Relatos - La página de MillerNov




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Cuento Fantástico ~ Millernov ~ Fantasía
 ~ Capítulo XVII ~ 

Una sensación de angustia oprimía sus corazones y la completa oscuridad les mantenía inmóviles. El tiempo parecía haberse detenido y aunque la calma, quería resurgir de nuevo por las invisibles paredes, la maldad estaba presente, era algo tan palpable, que hasta el aire que respiraban parecía ponzoñoso. Pasó un largo espacio de tiempo, hasta que la respiración de ambos se hubo calmado. Finalmente, el hombre habló:
—¿Escuchas tú también ese rumor? —Janus guardó silenció y después de confirmar que verdaderamente escuchaba aquel ruido, aseveró—: Está aquí mismo.
—Sí; parece muy cercano. —La voz de la mujer, aunque en tono muy bajo, se impuso sobre aquel murmullo.
—Debemos salir de aquí, ese maldito rayo no tardará mucho en encontrarnos si nos quedamos esperándole. —Janus soltó la mano de Bettina cuando terminó de pronunciar aquellas palabras. Luego dijo—: Yo buscaré por este lado.

Después de otro lento y opresivo momento, el hombre comenzó a caminar. Sin separarse de la pared y dando pasos muy cortos, se fue alejando de Bettina. Por su parte, la mujer, escuchando el suave eco de las pisadas de Janus, se dirigió en dirección opuesta, tanteando la grumosa fachada. Bettina notaba como se desmenuzaba la pared. El roce de sus dedos contra la mohosa superficie, hacía que cientos de granitos de arena se desprendieran de ella. Después de algunos pasos más, el ligero rumor que oyeran, se había convertido en el nítido ruido de una conducción de agua.

—¿Puedes sentir la corriente de aire frío, Janus? —Aunque sabía que la distancia que los separaba no era mucha, Bettina habló esta vez usando un tono de voz más fuerte.
—¡Sí! —Contestó el hombre—, parece acompañar a la corriente de agua.

Janus dio otro paso. Debajo de su pie notó el vació, pero el cuidado con el que caminaba evitó su caída. Se agachó y con sus manos pudo palpar como el suelo se cortaba, formando una acanalada conducción. Un palmo más abajo discurría suavemente el agua. Arrodillado cerca del borde, siguió con sus manos la forma del canal. En la pared, un arco de poca altura, permitía que el agua atravesara aquellos muros. Finalmente introdujo su brazo en el caudal para comprobar la profundidad que tenía.

El agua penetraba en la estancia por aquella abertura, y la atravesaba hasta salir por la pared opuesta, donde Bettina, también examinaba el estrecho boquete abovedado que había encontrado. Pero el hombre ya había comprobado que la profundidad del conducto no era suficiente para que una persona pudiese pasar por él. Con mucho cuidado, se encaminó hacia el otro extremo del conducto, donde la mujer no dejaba de llamarle.

—¡Podemos deshacer la pared con nuestras manos! —La voz de Bettina dejó traslucir cierto entusiasmo—. Está tan húmeda, que se desmorona sin apenas esfuerzo. Si logramos agrandar un poco este túnel, podremos salir de aquí. Seguro que al otro lado de esta pared están las albercas.— Janus escuchó como la mujer arrancaba pequeños trozos de adobe de la pared, que después caían al cauce, provocando pequeños chapuzones que se desvanecían en su propio eco.

De una zancada, el hombre se situó al otro lado de la corriente de agua. Se acuclilló, y sin pronunciar una sola palabra, sumó sus esfuerzos a los de Bettina, tratando de agrandar el arco por donde el agua abandonaba aquella habitación. Al poco rato, ambos dejaban oír su agitada respiración, dando muestras de cansancio, pero también de emoción.

Un ligero temblor sacudió las paredes. Ambos se paralizaron por un momento. El muro, tras tanto tiempo soportando aquella humedad, cedió. Una gran masa de adobe y piedra que no pudieron ver, se derrumbó estrepitosamente, obstruyendo por completo la salida de la canalización. De forma instintiva, Bettina y Janus retrocedieron. Pero lo que más les inquietó, tardó un rato en ocurrir. El nivel del agua, sin un desagüe por donde fluir, sobrepasó la altura de la canalización, desbordándose a ambos lados por el suelo de la estancia. Un instante después, la capa de agua comenzaba a cubrir sus pies.

* * *

Sentímedran salió con paso decidido al claro y Martha hubo de correr en pos de él. El animado caminar del mago le hizo ver cuan recuperado se encontraba. Cuando se fijó en sus desnudos pies, observó con incredulidad como la ceniza se iba apartando a su paso, dejando a la vista un sendero de tierra. Un relincho a su espalada hizo que Martha, sin dejar de caminar, girase su cabeza. El Pegaso había salido también de la cueva, pero permanecía inmóvil cerca de la entrada. Igual que el día anterior, nadie deambulaba por el claro, hasta las pequeñas casas parecían abandonadas, y el sepulcral silencio sólo era roto por sus pisadas.

Cuando finalmente llegaron a los pies de la torre, Sentímedran se acercó hasta la pared, muy cerca de las enormes puertas que la guardaban. Pasó sus manos por la basta superficie y unos intrincados dibujos parecieron surgir de la inmensa muralla. Un pequeño punto luminoso parecía trazarlos con color violeta. Martha miró con asombro como las bonitas formas iban apareciendo en la pared por debajo de las manos del mago. Permanecían un instante y después se difuminaban hasta desaparecer.

Perdidos recuerdos se avivaron en la mente de Martha. La turbación renació y se sintió mareada. El mago desapareció de su campo de visión, en su lugar estaba ella misma. A Martha le costó reconocerse en la imagen que tenía delante, pero los profundos recuerdos trajeron también sufrimiento. Revivió el día que entró en la torre, privada de su voluntad. Aunque ahora era algo ajeno a ella, el sufrimiento y la angustia eran reales. Cuando decidió abandonarse al incierto destino, su vista se nubló por completo.

—¡Martha! ¡Abre los ojos! —La cálida voz del mago sonó como un arrullo, y en la oscura soledad en que se encontraba le sirvió de guía. La chica impuso su voluntad al miedo que se había trasladado desde sus recuerdos hasta su mente, se obligó a vencer y finalmente abrió sus ojos. Podía ver apenas la silueta de Sentímedran, y muy lejos, varios puntos de incierta luz. Al cabo de un instante sus ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra. Ahora pudo reconocer donde se encontraban. Habían regresado al antiguo laboratorio de Sentímedran y estaban muy cerca de una de las inmensas costillas de Itzamná.

—¿Qué me ha pasado? —Martha podía recordar perfectamente aquel lugar, pero no guardaba en su memoria como una vez habían abandonado aquella sala. La imagen de Janus, Bettina y Térrigon en torno a ella pasó por su mente como una exhalación. Después sólo podía recordar como había corrido torpemente hacia la cueva.

El mago acercó su mano y cogió a Martha por la barbilla, obligándola a mirarle. —Ahora eres sensible a la magia. Cada vez que repitas un sortilegio y en cada ocasión que otra persona realice cerca de ti un hechizo, sentirás como formas parte de la magia, de la misma manera que la propia magia te buscará para fortalecerse. Poco a poco te acostumbrarás y un día será una de las sensaciones más agradables que jamás hayas experimentado. —Aunque Martha casi no distinguía los rasgos de la cara de Sentímedran, pudo sentir que su sonrisa era tan reconfortante como sus palabras—. Tenemos muchas cosas de las que hablar y me temo que buscas respuesta a muchas preguntas. Pero todo eso habrá de esperar a un tiempo que aún está por venir. De momento tenemos algún asunto que resolver aquí dentro.

—Supongo que Pharion te diría que esta sala fue en tiempos mi laboratorio. Aquí fue donde todo comenzó.
—Ya has nombrado a Pharion varias veces, sé que es, o que fue tu discípulo. Pero yo no le conozco.
—Sí que le conoces, y muy bien por lo que creo. Pharion no es otro que el que habita ahora dentro de tu caballo. Él es quien con su sacrificio ha conseguido que Mythos sea un Pegaso. Él fue el búho que te guió, él fue el que con su valor ha cuidado de nosotros. La magia que posee es principalmente la del aire.
—¿Te refieres a Térrigon? —Dos perlas acuosas afloraron en los ojos de la chica. El recuerdo del búho rompió dentro de ella el sello con el que guardaba su memoria.
—No sé por qué le llamas así, su nombre es Pharion.
—Cuando se convirtió en hombre no recordaba su nombre. Y desde entonces le llamamos Térrigon. No parecía disgustarle.
—Térrigon, Térrigon; ¿Que clase de nombre es ese?
—Era el nombre de mi abuelo. Él fue quien me enseñó que con la imaginación se puede volar a cualquier mundo imaginario. Era nuestro juego preferido. Por eso me pareció apropiado su nombre.
—Espero que algún día tú puedas contarle esa historia, seguro que le encantará oírla. Pero ahora es tiempo de ocuparnos de lo que hemos venido a hacer aquí.

Sentímedran se acercó un poco más a una de aquellas columnas y llamó a Martha. La chica dio un par de pasos hasta situarse a su lado. El mago extendió sus brazos hasta casi tocar la suave superficie ósea. Musitó unas palabras que Martha no entendió. Y poco a poco, muy despacio, una fulgente luz fue abriéndose paso entre la oscuridad. Martha sintió un ligero desvanecimiento, pero esta vez aceptó aquella sensación. Notó como la magia fluía a través de su cuerpo. La experiencia quedaba lejos de ser agradable, tal y como le había dicho el mago, pero no perdió el control en ningún momento. El mago sonrió para sí y aunque tuvo ganas de decir algo, no llegó a exteriorizarlo.

Toda la sala estaba iluminada, de cada una de las columnas emanaba un halo de fosforescente luz que permitía ver la total dimensión del lugar. Martha miró asombrada aquel inmenso espacio. Apenas recordaba como había visto aquella sala a la luz de las antorchas, pero distaba mucho de la espectacular visión que ahora la rodeaba.

—Siempre que estos huesos se mantengan unidos, la magia de este lugar será inagotable. Mientras que mi poder, fuera de esta sala es tan limitado que apenas podría hacer frente a un par de hadas traviesas —el mago no dejaba de mirar en todas direcciones mientras hablaba—. ¡Esa, esa antorcha servirá! —dijo animadamente el mago mientras señalaba a la pared. Acto seguido, se encaminó en busca el objeto. La tea colgaba de la pared sujeta por una pesada argolla de metal que había incrustada en la pared. La brea que tiznaba su corona, parecía haberse consumido hacía mucho tiempo, pero el mago la tomo en su mano como si se tratase del mejor de los trofeos. Martha creyó distinguir algo parecido a la fascinación en la mirada de Sentímedran, pero no se atrevió a hacer ningún comentario.

—Nunca me imaginé que volvería a contemplar este retazo de madera —el mago seguía sin apartar los ojos de la tea.
—Pero, si no es más que una vieja y gastada antorcha —Martha no pudo aguantar más y sin pensar, soltó lo que llevaba un rato rondando por su cabeza—. ¿Te encuentras bien Sentímedran?

Finalmente el mago apartó su atención de la antorcha y dedicó una cándida mirada a la chica, ladeó ligeramente la cabeza y con voz tranquila dijo—: Sí pequeña, no creas que me he vuelto loco; viejo y agotado sí, pero todavía conservo el juicio.

Se movió hasta el centro de la gran sala, asió la antorcha con las dos manos y cerró los ojos. Martha pudo ver como sus labios se movían frenéticamente, pero de ellos no salió sonido alguno. Un instante después el mago abrió de nuevo sus ojos. Su mirada no se apartaba del extremo de la antorcha. Aguantó así durante un buen rato, luego, una sola palabra rompió el pasmoso silencio—: ¡Aamulla!

Una llama, roja y cálida, apareció de repente en el extremo de la antorcha. No humeaba y tampoco deslumbraba, pero la luz que emitía alumbraba tanto, que apenas quedaba un rincón, por distante que estuviese, que no se mostrase a la vista de Martha y también del mago. Sentímedran, viendo la expresión de asombro que mostraba la cara de la chica, no pudo evitar que una sonrisa rompiera el rigor de sus labios.

—Esta antorcha, que ahora no es más que un pedazo de madera, es uno de los dos trozos que quedaron después de que Hermod rompiera mi bastón. Seguramente pensó que así, terminaría con mi poder —Sentímedran posó una triste mirada sobre la tea—, y a punto estuvo de conseguirlo. —El mago comenzó a caminar hacia la escalera, unos pasos después y sin volver la cabeza, dijo—: Sígueme Martha, vamos a buscar el serrucho.

Martha no dio un solo paso. Dejó pasar un instante y con voz temblorosa preguntó: —Pero; ¿sabes a donde van a parar esas escaleras? —Sentímedran se paro de golpe, se giró y contestó a la chica—: Sí, claro que lo sé, lo sé muy bien. También sé lo que representan para ti. Pero créeme, para mí significan mucho. Esos escalones fueron lo último que construí después de esta estancia. —Sentímedran movió la cabeza, dedicando un momento con su vista a cada uno de los pilares de hueso que la sustentaban—. Sobre los huesos que soportan esta sala, Hermod levantó la torre. Y ahora, el resto de mi bastón convertido en serrucho, se encuentra en algún lugar de la torre y debemos encontrarlo.

—¿Quién es Hermod? —Inquirió Martha dejando entrever el miedo en su pregunta.

Sentímedran retrocedió sobre sus pasos hasta que se situó de nuevo junto a la chica. Pero cuando la fue a contestar, Martha se adelantó con otra pregunta—: ¿Y por qué construyo una torre encima de tu sala? —El recelo aún no había abandonado su tono de voz.
—Una vez confié en Pharion, y juntos creamos muchas cosas, como este santuario. Aunque ahora no parezca más que una enorme y desangelada habitación más. —Tomó una de las manos de Martha, y sin soltarla, comenzaron a caminar juntos hacia la escalera mientras la voz del mago seguía hablando—: Mi única intención había sido terminar de estudiar la magia de los Místicos, pero para eso debía dominar primero la magia de los Dragones. Recopilé mucha información que Pharion me ayudaba a documentar y clasificar, mientras aprendía todo lo que yo le podía enseñar. —Martha estaba tan absorta con la narración del mago que ni siquiera se dio cuenta de que estaba ascendiendo por los peldaños de la escalera. —Cuando mi conocimiento fue el suficiente, use la magia para convertir el esqueleto del dragón en un templo. Me sentía dichoso, pues parecía que las profecías de los Místicos se estaban cumpliendo. Por fin los humanos tendrían acceso a su magia.

La escalera desembocaba en un largo pasillo que se extendía a ambos lados. A Martha le pareció que Sentímedran sondeaba en las dos direcciones, y casi inmediatamente, sintió como el mago tiraba de su mano, tomando el camino a su izquierda. Al punto siguió hablando—: Pronto se corrió la voz de que un viejo chiflado estaba construyendo un castillo sobre el Monte del Dragón. No se como ocurrió, pero en poco tiempo, comenzaron a aparecer personas, gente que iba de pueblo en pueblo buscando trabajo. El otoño se iba abriendo camino y tuvimos que organizar a la muchedumbre. Muchos de ellos se fueron cuando el rumor de la construcción de un castillo se demostró que no era tal. Otros también abandonaron el monte, al saber que todo esta relacionado directamente con los dioses de las creencias ancestrales. Pocos quedaron, y con ellos se comenzó a crear mucho de lo que hay ahora sobre el claro del Monte del Dragón. Los hombres comenzaron a construir pequeñas casas y algunos almacenes de adobe. Se crearon pequeños huertos y se estableció una discreta ruta de comercio con la ciudadela. Mientras, yo terminé el Templo de los Dragones. A partir de aquel momento, todas las personas comenzaron a llamarme mago.

Alcanzaron un cruce de corredores, giraron hacia la derecha y tomaron un nuevo pasillo cuya pendiente se dejaba notar en un ligero descenso. Sentímedran siguió con su relato, tratando así de apaciguar la creciente inquietud que Martha era incapaz de ocultar. —No se como se me pudo ocurrir aquella idea, pero por aquel entonces tenía la certeza de que todos mis esfuerzos serían en vano. ¿Qué sentido tenía desentrañar toda la Magia del Equilibrio si el hombre seguía siendo ajeno a ella? ¿Qué ocurriría si mi muerte o la de Pharion se llevaran consigo todo el conocimiento?
—¿Cómo es que están vacíos todos los pasillos? —Martha interrumpió con su temblorosa voz al mago.
—Supongo que de alguna manera, Hermod ha conjurado todo su poder para hacer que sus figuras se ocupen de la búsqueda del serrucho y de tus amigos. Al menos no percibo ni un solo ápice de su magia en la parte superior.
—Todavía no me has dicho quien es Hermod. ¿Y por qué él tiene el poder sobre la torre?
—Esa es la historia que te estoy contado Martha, pero no tenemos mucho tiempo, me temo que cuando lleguemos al segundo sótano tendremos que andar con mucho cuidado.

—Era mi intención que todo la sabiduría que había adquirido, fuera también del conocimiento de todos los hombres, así, pensaba que habría más posibilidades de que el equilibrio formara parte de la humanidad. —Entraron en un gran salón, la antorcha que portaba el mago iluminó todo el espacio, dejando a la vista una estrecha escalera que descendía hasta la negrura, y hacia allí se dirigieron—. Convoqué a todos los voluntarios que se ofrecieron, y de entre todos ellos, elegí a los siente que más aptitudes tenían para el trabajo que me proponía encargarles. Por supuesto que uno de ellos era Hermod, aunque por aquellos tiempos no era más que un prometedor joven. —Sentímedran soltó la mano de Martha al llegar al hueco donde comenzaban las escaleras. Se adelantó y cuando comenzó a descender dijo—: No te separes de mí ni por un sólo momento. —La chica se apresuró a seguir los pasos del mago, casi pisándole los talones.

Fueron a salir a una pequeña estancia. En una de las paredes había un hueco que mostraba los primeros peldaños de otra escalinata que descendía. En otra, el marco de una inexistente puerta, dejaba ver como otro pasillo ofrecía de nuevo dos caminos a seguir. —Recordemos bien esta sala. —Martha asintió y el mago tomándola nuevamente de la mano, salió al corredor. La poderosa luz que hasta entonces había emanado de la peculiar antorcha, se volvió más tenue de repente, lo que hizo que Martha se sobresaltara. —Tranquila —dijo el mago—, es sólo que nos estamos alejando de la sala del Templo, y mi fuerza se resiente, sólo espero que aguante lo necesario.

Aunque la sensación de miedo crecía dentro de Martha con cada paso que daban, Sentímedran continuó hablando como si estuviesen dando un paseo. —Fueron mis discípulos durante el tiempo que duró su enseñanza. Escribimos la historia de los Dragones, y también la de los Místicos, o al menos todo lo que habíamos recabado de ambas. Planificamos la reconstrucción de los siete templos, para que fueran de nuevo las Sedes de los Hombres. Cada uno de mis acólitos se encargaría de predicar la historia y el legado que dejaron a los hombres. Así comenzaría a cumplirse la última voluntad de Dragones y Místicos. —Alcanzaron un cruce de pasillos y sin dedicar más que una mirada de prudencia a ambos lados, Sentímedran siguió de frente. La luz que derramaba la antorcha volvió a perder un poco más de su intensidad, ahora apenas iluminaba una decena de pasos por delante de ellos, pero el mago continuó hablando como si no se hubiera percatado de ello—. Quedaba poco tiempo para la partida de las siete expediciones. Cada uno de los acólitos había formado su propio clan. Todos excepto Hermod, cuyo comportamiento se hacía más extraño cada día que pasaba.

El pasillo se curvaba a la vez que descendía ligeramente. Sentímedran guardó silencio de repente y dio a Martha un apretón en su mano a modo de alerta. Los pasos de ambos notaron el cambio en el terreno, habían abandonado el embaldosado suelo para pisar sobre una superficie terrosa. También percibieron como el ambiente se volvía más húmedo y el olor acre de la tierra se acentuaba. Las ahora negras paredes parecían absorber la poca luz que seguía emanando la tea. —Coge esto, —dijo el mago tendiéndole la antorcha a Martha. La chica extendiendo una temblorosa mano, asió fuertemente la tea, tratando así, que los delatores temblores cesaran. Pero Sentímedran parecía tener su atención muy lejos de allí. Lo último que Martha pudo ver antes de que la luz se extinguiese por completo, fueron los perdidos ojos del mago, mirando más allá de la incierta oscuridad.

—¡Martha, concéntrate en la luz! —La voz del mago se notaba distraída, pero tan firme como su determinación. Martha apretó con todas sus fuerzas la antorcha, pero sólo consiguió que sus dedos se agarrotaran ante el inútil esfuerzo.
—No Martha, así no —la voz del mago llegó a ella distante, suave, pero como un eco perdido—, recuerda la sensación que pasó a través de tu cuerpo la primera vez que tocaste los jeroglíficos de la torre. —Se esforzó en buscar en su mente aquel recuerdo, pero era difícil retraer algo que sólo Térrigon le había contado. Apenas consiguió nadar en el vacío de sus recuerdos. —La luz Martha, lleva tus sensaciones a la luz. —De nuevo la voz de Sentímedran trajo a su cabeza una serena tranquilidad y Martha trató de ordenar todos sus recuerdos.

En su imaginación flotó un halo azulado que la envolvía, recordó a Bettina, también a Janus. Un búho se desperezó estirando sus alas, giró su cabeza y la saludo con su armonioso ulular. Alzó de repente el vuelo y dejó un gran vacío, pero al punto, había aparecido Mythos, y a su lado estaba Térrigon. Creyó ver como el búho aparecía otra vez, con sus alas completamente desplegadas, se acercaba vertiginosamente, pasando entre ella y la sublime visión. Pero enseguida reconoció en aquellas alas sus propias manos, que extendidas, trazaban en el aire una danza de extraños símbolos. Figuras que le resultaban tan familiares que tenía la certeza de poseerlas dentro de sí. Separó las manos y pudo ver como el majestuoso Pegaso se acercaba, resoplando y piafando poderosamente.

Entonces comprendió las palabras del mago. Dejó que aquellos sentimientos fluyeran desde su corazón hasta sus manos. La antorcha recibió una leve sacudida de magia y enseguida derramó un fulgor blanquecino que llenó de luz el oscuro túnel.

Una decena de pasos delante de ella, se encontraba Sentímedran. Martha avanzó hacia él y al llegar a su lado, pudo contemplar como la extraña vacuidad seguía alojada en su mirada. —¿Sentímedran? —Aventuró Martha casi fallándole voz. Unos instantes después, para alivio de la chica, el mago cerró los ojos, parpadeó varias veces, y cuando volvió a abrirlos, su mirada era clara y serena de nuevo. Dedico una mirada de aprobación a la rutilante antorcha y dijo—: Sabía que serías capaz. Ahora no me cabe duda alguna, realmente eres tú. Martha no supo que decir, el miedo que casi había conseguido atenazarla, se disipó completamente al escuchar de nuevo la sedante voz de Sentímedran. Pero en su rostro se dibujó una sonrisa bobalicona.

—Creo que podemos seguir por este túnel, trataremos de llegar hasta la cripta que creó Hermod. —El mago comenzó a caminar con cautela, procurando que sus pisadas no produjeran ningún ruido que el eco pudiera delatar. Martha se mantuvo a su lado, imitando su forma de caminar. Le tendió la antorcha, pero Sentímedran la rehusó con un gesto de su mano.

De nuevo, la suave voz del mago lleno el estrecho espacio que los separaba. —Hermod trató en vano de convencerme para quedarse a mi lado. Quería a toda costa ser uno de los que culminaran el Templo del Dragón. Constantemente sugería que Pharion era el más indicado para reconstruir la más importante de las Sedes de los Hombres. Previne a Pharion sobre sus intenciones y entonces, pareció que Hermod se apaciguó durante una temporada. —Sentímedran hizo una pausa en su relato, y al punto notó como el nerviosismo se iba acrecentando en Martha. Sondeó más allá de la parte visible del corredor y dijo—: parece que todo está en calma, sigamos. —Una vez que reanudaron el avance, el mago continuó su historia. —Después vinieron los preparativos. Estudiamos como llevarían a cabo sus misiones cada uno de los clanes, las rutas que deberían seguir y como reconstruirían las Sedes de los Hombres. Y lo más importante, como queríamos que la herencia de los Dragones y los Místicos se diera a conocer.

—Estuvo Hermod muy tranquilo durante aquellos días, pero yo era consciente del poder que estaba acumulando. Trataba de mostrarse apático y conformista, hasta los hombres que formaban su clan, parecían contagiarse de su comportamiento. Pronto surgieron las rencillas entre clanes. Finalmente el rechazo de los demás contra Hermod se hizo patente y las protestas comenzaron a aflorar por boca de todos. Una mañana, cuando la construcción de la torre ya había comenzado, Pharion y yo nos adentramos a solas en el interior del Templo del Dragón. Hablamos sobre la necesidad de destituir a Hermod. Nos llevó gran parte del día decidir quien ocuparía su lugar y como lo plantearíamos a los clanes. En el exterior se habían estado oyendo constantemente los ruidos de la construcción. El muro exterior estaba siendo levantado, Sería la base del bastión, que ocultaría completamente el Templo y levantaría la torre sobre él.

—De repente un angustioso silencio se impuso sobre la cima del Monte del Dragón. Pharion y yo cruzamos miradas de asombro. Nos levantamos y salimos al exterior. La luz del crepúsculo derramaba una cortina de ámbar, creando una sensación de calidez. Pero la visión que nos ofreció el claro fue devastadora. Decenas de personas, yacían por el suelo, algunas todavía tenían espasmos, otras dejaban escapar el eco de su agónica respiración y muchas, ni siquiera daban muestras de un atisbo de vida. —Sentímedran se detuvo de repente y Martha, sobresaltada, intentó escrutar más allá de las sombras, pero no advirtió nada que pudiera haber hecho reaccionar así al mago. Cuando la chica giró la cabeza, vio de nuevo aquella mirada perdida. Dejó pasar un instante antes de preguntar por lo que ocurría, pero la voz amortiguada de Sentímedran reanudó su narración. —Lo demás ocurrió tan rápido que nunca lo habría podido imaginar —las palabras salían de entre sus labios y se disipaban en el aire igual que lo hacía en la distancia su mirada—. Pharion cayó a mi lado, ni siquiera tuve tiempo de sujetarlo. Cuando me volví, allí estaba, arrogante, mostrando una orgullosa y despreciable sonrisa. No tuve tiempo de reaccionar, antes de poder ni siquiera sospecharlo, un hechizo de fuego salía despedido de sus manos. Alcé mi bastón, más por intuición que por defensa. Paró el mortal sortilegio, pero no resistió la fuerza del golpe y se partió en dos piezas. Yo salí despedido de espaldas, mi se estrelló brutalmente contra la muralla.

El mago parecía revivir cada instante. Hizo una leve pausa, suspiró sonoramente y sus ojos recuperaron el presente. Dedicó una esperanzadora mirada a la tea que sujetaba Martha, y luego sonrió. Pero la chica pudo sentir que era tristeza casi todo lo que había en aquel gesto. —Cuando desperté, me hallaba tirado en el suelo, maniatado y magullado.

* * *

El nivel del agua les llegaba a Bettina y a Janus por encima de sus cinturas. El frío les atenazaba tanto o más que el miedo y durante un largo espacio de tiempo ninguno se atrevió a moverse.

—¡Vamos al otro extremo! —Urgió Janus. El ruido del agua apartándose a su paso, indicó a Bettina que el hombre ya se estaba moviendo.
—¡Pero Janus, no podemos salir por allí, el conducto es muy pequeño! —La voz de Bettina sonaba desesperada.
—Si podemos derrumbar también el túnel de entrada, conseguiremos taponar la canalización, y así, al menos, el nivel no seguirá subiendo. ¡Debemos intentarlo! —Al escuchar aquellas palabras, Bettina se encaminó en pos de Janus, luchando contra la masa de agua.

Cuando Bettina alcanzó el otro lado de la sala, tomó aire, lo retuvo y se sumergió. Tanteó la pared hasta que encontró el arco por el que el agua fluía con cierta fuerza. También se encontró con las manos de Janus, que luchando contra la corriente, hacía lo posible para arañar y arrancar pedazos de adobe. Ambos sumaron sus fuerzas, saliendo hasta la superficie de vez en cuando para renovar el aire de sus pulmones. La primera capa, fue la más resistente, pero cuando habían desbrozado un tanto, el interior, al haber acumulado más humedad, se desmoronaba por sí solo. Janus advirtió a Bettina que la propia corriente de agua estaba arrancando trozos cada vez más grandes.

Una repentina sacudida se produjo en la pared cuando el arco perdió su consistencia y gran parte del muro se derrumbó. El estruendo quedó amortiguado por debajo del nivel de agua. Habían conseguido detener el flujo de la corriente. De pie, el nivel del agua les llegaba por encima de sus hombros. Si el frío terminaba con sus fuerzas, el cansancio haría que se ahogaran irremediablemente.

* * *

—¿Has notado ese temblor, Martha? —Inquirió Sentímedran. Sin atreverse a pronunciar palabra alguna, la chica asintió y ambos continuaron la marcha. Según caminaban adentrándose en las entrañas del inclinado túnel, el rancio aire traía consigo el rumor que producen cientos de pies moviéndose rápidamente por los corredores. Apenas habían caminado una docena de pasos, cuando otro murmullo similar se dejó escuchar a sus espaldas.

El mago tomo la antorcha de manos de Martha, e inmediatamente esta perdió gran parte de la intensidad con la que había lucido en manos de la chica. Martha se agarró al brazo de Sentímedran y ambos acompasaron sus temerosos pasos.

Un instante después ya podían distinguir las siluetas de una multitud que se acercaba a su encuentro. No era necesario que girasen sus cabezas para saber que el otro extremo del túnel les mostraría una imagen similar.

 Capítulo XVI    Capítulo XVIII