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Cuento Fantástico ~ Millernov ~ Fantasía |
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~ Capítulo XIII ~ |
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—Seguidme; en silencio. —Térrigon les habló casi en un susurro. Martha temblorosa, buscó su mano y
la agarró firmemente, casi en el mismo momento sentía como Bettina cogía su mano libre.
—Janus, dame tu mano, —insistió la mujer.
—¡Silencio! —La voz de Térrigon, aunque entre dientes, no dejó lugar a dudas de que la orden era
imperante. Nadie volvió a hablar.
Se movían torpemente, sintiéndose guiados por los lentos pasos del hombre, cuando de repente algo
llamó su atención. Una luz, un suave destello parecía asomarse tímidamente por los escalones que
daban acceso a la estancia. Térrigon se paró de golpe y los demás lo imitaron. Todos habían vuelto
la mirada hacia la entrada, donde la aureola luminosa titilaba. Su tamaño iba en aumento,
reflejando en las paredes del pasadizo su pasmoso avance.
Lentamente, casi de forma desesperante, la luz se abrió paso, convirtiéndose en algo más que un
resplandor. Hasta que finalmente despuntó en un haz iridiscente que se fue adentrando por el
sótano. El temor de todos ellos volvió a resurgir, sus manos se apretaron y sus cuerpos se
juntaron. El fatídico rayo, con su magia totalmente renovada, parecía buscarles incansablemente.
Térrigon separó sus labios, pero sólo lo necesario para asegurarse que su voz sólo sería escuchada
por sus amigos —:¡Atrás! —dijo mientras comenzaba a caminar de espaldas, sin apartar su vigilante
mirada del punto luminoso que formaba la cabeza del mortífero rayo.
Martha, incapaz de apartar la atención de la centella, no había escuchado la orden de Térrigon,
sólo reaccionó al sentir en su mano el ligero tirón de aviso del hombre. Como una cadena que se
estira hasta su límite, para después volverse a juntar, el grupo, todavía unido por sus manos,
comenzó a caminar de la misma manera que lo hacía Térrigon.
El rayó interrumpió su lento avance, la brillante punta del largo látigo giró repentinamente y
como si tuviera ojos, pareció mirarles directamente. En esa posición, intuyendo su presencia, se
mantuvo flotando en el aire un buen rato. Todos reaccionaron permaneciendo totalmente inmóviles.
Lo siguiente que pudieron ver, fue como la estela avanzó vertiginosamente hasta el lugar donde un
momento antes habían descansado y comido. La centella descendió hasta el suelo y como un buen
perro de caza, pareció husmear el suelo en busca de alguna pista.
Como una sola persona, todos continuaron su retirada al notar los suaves y cautos pasos de
Térrigon, pero nadie se atrevió a retirar la vigilante mirada que mantenían sobre su terrible
perseguidor. Después de unos cuantos pasos más, notaron como sus espaldas tocaban la pared.
Martha dio un leve respingo, asustada por la imposibilidad de alejarse más del acechante peligro,
comenzó a tiritar. La centella se separó del suelo que seguía examinando, y volvió a quedarse
fijamente apuntando en la dirección donde el grupo se había detenido. La chica sintió como Bettina
y Térrigon parecían haberse puesto de acuerdo para apretar fuertemente cada una de sus manos,
hasta conseguir que el dolor subiera por sus brazos. Martha tensó su cuerpo, esperando así que
cesaran sus temblores, pero sólo consiguió acentuarlos.
Dando muestras de haber captado el miedo de Martha, el rayo pareció buscar su posición exacta,
moviéndose ligeramente en varias direcciones, hasta que finalmente, reanudó de nuevo su lento
pero fatídico avance en la dirección que se encontraban.
Térrigon ya no guardó más precauciones —:¡Rápido, hagamos un círculo! —dijo mientras apoyaba su
mano en la gigantesca costilla que había junto a él. —Janus, toca con la palma de tu mano esta
columna, ¡Deprisa! —inquirió Térrigon. Así formaron un anillo, siendo la columna de hueso uno más
del grupo.
La voz de Térrigon salmodió lo que parecía un corto cántico. Casi instantáneamente, un leve fulgor
azulado, consiguió traspasar el burdo tejido de arpillera con que cubría su cuerpo. Janus dejé
escapar una exclamación cuando vio aquel fantasmal fulgor, esto hizo que Bettina y Martha volvieran
sus cabezas, que no habían apartado la vista ni un solo momento del cada vez más cercano rayo.
—¡Algo ocurre, algo no va bien! —protestó Térrigon con desesperación, mientras su vista se clavaba
en la ya próxima centella.
Martha no supo que le impulsó a hacer aquello. Movió sus brazos por la espalda, he hizo que
Térrigon y Bettina unieran sus manos, quedando ella en el centro del círculo. Instintivamente
sus manos comenzaron a danzar frente al hombre. El fulgor que emanaba por debajo de los ropajes
de Térrigon se acentuó, cobrando la forma de los dibujos que había tatuados por todo su cuerpo.
En un momento, una cúpula luminiscente, parecía emerger del hueso incrustado en el suelo, su
tamaño creció rápidamente y cubrió completamente a Térrigon.
Como un depredador que sabe cual es la última oportunidad, el rayo se abalanzó sobre el cúmulo de
magia que se estaba formado frente a él. Las manos de Martha se movían con un ritmo frenético y el
asombroso orbe, cargado de una magia ancestral, siguió creciendo hasta que las cuatro personas se
hallaron en su interior. La centella estalló al chocar contra la mágica esfera, pero esta, ya se
hallaba vacía. Las distintas energías chocaron con gran violencia, para después neutralizarse
mutuamente en el vacío que crearon, dejando así, la gran estancia en la más completa oscuridad.
Se sentía mareada e incapaz de moverse. Notó impotente como unas fuertes manos la zarandeaban,
pero sus párpados se negaban a separarse. Una voz aguda la llamaba por su nombre y aunque le
resultaba familiar, sus sentidos no fueron capaces de asegurar de quien se trataba. La sensación
de un profundo y oscuro sueño se imponía sobre todo lo demás.
En el claro, a unos pocos pasos de las imponentes murallas de la torre, yacía Martha, mientras
que Térrigon, Bettina y Janus trataban en vano de reanimarla. Un conocido fulgor se despegó del
suelo y formó una luminosa y densa nube. Al cabo de formarse, ya trepaba sinuosa, cubriendo la
fachada de la descomunal construcción. Térrigon no esperó ni un sólo instante más. Levantó a la
muchacha como si apenas representara un esfuerzo, la cogió en brazos y comenzaron a correr en
dirección a la foresta cueva.
Apenas habían abandonado el ceniciento suelo del claro, cuando ya se adentraban en la protección
que ofrecía la oquedad donde se encontraba Mythos. En ese preciso momento todo el cielo se cubrió
de una lluvia, luminosa y atrayente, pero también fatal y cruenta.
Mythos piafó de alegría, sus resoplidos no dejaban lugar a duda alguna, su olfato había
identificado a Martha. Janus cariñosamente le frotó la testuz, mientras que Bettina ayudaba a
Térrigon a dejar a la chica sobre un par de sacos que había extendido en el suelo.
Martha volvió en sí cuando Bettina sin mucho cuidado, vertió el contenido de un cubo lleno de
agua sobre su cabeza. Frotó sus ojos con las manos, tratando en vano de secarlos y cuando
consiguió abrirlos, se encontró frente a ella con la mirada de sus tres amigos y los grandes
ollares del caballo. Un tanto turbada, recorrió con la vista el interior de la cueva. Cuando
por fin entendió donde se encontraba, dejó escapar un sonoro suspiro.
Alargó el brazo y acarició la cabeza de Mythos, este agradecido, acercó delicadamente su enorme
cabeza hasta rozarse con la mejilla de Martha. Las cosquillas que sintió le arrancaron una tímida
sonría. Pero los serios gestos que mostraban las caras de sus amigos, hicieron que aquel agradable
momento fuera demasiado breve.
Miró directamente a Térrigon, la expresión del rostro de Martha hablaba por sí sola, haciendo
antes que su propia voz, la pregunta que ella no sabía como formular. El hombre pareció pensar
durante un largo momento la manera adecuada de responder. Su atención se posó en algún lugar del
exterior, donde la tétrica luz que iluminaba el claro, dejaba entrever que el comienzo de la noche
estaba muy cercano.
—Esta vez hemos conseguido escapar de las garras del morador, —comenzó diciendo Térrigon. —Pero la
situación es más complicada de lo que habíamos pensado. —Hizo una pausa, sabedor que la curiosidad
de sus amigos no iba a dejarle terminar de hablar.
—¿Habíamos pensado? —Preguntó incrédula Bettina. Janus se acercó a Bettina, dando a entender que
él también esperaba la misma pronta respuesta. Martha cambió su gesto, pero no apartó su mirada
de la cara del hombre.
—Me refiero a Sentímedran, por supuesto, ¿Quien iba a ser? —la aclaración de Térrigon no se hizo
esperar. Su gesto de incredulidad daba a entender que aquella explicación parecía innecesaria.
—Él siempre ha sabido lo que teníamos que hacer. —Dijo sin apartar la mirada de la de la chica.
—Pero presiento que a partir de ahora vamos a encontrar serias dificultades.
La voz de Bettina se adelantó a cualquier otra —:Entonces, —dijo señalando a Martha—. Ella; su
magia; ¿Que ha pasado?
Martha miró a la mujer, incrédula por las palabras que había escuchado —:Yo no tengo magia,
¿Qué estás diciendo? —pero enseguida se volvió de nuevo hacia Térrigon, buscando la respuesta
a su propia pregunta.
—Bueno, en cierto modo Bettina está en lo cierto. —Comenzó diciendo Térrigon— Fue Sentímedran
quien te eligió, aún recuerdo aquella mañana. —En la cabeza de Martha el desasosiego de un
cúmulo de sensaciones e imágenes se debatían, mezclándose con sus recientes recuerdos. En su
memoria todavía podía revivir aquel día, lejano, difuso y casi ajeno, pero todavía le causaba
escalofríos. Casi podía sentir aquellas ramas rozando sus brazos y sus piernas según se abrían
a su paso, y como iba siendo engullida por la vegetación, sin poder hacer nada por huir de aquella
confusa situación. Pero algo se estaba formado en su mente, un extraño entendimiento que hacía
encajar los últimos sucesos, ahora sus dudas comenzaban a cobrar algo de sentido.
Sacudió la cabeza, como si pretendiera ordenar las preguntas que se acumulaban en su garganta,
prestas a ser pronunciadas y que pugnaban por salir todas a la vez. —Pero... yo no soy ninguna
maga, —balbució. Una imagen entre todas se abrió paso en su cabeza —. ¡Claro! ¡Por eso apareciste
tú, el búho! —Bajó la mirada, hasta que sus ojos no vieron más que sus polvorientas botas, y con
hilo de voz terminó la frase —: Tú nos guiaste hasta aquí.
—El búho sí, —repitió Térrigon con la mirada perdida en algún punto lejano, más allá del ahora
oscuro claro. —Pero ahora siento que no puedo hacer nada. Y Sentímedran necesita nuestra ayuda.
—Se creó un denso silenció con las últimas palabras del hombre. En el claro, la oscuridad reforzaba
la sensación de abandono en la que se encontraban dentro de la cueva.
Después de un rato, Janus, no pudo soportar por más tiempo aquella tensión, fue el primero en
romper el silencio con sus preguntas —: ¿Donde está Sentímedran? Todos le creíamos muerto.
—Pareció esperar una respuesta, pero enseguida volvió a interrogar a Térrigon, sin darle tiempo
a despegar sus labios—: ¿Qué tiene que ver Martha en todo esto?
Todas las miradas estaban de nuevo pendientes en Térrigon. Finalmente el hombre hablo—:
Sentímedran está vivo, o al menos eso espero, pues su supervivencia dependía en gran parte de mí.
Para poder ayudarle me convirtió en un búho. —La desolación se dejaba ver tanto en su rostro como
en las palabras que acababa de pronunciar—. Cuando el Morador de la torre nos desterró, impuso el
peor castigo al mago. Para asegurarse que nunca más fuera su rival, primero arrebató su poder,
después lanzó un cruel hechizo sobre él, algo tan desalmado que sólo su despiadada imaginación
podría imaginar.
—Cuando desperté en algún lugar del bosque, estaba solo, no había ninguna señal de Sentímedran.
Vagué desesperado, hasta que las ampollas que se formaron en mis desnudos pies me impidieron seguir
caminando. Al caer la noche, guiado por la algarabía que formaba una bandada de pájaros, me
arrastré sobre la hojarasca en medio de la penumbra. Allí lo encontré, inmóvil, apagado, cubierto
de una arrugada y gruesa corteza de árbol. —Las lágrimas corrían por las mejillas de Térrigon, pero
su tez seguía firme y sus labios no temblaron. Respiró hondo, como esperando recoger la fuerza
necesaria para rescatar de su memoria algo que preferiría haber olvidado—. Aquellas aves,
despiadadas, picaban con fuerza los dedos y los brazos del mago, también clavaban con fuerza los
picos en su cabeza, arrancando mechón a mechón el cabello de Sentímedran.
Térrigon, parecía desolado, con cada palabra que pronunciaba parecía revivir aquella macabra
escena. Las miradas que vio en los rostros de sus amigos le reconfortaron un tanto, dándole valor
para continuar. —Dos minúsculos rasguños en la corteza que le cubrían se abrieron. Apenas se
distinguían, pero había un brillo apagado que salía de ellos. Enseguida reconocí sus ojos. Nunca
podré olvidar aquella mirada. Había sufrimiento y desolación, tanto que ningún corazón humano
habría sido capaz de resistirlo mucho tiempo. —Los ojos de Térrigon eran casi más expresivos que
sus palabras, haciendo que Martha y Bettina se abrazaran para consolarse—. Sacando la poca rabia
que mis mermadas fuerzas me permitieron, espanté a aquellos pájaros. Pero enseguida volvían, y las
manos del mago, las pocas partes de su cuerpo que aún no habían sido invadidas por la asfixiante
corteza, comenzaban a sangrar abundantemente. Utilicé piedras y ramas para espantarlos, pero todo
era inútil, aquella innumerable bandada parecía crecer por momentos, y mis escasas fuerzas se
agotaban. —Respiró pesadamente, y posando su seria mirada en Janus dijo—: Me sentía impotente, pero
sobre todo sentía que le estaba traicionando. Quería demostrar mi lealtad a Sentímedran, pero mis
hombros, agotados, ya no eran capaces de seguir moviendo los brazos, apenas era capaz de levantar
las piedras que recogía del suelo.
—De repente, un temblor recorrió mi cuerpo. Sentía como la energía de la vida llenaba aquellos
huecos vacíos que había dejado dentro de mí el agotamiento. Los ojos de Sentímedran, ahora
cerrados, se habían vuelto a convertir en dos simples pliegues, un par de delgadas arrugas, como
tantas que formaban la intrincada corteza que cubría su cuerpo. —Pareció que la voz de Térrigon
cobraba más fuerza, hasta su mirada se tornó serena, volvió a respirar profundamente y continuó—:
Algo más había cambiado. Mis sentidos, confusos pero despiertos, me anunciaban la fuerza que me
prestaban. Sentí mis garras como clavaban las poderosas uñas en el suelo. Mis oídos me otorgaban
un eco perfecto, hasta las hojas mecidas por la brisa, eran registradas por ellos. Mi vista, sin
necesitar la luz del día, me mostró la imagen más pura que mis pupilas habían apreciado nunca.
Todo parecía estar a mi alcance. Y por fin, mis alas se agitaron, despegándome del suelo,
haciéndome flotar en el aire. Giré la cabeza y contemplé con orgullo mi nueva apariencia. Sentía
en mis entrañas la familiar magia de Sentímedran. Pero también sentía en ella los últimos vestigios
de la vital energía del mago. Y entonces, el árbol me llamó, pronunció mi nombre, aunque aquel que
escuché, no fue el de Térrigon.
Hizo una pausa, ahora sus ojos brillaban, henchidos de orgullo. —En un momento di muerte a todos
los pájaros que no lograron alejarse del mágico árbol. Usando mi fuerte pico como un puñal,
atravesaba sus alas, haciéndoles caer. Mis garras atrapaban a otros, descoyuntando sus cuellos.
Y así seguí, hasta que Sentímedran quedo libre de tan maligna amenaza. —Ahora el gesto altivo de
Térrigon, con el mentón levantado, hablaban de su victoria mejor que sus propias palabras—. El
resto de la noche, posado en sus brazos como si de ramas se trataran, arranqué a trozos la oscura
y dura corteza que cubría su enjuto cuerpo. Al alba, apenas sus pies, enterrados en el fértil
suelo, era lo único que ataba a Sentímedran al bosque.
—Así pasamos muchos días, tantos que ya no se pueden contar usando el propio tiempo. Por las
mañanas le alimentaba con bayas que recogía con mi pico. Por las tardes me dedicaba a arrancar
la inagotable corteza que no dejaba de crecer, condenando al mago a una eterna lucha por su vida.
Por las noches cazaba y me adentraba en el claro. Siguiendo los deseos de Sentímedran, buscaba una
persona, alguien que nos pudiera ayudar, alguien que no se encontrase bajo el influjo del morador
de la torre.
—Una mañana, templada y soleada, Sentímedran hizo un gesto. —Los ojos de Térrigon dirigieron una
comprensiva mirada a Martha—. Entendí sin necesidad de palabras cual era mi misión. Entonces el
mago rozó suavemente con su mano las uñas de mis garras y alcé el vuelo. Silencioso y orgulloso,
volé alto sobre las copas de los árboles. A mi paso, una estela mágica se iba dibujando una vereda.
Aquel camino terminaba en un ancho paseo, pero llevaba directamente hacia el claro. —Térrigon se
agachó, arrodillándose al lado de Martha. La tomó por los hombros y continuó—: Al cabo apareciste
allí, pura de espíritu, inocente, pero sobre todo, elegida por Sentímedran. El bosque se abrió
para ti. El encantamiento hizo el resto.
Martha había escondido la cabeza entre sus rodillas y lloraba en silencio. Quería protestar,
quería gritar, pero había algo en aquellas personas, algo tan especial, que apagó sus infantiles
arrebatos. Muy despacio, levantó la cabeza, enjuagó las lágrimas de su cara y miró a los ojos de
Térrigon. En ellos se encontró al espíritu del búho. Había fortaleza y decisión, había cariño y
valentía. Dentro de la profundidad de aquella mirada encontró la verdad, encontró la templanza
que sabía que formaría parte del resto de su vida.
Un extraño ruido, cortó de repente las palabras que estaban a punto de ser pronunciadas por la
chica. Mythos piafó nervioso, y un agudo relincho dejó entrever el cercano peligro.
—Acechadores, —susurró Janus. Martha se acercó al caballo y lo calmó acariciando su cuello. Una
serie de gruñidos y el leve ruido de pezuñas arrastrándose por el suelo, al otro lado del bosque,
parecieron alejarse.
—Es muy posible que esta cueva esté perdiendo su seguridad. —Nada más terminar de pronunciar
aquellas palabras, Térrigon se asomó a la entrada de la cueva. Unos pasos más allá, el ceniciento
suelo volvía a cobrar su fulgor. El alba despuntó y con la luz, centenares de siluetas comenzaron
a poblar el yermo claro. Pero algo había cambiado. La mayoría de las figuras, en lugar de realizar
los cotidianos trabajos, parecían agruparse cerca de la entrada de la torre. Al cabo de un largo
instante, una marabunta de personas comenzó a caminar. El enorme grupo, como una extensa mancha
que se va extendiendo, avanzaba en dirección a la foresta cueva.
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