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La Estrella de los Tiempos ~ Varios Autores ~ Fantasía |
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~ Capítulo VII ~ por Mae ~ |
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Comenzaba a anochecer cuando alcanzaron la cumbre de la colina. Recortada en la distancia al final del camino se distinguía claramente la Torre de la Alta Hechicería de Quetas, con sus seis altos pináculos coronados de negro metal. Acamparían esa noche en la colina, esperando entrar en la ciudad con el nuevo día. Su compañera empezaba a impacientarse, aunque de nada la servía. Ella no podría entrar en la ciudad, ya que aunque la magia no podía detenerlos, gracias a la protección que les otorgaban sendos amuletos de Gwinnett, no transgredirían las normas de los nigromantes.
-No comprendo por qu no entramos en la ciudad esta misma noche. Si así lo hiciéramos dormirías sobre blando esta noche, finalizaríamos nuestra misión y podríamos descansar como es debido después de haber recorrido las 300 leguas que separan Quetas de H’Toc en solo dos días.- Se notaba el cansancio en su voz, cosa comprensible, ya que ella era la que había sufrido el desgaste del viaje, realizando el trayecto que separa Quetas de la Ciudad de los Señores del Dragón en un tiempo admirable, incluso para una dragona joven como la dorada Seloé.
-Sabes que no podemos acercarnos volando al perímetro de la ciudad, y al anochecer las siete puertas se cierran a cal y canto hasta la mañana. Así que es preferible descansar ahora de modo que mañana a primera hora pueda entrar en la ciudad y entregar mi mensaje a Armwood el Rojo, si es acertada la predicción de Istandal, debe de estar en la ciudad desde ayer, y sabes que el viejo mago amarillo no suele equivocarse en sus predicciones.
-¡Ughhh!.- exclamó Seloé, se irritaba cuando le rebatía sus palabras con hechos concluyentes. Luego se dirigió al equipaje que hace uno momento portaba sobre el lomo, para extraer algo con que cubrir su desnudez. Aún le inquietaban las formas femeninas de la dragona, y aunque su vida no había sido precisamente de abstinencia, había algo en la dragona, que sin poder definirlo, le inquietaba profundamente. Era algo que no le pasaba con su vieja montura, Oukebak, pero es que el anciano dragón había tenido el mismo atractivo que una almorrana.
Levantaron una pequeña tienda e hicieron un pequeño fuego, prepararon una sopa con unas cebollas y algo de tasajo, para calentarse el cuerpo antes de retirarse a dormir, dejando todo preparado para partir antes del amanecer.
Cuando la patrulla de la guarnición de Quetas, batió las puertas que cerraban el paso de la Puerta de la Luna, tuvieron un buen sobresalto al contemplar a una mole de casi dos metros de alto ataviado con el uniforme de campaña de los Señores del Dragón, apoyado en una gran lanza cuya punta era tan larga como la espada que le pendía del cinto, amén del escudo de escamas de dragón que pendía de su espalda.
El extranjero fue inmediatamente conducido al Templo de Ornoi, donde Yan le recibió y escuchó sus noticias con preocupación.
Cuando Yan entró en sus habitaciones, Armwood, Kiria y Rowina, se encontraban realizando los últimos preparativos para su marcha.
-¡Buenos días!.- Lo saludó el viejo mago.- ¿Ya vienes a despedirnos? Tan pronto quieres deshacerte de nosotros.- Continuó el viejo con una sonrisa sarcástica en los labios que desapareció de su rostro en cuanto vio su acompañante. - ¡Kiria!.- Gritó, adoptando una pose defensiva, pero la advertencia fue en vano, el dragón retrocedía ya con el rostro contraído y expectante.
-¡Tranquilizaos amigos!. – Medió Yan en tono imperante.- El Caballero solo ha venido a traer un mensaje urgente, nada tiene que ver con Kiria, sino con la misión a la que nos enfrentamos.- La expresión de Yan no auguraba nada bueno.
Kiria se relajó notablemente, los Caballeros del Dragón eran una antigua orden encargada de contener los excesos de los de su especie, por lo que no son muy amados por los dragones no nacidos bajo su tutela.
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