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Cuento Fantástico ~ Millernov ~ Fantasía |
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~ Capítulo XV ~ |
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La sangre resbalaba por sus manos, bajaba por sus muñecas hasta sus codos, donde las templadas
gotas caían al pie del árbol. No sentía dolor, tampoco sentía como sus ya astilladas uñas habían
dejado de proteger sus dedos. La piel se había levantado y la carne no dejaba de sangrar. Martha
siguió arrancando pequeños trozos de corteza, hasta que el incipiente nerviosismo que surgió de
Mythos alarmó sus sentidos. Sólo entonces, se enjuagó los llorosos ojos y pudo ver fugazmente el
pálido color que había aflorado en el tronco, allí donde antes había corteza, ahora había frágil
y rosada piel.
No se pudo fijar mejor, pues el inquieto piafar del caballo llamó toda su atención. El Pegaso,
con la grupa vuelta hacia la espesura, golpeaba nerviosamente el suelo con sus potentes cascos.
Entonces lo escuchó. El murmullo crecía rápidamente mientras se acercaba. Martha tuvo la sensación
de encontrarse en medio del camino de una estampida. Pero no podía huir. El miedo la había
paralizado, el estruendo que emitían las pezuñas de los acechadores, sumado al crepitar de las
ramas que rompían a su paso, habían bloqueado en su mente cualquier intento de reacción. Cuando
parecía que iban a ser irremediablemente arroyados, Mythos giró su cuerpo, su testuz no dejó de
mirar a Sentímedran y a la chica, mientras que sus cuartos traseros, se orientaron hacia el
acuciante estrépito que provocaban los acechadores en su embestidora carrera.
Martha, incapaz de afrontar el terrorífico momento, se llevó las manos a la cara tapando sus ojos,
sin valor para presenciar lo que se les venía encima. Mythos relinchó, el agudo y profundo grito
del animal, atravesó los oídos de Martha y continuó por el bosque, abriéndose paso entre el espeso
ramaje que temblaba a su paso. Levantó la grupa y coceó al primer acechador. El ruido de huesos
rotos y el agónico grito de la bestia, se fundió con los horribles y enfurecidos berridos de los
que le seguían.
Durante un momento que a Martha le pareció interminable, Mythos no cejó en su defensa, pateando y
coceando a los engendros que trataban de abrirse camino hasta el árbol y la chica. Uno de los
acechadores consiguió evitar las patas del caballo, apenas recibió un ligero golpe que sólo rozó
su espeso pelaje. Avanzó por el costado del Pegaso y saltó abalanzándose hacia su cuello con las
fauces totalmente abiertas, que mostraba varias filas de puntiagudos y ennegrecidos dientes. El
caballo extendió rápidamente una de sus blancas alas, empujando por el aire a la bestia, hasta
estrellarla contra las secas ramas de un cercano árbol. Las costillas del acechador sonaron
grimosamente. Cuando cayó al suelo, lo último que se escuchó fue el agónico gañido que salió de
su hocico, acompañado de borbotones de sangre.
Al final volvió la calma, rota solamente por la fuerte respiración que se abría paso a través de
los enormes ollares del Pegaso. Martha retiró las manos de su cara, la sangre reseca, mezclada
con sus lágrimas, le habían dejado la piel pegajosa, pero apenas prestó atención, apenas dedico
una rápida mirada a sus manos. Se abrazó al cuello de Mythos y continuó llorando. En la oscuridad
reinante casi no pudo distinguir el montón de bultos que se habían acumulado detrás y a los lados
del caballo. Además del fétido y repugnante olor que comenzaban a emanaban las desgarradas entrañas
de los acechadores, que esparciéndose por el aire, lo hacían prácticamente irrespirable.
De repente a Martha se le antojaron tan pesados sus brazos, que apenas podía sostenerlos alrededor
del cuello del caballo. Cayeron inertes, golpeando sus costados. La ya apagada visión se llenó un
inmenso campo de diminutas estrellas que se fueron apagando poco a poco, después nada, la total
oscuridad. Sus oídos comenzaron a amortiguar cualquier sonido cercano, hasta que el vacío se
internó en sus tímpanos. Y Allí mismo, junto a los ensangrentados cascos del Pegaso, se desplomó.
No llegó a escuchar como el alma que había atrapada bajo aún, una gran cantidad de corteza de
árbol, pronunciaba con un rasposo susurro un nombre —:¿Pharion?
* * *
Una desagradable sensación de frió, se mezcló con el violento golpe que recibieron Janus y Bettina.
Tras la interminable caída, se habían sumergido en un frío lago. El violento impacto hizo que los
brazos de Janus soltaran el cuerpo de Bettina. El frío atenazó rápidamente todo su cuerpo, se
hundía entre la confusión y la desesperación, incapaz de moverse, incapaz de saber donde se
encontraba la mujer.
Punzadas de agudo dolor comenzaron a contraer sus manos y pies, amenazando con recorrer el resto
de su magullado cuerpo. La basta tela de arpillera, empapada, parecía tirar de él, empujándolo
con más fuerza hacia el fondo. El pánico fue el único sentido que le hizo reaccionar. Se agitó,
movió alocadamente sus extremidades y pareció no sólo recuperar algo de temperatura, sino que
frenó su rápido descenso. Tanteó con sus brazos extendidos, pero sólo halló más agua. La acuciante
sensación de asfixia le obligó a bracear, olvidándose de la posibilidad de encontrar a Bettina.
Cuando su cabeza logró salir a la superficie, aspiró una sonora bocanada de aire. Después tosió,
expulsando algo de agua de sus pulmones, pero enseguida se recuperó. Su vista no le mostró otra
cosa que oscuridad. Arriba, tan lejano que desde el claro habría parecido una lejana estrella,
se distinguía un pequeñísimo punto de luz. La boca del pozo le pareció de otro mundo, algo
inaccesible e impensable.
Trató de serenarse, pero la imagen de Bettina no se apartaba de su cabeza. Su imaginación le
torturaba con cientos de imágenes de la mujer cayendo, hundiéndose y ahogándose indefensa, sin un
intento siquiera por sobrevivir. Un leve eco le sacó de sus pensamientos. La tersa y negra
superficie, arrastraba una incesante cantidad de sonidos. Intentando mantener la calma, nadó muy
despacio, tratando de no remover la tranquila superficie, se dirigió en la dirección de la que
creía que provenían los ruidos.
Un leve estruendo se elevó por encima del rumor general, la tierra tembló y dejó que hasta la lisa
superficie del agua vibrara. Janus se estremeció. Un grito, no muy lejano, terminó tan rápido casi
como había surgido. Fue breve, pero Janus creyó reconocer familiaridad en aquella voz. Movió sus
brazos con más energía y dirigió su nado hacia aquella dirección. Según avanzaba, el rumor se
convirtió en un sonido más determinado. Un chirrido, con una cadencia casi constante, taladró
algo más que los tímpanos de Janus. Penetró tan profundo que despertó algo de su interior.
Sus manos tocaron una pared, se acercó un poco más y tanteó su irregular superficie. Levantó sus
brazos durante un breve momento, tanto como pudo antes de volver a hundirse. Buscó alguna grieta
o saliente donde poder agarrarse, pero no encontró nada que le permitiera hacer la fuerza
suficiente para soportar su peso, y mucho menos trepar por la muralla. El ruido era ahora tan
nítido que tenía la certeza de encontrarse muy cerca. Ahora también podía distinguir ligeros
chapuzones seguidos de un suave goteo, que se mezclaban rítmicamente con el ahora estridente
chirrido. Sin separarse de la pared, se desplazó cuidadosamente guiado por aquel ruido.
Ahora la imagen era tan clara en su mente como si se la mostrasen sus ojos a la luz del día. Una
cadena de grandes eslabones, herrumbrosos y chirriantes, giraba sujeta a una enorme rueda. Varios
cubos de basta madera unidos a la collera, descendían hacia el profundo lago. Janus se vio a si
mismo, al igual que otras figuras más, empujando una larga traviesa de desgastada madera que hacía
girar la noria. También vio como los cubos regresaban de nuevo, dejando caer sobre un conducto
acanalado el agua que habían acarreado. Entonces supo donde se encontraba.
Se agarró tan fuerte a la cadena como sus ateridos dedos le permitieron. La noria chirrió más si
cabe, el peso adicional frenó la regular cadencia que hasta entonces había escuchado, pero
finalmente se sintió izado. Hubo de pasar un buen rato hasta que sintió como la cadena modificaba
su inclinación. Seguía sin poder ver nada, pero algo en el ambiente había cambiado, no se notaba
ya tanta humedad y una ligera corriente de aire, hacía más respirable aquella atmósfera.
Saltó y cayó cerca de la rudimentaria canalización, se tropezó con varias de las figuras que
hacían girar la noria antes de poder levantarse. Seguía sin poder distinguir por donde caminaba,
pero se guió siguiendo la misma dirección que la corriente de aire. Después de una incierta
distancia, pudo distinguir un pequeño foco luminoso y hacia allí, con sus ropajes todavía goteando
y tratando de perder la precaución, dirigió sus cansados pasos.
Cuando apenas había dado una decena de pasos, uno de sus pies golpeó algo de duro material, lo que
provocó un ruido cuyo eco recorrió pesadamente el largo pasadizo por el que caminaba. Lo habría
tomado por una piedra o algún cubo que se le hubiera caído a alguna figura, ya que el dolor que
produjo en sus todavía fríos pies, fue considerable. Pero en sus pies, aunque húmedos y fríos, noto
como algunas gotas de agua le salpicaban. Se agachó para reconocer el objeto. Cuando lo palpó y
cayó en la cuenta de lo que se trataba, su corazón comenzó a latir fuertemente. La euforia le
invadió y las ganas de gritar un nombre hubieron de ser contenidas, a riesgo de las consecuencias
que pudiera tener. En sus manos sujetaba un pesado trozo de húmeda soga.
Soltó la gruesa cuerda y continuó caminando, pero ahora acrecentó la velocidad de sus pasos hacia
el punto luminoso que le servía de referencia. Poco a poco, según se acercaba, la zona iluminada
se fue agrandando. Se trataba de un gran corredor que discurría bien transversalmente, donde llegó
a distinguir a varias figuras que deambulaban portando en sus brazos todo tipo de objetos, de
alguno de ellos sólo pudo distinguir su formas, mientras que otros le resultaban totalmente
conocidos. Cuando estaba a una corta distancia del pasillo iluminado, dos figuras aparecieron por
una esquina. Sus lentos movimientos dirigieron sus pasos hacia el oscuro túnel. Janus se arrimó a
la pared y se aplastó contra ella. Las figuras se acercaban torpemente, llevando en cada una de sus manos sendos cubos. Janus respiró más tranquilo, pues supuso por el oscilante movimiento de los recipientes que se encontraban vacíos, y que aquellas personas se dirigían al depósito de la noria para llenarlos.
Más confiado, se separó de la pared y continuó su camino. Al cruzarse con las figuras, estas
detuvieron su avance, ahora Janus casi podía distinguir sus rasgos. Ambas personas soltaron de
golpe los cubos que portaban y se abalanzaron sobre el hombre. El pánico hizo que Janus emprendiera
una alocada carrera. Llegó hasta la zona iluminada, giró y se adentró en el interminable pasillo,
mientras a su espalda, podía escuchar los cercanos pasos de sus perseguidores.
Todas las figuras que deambulaban por aquel corredor, se giraron. Las que portaban algo en sus
brazos lo soltaron y todas sin excepción comenzaron a caminar o a correr hacia Janus. Estaba
acorralado, cansado y en su creciente miedo, era incapaz de distinguir algún otro túnel que
partiera de aquel pasillo.
* * *
Martha despertó de su sueño. La luz del amanecer, traspasando sus cerrados párpados, parecía
apremiarla para levantarse del duró y húmedo suelo. Pero la sensación de cansancio, sumada a los
vagos recuerdos de la noche anterior, la invitaban a seguir manteniendo los ojos cerrados.
Finalmente, el saludo de Mythos, con un suave resoplido cerca de su mejilla, fue lo que hizo que
se levantara.
Lo que vio a su alrededor, hizo que su ánimo desfalleciera antes incluso de renacer al nuevo día.
Prácticamente todo el pelaje del Pegaso, aparecía teñido del oscuro color que le otorgaba la sangre
reseca. Hasta los plumones de sus alas, caían grávidos por el peso de las costras que los
apelmazaban. Martha se fijó en los cascos del caballo, astillados y ensangrentados, pensó en la
urgencia de limpiarlos. Tenía que saber si estaba herido, si la sangre había brotado de alguna
herida propia o pertenecía a las abominaciones que les habían atacado. A su alrededor, una cantidad
indeterminada de acechadores, yacían completamente destrozados. Destripados, con las cabezas aplastadas y las extremidades en impensables posturas, bordeaban el suelo del bosque que el día anterior estaba cubierto de hojas secas.
«Todo se vuelve muerte en este maldito lugar» Aquellas palabras resonando en su cabeza,
ocuparon todos sus pensamientos, mientras se volvía y posaba su desesperanzada mirada en el árbol.
Allí vio vida, pero una vida despojada de libertad, encerrada bajo áspera corteza y encadenada al
suelo, enraizada e inmóvil. Se armó de algo de valor, el valor que había visto en Térrigon, en
Bettina y en Janus. Ellos le dieron la fuerza de la lucha. Arrimó sus manos a la piel que había
quedado al descubierto, e intentó transmitir algo de su escasa determinación.
Un sobresalto recorrió su espalda. Sus manos, frías, anquilosadas y aún doloridas, percibieron el
suave calor que emitía aquel cuerpo. Contuvo la respiración y pudo sentir como un débil corazón
latía, pugnando por la vida que la tierra le arrebataba.
Intentó arrancar más corteza del árbol, pero sus lacerados dedos se lo impidieron. Las lágrimas
volvían a aflorar en sus ojos. Sin miramientos se volvió, pasó junto al Pegaso y se agachó junto
al cráneo destrozado de uno de los acechadores. Tomo en sus manos la quijada descarnada, de la que
sobresalía un enorme colmillo y algunos dientes más. La ósea superficie, teñida de sangre seca y
algunos jirones de oscura carne, mostraba las huellas de las herraduras del caballo. No dedicó más
tiempo a imaginar como Mythos se había enfrentado y masacrado a la manada de feroces bestias.
Presionando con el fuerte colmillo entre la delicada piel del mago y la basta corteza que aún le
cubría, retiró una gran cantidad de la correosa capa. Continuó incansablemente, hasta que solamente
la parte que se hundía en la tierra, quedó oculta por la parda corteza. Sentímedran dejó escapar
al aire un agónico lamento que estremeció a Martha. Su enjuto y pálido cuerpo, aún conservaba la
forma del tronco en el que había permanecido prisionero. Pero la libertad hizo que su antigua
apariencia recuperase algo de humanidad. Poco a poco fue tomando forma, mientras sus huesos
intentaban ocupar la posición que les correspondía. Después, los músculos, lentamente fueron
dibujando la apariencia de un hombre.
Boquiabierta, Martha observaba la sutil transformación. Ni siquiera se acordó de respirar, hasta
que Mythos frotó cariñosamente su cálido morro contra una de sus manos. Delicadamente el Pegaso,
desplazó su fornido cuello y con la testuz empujó a Martha, apartándola del mago. Emitió un ronco
resoplido y comenzó a escarbar cerca del tronco. Según arrancaba terrones de tierra, sus cascos
iban perdiendo la rojiza costra de sangre que los cubría, y unas retorcidas raíces iban aflorando
del suelo.
Sin dudarlo ni un instante, Martha, que aún sujetaba la quijada del acechador, la hundió entre las
ramificadas raíces y escarbó la arena que entre ellas se alojaba. Al cabo de un largo y agotador
rato, Chica y caballo distinguieron los desnudos y amoratados pies de Sentímedran. Usando como un
cuchillo los afilados dientes que nacían del tosco hueso, Martha desgarró y cortó algunos tallos
de aquella maraña bulbosa. La oscura y pastosa savia que rezumaban, se mezcló con su propia sangre,
haciendo que cada vez le resultase más difícil sujetar con sus manos la escurridiza mandíbula,
que ya había comenzado a horadar la piel de la palma de sus manos, creándola profundas yagas.
Haciendo caso omiso del propio dolor, Martha cortó hasta la última de las raíces que sujetaban los
tobillos del mago. Libre de su cautiverio, su cuerpo comenzó a tiritar, los espasmos producidos
por el calor de la sangre al volver a irrigar todo su cuerpo, terminaron en fuertes convulsiones.
Los brazos se libraron de las ramas que los sujetaban, precipitando sobre Martha y Mythos la última
caída de aquellas hojas, ahora secas y cuarteadas. Finalmente sus rodillas cedieron y se doblaron,
al no ser capaces de soportar el peso de su propio cuerpo. Se cayó de bruces, sobre la crujiente y
oscura alfombra que formaban las hojas que de él habían caído. Con el último brillo de sus ojos,
inquirió débilmente una palabra —:¿Pharion?
La caída de la tarde coincidió con el ya conocido estruendo que provocaba una nueva manada de
acechadores. El Pegaso piafó nervioso y cabeceó cerca de Martha, para terminar empujando
delicadamente el desplomado cuerpo del mago. Martha se agachó, pasó las manos por debajo del
yaciente cuerpo y lo levantó. Se sorprendió ante lo poco que pesaba, una inquietante sensación de
fragilidad inundó sus pensamientos. Sin perder más tiempo, cargó al mago sobre los lomos de Mythos
y después, mientras el Pegaso desplegaba ya sus alas, subió ella. Ascendieron en medio de un
remolino de hojarasca, justo cuando el inminente retumbar se materializaba en un tropel de feroces
cabezas, con las fauces abiertas mostrando sus afilados colmillos.
Cuando los acechadores no parecían más que diminutas alimañas, Martha intentó por todos los
medios que Mythos dirigiera su vuelo hacia el exterior del bosque, sólo pensaba en llevar a
Sentímedran a la ciudadela y cuidar de él. Pero el Pegaso, ignorando todas sus señales, parecía
ir directamente hacia el claro. La desolación se apoderaron de ella, pero el recuerdo de Bettina
y Janus pareció insuflarle algo de fuerza y decisión. Con el recuerdo de sus dos amigos corriendo
por el claro, se limitó a dejar que el caballo llegara al destino que, con toda seguridad, ya había
determinado antes de alzar el vuelo.
* * *
—¡Por aquí, Janus! —La cabeza de Bettina, con el cabello colgando pesadamente todavía mojado, se
asomaba por la esquina de un oscuro pasillo. A muy poca distancia, un poco más alejados, se
aproximaba una ingente cantidad de figuras, con torpe pero imparable avance. Janus miró rápidamente
a su espalda, para comprobar que también avanzaba otro nutrido grupo, cortándole el paso. Sin
dudarlo, se lanzó a la carrera en pos de Bettina, aunque la sensación que tuvo fue la de lanzarse
hacia sus perseguidores. Alcanzó la esquina del corredor y se adentró en el lúgubre pasillo, apenas
iluminado. Delante a él, con varias zancadas ventaja, corría la mujer abriendo el camino.
La poca luz que iluminaba el nuevo pasillo, se convirtió en total oscuridad cuando la marabunta de
figuras que les perseguían penetró en él. Janus perdió de vista a Bettina, pero siguió corriendo
tratando de seguir el ruido de sus pisadas.
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