Relatos - La página de MillerNov




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La Estrella de los Tiempos ~ Varios Autores ~ Fantasía
 ~ Capítulo VI ~ por Ayoze ~
En una de las habitaciones de la Torre de la Alta Hechicería de Quetas se hallaban reunidos los cinco magos blancos.

-¿Quieres decirnos señor que vamos a ayudar a esa chusma roja? Ciertamente era lo único que me faltaba por oír.

Quien así hablaba era Beren. Pese a su enorme poder era demasiado clasista incluso para Risnailint, que mostraba como siempre un gesto tranquilo y sosegado.

-Amigo mío. Esos a los que tú llamas chusma son nuestros hermanos en la magia. Podrán gustarte más o menos pero no podemos dejar de reconocer su enorme poder. Y si queremos tener alguna oportunidad para derrocar a la bruja de Odlon hemos de unir fuerzas con todos los aliados posibles, sin importar el color de su túnica - dijo el mago tratando de apaciguar el ánimo de su amigo.

Beren aceptó esto a regañadientes y envió a uno de los novicios que había venido con ellos a buscar al viejo y loco Armwood y sus acompañantes. El cónclave se celebraría antes de lo previsto al fin y al cabo.

-Supongo Beren que los demás hermanos ya están avisados acerca de la reunión - acto seguido alzó su mano en un gesto perentorio-. Y no hace falta que me digas que odias a las demás ordenes. Ya sé que para ti todo lo que no sea blanco es objeto de sospecha. Unas pocas horas después quedó claro que pese a sus ideas, Beren había cumplido bien con su trabajo. Todas las órdenes de magos estaban representadas en el hemiciclo de la Torre de la Alta Hechicería. Bueno, lo cierto era que los representantes de los túnicas rojas aun no habían llegado pero Risnailint sabía que Armwood y su hija no faltarían a la cita. Según cavilaba sobre este asunto apareció en la zona destinada a la orden de los rojos un dispar grupo. Risnailint se sorprendió enormemente al ver que junto a los dos cabecillas de la orden roja aparecían también un hombre que rondaba los dos metros de altura y una bella joven que por sus vestiduras y por su mirada calculadora, amén de la espada que colgaba a su espalda, debía de ser una asesina.
-Saludos Armwood. Sabes que no está permitida la entrada de los no iniciados en el arte en la Torre; mucho menos aún en una asamblea de este calibre. Espero tendrás una buena justificación.

Tras este comentario del mago blanco, la cara de Danae parecía más roja aún que su túnica. Por el contrario su padre continuaba relajado como siempre.

-Bueno Señor, vos sabéis muy bien que es imposible deshacerse de Kiria-indicó señalando hacia el alto humano de su derecha.- Y mi otra acompañante tiene cuentas pendientes con Shàsera al igual que tú y yo. Por tanto creo justo que acuda a este gran acto de reunión de todos los hermanos.
-Está bien, está bien. Supongo que no será ningún problema. Comencemos pues.

El viejo túnica roja no podía dejar de maravillarse con el cambio operado en Risnailint. No sólo en su físico, mucho menos orondo que la última vez que se habían visto, sino también en su personalidad. Trataba a todos con respeto, cosa rara en un túnica blanca que solían destacar por su arrogancia y complejo de superioridad. Y durante toda la sesión siguió maravillándose, pues el Gran Maestre del Cónclave consiguió unir a todos los magos en un frente común pese a sus sempiternas rencillas. Sus dotes de conciliador quedaron patentes ante todo al tratar con los nigromantes, quienes finalmente accedieron a participar en la guerra contra la bruja, ya que aunque estaban ansiosos de que el poder de la oscuridad reinara, no querían estar bajo el yugo de la infame mujer.

Así las cosas, se decidió que Armwood, Kiria y Rowina entrarían solos y bajo disfraz en la ciudad de Odlon. Entre los magos de las órdenes restantes atacarían la ciudad para crear una distracción suficiente que mantuviera ocupada a Shàsera, puesto que nada escapaba a su control en los alrededores de su bastión. El plan consistía en llegar furtivamente hasta la renegada, acabar con su vida y recuperar La Estrella de los Tiempos.

Risnailint invitó esa noche, a los que acabarían siendo héroes y escribiendo sus nombres en los anales de la historia o fracasados a los que nadie recordaría si las cosas salían mal, a una opípara cena.

 Capítulo V    Capítulo VII