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La Estrella de los Tiempos ~ Varios Autores ~ Fantasía |
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~ Mapa ~ |
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~ Capítulo Cero ~ por Anacanudas ~ |
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El mago miraba el árbol con detenimiento. Sabía qué debía buscar (al menos lo recordaba vagamente) y sabía que era importante y urgente. Pero no lograba recordar si se trataba de ese árbol. El bosque era frondoso y había cientos de árboles pero el desmañado mago sólo buscaba uno muy concreto pues los hongos que crecían en sus costados tenían una gran potencia curadora. El mago era viejo, incluso según los cánones de los magos, bastante desaliñado y muy, pero que muy despistado.
-Deberías haber dejado a la asesina que muriese en el camino, ¡total morirá igual y esa mujer no vale nada!- La voz cavernosa hizo dar un respingo al mago que pisó su larga capa raída, que un día debió ser roja con vistosos dibujos esotéricos pero que ahora a duras penas cobijaba al viejo del frío. El viejo trastabilló y con gesto iracundo miró al dragón que le sobrevolaba burlón.
-¡Calla esperpento! ¡Bestia inmunda! ¡Sabandija de río! ¡Trol sorbemocos!- Un dragón no tiende a ser muy expresivo pero el mago adivinaba que este se estaba enfadado, así que guardó silencio unos instantes.
-Solo te recuerdo que llevas más de media hora buscando ese hongo fantástico, así que, mago inútil, cuando llegues hasta la asesina, esta ya estará muerta, enterrada, y el árbol que buscas crecerá en sus entrañas.- El mago no contestó intentando concentrarse en recordar qué árbol debía buscar. El dragón enfadado porque sus puyas no obtuvieran resultado, continuó- ¡Claro que Risnailint ya lo hubiera encontrado!
-¡Risnailint! ¡ Ese estúpido, gordo y engreído mago blanco no encontraría su casa aunque se encontrara dentro! El dragón sonrió pensando que seria ese viejo bravucón el que se perdería en su propia casa. Risnailint podía ser muchas cosas, pero no precisamente despistado. El dragón sabía que el mago blanco no le gustaba al viejo: a los magos rojos nunca les habían gustado los blancos, que se las daban de ascetas, aunque almacenaban grandes riquezas en sus altas torres, que se las daban de tolerantes aunque no toleraban a nadie que no fuera un mago blanco y que pretendían estar por encima del resto de magos. De todas formas al viejo casi todo el mundo le caía más o menos bien, incluso los arteros y malvados magos azules y los desleales y ladrones de conjuros magos verdes. Pero Risnailint era superior a sus fuerzas. El dragón creía recordar que había alguna razón para aquel comportamiento, pero a pesar de llevar con el viejo como un par de centenares de años no recordaba la causa.
-Puede que sea un alcornoque, pero sabe dónde está su mano derecha, no como tú que sueles perderla en el bolsillo- Rezongó el dragón cansado de esperar. El mago iba a replicar, cuando una chispa de inteligencia brotó de repente de sus ojos.
-Alcornoque- repitió en voz baja. El dragón miró al mago desconcertado. Cuantos centenares de años más deberían pasar para que ese estúpido mago no lo desconcertara. El humano corrió hacia el árbol y desencajando de su fajón un pequeño cuchillo comenzó a recoger unas setas. Con una sonrisa francamente amistosa se dirigió al Dragón- ¡Vamos Kiria, llévame hasta la muchacha! Ahora ya está salvada. El Dragón permitió que el mago se encaramara a su espalda. Con una sonrisa ladina advirtió.
-Si no la matan tus hongos. Y sólo para que ella te mate a ti. Te recuerdo que ella sabe que has sido testigo del asesinato y una asesina profesional jamás dejará testigos. El mago movió la cabeza en signo de disconformidad.
-Cada cosa a su tiempo. Primero la salvamos y luego si hace falta ya la matarás- Contestó el mago como si el dragón se preocupara por tonterías.
-A mí no me mires. Yo no he visto nada, y aunque un dragón es poderoso, yo no tengo ganas de tener a todo el gremio de Karkur en mi contra por haber matado a alguien que cumplía con su contrato legalmente establecido. El mago intentó mover las manos en señal de protesta, pero el dragón que majestuosamente ya había alzado el vuelo, movía sus enormes alas creando fuertes ráfagas de viento alrededor del mago, el cual tubo que agarrarse con fuerza a las duras escamas con una mano mientras con la otra sujetaba con prisa frenética su viejo sombrero de gran pico, desgastado y ladeado, antes de que saliera volando. El mago se concentró en agarrarse y eso impidió su sarcástica respuesta. De todas formas con el veloz vuelo del dragón rápidamente abandonaron las frondas del Brahar y el dragón empezó a descender sobre el camino que unía la ciudad de Brahar y Karkur, la ciudad de los asesinos.
Al lado del camino yacía una muchacha, demasiado joven podrían pensar algunos para que realmente fuera una asesina. Pero alguien, de mirada penetrante, podía observar el pequeño tatuaje situado en su nuca, detrás de la oreja, de una pequeña araña negra que la identificaba como perteneciente al gremio de los asesinos. Y nadie que no fuera realmente eficaz en su cometido podía aspirar a entrar a formar parte de ese gremio.
La mujer, sumamente delgada, pero con potentes y ágiles músculos que se adivinaban debajo de su jubón y sus pantalones de montar que como la ropa del mago también habían pasado por diversas refriegas, estaba completamente inmóvil. A pesar de ello el mago se acercó con prudencia, y acercó lentamente con el brazo separado del cuerpo la pócima que había preparado, consciente de su efecto inmediato. La mujer le costaba de tragar al principio pero a las pocas gotas de aquel ungüento asqueroso que olía como mil demonios, comenzó a beber con fruición, y el mago la empezó a mirar con mayor desconfianza.
A pesar de ello, cuando la mujer se alzó como si tuviera un potente resorte, y desenvainó la espada, el mago no pudo evitar un respingo, adivinando la sonrisa ladeada del dragón de ya te lo decía yo...
La asesina miraba al desconocido con actitud defensiva y a la vez desconcertada, la visión de aquel mago desmadejado y del dragón rojo detrás de él no era común. A pesar de ello, la asesina no se dejaba intimidar fácilmente.
-¡Apartaos de mi camino! - gritó. El mago suspiró y empezó a mover la cabeza apesadumbrado.
-Linda muchacha, vamos, vamos, dos setas más y tendrás una bonita comida gratis, y no grites. Gritar, gritar, me retumban los oídos, puedo oírte perfectamente desde ahí. Anda, anda, vamos, envaina esa cosa que te vas a hacer daño y encontremos un lugar donde dormir o quieres que cualquier asesino nos encuentre aquí a estas horas de la noche. La mujer desconcertada del todo, intentó apartar al viejo para poder manejar la espada, pero el tremendo rugido de su compañero rojo la hizo cambiar de opinión.
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