Relatos - La página de MillerNov




Categorías   
~ Fantasía
- Ciencia Ficción
- Terror
- Policiaca
~ Drama
- Histórica
- Poesía
~ Otros


Colaboradores
~ MillerNov
~ Anacanudas
~ Guss_m
~ Claudia







Cuento Fantástico ~ Millernov ~ Fantasía
 ~ Capítulo XII ~ 

Una figura corría rápidamente por el pasillo, sin ningún reparo y con todo el arrojo de quien ha olvidado o perdido cualquier clase de miedo, iba en persecución del rayo y el cuerpo que de él colgaba.

En la retina de Martha quedó fijada una mancha, fugaz, como la sombra que se vio corriendo a través del hueco de la puerta, Bettina pasó rápidamente en persecución de la centella. Tardó un rato en reaccionar. Sentía que Janus necesitaba su protección, y ya había decidido dedicarle todo el tiempo que necesitara para recuperarse. Pero también ella se sentía exhausta, no sabía si sería capaz de protegerse a sí misma. Por otra parte, el miedo y la confusión, hacían que sus pensamientos no fluyeran ágiles, al menos como le gustaría que lo hicieran en la situación en la que se encontraban.

Un nuevo resplandor, más apagado que los anteriores, borró la sombra de sus ojos e impulsó a Martha a salir de su estupor. Varios chasquidos y algunos gritos provenientes de algún lugar cercano, hicieron que reviviera la anterior lucha entre el búho y el fatídico rayo. Inmediatamente su cuerpo se tensó ante la señal de peligro, cada uno de sus músculos parecían dispuestos a saltar, impulsándola lejos de allí. Janus parecía querer decirle algo, pero su boca se movía con leves temblores, incapaces de producir ningún sonido. Sin embargo, sus ojos dirigieron la mirada hacia la puerta de la sala.

Martha también dirigió allí su vista, esperaba ver como un mochuelo, agitando plácidamente sus alas, atravesaba la abertura ululando familiarmente hacia ella. Pero nada de eso ocurrió. Sólo algún destello que despuntaba sobre el frío color de las paredes, que acompañados de ocasionales jadeos de esfuerzo, causados por el cansancio de quien está a punto de desfallecer en medio de una batalla, llenaban ocasionalmente el largo corredor. Janus no dejaba de dar débiles tirones de la manga de la chica, pero Martha, con toda su atención en lo que ocurría fuera de la estancia, no era capaz de sentir el leve zarandeo.

—Ayuda... —Janus perdió la voz antes de poder terminar de hablar. Martha se giró alarmada, creyendo que su amigo estaría decayendo de nuevo. Pero la cara que se encontró mostraba más preocupación que cualquier otra sensación de debilidad.

—¡Martha! —Un agudo grito viajó por el pasillo y entró en la habitación. —Marta... —de nuevo la cercana y cansada voz de Janus, como un eco que confirmara el grito anterior, despertó en Martha una parte de su interior, la parte que se aferraba cobardemente a la negación de los acontecimientos. —Bettina... —consiguió articular Janus, dando muestras del esfuerzo que le suponía gastar el poco aire que era capaz de mantener en cada respiración.

Mientras el forcejeo, aunque más débilmente que antes, seguía escuchándose en el exterior, Martha comenzó a encadenar los pensamientos que su mente parecía haber ocultado. Dedicó una mirada interrogativa a su amigo, no hicieron falta más palabras. Janus asintió con un gesto apenas perceptible, pero bastó para que Martha se levantara y saliera corriendo.

Le constó un rato entender la imagen que el largo corredor le mostró. Bettina sujetaba las piernas del cuerpo que pendía del agotado rayo. Tiraba de él con la intención de arrebatárselo a la misteriosa centella, en lo que parecía una lucha por terminar con la mágica energía que la alimentaba. A su vez, el relampagueante látigo, se afianzaba en su presa, pero los destellos que emitía, parecían perder algo de su intensidad cada vez que resistía uno de los tirones de la mujer. Un grupo de figuras se apelotonaba al final del pasillo, en su fijación, trataban de avanzar, pero tropezaban constantemente con el rayo. Las ramificaciones que se desprendían cada vez que una de ellas rozaba el cuerpo de la centella, parecían detener su involuntario caminar, pese a ello, continuaban empujándose, con la única intención de seguir su camino.

Cuando Martha alcanzó la posición donde se encontraba Bettina, agarró el cuerpo por las muñecas y tiró. Ambas mujeres acompasaron sus intentos para liberar a quien quiera que fuese aquel hombre. El rayo comenzó a ceder, hasta el punto que pareció gastar tanta energía en mantener cautiva su presa, que su alargado tronco palideció, y por un instante pareció fundirse con las blancas paredes. Algunas figuras lograron superar la esquina donde antes tropezaban con el rayo y sus esporádicos tentáculos, pero ahora, libres de las descargas que hasta entonces había emitido la centella, reanudaron su característico deambular, avanzando hacia donde se encontraban las dos mujeres.

Martha se distrajo por un corto espacio de tiempo, su vista volvió a captar los surcos que cubrían el desnudo cuerpo que intentaban rescatar. Los trazos oscuros y delgados, se grabaron en sus pensamientos, turbando su cabeza. Un cúmulo de recuerdos querían abrirse paso a través de su memoria, pero el miedo, la confusión y los gritos de Bettina, consiguieron que ninguno de ellos cobrara la fuerza necesaria para hacer cambiar la realidad del momento. El tiempo que había perdido fue aprovechado por el rayo para ganar algo del terreno que había perdido.

Algo en el suelo llamó su atención, estaba viendo un hacha, su mago de madera era demasiado corto en relación al enorme filo metálico al que estaba sujeto. Pensó en soltar las muñecas del hombre para recoger el objeto y usarlo como arma, pero en ese preciso instante, Martha pudo distinguir una sombra que se acercaba velozmente por su espalda, e instintivamente miro en esa dirección. Atónita, vio como Janus se acercaba, en su rostro todavía se podía distinguir el cansancio y la falta de energía, pero también se advertía una mirada de odio. Las ganas de venganza le habían devuelto parte de la vitalidad que aquel maldito rayo le había arrebatado.

Sin mediar palabra, sin tan siquiera dirigir una mirada a ninguna de las dos mujeres, Janus se agachó y recogió el hacha. Con una facilidad que asombró a Martha, su amigo levantó el arma sujetándola con ambas manos, seguidamente descargó un fuerte golpe sobre el nervudo rayo. Por un momento, algo parecido a un ahogado grito, pareció escucharse en una continua y ascendente reverberación, hasta que finalmente se perdió por alguno de los innumerables pasillos de la torre. El ataque de Janus había conseguido seccionar el rayo de un solo golpe. De repente, a lo largo de todo el rayo, que no dejaba de restallar como un látigo, cientos de chispeantes ramificaciones se liberaron, alcanzando a muchas de las figuras que se movían por el corredor. Algunas cayeron inertes al suelo sin el más mínimo quejido, otras, simplemente sufrieron una leve sacudida pero siguieron inmutables su pasmoso caminar.

Bettina no dejó escapar el preciado momento que les ofrecía la proeza de Janus, sujetando por los tobillos el desnudo cuerpo, comenzó a correr tan rápido como pudo. Martha tuvo que esforzarse por mantener el ritmo de su amiga, ahora que el liberado cuerpo descansaba todo su peso sobre ellas. Pocos pasos por detrás de ellas corría Janus, atento a la retaguardia sin dejar de observar al derrotado rayo.

Cuando alcanzaron la primera esquina, Bettina giró hacia la derecha y siguió corriendo, la decisión de sus pasos hizo suponer a Martha que sabía muy bien por donde se movían. Janus esperó unos instantes, quería comprobar que el rayo no recuperaba su fuerza y retomaba su búsqueda. Agradecido de que Martha no pudiera ver lo mismo que él, observó como el rayo desplegaba cientos de finos hilos a lo largo de todo su serpenteante cuerpo. Parecía tantear por todo el pasillo en busca de su perdida presa, pero sólo alcanzaba a las figuras que aún se mantenían de pie. Al cabo de un corto espacio de tiempo, la centella pareció perder definitivamente el resto de vitalidad que la mantenía. Todo su largo cuerpo se vino abajo, estrellándose contra el suelo y produciendo un estrepitoso ruido.

Lo último que vio Janus antes de continuar su carrera en pos de Bettina y Martha, fue como el rayo se desvanecía sin dejar ningún rastro, a excepción de varias decenas de figuras sin vida, que esparcidas por el suelo, yacían carbonizadas, sus cuerpos humeaban, emanando un insoportable olor dulzón. Cuando Janus estaba alcanzando a las mujeres, toda la construcción tembló, parecía que las paredes se fueran a derrumbar. Martha trastabilló y cayó al suelo, soltando inevitablemente el cuerpo que sujetaba. Al ensordecedor ruido se solapó un estremecedor grito, que hizo que los corazones de los tres amigos se encogieran de miedo. El lapso de tiempo que tardó en amortiguarse el ruido, perdiendo su eco por los largos pasillos, pareció eterno en los oídos de Martha.

Janus la ayudó a levantarse del suelo, Martha se reconfortó en parte con la cálida mirada que le dedicó el hombre. —Lleva tú el hacha, yo ayudaré a Bettina. —No había terminado de hablar cuando asió fuertemente el tatuado y desnudo cuerpo. Así, reanudaron la huida. Finalmente Bettina aflojó la marcha, entrando en un pasadizo al que accedieron bajando un largo tramo de escalones. Al contrario que el resto de las estancias que Martha había visto dentro de la torre, esta parecía estar casi a oscuras, el suelo que pisaban era irregular y había un rancio olor en el aire.

Martha escuchó como Bettina y Janus depositaban el cuerpo en el suelo, y como los pasos de la mujer se alejaban un poco del grupo. A un lado, el destello de varias chispas, llamó la atención de la chica. Al momento la llama de una antorcha en manos de Bettina, iba cobrando fuerza, hasta que su luz permitió que pudieran distinguir vagamente donde se encontraban.

Bettina acercó la antorcha encendida a otra que estaba sujeta a la pared, pronto prendió, aumentando con su luz la zona visible. Para asombro de Martha, aquel lugar era increíblemente maravilloso. No se parecía a ninguna de las otras salas que había visto en la torre. Las paredes parecían curvadas, como las de una bodega y su color no era blancuzco, si no más bien del color que adquieren los ladrillos de adobe mojados por la lluvia. También creía distinguir una serie de columnas del color del marfil, que seguían la misma forma cóncava de la pared.

—Toma, enciende el resto, —dijo Bettina entregándole la tea. Martha soltó el hacha y cogió la antorcha de manos de su amiga. Caminó con cuidado, pues el irregular y arenoso suelo parecía traicionero. Por la sensación de humedad y la suave y cálida temperatura, dedujo que se encontrarían en alguna parte del sótano de la torre. Cuando la esfera luminosa que formaba la llama que portaba, le mostró otra parte de la pared que hasta entonces había permanecido oculta por la oscuridad, pudo comprobar como las columnas que creía haber visto, no eran otra cosa que gigantescas costillas de hueso. Martha dejó escapar una exclamación de asombro. Se hallaban dentro de lo que parecía la caja torácica del esqueleto de algún gigantesco animal.

Asombrada fue recorriendo la pared, mientras prendía fuego a las demás antorchas que encontró en las paredes. Según se adentraba en la profundidad de la sala, la altura de la estancia era más baja, hasta que consiguió ver como las últimas costillas, cada vez más pequeñas que las anteriores, se unían en la gran columna vertebral que parecía soportar el techo. El resto de los huesos de las vértebras que supuestamente formarían la cola del esqueleto, se perdían a través del muro de arena y piedra.

Cuando se giró, pudo apreciar el gran tamaño de la habitación. Totalmente iluminado y mostrando el fantasmal espacio, el lugar era majestuoso. También había algo tranquilizador, algo que dejaba en los sentidos de Martha la sensación de que se encontraban salvo. Repartidas irregularmente, había varias mesas y estantes, repletos de frascos y retortas de cristal, amén de otros muchos objetos que Martha no supo distinguir. Aunque la mayoría de ellos se le antojaron rotos o estropeados. Antorcha en mano, se acercó rápidamente hasta donde se encontraban sus amigos. Se hallaban arrodillados, tratando de reanimar a la persona que habían rescatado. La luz que ella sujetaba, hizo que se distinguiera el cuerpo del hombre con total claridad. Por segunda vez, la perfecta visión de los intrincados dibujos que formaban aquellos tatuajes, turbaron todos sus sentidos.

Janus tuvo que sujetar a Martha para que no cayera al suelo, la chica parecía sufrir un desmallo. Su mente se nubló, y las visiones tomaron el control de su cabeza. Sus dedos comenzaron a moverse por el aire con mucha delicadeza, y su mente reprodujo como si se tratase de un sueño, la imagen de su propia figura. Estaba de pie, frente a ella había una pared de un blanco que parecía casi luminoso, y sus dedos se movían por ella formando dibujos. La capa neblinosa que había entre ella y la pared, apenas le permitía distinguir por donde se deslizaban sus dedos. Pero tampoco era necesario, pues el mágico recorrido iba dejando un rastro de luz como una estela, que hacía parecer que los trazos formaban dibujos que flotaban en el aire.

—¡Mira Janus! —Exclamó Bettina sin apartar la mirada del cuerpo tendido en el suelo. Janus y Bettina vieron asombrados como los involuntarios movimientos de los dedos de Martha, seguían en el aire el mismo recorrido que las líneas tatuadas en el cuerpo del hombre. Pero lo más increíble era que según se iban iluminado, iban devolviendo la vida al hasta entonces inerte cuerpo. Una vez que Martha dejó de mover los dedos, pareció salir del trance en el que se encontraba y se derrumbó desfallecida.

Bettina y Janus intercambiaron sendas miradas de asombro. Finalmente el hombre habló —:Parece que no hay actividad ahora en la torre, iré a buscar algo de agua y un poco de pan. —¿Recordarás el camino de vuelta? —Bettina preguntó a Janus sin apartar la vista de Martha y del desconocido. —Ojalá no lo conociera tanto, ojalá llegue el día en que sea capaz de olvidarlo. —Janus ya se alejaba a paso rápido hacia las escaleras mientras contestaba a la mujer.

—¿Te siente mejor querida? —Sí, es sólo que... —Martha dudo, tenía el vívido recuerdo aún en la mente, pero apenas era capaz de expresarlo con palabras. —Es como si ya hubiera interpretado esta misma escena, pero en algún otro lugar, no se, estoy tan confusa; y tan cansada. Entonces se acordó de su caballo.

—¡Oh, no, el pobre Mythos! ¿que habrá sido de él? —Si hubiera sabido el camino para salir de la infernal torre, habría corrido hasta la cueva donde había dejado al noble animal, sin importarle nada más en este momento. —No te preocupes querida, —cogiéndola del brazo, Bettina trató de tranquilizara.

—Gracias a ti, que despertaste mis ansias de libertad, me di cuenta que debía seguir luchando. El mero hecho de ser consciente de uno mismo, es lo más importante para librarse del yugo que nos mantiene cautivos en este maldito lugar. Hace dos noches conseguí refugiarme antes de que cayera la lluvia de ceniza renovadora. Después, traté de buscarte en la cueva del bosque de la que me habías hablado. Allí encontré a tu caballo, hambriento y sobre todo muy sediento, pero parecía tranquilo. —Bettina observaba como la cara de Martha iba acentuando el gesto de impaciencia ante su pausado relato, con el fin de evitarle más momentos de angustia, reanudo su historia. —Claro, que en ese momento supe que tú ya estarías bajo el influjo del poder de la torre y su malvado morador. Fue entonces cuando supe que debía ayudarte, como tú habías intentado hacer conmigo. En los momentos en los que el claro estaba sin actividad, conseguí llevar buenas cantidades de grano y pan al caballo. Pero lo que más me costó, fue el acarrear una docena de cubos llenos de agua fresca. —Bettina sacudió pesadamente su cabeza, reforzando el recuerdo del esfuerzo. —Esa misma noche, me escondí dentro de una caseta muy cercana a las puertas de la torre, y en el momento oportuno las traspasé, adentrándome en tu búsqueda, hasta que presencié la lucha entre el búho y el rayo.

Martha dudó un momento, luego preguntó —:Entonces; ¿Lo viste todo? —No querida, —contestó rápidamente Bettina, —Creo que me perdí la mejor parte cuando fui en busca del hacha.

La boca del hombre que yacía tumbado en el suelo junto a ellas se abrió, emitiendo una rasposa y grave inhalación, abrió los ojos y volvió a respirar como si quisiera inflar sus pulmones hasta reventarlos. Las dos mujeres le ayudaron a incorporarse para facilitar su respiración. El hombre con expresión perpleja, cambiaba la mirada de una a otra mujer, para terminar fijándola en su propio cuerpo. Durante un momento se quedó absorto ante los dibujos tatuados por toda su piel. Finalmente, cuando reaccionó, lo hizo pronunciando una sola palabra —:¿Sentímedran?

En ese mismo instante, Martha sintió como su corazón quería escaparse de su cuerpo, los fuertes latidos resonaban en su interior. —Tú... tú... ¿Eres tú Sentímedran? —Hubo un momento de incómodo silencio, pero enseguida contestó el hombre —:No, claro que no soy Sentímedran, pero él me necesita. —El hombre trató de levantarse sin mucho éxito, pues su cuerpo, además de falto de fuerzas, era muy distinto al que había sido durante mucho tiempo.

—¿Quieres decir que el gran mago aún está vivo? —preguntó Bettina. —No por mucho tiempo, si no puedo ayudarle, —contestó el hombre dejando claro su tono de preocupación.

En ese mismo instante, Janus bajaba las escaleras tan rápido como podía, iba cargado con dos cubos llenos de agua y algunos bloques de pan que traía envueltos en varios sacos de arpillera. Cuando llegó junto al grupo, su cara reflejaba cansancio y preocupación.

El hombre tatuado rasgó la tela de los sacos usando el filo del hacha, después, cubrió su cuerpo con los retales de arpillera como mejor pudo. Martha y Bettina le ayudaron a confeccionar unas tiras con los trozos que habían sobrado. El hombre, agradecido, las uso para ceñir a su cuerpo las improvisadas prendas.

Comieron y bebieron ansiosamente, mientras Janus les contaba atropelladamente como había notado una anómala actividad por el interior de la torre. En varias ocasiones se vio obligado a dar algún rodeo, evitando a grupos de figuras que mostraban un extraño comportamiento. También les relató como sus peores temores habían vuelto a aparecer, cuando repentinos relámpagos habían surgido por puertas y esquinas. Pero dejó en el aire su último pensamiento, prefería no despertar sus aún recientes miedos.

—¿Cómo te llamas? —Preguntó Martha al hombre. Este, abrió la boca para responder, pero de ella no sonido alguno. Al cabo de un instante, volvió a juntar sus labios. Janus rompió el silenció, —:No recuerdo haberte visto nunca, —hizo una pausa y dirigió su mirada a Bettina. —¿Y tú, le habías visto antes? —La mujer hizo un esfuerzo por recordar, pero sólo respondió con un movimiento de su cabeza. —¿Qué es lo último que recuerdas? —Janus reanudó su interrogatorio. El hombre que tenía la mirada perdida en algún punto entre Martha y Janus, parecía no haber escuchado la pregunta, sin embargo, muy despacio, tomó aire, y habló sin mirar a nadie en concreto. —:Sólo recuerdo que debo ayudar a Sentímedran, y debo hacerlo pronto, o de lo contrario... —hizo una pausa, su gesto era más preocupante a cada momento que pasaba. —Si el hechizo se culmina; entonces, todo habrá sido en vano.

—¿Qué hechizo? ¿Estás hablando del hechizo que lo convirtió en árbol? ¿Dónde se encuentra Sentímedran? —Martha era incapaz de ocultar su impaciencia. Bettina y Janus miraron a la chica un tanto asombrados, pero sus preguntas aún no habían terminado —¿Y tú quién eres? ¿Dónde está el búho? —Dos lágrimas resbalaban por sus mejillas, su estado nervioso terminó por traicionarla y allí mismo se derrumbó. Bettina se acercó a ella y la abrazó. El consuelo le pareció la mejor de las respuestas en este momento.

Martha se sintió un poco avergonzada, pues para ella, Sentímedran siempre había sido poco más que una leyenda de la ciudadela. Pensó que aquellas personas estaban viviendo aquella historia de sufrimiento de una forma real, aunque ahora, en cierto modo, ella era parte de esa realidad. Pero el mago pertenecía más a sus vidas que a los viejos cuentos que había escuchado de pequeña.

—De alguna manera Sentímedran consiguió alterar en parte el encantamiento que pesa sobre él. No es algo fácil de explicar, de hecho, no estoy muy seguro de saber lo que ocurrió. —El hombre trató de ordenar sus ideas, pero no fue capaz, o simplemente no quiso contar alguna parte de aquella historia. —Lo que sí es seguro, es que el morador de esta torre le arrebató el poder a Sentímedran, todo el que había conseguido acumular hasta entonces. —Dejó de hablar repentinamente y sus ojos se pasearon por el contorno de la estancia en la que se encontraban. En su rostro apareció un gesto que dejaba entrever curiosidad y agrado. Los demás no podían apartar su atención del hombre, esperaban con ansia que continuara hablando, pero él siguió absorto.

—Si no recuerdas tu nombre te llamaremos Térrigon. —Anunció Martha. Ella se sentía como una amiga con él, aunque le costaba asimilar que aquel hombre hace apenas unos instantes era un búho, su búho salvador. El hombre asintió distraídamente con un gesto de su cabeza, pero su atención seguía perdida por las dimensiones del lugar.

—Pero; ¡Si estamos en la cueva de Sentímedran! ¿Cómo no me he dado cuenta antes? —Térrigon se puso de pie, y con pasos rápidos comenzó a recorrer la estancia. Mientras examinaba detenidamente los esparcidos objetos con los que tropezaba, comenzó a murmurar —:tiene que estar por aquí, tenemos que encontrarlo. —El timbre de su voz fue aumentando mientras no dejaba de repetir la misma frase. Bettina, Martha y Janus se levantaron a la vez y corrieron hasta alcanzarle.

—¿Qué es lo que buscas? —Inquirió exaltado Janus mientras sujetaba a Térrigon por un brazo obligándole a girarse hacia ellos.

—El serrucho; el serrucho del mago. —Contestó alterado el hombre. Su cara reflejó incredulidad, como si hubiese dado por supuesto que la contestación era evidente. Pasó su desesperada mirada de uno en uno, buscando una respuesta, esperando la contestación a una pregunta que no había formulado. Bettina le zarandeó como a un pelele de trapo, llamándole por su nuevo nombre, hasta que Térrigon pareció salir del estado en el que había caído. Al cabo, el hombre habló —:¿Cuantas noches han pasado desde que estamos en el interior de la torre? —Preguntó imprimiendo la necesidad de una contestación rápida. Bettina encogió sus hombros, Janus la miró y después la imitó con el mismo gesto, pero la contestación de Martha rompió la espera—:Dos; llevamos dos noches enteras, —su voz se fue apagando mientras respondía, y en su cabeza revivió los últimos acontecimientos. Tomó aire y prosiguió —:En realidad ya no estoy segura si fuera de esta odiosa torre es de día o ha caído la noche, pero he llegado a conocer muy bien los ciclos que siguen las figuras, y como están relacionados con la luz y la oscuridad. —Martha sabía que la explicación que había dado era totalmente innecesaria, teniendo en cuenta a quien iba dirigida. Bettina de nuevo, en un gesto más de comprensión que de consuelo, pasó uno de sus brazos por los hombros de la chica.

—Dos noches, —repitió Térrigon con desolación. —Sentímedran no será capaz de aguantar mucho más tiempo por sí solo, tengo que volver con él de cualquier manera. —El hombre estaba totalmente desesperado, parecía a punto de derrumbarse. Con la mirada clavada en el suelo, continuó hablando sin apenas fuerzas para hacerse oír. —:Si no...

Un estremecedor grito cargado de rabia y de odio, rasgó la tranquilidad que hasta entonces había reinado en la torre, interrumpiendo a Térrigon. Toda la construcción tembló, amenazando con venirse abajo. El eco perduró un largo rato, recorriendo los pasillos subterráneos y penetrando en el interior de las mentes de todos ellos. Por el vano de la escalera que daba acceso a la cueva, se podían ver repentinos cambios de luz provocados por rayos, que crepitando, pasaban velozmente por el corredor superior. Después de un rato todo se apaciguó.

—Si no, ¿Qué? —Preguntó impaciente Janus, rompiendo así el silenció en el que se habían sumido.

—Si no, el hechizo se completará, y entonces; —Térrigon levantó la mirada y clavó sus ojos en Janus, —todo estará perdido. Y nosotros...

Otro fuerte temblor sacudió la construcción, el suelo se volvió inestable, amenazando con hacerles caer. Una ráfaga de aire frío bajó por las escaleras recorriendo toda la estancia. A su paso, fue apagando una a una todas las antorchas que iluminaban el asombroso sótano. Instintivamente los cuatro amigos giraron sus cabezas hacia la entrada, donde el único punto de luz que podían distinguir, desapareció al cabo de unos instantes, dejándoles completamente a oscuras y ateridos de frío.

 Capítulo XI    Capítulo XIII