Relatos - La página de MillerNov




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Cuento Fantástico ~ Millernov ~ Fantasía
 ~ Capítulo XIV ~ 

Térrigon dio la espalda al claro y se quedó enfrentado a Martha. En su cara, la desesperación hablaba por sí sola. Sabedor del miedo que estaba adueñándose de sus compañeros, trató sin éxito de poner en orden los pensamientos que discurrían por su cabeza. Finalmente habló, sin saber si sus palabras serían las más adecuadas, pues la confusión entorpecía sus pensamientos, pero las circunstancias exigían una rápida decisión.

—Janus, Bettina, —hizo una pausa, pues lo que les iba a exigir no estaba exento de valentía. En su fuero interno, le habría gustado saber si realmente era merecedor del sacrificio necesario que pedía a sus amigos. El cada vez más cercano murmullo de la ingente cantidad de figuras, le obligó a continuar—: A vosotros os encargo la búsqueda del serrucho de Sentímedran. Para ello debéis volver a entrar en la torre, y lo que será una ardua empresa no exenta de peligros, encontrarlo y traerlo aquí, a esta cueva.

Antes de que ninguno de los dos tuviera tiempo de articular palabra alguna, Térrigon, con la voz un tanto más sosegada y mientras levantaba una mano en gesto apaciguador, siguió hablando—: Hay una entrada, es lo más seguro que os puedo indicar y os mantendrá a salvo del influjo de la torre; un tiempo al menos. Debéis recordar manteneros alejados de la lluvia de luz en el exterior, eso es fácil; pero una vez dentro, el peligro será mayor, tanto que hasta vuestros pensamientos os pueden delatar. Debéis saber que el objetivo que os encargo estará en vuestra mente, y eso, es lo que atraerá hacia vosotros los desesperados y envenenados métodos que haya ideado el morador.

Térrigon volvió la cabeza hacia el claro. La muchedumbre formaba una mancha tan grande que casi ocultaba toda la visión que se tenía desde el interior de la cueva. —Debéis localizar la cabaña en la que se encuentra el pozo seco. Una vez allí, debéis localizar la trampilla de la entrada y tendréis que encontrar la forma de descender por el hueco. Cuando hayáis conseguido alcanzar en el fondo, se os abrirán varios caminos, uno de ellos, lleva a las mazmorras de la torre. Podría ser un buen lugar donde comenzar la búsqueda, pues Sentímedran estuvo prisionero allí durante mucho tiempo. —Bettina, atropelladamente, interrumpió las explicaciones del hombre—: ¿Y los otros caminos que salen del pozo? ¿Cómo sabremos cual es el correcto? —Como si Janus retomara la respiración de la mujer, continuó preguntando—: ¿A donde llevan los otros caminos? —A pesar de sus preguntas, a Térrigon no le pasó por alto las furtivas miradas que ambos lanzaban hacia el claro, en sus caras se reflejaba el miedo y la impaciencia, ante la visión que sobre ellos se abalanzaba.

—Confío en vuestro buen juicio y que sepáis el camino a elegir, pues sólo uno es el pasadizo adecuado, mientras que los otros encierran un destino incierto. —Con el gesto de asentimiento por parte de Bettina y la siguiente confirmación que dejó ver el rostro de Janus, Térrigon llevó una mano al hombro de cada uno y dedicó una dramática pero sincera mirada a ambos. —Esperad el momento adecuado. —Con esas parcas palabras, se separó de ellos, dirigiendo sus pasos al fondo de la cueva, donde se encontraban Martha y su caballo.

—A ti Martha, lo que te debo pedir, requiere de valor pero también de corazón y confianza. —Pasó por el lado de la chica y con un ágil movimiento saltó, quedándose sentado a lomos de Mythos. Martha no entendía lo que pretendía Térrigon, se sentía incapaz de razonar ante las últimas palabras del hombre. Embobada, se quedó mirando como Térrigon, cerrando los ojos, pronunciaba unas incompresibles palabras. Mythos piafó nervioso, pero el tacto de Martha sobre su cuello pareció calmarlo en parte.

Un tenue y conocido fulgor azulado, inundó el interior de la cueva. El cuerpo de Térrigon, vibrando al ritmo de su incesante letanía, se cubrió de un halo luminoso. La claridad que se estaba formado en la cueva, contrastaba con la oscura masa de figuras que se cernía sobre ellos, alcanzando ya los límites del claro.

Cuando el fulgor que se desprendía del hombre comenzó a cubrir a Mythos, este relinchó y Martha tuvo que abrazarse a su cuello para calmarle. Bettina y Janus se adentraron hasta llegar junto a la chica. Entonces volvió a ocurrir. Martha con la mirada vacía, dio un paso y se acercó a Térrigon. Sus brazos se alzaron por encima de su cabeza y comenzó la danza, sus manos dibujaron en el aire las formas que sus perdidos recuerdos rescataron de su memoria. Los trazos capturaron la azulada luz y seguidamente se fundieron entre Térrigon y Mythos, quedando ambos ocultos tras la mágica estela.

Los brazos de Martha cayeron inertes. Su mirada perdida, se había tornado de nuevo en asombro. La imagen que había frente a ella era increíble. Mythos se había transformado, combinándose con Térrigon, se había convertido en un caballo alado. Bettina y Janus no tuvieron más remedio que hacerse a un lado ante el impetuoso avance del Pegaso. En el exterior las figuras ya se concentraban en la entrada de cueva.

Martha sin dudarlo, se encaramó a lomos del caballo, y este, emprendió una poderosa carrera hacia el exterior. La chica fue capaz de distinguir en la fuerza de su caballo el coraje y la decisión de Térrigon, pero su miedo hizo que sus manos agarraran con fuerza las largas crines de Mythos. Arremetieron contra las figuras, derribando a unas y haciendo huir a otras, dejando expedita la entrada de la cueva. Una vez en fuera, el Pegaso desplegó totalmente sus alas y las batió vigorosamente. El aire se llenó con la polvorienta ceniza que cubría el suelo del claro, espantando así a muchas de las figuras, que involuntariamente, a escasa distancia, trataban de reunirse de nuevo.

Mythos se elevó majestuosamente y durante unos instantes permaneció sobre la tumultuosa reunión de figuras, que indecisas no acertaban a moverse en una dirección concreta. Martha observó desde el aire, como Bettina y Janus, aprovechando la oportunidad que les ofrecían, abandonaban rápidamente el interior de la cueva. Corrieron permaneciendo cerca de la linde del bosque, hasta que Janus, tomando a Bettina de la mano, hizo que se adentraran en la polvorienta alfombra que lo cubría todo. Pudo ver como dirigían sus rápidos pasos hacia la seguridad que ofrecían algunas de las primeras casas que podían encontrar. Sin soltar el cuello de Mythos, y armándose de valor, Martha se atrevió a girar la cabeza. Una gran masa de figuras se había reagrupado, y partían en lo que le pareció la persecución de sus amigos.

Inclinando ligeramente su cuerpo, el Pegaso cambió de rumbo. Meció sus alas, con tanta elegancia, que apenas parecía moverlas. Algo más confiada, Martha volvió a dirigir la mirada hacia el suelo, pero ahora, sólo pudo distinguir el verde manto que formaban las altas copas de los árboles.

Martha notó una agradable sensación de calma, bien por la suavidad con la que el Pegaso volaba, o bien porque era capaz de sentir la presencia de Térrigon. Relajó sus blancos nudillos y soltó las crines del caballo. Se permitió un momento de sosiego y disfrutó del precioso instante. La tranquilidad en la que se encontraba sumida, le recordó a aquellas ocasiones, en que sintiéndose amedrentada, aparecía el solemne búho, salvador y lleno de esperanza.

Mythos comenzó a perder altura, con las alas totalmente extendidas, suavizó el descenso. Bajó hasta que los árboles más altos del bosque parecieron acariciar los cascos del Pegaso. Desde allí, Martha pudo ver que se dirigían a una pequeña abertura, apenas poblada por sotobosque, hojarasca y un malogrado y seco árbol. Una inquietante sensación de tristeza la invadió, desplazando de su mente la calma que apenas había llegado a disfrutar.

El Pegaso se posó, haciendo que las hojas secas crujieran al romperse bajo sus cascos. Un par de frágiles ramas que salían del enjuto árbol se estremecieron, dejando caer alguna que otra parduzca hoja. Martha descabalgó y caminó hacia el delgado tronco. Extendió las manos y las apoyó sobre la arrugada corteza. Pudo sentir el templado tacto de un hilo de vida. Emocionada, dejó que las lágrimas escurrieran por sus mejillas. El árbol también lloró. Dos gotas ambarinas afloraron de entre los pliegues del tronco. Martha las tomo entre las yemas de sus dedos, se volvió hacia el caballo y venciendo la sensación de vacío que sentía, preguntó—: ¿Es Sentímedran, verdad? —El Pegaso cabeceó, dejando escapar un delicado relincho.

Entre lágrimas y desasosiego, Martha comenzó a buscar alguna grieta en la corteza del árbol. Cuando encontró la primera hendidura, clavó sus uñas y comenzó a arrancar pequeños trozos de la correosa madera, dejando que cayeran al suelo, donde se confundían mezclándose con la hojarasca. Martha siguió así, sin darse cuenta de cuando la oscuridad comenzó a devorar los vivos colores del bosque, hasta que apenas pudo distinguir sus propias manos.

* * *


Bettina tropezó y en su caída soltó la mano de Janus. Su cuerpo rodó por el ceniciento suelo, impregnando sus austeras vestiduras del maldito color grisáceo. Janus se detuvo, rápidamente se giró y levantó a su amiga. Sin perder un instante retomaron la carrera, refugiándose en el interior de la primera casa que encontraron. La mujer trató de frotar su ropa para eliminar la ceniza que se había impregnado en la ropa, mientras Janus, intentaba limpiar la espalda de Bettina.

—¡Así es suficiente! —Se apresuró a decir Bettina, mientras caminaba hacia la puerta. —¡Debemos darnos prisa! —Janus fue a protestar, pero la mujer ya corría por el exterior a toda prisa, levantando a su paso una fina estela de polvo. El hombre la imitó siguiendo sus pasos y cuando consiguió alcanzar a la mujer, se puso a su lado.

—¡Mira el suelo Bettina! —Janus corría mientras señalaba con su dedo índice hacia abajo. La luminiscencia que comenzaba a desprender la ceniza depositada por todo el claro, hizo que sus peores temores se acrecentaran. —¡Vamos, estamos muy cerca! —Pero Bettina ya no le escuchaba, su carrera cedió paso a un forzado caminar. Janus miró hacia atrás, vio el inexpresivo gesto de Bettina y supo que el vínculo, se había servido de la ceniza una vez más para atrapar a la mujer. Detrás de ella, a poca distancia, se distinguía como la marabunta de figuras seguía acortando la distancia. Janus se agachó, pasó un brazo por detrás de las rodillas de Bettina y se levantó, cargando así con la mujer sobre su hombro.

Corrió tan rápido como pudo, pero el cansancio y el miedo estaban haciendo mella en él. Sus piernas, apenas sin fuerzas, hacían que sus pies se arrastraran por el suelo, levantando al aire una gran cantidad de ceniza, mucha de la cual se pegaba en sus ropas. Cuando alcanzaron la pequeña casa que Térrigon les había indicado, entraron en ella. Dejó a Bettina en el suelo, apoyando su espalda contra la propia pared del pozo. Se sacudió fuertemente el polvo de la prenda de arpillera que cubría sus piernas, mientras su mirada examinaba el interior de la cabaña, tratando de encontrar la entrada que daba acceso a los sótanos de la torre.

No encontró nada. El creciente murmullo de centenares de pies caminando torpemente, se escuchaba más cercano cada instante que transcurría. Bettina hacía constantes intentos para levantarse y Janus tenía que sujetarla y tumbarla de nuevo. Sabía muy bien que si comenzaba a caminar, se uniría a la muchedumbre de figuras, como una más.

Desesperado, después de revisar y tantear las paredes y el suelo, seguía sin localizar la entrada. Sobre el pozo, la cuerda que en algún tiempo habría servido para sujetar algún cubo con el que sacar agua de su fondo, colgaba con sus dos extremos raídos muy cerca de su embocadura, y por su centro, pendía de una pequeña rueda sujeta al techo. El tiempo se agotaba, la marabunta que les perseguía se dejaba oír tan cerca que en cualquier momento irrumpirían en la casa.

Janus tomó uno de los extremos de la cuerda. Era una soga bastante gruesa y pesada, pero demasiado corta. Hizo un nudo muy cerca del extremo y lo apretó fuertemente para asegurarlo. Tiró del otro extremo de la maroma, la rueda emitió un agudo chirrido mientras la cuerda se deslizaba ásperamente por el herrumbroso surco, hasta que el nudo que había hecho en la otra punta tropezó con el arco en un seco golpe.

Se acercó a Bettina y aprovechó uno de sus intentos por ponerse en pié para pasar la soga por debajo de los hombros de la mujer. Acto seguido, ató la cuerda a la altura de su corazón. Volvió a coger en brazos a Bettina y pasando su cuerpo por encima del borde del pozo, sin mucho cuidado soltó a su amiga. La cuerda era tan corta que Bettina apenas cayó. Su cuerpo todavía se balanceaba cuando Janus, agarrado a la soga, comenzó a descender hacia ella. Una vaharada de aire enmohecido y rancio inundó su olfato, mientras que su vista apenas era capaz de distinguir sus propios pies.

Varias figuras entraron en la caseta. Janus escuchaba el deformado eco de sus lentos pasos bordeando el pozo. Se atrevió a mirar hacia arriba, a través de la redonda abertura pudo ver las difusas sombras que proyectaban sus perseguidores. De repente, la poca luz que entraba por la boca del pozo, se atenuó. Las cabezas de varias personas, mostrando sus anodinas caras, se asomaban a su interior y con sus brazos estirados, trataban de coger la tensa cuerda. Finalmente uno de ellos consiguió agarrarla, inmediatamente varios pares de manos más le ayudaron a mover la soga hacia el borde de la embocadura. Bettina y Janus se balancearon hasta que sus cuerpos chocaron contra la pared. Algunos restos secos de argamasa y piedra se desprendieron con el golpe. Janus vio como caían, hasta que la escasa luz que entraba, hizo que se fundieran con la negrura, pero no recibió sonido alguno que indicara que aquellos fragmentos hubieran alcanzado el fondo.

En un intento por alzar a Bettina y Janus, las figuras hicieron un verdadero esfuerzo. Apenas los habían elevado unos palmos, cuando la soga se quejó, emitiendo un desgarrado siseo. Las figuras siguieron tirando. Un ligero chasquido fue lo que Janus escucho en alguna parte por encima de su cabeza. Después, durante un breve instante, sintió la sensación de vacío dentro de sus vísceras, luego la irremediable caída. Soltó la cuerda para abrazarse al cuerpo de Bettina. Juntos, sumidos en un aplastante silencio, roto ocasionalmente por el roce de sus cuerpos con la pared, cayeron durante un tiempo que a Janus se le hizo insoportable, mientras que Bettina, parecía ajena al destino que estaban corriendo.

Varias figuras asomaron sus cabezas por la circular abertura, pero sólo distinguieron la negrura que había engullido a sus presas. Una a una, sin mostrar ninguna emoción, se dieron la vuelta y salieron al exterior, uniéndose a la aglomeración que les esperaba en el claro. Algunas titubearon y comenzaron a caminar en diversas direcciones, provocando que otras las siguieran. Otras, saliendo del estado en que se encontraban sometidas, comenzaron a correr. En ese preciso instante, la vaporosa nube espiral, alcanzó la cúspide de la torre y la lluvia de brillantes centellas, derramó su maldad sobre todo lo que se encontraba en el claro. Todas las figuras, reanudaron su agónico caminar, dirigiéndose hacia los enormes portalones que comenzaban a abrirse, dando acceso a la imponente torre.

* * *


En el interior de las grandes salas que formaban las plantas más altas de la torre, no había espacio para el aire. Desde hacía mucho tiempo, una sustancia sin forma, sin cuerpo y cargada de una cruenta maldad, moraba por todos los recovecos, llenando de odio y rencor tantas estancias que se hacía inútil contarlas. El horror etérico que ocupaba los salones, habría amedrentado a cualquier persona que hubiese tenido el valor de acercarse, y la densidad que cobraba en ocasiones, hacía que casi se pudiera palpar, hasta casi se dejaba ver, pero nadie habría tenido nunca el coraje necesario para comprobarlo. Su sola proximidad ya era mortífera, nada vivo sobrevivía en cerca de él.

La maldad del morador tenía su origen en el odio, el rencor y el ansia de poder. Movido por la venganza, había cometido los hechos más deleznables y execrables que ninguna mente sería capaz de imaginar. Esperaba obtener el poder que ansiaba, el poder que necesitaba. En varias ocasiones había estado al alcance de sus manos, pero su codicia y su orgullo le habían traicionado. No había salido perdedor nunca de ningún enfrentamiento, y en todos ellos había conseguido más poder, el poder que había arrebatado a los perdedores.

La torre se estremeció y se tambaleó, y los cimientos removieron la tierra que los sujetaba. Si hubiera tenido boca, habría sido su horrible grito de rabia, el que hubiera provocado aquel temblor. Pero no, había sido producido por la tensión que ejercieron todas sus dispersas partículas, al saber que sus presas habían conseguido escapar.

El control que ejercía sobre Sentímedran, se reducía a la confianza de saber que el hechizó, lanzado hace tanto tiempo como la existencia de la propia torre, todavía mantenía al mago enraizado al fértil suelo del bosque. Podía sentir como las raíces se habían extendido, podía percibir su lenta agonía. Pero ahora, también podía sentir que había recobrado algo de vitalidad. Podía captar otras presencias que habían acudido en su auxilio.

Con gran esfuerzo, consiguió reunir un gran cúmulo de las partículas que una vez habían formado parte de su cuerpo, un cuerpo joven y fuerte. Cuando chocaron entre sí, crearon un campo mágico, cargado de horror en forma de crepitante energía. Cuando por fin, el cúmulo se fundió creando un gran orbe, culminó el hechizo, dejando que se transformara en un mortífero rayo.

Desde su inexistente cuerpo, había conseguido controlar posesivamente la torre que él mismo había construido, el claro y todo lo que sobre él habitaba. Había sido capaz de mantener subyugadas a tantas personas, como había sido capaz de atraer hacia sus dominios. Se alimentaba de sus mentes y de la voluntad de cada una de ellas. Pero el precio que pagaba por ello era realmente elevado, incluso para el morador.

La espesa materia que flotaba en el ambiente, vibró. El morador reuniendo parte de sus fragmentos, convocó una pequeña cantidad de poder, y envió una orden al rayo predador. Este, culebreó sinuosamente, crepitando y siseando al contacto con las partículas que todo lo ocupaban, partículas que le habían provisto de vida, de odió y de terror. El rayo en su avance, comenzó a ganar longitud. Cuando emprendió el vertiginoso descenso hacia las estancias inferiores, gran parte de su largo cuerpo todavía se alimentaba de las vibrantes partículas del morador.

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