Relatos - La página de MillerNov




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La Estrella de los Tiempos ~ Varios Autores ~ Fantasía
 ~ Capítulo IX ~ por Markkki ~
Poco después del crepúsculo, una sombra siniestra llegaba volando majestuosamente a la cima de la Torre de Odlon. Risnailint había invocado a sus manta voladora para ponerla al servicio de Shàsera. Efectivamente ambos se habían convertido en aliados y eran enteramente conocedores de que su alianza era ya acreditada por el agorero Armwood y su progenie.

Cuando la veloz manta hipogrifa ganó la cima de la Torre, se posó y empezó a cristalizar para formar parte de la arquitectura del edificio. Risnailint había dotado a la Manta con poderes superiores a los de las gárgolas guardianas de la torre, por lo que su presencia allí, hizo estremecer levemente hasta los mismísimos asientos de la construcción. Leves hondas de cristalización dejaron percibirse hasta las cercanías de las montañas de Grasne, pero tan solo criaturas dotadas de grandes sentidos, supieron interpretarlas. Incluso Tronh, el cancerbero demoníaco de la puerta principal, no pudo evitar una especie de estremecimiento en su cuerpo.

Shàsera bajó los párpados y con intensa fruición extendió sus brazos hacia arriba, dando muestras de su más sentida acogida a aquella criatura. Algo en ella palpitaba parejo al edificio, transmitiendo parte de sus pensamientos a la ilustre invitada.

El cuervo de Shàsera de luctuosa mirada, no pudo contener cierta agitación interior, así como la leve ventosidad en forma de guano que no pudo reprimir. La bruja no hizo caso de aquello.

No muy lejos de allí, ajena a estos acontecimientos, Danae se agitaba inquieta en su lecho, intuyendo que pasaría mucho tiempo antes de volver a tener la oportunidad de acostarse a descansar tan plácidamente como debería estar haciéndolo en esos momentos, a saber que ciertas turbaciones hervían el aire que respiraba.

Y como todos, casi nadie dormía. Incluso Kiria sentía una rareza que no lograba explicar dentro de sí. Bajo su forma de humano no se daba cuenta pero de estar en apariencia de dragón, inevitablemente no pasarían inadvertidos por sus largos bigotes, aquella sensación de vértigo del estro más brutal interiorizado por la cercana presencia de un dragón hembra.

Cuando Shàsera volvió a abrir los ojos, unas nubes ponzoñosas empezaron a enrollarse unas a otras para dar lugar a una tormenta demasiado violenta como para permitir el paso de cualquier criatura del aire, y fue en ese preciso instante en que a los vivos habitantes de la región, un vago pensamiento tal vez fruto de la magia se formó en lo que tenían entre las dos orejas; su tierra no los echaría en falta aunque desapareciesen de su faz al día siguiente. Y en esos delirios perdidos, muchos empezaron a dormirse.

 Capítulo VIII    Capítulo X