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Cuento Fantástico ~ Millernov ~ Fantasía |
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~ Capítulo XVI ~ |
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Apenas Martha comenzó a ver como el yermo y grisáceo espacio que rodeaba a la imponente torre aparecía a
mucha distancia por debajo de ellos, cuando el Pegaso dejó repentinamente de batir sus alas, las replegó
ligeramente y comenzaron a descender en una veloz caída. Martha se aferró con más fuerza a las crines de
Mythos, y apoyando sus brazos sobre el mago, trató de sujetar su débil cuerpo contra el lomo de Mythos.
La chica veía con horror como el suelo se acercaba peligrosamente a ellos, cuando de repente, el caballo
se posó sobre el ceniciento suelo del claro. Sus cascos golpearon fuertemente la mullida cubierta de ceniza
que todo lo cubría, provocando que se levantara una espesa nube que se mantuvo flotando alrededor de sus
patas durante un instante. Cuando Martha levantó la vista, pudo observar la oscura abertura que mostraba
la foresta cueva. Instintivamente giró la cabeza y por encima del hombro, miró hacia el centro del claro.
Sólo pudo apreciar la calma que reinaba en el lugar. Hasta donde la vista de la chica alcanzaba, ninguna
figura deambulaba entre las pequeñas casas, ni siquiera en las cercanías de la torre había el más mínimo
indicio de movimiento.
El Pegaso se acercó a la entrada de la cueva y espero a que Martha descabalgara. Después se inclinó
ligeramente hacia ella, para facilitar así, que la chica pudiese tomar en sus brazos el frágil cuerpo del
mago. Cuando mujer y mago habían desaparecido en la oscuridad que ofrecía la oquedad del bosque, Mythos
batió ligeramente sus alas, consiguiendo que la fina capa de ceniza que se había adherido al pelaje de sus
patas, flotase en el aire durante un instante para posarse de nuevo en el suelo, pero algo más allá de donde
se encontraba. Luego penetró en la conocida gruta, siguiendo los pasos de Martha.
Con mucho cuidado Martha había dejado sentado al mago, haciendo que su espalda reposara contra la perfecta
pared que ofrecían los tocones de madera que la formaban. Mythos dobló sus patas delanteras apoyando las
rodillas en el suelo, después, calculando con asombrosa precisión el espacio, flexionó sus cuartos traseros,
hasta que su grupa reposó sobre el arenoso suelo. Extendió delicadamente su cabeza hasta que la suave piel
de su morro, tocó ligeramente el costado de Sentímedran. Martha de pie, observó con curiosidad aquella escena,
pues el caballo Mythos apenas mostraba interés por nadie que no fuera ella misma o Jurgen, al que tanto echaba
de menos. Pero suponía que ahora, Térrigon formaba parte del Pegaso, y su cariño se volcaba hacia el mago. Se
obligó a abandonar la melancolía de aquellos pensamientos, y se volvió, como si quisiera apartarse de aquella
visión. Mientras su vista se acostumbraba a la penumbra que ocupaba el fondo de la cueva, avanzó hacia allí
con cautos pasos. Varios cubos de madera reposaban cerca de las paredes y algunos bloques de pan formaban
algo parecido a una pirámide, pero cuando trató de coger uno de ellos, se deshizo en sus manos, dejando caer
a sus pies una fina cortina de miga seca.
Se aproximó de nuevo hasta donde reposaba Sentímedran, su piel parecía haber recobrado algo de color, o eso
le pareció a la poca luz que entraba en la cueva. Mythos seguía acariciando con su testuz el desnudo cuerpo
del mago. Tuvo la sensación de que el Pegaso trataba de mantener caliente aquel maltrecho cuerpo con el aire
que salía por sus ollares. Inquieta, se acercó hasta la entrada de la cueva y escrutó de nuevo el claro.
Nada, seguía vacío, tan desierto, tan tranquilo, que parecía no haber estado nunca habitado. Dejó pasar un
cortó espacio de tiempo, luego dio un paso y colocó sus pies al borde del claro, donde espero otro instante,
hasta que se armó del valor necesario, finalmente emprendió una carrera tan rápida como sus piernas le
permitieron, hasta que alcanzó una de las casitas más cercanas. Se apoyó en una de las paredes, caminó
hasta pararse cerca de una esquina y se asomó. Todo seguía tranquilo y la luz parecía indicar que aún quedaba
bastante tiempo hasta que volviera a comenzar la actividad en la torre que anunciaba la fatídica lluvia.
Conocía perfectamente donde podía encontrar lo que había ido a buscar. Inició una nueva carrera, dejando
tras sus pasos una fina estela de polvo.
El regreso a la cueva lo hizo caminando. Llevaba un paso vivo, pero la carga que transportaba no le permitía
correr, por lo que lanzaba constates miradas hacia atrás. Aliviada pero extrañada, llegó hasta la entrada de
la oquedad. No había visto ningún indicio de vida en el claro, la sensación de abandono era sobrecogedora y
sin embargo, dos días antes, aquel lugar estaba infestado de figuras. Dejo sobre el suelo, muy cerca del
Pegaso, los dos cubos llenos de agua que había traído, también dejó muy cerca un voluminoso saco repleto de
bloques de pan. Después colocó varios sacos vacíos a los pies del mago.
Lo primero que hizo fue rasgar dos de aquellos sacos, que utilizó como vestiduras para el mago. Después,
sumergió la mano en uno de los cubos y la acercó rebosante hasta los agrietados labios de Sentímedran.
Tuvo que repetir la misma acción varias veces, hasta conseguir que el mago tragara el líquido con
normalidad. Comió incluso unas migajas de pan, aunque apenas serían dos o tres bocados. Aun así, su rostro
se iluminó y su semblante comenzó a tomar la forma que hacía tiempo había perdido.
* * *
Bettina giró bruscamente aprovechando un cruce de corredores totalmente oscuro, se detuvo y espero a que
los rápidos pasos de Janus llegaran hasta ella. El hombre confundido al dejar de escuchar las pisadas de
Bettina, aflojó su marcha y en ese preciso momento sintió como una fuerte mano asía una de sus muñecas,
y al punto otra se colocaba rápidamente sobre su boca, ahogando así cualquier posible ruido que pudiera
delatarlos. Bettina tiró de él, guiándolo por el nuevo pasillo.
Justo cuando parecía que la tumultuosa oleada de figuras que los perseguía, iba a irrumpir en el cruce,
Bettina atravesó el arco de una estancia seguida de Janus. Apoyaron sus espaldas contra la pared, y tratando
de contener la respiración, aguardaron con la esperanza de pasar inadvertidos a sus perseguidores.
El peor de los silencios se adueñó repentinamente de todo el lugar. Ningún eco recorría ahora los largos
pasillos y ninguna pisada se acercaba o alejaba de ellos. Sólo el sonido que producían los latidos de sus
desbocados corazones embotaba sus odios, hasta el punto que Janus creyó que se trataba de los pasos de
alguna figura, que tras su busca caminaba al otro lado de la pared.
Sin separar la espalda de la pared, Janus se desplazó lateralmente hasta que tanteando con una mano, tocó
el vano de la puerta. Se detuvo allí durante un corto instante y al no percibir ningún sonido que delatara
a sus perseguidores, se aventuró a asomar la cabeza. Dirigiendo la atención hacia el último cruce, le pareció
distinguir que un gran número de figuras dudaban del camino a seguir. Aunque la ausencia de luz le impedía
ver sus siluetas, creyó distinguir débilmente el roce de sus ásperas vestiduras.
Cuando iba a transmitir a Bettina lo que ocurría, una luz inundó la bóveda del túnel, entonces pudo
distinguir las sombras que proyectaban las cabezas de las figuras más altas. Bettina no necesitó que el
hombre le dijera nada, pues el resplandor llegaba ya hasta ellos. Janus se sintió arrastrado al interior
de la habitación, justo cuando un rayo, cargado de aquella maléfica luz, atravesó el cruce, arrollando a
decenas de figuras y dejando un rastro de cuerpos sin vida sembrados por el suelo. A continuación Bettina
cerró con un fuerte empujón la pesada puerta de madera. La centella pasó de largo por el corredor, dejando
tras de sí un leve siseo que fue amortiguándose lentamente. Pero otro sonido más desconcertante resonó dentro
de la estancia, un extraño mecanismo chirrió al otro lado de la puerta, después, un ligero golpe contra la
madera encogió el corazón de ambos. Finalmente el silencio se volvió a apoderar del denso aire que les rodeaba.
—¡Janus, la puerta! —Bettina hacía esfuerzos por abrir la pesada puerta. A tientas había encontrado el
picaporte, pero le resultó imposible abrirla. Janus avanzó hasta que tropezó con la mujer, buscó sus manos
y cuando las encontró unió sus esfuerzos a los de ella, pero la pesada hoja ni siquiera se movió lo más mínimo.
* * *
Los ojos del mago se abrieron muy despacio. Durante el sueño de Sentímedran, Martha, usando varios retales
cortados de uno de los sacos, había limpiado el pelaje del cuerpo del caballo, y con más cuidado, las plumas
que cubrían sus preciosas alas. Después, chica y Pegaso comieron algo de pan, se tumbaron y descansaron.
—Esta es la gruta que encargue a Pharion. —Su voz tenía la incertidumbre que a veces encierran las preguntas,
pero en realidad se trataba de una afirmación. Pues el mago había reconocido la forma del corte que tenían
los tocones de las ramas. Su mirada recorrió la parte iluminada de la cueva, pues ya hacía un largo rato que
la oscuridad se había impuesto sobre el claro, y la única luz que permitía distinguir algo, provenía de la
fulgente ceniza, que emanaba un tenue resplandor que penetraba suavemente por la abertura de la cueva.
Mientras Martha contemplaba confusa al mago, este, dejó que sus labios se estiraran, formado algo que trataba
ser una tímida sonrisa. Sin apartar los ojos de la pared, y sabedor de que la chica le estaba mirando, se
dirigió a ella—: Hizo bien su trabajo, por los dioses que sí.
—¿Qué trabajo? ¿De quien hablas?
—Hablo de un hombre y de un objeto, hablo de la magia y hablo del mundo. —Ahora Sentímedran giró muy despacio
la cabeza, hasta que centró su mirada en Martha. El Pegaso resopló, agitó las plumas de sus alas con un breve
temblor y volvió a acercar su testuz al hombro del mago. Luego continuó—: Hablo sobre todo de esperanza.
Martha fue a separar de nuevo sus labios, pero un gesto de Sentímedran, hizo que la chica no dejara que las
palabras salieran por ellos. Entonces se fijó en sus ojos, eran grises, serenos y cálidos, pero parecía haber
un torbellino dentro de ellos que pugnaba furioso por salir. Martha comprendió con aquella mirada que dentro
de la templanza también puede haber pasión, que dentro de la calma también hay cabida para lucha. Algo que
no sabría explicar fue trasmitido por mago a la chica, algo tan especial, que Martha sintió como todo su
cuerpo se estremecía. Algo tan fuerte que pudo notar como el valor y el coraje formaban ahora parte de ella.
Tan sobrecogedor que supo que siempre habían estado presentes en ella misma, pero ahora se habían despertado.
Entonces Martha tuvo la necesidad de levantarse, salir corriendo al claro y alcanzar la torre, luchar contra
ella, derrocarla, terminar con aquella maldad y vengar tantas vidas robadas. Ahora se sentía invencible y
poderosa. Pero la suave voz del mago la devolvió al momento real, desechando esos pensamientos de su mente—:
Tranquila Martha, todo tiene su tiempo, todo tiene su lugar.
—Ahora estamos en ese momento que tú llamas noche. Nada podemos hacer hasta que la luz aplaque a la torre,
cuando la ceniza deje brillar será el momento de actuar, pero hasta entonces, aún falta algo de tiempo.
—La voz de Sentímedran, parecía flotar por el escaso espacio que lo separaba de Martha, y entraba en sus
oídos con tal parsimonia que era como escuchar una dulce melodía.
—Mientras tanto eliminaré algunas dudas que parecen bullir en tu cabeza hasta el punto de hacerte sufrir.
—Martha sin atreverse a romper con sus palabras el musical hechizo que flotaba en el aire, asintió ansiosa
ante la propuesta que acababa de escuchar.
—Esta torre, que no era tal antaño, ha creado una fuerza de poder absoluto, poder corrompido por el mismo
poder, envidia y deseo mezclados. Pero el ansia de más poder, cada vez más fuerte, cada vez más insuficiente,
suele ser la perdición de los seres que se creen merecedores de ello. La falta de equilibrio, la sobrenatural
sensación que ofrece la dominación, es como la picadura de un tábano, que te obliga a rascarte ofreciendo un
falso placer después de la picazón, pero enseguida vuelve y es más agudo en cada ocasión. —El mago estiró la
mano en un gesto tan natural que Martha apenas se dio cuenta que había dejado de hablar. Rompió un pedazo de
pan y se lo llevó a la boca. La chica lo miró sin atreverse a penas a respirar, impaciente por seguir
escuchando aquella voz.
—Hace ya tantos años, que mis recuerdos son vagos en algunos detalles, pero hay ciertos hechos que nunca
abandonaran mi memoria. Bien saben los dioses que en más de una ocasión he llegado a desear que la magia
los sustituyera por otros más agradables. Y ahora todo parece tan lejano, tan irreal y sin embargo, apenas
nada ha cambiado desde entonces.
Sentímedran cerró los ojos por un instante. Cuando los volvió a abrir, su mirada era distante, estaba perdida
en algún punto fuera de la cueva. En vano, Martha trato de seguir aquella mirada, pero la tierna voz volvió a
captar su atención, enseguida volvió su vista hacia el mago, aunque él seguía lejos, muy lejos de allí.
—Salí de mi castillo una fría mañana, llevábamos pertrechos para mucho tiempo, pues tenía la creencia que mi
viaje sería largo. Me acompañaba mi joven aprendiz, un mocoso por aquellos días. Recuerdo que sus pasos apenas
dejaban huellas sobre la inmaculada nieve; tan pequeño era. Pero su lealtad y sus sacrificios le hicieron un
hombre, y hasta hoy, la persona más fiel que nunca he conocido. —Levantó su mano y la posó entre las orejas
del Pegaso. Ahora su mirada derramaba afecto y cariño—. Mi querido Pharion, cuanto te debo. —Martha sintió
como su corazón se desbocaba, en su mente se sucedieron cientos de recuerdos y mil preguntas se agolpaban en
sus labios, pero no se atrevió a romper el silenció que parecía llenar ese instante.
Recobrando su taciturna mirada, el mago continuó—: Una tarde, después de muchos días de camino, apareció
su silueta. Recortado contra la luz de un templado atardecer, se dibujaba imperioso el Monte del Dragón.
Acampamos sin apenas luz a su pie, la emoción era tal, que ni siquiera el cansancio se atrevió a premiarnos
con un sueño tranquilo. La siguiente mañana sería una gesta épica, de la que todos los bardos harían canciones
y los juglares crearían fantásticas historias para la posteridad.
—A la mañana siguiente, antes del amanecer comenzamos la ascensión. No había senderos, pero la escasa
vegetación permitía un paso rápido y cómodo. Pharion incluso se entretuvo en recoger muestras de aquellas
plantas. Todo era nuevo para nosotros, extraños arbustos de increíbles formas, jóvenes árboles con
extraordinarias hojas, exóticas plantas de colores imposibles. No había duda, ese era el monte. Las
inciertas y lejanas leyendas resultaron decir verdad y tantos años dedicados a su estudio, parecían
ahora premiados. Llegamos a la cima cuando el Sol alcanzaba su zenit, parecía que todo eran presagios
favorables. Y allí, en el mismo centro, coronando el pináculo, se hallaba la inmensa mole, el esqueleto
del último dragón. Blanco, brillante, perfectamente conservado, se trataba del mayor tributo de los
Místicos a los dragones.
La fulgente luminosidad del exterior comenzaba a perder intensidad, pronto la luz del día daría paso a una
nueva jornada. Pero Martha, absorta con las palabras de Sentímedran, prefería no pensar en el claro ni en lo
que depararía un nuevo amanecer. Por otra parte, esperaba ansiosa ver aparecer a Bettina y a Janus.
—Recuerdo las leyendas de los Místicos como si las hubiese traducido ayer. —La voz del mago se convirtió en
un susurro, tanto, que Martha apenas podía distinguir unas palabras de otras—. Después de incontables años
de guerras, cuando el mundo recién terminaba de nacer, los Místicos encontraron en los dragones a sus mejores
aliados. La lucha por conseguir el control de un nuevo mundo ocupó gran parte de la ancestral historia de las
nuevas razas. Los Místicos se mantuvieron al margen de aquella locura durante decenios, pero cuando la
destrucción de todo lo que representaban aquellas tierras para ellos fue profetizada por Áglae, de quien
la historia cuenta que era descendiente directa de los Dioses, quisieron frenar aquella vorágine de
destrucción y muerte. Trataron de imponer el orden y la paz, y se vieron arrastrados irremediablemente
al juego de los hombres, la guerra. Los Místicos usaron la magia sagrada de sus antepasados para crear
armas, crueles y devastadoras, tanto o más que los hechizos que idearon en los campos de batalla. Pero el
enemigo era numeroso y la tierra parecía abocada a la destrucción total, como si su destino estuviese
firmemente ligado al de los hombres.
—Se erigió en aquella época Eufrósine, la hermana menor de Áglae, como sacerdotisa de los Místicos. Tras
largas negociaciones y avalando con su propio pueblo la estabilidad de la tierra, consiguió pactar con los
dragones, que hasta entonces se habían mantenido alejados de los asuntos de los humanos. Los dragones
habían poblado aquellas tierras mucho antes que el hombre, incluso siglos antes que los Místicos. La
progresiva destrucción de los territorios donde se habían desarrollado las batallas, obligaron a los
dragones a convertirse prácticamente en nómadas. También hubo de convencer Eufrósine a su pueblo, pues
el tratado con los dragones incluía que los Místicos no lucharan con artes mágicas, que habían demostrado
ser tanto o más destructivas que las acciones de los hombres. El tratado final resultó ser un compromiso
por toda la eternidad. Los dragones resolverían las rivalidades, pues consideraban que aquel era su mundo.
Y en parte se consideraban responsables, por haber permitido que el juego de las insignificantes razas,
hubiese derivado hasta las consecuencias que lo hizo. Mientras que los Místicos, desde el poder que les
sería otorgado, serían los responsables de mantener la paz entre todas las razas y especies, y lo más
importante para los dragones, destinar el uso de la magia mística a recuperar y mantener el equilibrio
de la tierra.
Sediento y agotado, Sentímedran hizo una pausa, sentía su garganta seca. Carraspeó y al punto Martha le
ofreció un poco de agua. El mago bebió y pareció deleitarse con cada sorbo. Cuando hubo saciado su sed
continuó—: La guerra duro poco más que una estación. Los dragones fueron implacables, exterminaron primero
campamentos enteros, después, ante la rotunda negativa de una rendición absoluta, aniquilaron pueblos y
después ciudades. Cuando apenas quedaron hombres para luchar, algunas razas, dirigidas en su mayoría por
mujeres, juraron su rendición ante el nuevo cónclave que habían creado Místicos y dragones. El resto de
las razas que se negaron a tal paz, fueron borradas de la faz de la tierra, los dragones no tuvieron piedad
alguna con ellos. Y así, fue como nació una nueva era. Al cabo de unos años los hombres ya habían establecido
nuevos pueblos, que salvo pequeñas rencillas de escasa importancia, los Místicos habían gobernado en verdadera
paz. Medio siglo después, las nuevas razas contaban ya con la confianza de dragones y Místicos. Se firmaron
nuevos tratados, donde se devolvían los poderes a las razas de los hombres y se establecían líneas de
gobiernos subyugados a las normas místicas. En todos los tratados, la paz, se reconocía como la primera
obligación.
—Así pasaron centurias. —Después de tomar una honda respiración, el mago continuó, haciendo que su tono se
volviera un punto más grave—. La vida entre los hombres se podía catalogar de pacífica y predecible. Se
dedicaron a explotar la tierra, luego llegó el comercio, más tarde la industria, y mal que bien, se veía
cierto progreso. Las relaciones entre dragones y Místicos fueron más complejas. Las tradiciones de los
dragones, el amor por la tierra y el sentido del equilibrio, se unieron intrínsecamente con la magia y la
sabiduría de los Místicos. Unos adoptaron las cualidades de los otros y tras largos años de convivencia,
la descendencia de ambas razas parecía portar todo ese conocimiento por el simple hecho de venir al mundo.
Así pasó tanto tiempo, que los registros que quedan de aquella época, llegan incluso a ser aburridos. Como
todos los ciclos del universo, el de los dragones también encontró su final. La falta de su necesidad en el
orden de este mundo, y recuerda que te hablo de una época muy lejana, fue la causante de que los dragones
fueran abandonando su existencia. Las crecientes muertes de los dragones más ancianos, ya no eran sucedías
por nuevos nacimientos. La población quedó diezmada en cuestión de años y en menos de un siglo, apenas
quedaba una docena de ellos. Los dragones volvían a la tierra de donde habían salido y para ello, los
Místicos fundaron el Cementerio de los Dragones, que no es otro que sobre el que ahora estamos sentados.
Aquí es donde recibieron los honores de difuntos todos los que fueron sepultados.
—Itzamná, el más grande de los dragones, fue nombrado Culminador. Su vida, por ley, debía ser ahora la más
larga de todas cuantas quedaban, y así fue. Cuando todos los demás dragones habían muerto y ya formaban
parte de la cúspide de este monte, Itzamná, legó la tierra a los Místicos. Aquel fue el último concilio y
dos días después, Itzamná dejó que su vida finalizara. Los Místicos rindieron en su memoria y en la de su
raza, también su último homenaje. Aplicaron los conocimientos de su magia con las tradiciones funerarias de
los propios dragones, e hicieron que el cuerpo sin vida de Itzamná, fuese el templo que honraría su memoria,
y así había de ser hasta el final de los tiempos.
Sentímedran miró con cierto recato hacia la torre. Como si pudiese revivir aquel día, el mago rebuscó en su
mente antiguos recuerdos. Por un corto instante, la ilusión hizo que la odiosa construcción se difuminara
en el aire, dejando entrever en sus ahora húmedos ojos, la preciosa osamenta de Itzamná. Antes de atreverse
a mirar a Martha, secó sus ojos con una de las estrafalarias mangas de las vestiduras que ella le había
preparado. En su gesto, vio la inquietud y la ansiedad dibujada, y aunque apenas quedaba tiempo para el
nuevo amanecer, quiso terminar la historia que había comenzado.
—Llegó el día en que los Místicos también supieron que el sentido de su existencia ya no tenía mucha
importancia. Habían logrado mantener lo que los dragones y ellos mismos, consideraban que debía ser el
equilibrio. Los más atrevidos incluso dijeron que este, era ahora el tiempo de los hombres. Otros, más
recelosos, aventuraron que su misión se debía a los dragones, y que aquella época ya no les correspondía.
Finalmente y como legado al mundo, imbuyeron el incorrupto cuerpo de Itzamná con todo el conocimiento de
su magia. La finalidad de aquello, no era otra que dejar la preciosa herencia del conocimiento y de la
magia a los humanos, que sólo la comprenderían si sus distintas razas resultaban ser merecedoras de ello.
—Imitando a los dragones, los Místicos también dejaron que su raza se extinguiese. Una vez que el Monte
del Dragón fue protegido con los sellos mágicos, los Místicos se dividieron creando siete comitivas. Cada
una de estas comitivas viajó a una de las siete ciudades fundadas por los hombres. Se crearon siete templos,
a los que llamaron Sedes de los Hombres, y es sus paredes, los Místicos trazaron mediante jeroglíficos, los
Árboles de la Sabiduría. Durante los años que restaron hasta su desaparición, los Místicos usaron aquellos
templos para dar a conocer las bases de su conocimiento. Sólo el tiempo diría si los hombres sabrían hacer
el mejor uso de aquellas enseñanzas, pues en ellas estaban las claves para desentrañar la información que
contenían los Árboles de la Sabiduría. Llegado el momento, sabrían como romper los sellos que protegían la
magia del Monte del Dragón, para así llegar a dominar el arte de la Magia del Equilibrio. —Sentímedran
resopló, dejando que una mueca de su boca dibujara un irónico gesto—. Desde luego, aquella fue una apuesta
arriesgada.
—Evidentemente, como cabía esperar, los hombres se comportaron como lo habían hecho desde su existencia.
Siempre se habían considerado subyugados a los Místicos, y cuando estos abandonaron el mundo, los hombres
quisieron imponer su propia ley, unos por encima de otros. Pronto olvidaron las costumbres de los Místicos,
los dragones hacía tiempo que habían desaparecido de sus memoria y los templos fueron abandonados. El caos,
las guerras y el odio fueron los sustitutos del equilibrio. Así es como la rueda de la existencia había
completado una revolución, pero en esta nueva era no había nadie que restableciera el equilibrio. Varios
siglos después, sólo quedaban tres de las siete ciudades y el tiempo trascurría entre precarios tratados
de paz y rápidos cambios en los dudosos gobiernos. Generaciones atrás, cuando cierta estabilidad parecía
mantenerse en auge, mis antepasados se establecieron por estas tierras, a escasa distancia del río.
Cultivaron los campos, construyeron casas y aprendieron el arte de la ganadería. Mucha gente acudió en
busca de sustento y al cabo de unos años, se había creado una nueva ciudad. Mas tarde hubo de ser amurallada,
para defenderla de los que codiciaban su prosperidad. Fue mi abuelo, quien en su época construyó un castillo
a modo de fortaleza y también creó un pequeño ejército. Finalmente, cuando yo no era más que un crío,
llegaron los tiempos de paz. Se abrieron las fronteras y la necesidad del comerció sustituyó a las guerras.
El mago dejaba ver muestras de cansancio en su sereno rostro, pero aún así continuó—: Pasé muchos años
viajando, primero con mi padre, dirigiendo las largas caravanas de comercio. Así fue como llegué a conocer
los Templos de los Místicos, entonces se despertó en mí el ansia de estudiar y corroborar las antiguas
leyendas sobre los Místicos y los dragones. Después, convertido ya en un erudito, viajé solo, buscando
toda la información sobre aquellos seres. Aprendiendo su ciencia, llegué a recomponer los Árboles de la
Sabiduría. Aquella empresa ocupó toda mi juventud, hasta que la muerte de mi padre me reclamó. Desde el
castillo de mi familia, goberné la ciudad. Mandé expediciones que encontraran los templos perdidos,
artistas para que reprodujeran los jeroglíficos y buscadores que recuperasen cuantos documentos habían
dejado los Místicos. Llegué a la madurez estudiando la historia de los Místicos, hasta que descifré su
lenguaje y me sentí preparado para estudiar las paredes de los Templos. Pero el dinero comenzaba a agotarse.
Aquello me obligó a viajar de nuevo, dejando el casillo y la ciudad en manos de un gobernante temporal.
Visité los templos conocidos y descubrí los hasta ahora desconocidos. En pocos años logré desentrañar el
significado de los Árboles de la Sabiduría. Su contenido resultó ser el comienzo de la magia y el destino
no era otro que este monte, el Monte del Dragón. De modo que regresé a mi castillo. La vuelta no fue la
ceremonia que esperaba, en su lugar me encontré con que la ciudad se había desplazado. Las casas y los
campos, ahora se extendían a ambos lados del río, y el castillo, abandonado, había quedado alejado de la
urbe. La floreciente prosperidad era palpable, pero pertenecía enteramente al pueblo, yo me sentía fuera
de lugar. Me recluí en el castillo, donde durante un tiempo preparé mi siguiente viaje. Vendí las pocas
tierras que quedaban de mi propiedad, y arrendé las villas que habían pertenecido a mi familia. Pocos días
antes de la inminente partida, se presento en la puerta del castillo un chiquillo. Huérfano y andrajoso, buscaba ocupación. Le adopté como asistente y le llamé Pharion.
Dos días después, amaneció una fría y nevada mañana, de la que ya te he contado nuestra partida.
La luz del día bañó el interior de la gruta. Fuera el ceniciento suelo volvía a ser opaco, tanto, que
parecía querer contagiar su grisáceo matiz a todo lo que se posara sobre él. Martha se desperezó tímidamente,
pero en su mirada se notaba el deseo de seguir escuchando al mago.
Estirándose despreocupadamente, Sentímedran, regaló varias palmadas al cuello del Pegaso, quien las
recibió con tanto agrado, que alargó su testuz con la intención de recibir más afectuosos gestos de
cariño. El mago se levantó, bebió algo de agua y probó de nuevo unos bocados de pan. Martha le imitó
y después acercó el cubo para que Mythos también saciara su sed.
—Creo que es hora de recuperar mi serrucho y salir de este lugar. —La voz del mago fue tan firme, que
Martha creyó estar escuchado a otra persona—. Mucho me temo que el resto de la historia tendrá que esperar
a otro momento más propicio.
—Bettina y Janus fueron en su búsqueda. —Se apresuró a decir Martha, luego dudo por un momento, y aventuró—:
Hace ya uno o dos días, no estoy muy segura; puede que fueran tres.
—¿Quienes son Bettina y Janus? —Levantó una mano, interrumpiendo la presta intervención de Martha,
luego continuó—: Es igual, pero si hace más de un día que partieron, ya han tardado demasiado. —Sentímedran
miró directamente a los ojos de la chica, parecía estar calculando su coraje—. Iremos en su búsqueda.
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