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La Estrella de los Tiempos ~ Varios Autores ~ Fantasía |
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~ Capítulo IV ~ por Anacanudas ~ |
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Danae miró alrededor con suspicacia esperando encontrar a la asesina. Su padre movió la cabeza con impaciencia.
¡Vamos muchacha! Explícate de una vez, no pienso dejarme doblegar por tu mal sentido de la responsabilidad. ¿No podrías vivir un poco más la vida y dejar a los demás en paz, exactamente, DEJARME a mí en paz?- La maga dejó de lado los exabruptos de su padre sabiendo que pronto se le terminaría la furia.
Solo quiero saber si es cierto lo que explica esa mujer. Solo déjame que la someta al talismán de la verdad y me iré. Su padre sonrió esperanzado.
Pues ya puedes irte- exclamó. La mujer la miró extrañado.- Sí sí... ya puedes irte hija, Yan ya ha hecho pasar a Rowina por el talismán- Danae sonrió satisfecha- y ha convenido con nosotros que su misión es muy importante y que él también nos acompaña- Danae sintió que el alma se le caía a los pies. Cómo podía Yan haber caído en las redes de esa arpía. Intentó no mostrar cómo la había perturbado esa respuesta aunque adivinaba que su padre, la mayoría de veces, percibía más cosas de las que hacia ver.
-¡Pues si Yan va, yo también!- Su padre negó cariñosamente.
-No será necesario querida, no te necesitamos. Puedes encargarte de la reunión-. Danae sintió una punzada de celos, pero la escondió antes de que su padre se diera cuenta.
-Vendré y volveré contigo antes de la reunión. Si se ha de solucionar, lo solucionaremos rápido. Su padre movió la cabeza con condescendencia.
-No te preocupes por Yan, cuidaremos bien de él - Danae enrojeció de rabia.
-Yo no me preocupo por Yan-, exclamó casi a voz en grito. La gente de la calle se giró extrañada. Su padre sonrió divertido. Armwoord había recogido a Yan de pequeño y siempre lo había considerado como un hermano y durante años su hija le había llamado tío, pero ahora el viejo tendía a pensar que su hija ya no miraba al robusto e inteligente Yan de la misma forma, aunque Danae sería incapaz de reconocer esa debilidad. El mago rojo resopló intranquilo. Danae debería haber sido una maga blanca, no tenía talante para ser un mago rojo, era demasiado perfeccionista, demasiado intolerante, incluso consigo misma. Pero Danae nunca le preguntó su opinión a su padre. Como siempre desde bien pequeña hacía lo que le venía en gana. Por eso le fastidiaba su presencia allí. Sabía que si ella no quería, no se iba a ir.
-¡Bien, si piensas acompañarnos será mejor que me acompañes al templo de los nigromantes! Su hija frunció el ceño.
Danae toleraba mal que Yan hubiera preferido los estudios de nigromante a los de mago. Consideraba su arte oscuro y muchas veces rozando el mal, aunque sabia perfectamente que los magos rojos también rozaban la fina línea que separaba lo correcto de lo incorrecto. Claro que su padre no opinaba lo mismo. Danae intentó apartar de su mente la figura de Yan y siguió a su padre con paso firme, el cual ya parecía haber olvidado su enfado. La ciudad de los nigromantes era un centro populoso, de lo que Danae calificaría de vicio y perdición. Todos los gremios delictivos tenían su sucursal en aquella ciudad, y los gremios de magos rojos, verdes y negros también. A los magos negros nadie los quería; estos solo aspiraban al poder por el placer de provocar el dolor y eso no daba beneficios, pero el resto de magos eran bienvenidos en la ciudad de los Nigromantes.
La maga observaba con turbación la rica arquitectura con miles de pequeñas esculturas que rebosaban las fachadas explicitando con nitidez situaciones que harían ruborizar al propio demonio. La exuberante Quetas era una gran ciudad, de miles de almas, y sus burgos extra muros se extendían a lo largo de cientos de calles radiales que se extendían en la falda de la ciudad principal. Una calle principal pasaba en espiral desde las murallas exteriores hasta el centro de la ciudad, pasando cientos de torres de guardia y de controles de los milicianos del templo de Ornoi. En el centro de la espiral en la zona más alta de la ciudad se encontraba su destino, Ornoi, el templo de los nigromantes. Podrían haber efectuado un rápido hechizo de traslación, pero a su padre le encantaba pasearse por los mercados con paraditas de cientos de buhoneros mentirosos que le intentaban vender remedios inaplicables para enfermedades inexistentes. Danae reconocía que a veces en aquellos mercados se podían encontrar verdaderas perlas, pero la ponía nerviosa codearse con toda esa chusma. A pesar de ello siguió a su padre con paso firme, reconociendo que la grandiosidad de la ciudad era impactante. Conforme pasaba el tiempo y su padre insistía en pararse en cada tienda, la maga empezó a impacientarse con la imagen de Yan, el gran nigromante negro, metida en la cabeza y preguntándose si no había cometido un grave error al volver a aquella ciudad.
Roxana apareció de pronto delante de Danae sobresaltándola. La sonrisa ladeada de su hermana la sobresaltó aún más. La maga estiró de la manga a su padre.
-¡Tu querida hija!- exclamó con un deje de despreció. Armwood dejó de lado la evidencia que Danae no se incluía en esa frase y se giró con un abrazo afectuoso hacia su otra hija, Roxana.
-¡Vaya! ¡Vaya! ¡Verde manzana!- exclamó el viejo admirativamente. Su hija pequeña le hizo un pequeño guiño y le enseño un precioso colgante.
-He robado la joya familiar del Barón de Kerbe, me han subido de categoría esta misma semana.- Roxana era una maga verde, que principalmente se dedicaban a robar conjuros y artilugios mágicos, pero algunos, como Roxana, trabajaban para el gremio de los ladrones. A pesar de su juventud, Roxana ya había escalado dos grados en el tono de su túnica. Danae resopló impaciente.
-¿Qué quieres?- preguntó agria. Su hermana le lanzó una mirada sardónica. Sus preciosos ojos verdes brillaron con intensidad, y su larga cabellera pelirroja se movía con gracia a su alrededor mostrándole a Danae otra vez porqué su padre prefería a la bella y valiente Roxana en vez de a la gris y demasiado responsable Danae.
-Yan me envía a buscaros.- Danae sintió un profundo dolor. No sólo su padre prefería a la indomable Roxana, Yan también.
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