el cansancio se presentara demasiado pronto. Sus alas no lo pudieron mantener a
salvo por más tiempo.
Un momento después el mochuelo apenas era visible para su dos compañeros, había sido atrapado por
una esfera formada de cientos de rayos finísimos, que en su constante palpitar lo mantenían
atrapado. Parecía que aquella jaula, vibrante y fulgente, pretendiera encerrarlo y engullirlo.
Aun así, el ave no desistía de sus intentos por escapar. Cada vez que creía haber recobrado algún
atisbo de fuerza, se lanzaba contra los hirientes filamentos que formaban su prisión, con la
intención de romperla y escapar. Por cada frustrado intento del búho, el rayo estrechaba más su
atenazadora presa sobre el ave. Llena de desesperación, Martha tuvo que cerrar sus ojos, cuando
vio como el búho yacía inerte, flotando dentro de la fulgente maraña que lo había encerrado.
De repente un grito desgarrador, lleno de furia y también de rabia, hizo que Martha volviera a
abrir sus ojos. Miró directamente al búho. Con las alas extendidas y en un incesante y agudo
alarido, parecía retar al rayo que lo seguía atenazando.
El aire de la estancia se tornó denso. Todo el haz luminoso que formaba el rayo comenzó a emitir
un espeluznante chirrido y las paredes reflejaron los destellos que se producían por todas partes.
Martha y Janus no pudieron evitar llevar sus manos a la cabeza para impedir que el infernal ruido
destrozara sus oídos.
Por un momento parecía que el rayo perdía intensidad, acobardado ante la increíble y renovada
fuerza que mostraba el búho. Martha no podía creer lo que estaba presenciando. El cuerpo del ave,
apenas ya sin plumas estaba aumentando su tamaño rápidamente y parecía ser capaz de romper la
prisión que lo envolvía. Poco a poco el cuerpo del búho se fue convirtiendo en una masa informe,
seguía creciendo y estaba consiguiendo hacer retroceder al rayo.
Lo siguiente que vieron Martha y Janus fue como en el aire, sujeto por el envolvente rayo,
aparecía el cuerpo de un hombre. Todo su desnudo cuerpo estaba surcado de líneas oscuras que
consiguieron remover algo muy oculto en la memoria de Martha, pero que no supo distinguir.
Cuando finalmente aquel hombre dejó de ofrecer resistencia, el rayo lo mantenía ya únicamente
sujeto por la cabeza, mientras que el resto del cuerpo pendía suspendido en el vacío. Lo
sujetaba de la misma manera en la que habían encontrado a Janus. La visión que había enfrente
de Martha y Janus era espeluznante.
Como si fuera capaz de dar muestras de agotamiento y hubiese derrochado toda su fuerza, la centella
perdió la intensidad de su fulgor, hasta que sólo aparentó ser un trazo negro que surcaba el aire
de la estancia. Lentamente el rayo comenzó a retraerse, llevándose consigo el inerte cuerpo que
había capturado.
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