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La Estrella de los Tiempos ~ Varios Autores ~ Fantasía |
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~ Preludios ~ por Anacanudas ~ |
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Las alas extendidas debían medir de punta a punta ocho metros, y Armwood, aunque era la primera vez que veía un dragón, estaba convencido que, este, era francamente pequeño y francamente viejo y achacoso. Pero el también joven brujo rojo debía reconocer que estaba francamente asustado.
Sabía todo lo que debía saber sobre un dragón rojo. Sobre todo porqué era el símbolo de su orden de magos, y porqué sobre la torre rubí de Hardar y en cada uno de sus escudos, banderas y blasones aparecía un gran dragón rojo rampante.
Además en los estudios de la torre, entre otras muchas cosas, se estudiaban todos los tipos de dragones vivos y extintos. Y aunque la mayoría eran extintos o subyugados a los caballeros dragón, aún había suficientes sueltos como para merecer conocerlos.
Ahora bien, Armwood, a pesar de su apariencia despistada y su actitud desordenada, sus preceptores sabían perfectamente que se hallaban entre uno de los mejores estudiantes de los últimos milenios, por no decir de todos los tiempos, si se exceptuaba tal vez su condiscípula Sháhera.
Pero el joven mago rojo acababa de aprender que conocimiento y sabiduría no era lo mismo, pues todos sus conocimientos restaban completamente olvidados en ese momento, enterrados por el terror atávico que aquel ser majestuoso y terrible provocaba en su corazón.
El dragón parecía sonreír con cinismo, si uno pudiese definir ese tipo de sentimientos en el rostro impenetrable de un dragón, seguramente divertido ante la sensación que causaba.
El mago intentaba mantener la compostura, pues incluso aterrorizado, era joven y demasiado orgulloso para permitir que un maldito dragón se riera de él. Levantó la varita, intentando aparentar sensación de seguridad. Claro que pisarse el bordillo de la túnica y trastabillar tres metros antes de alzarla no ayudó mucho a dar esa sensación.
El dragón alzó una ceja, divertido ( bien, o eso le pareció al mago)
-¿No sacas una espada?- preguntó con sorna. La voz cavernosa, hizo dar un salto atrás al mago, y sintió cómo el fuerte aire que emitía la boca del dragón al salir los sonidos hacían que sus largos y rizados cabellos se encresparan alrededor de su rostro.
Se ha de reconocer que el mago mantuvo el tipo, a pesar de casi caerse, pues su rostro logró mantenerse impertérrito. El gesto de cabeza divertido del dragón podía interpretarse como que reconocía ese tipo de valor estúpido.
-No necesito espadas, en mi varita está todo mi poder-. El Dragón levantó la cabeza, y se puso a reír a carcajadas. El mago se agachó para evitar que la embestida del aire lo tirara de nuevo, aumentando el ridículo.
-¿Un mago? Por todo el Equilibrio, ¿Sabes a cuántos magos, los dragones nos hemos comido para merendar?- El mago no pudo impedir que su orgullo aflorara, a pesar que sabía que aquello podía significar su muerte. No convenía hacer enfadar a un dragón, primera línea del libro de texto de primero en la Torre Rubí.
-¿Sabes cuántos dragones han muerto a manos de magos rojos con varitas como esta?- El Dragón no pareció enfadado sino más bien pensativo. Armwood se preguntó cómo podía dar capacidad de expresarse al rostro de aquella bestia.
-Muchos, sí, tienes razón, pero tú sólo eres un aprendiz de mago- Armwood sintió crecer la rabia en su corazón y ocupar el lugar del miedo.
-¿Cómo te atreves? Soy un mago rojo, he sido nombrado por el gran mago en la orden...
-Hace qué..., un año, dos a lo sumo... Aunque fueras el mejor alumno de la Torre Rubí, eres demasiado joven para que haga más.- Armwood sonrió satisfecho.
-Soy el mejor alumno, y hace tres años que fui instaurado.- El dragón silbó de fingida admiración, y Armwood estuvo a punto de perder su puntiagudo sombrero por el aire que provocó. Lo agarró con una mano intentado permanecer con un mínimo de dignidad.
-He de reconocer que es espectacular, pero si eres tan listo conocerás la historia de aquellos que consiguieron someter a dragones rojos, los más bravos y duros de roer después de los negros.- Armwood pasó por alto la bravata del dragón rojo, dándose cuenta que solo era una respuesta a su vacía bravata anterior. A su pesar sonrió. ¡Vaya¡, !Ese Dragón tenía sentido del humor!
-Claro, los dragones siempre habeis abusado de vuestro poder. No pasarás a tu forma humana para poder medir nuestras fuerzas en condiciones de igualdad.- Armwood sabía que aquello era estúpido, pero no se le ocurría nada mejor, no era capaz de pensar con demasiada claridad. El dragón pareció leer su pensamiento.
-Sí, muchacho, extremadamente estúpido, ¿crees que puedo caer en ese tipo de provocación?- El mago rojo se encogió de hombros, el dragón pareció sonreír- No sé qué dicen tus libros de texto, pero aunque me vieras en forma humana no tendrías muchas más posibilidades, mi fuerza es infinitamente inferior y mi resistencia a la magia decae inquietantemente, pero incluso así los magos más poderosos tendrían problemas para vencerme- Armwood se volvió a encoger de hombros, pensando que, de nuevo, era una bravata-. No chico, no, aunque te parezca un dragón joven, que lo soy, llevó unos dos mil años encima de mis huesos- Armwood abrió los ojos desmesuradamente, sabía que los dragones vivan milenios, pero hallarse delante de alguien que siendo joven ya había vivido dos mil años, sabiendo que él a lo sumo viviría unos quinientos y eso siendo mago, hizo crecer el respeto por aquel ser extraordinario.
-Creía que los dragones erais orgullosos y estúpidos y que te podría hacer caer en algún tipo de trampa aprovechando esa debilidad.- El dragón asintió con un leve cabeceo.
-Los dragones no somos menos orgullosos y estúpidos que los jóvenes magos, y lo somos bastante menos que la humanidad en general, joven amigo.- Armwood se sorprendió tanto de lo que el Dragón decía como de que le hubiera llamado joven amigo. Miró indeciso al dragón de reojo.
-Así ¿qué es lo que propones? ¿Porque estás proponiendo algo? ¿Verdad?- El Dragón asintió lentamente.
-Mira, no tengo ningún interés en comerte. De hecho acabo de comer, y los magos en general y los rojos en especial tenéis muy mal gusto- Armwood se limitó a sonreír a pesar que creía firmemente que aquel dragón jamás había probado un mago- Además estaba a punto de hacer mi siesta y no me apetece luchar, así que podemos hacer dos cosas, guardas tu varita y hacemos un pacto o te como. ¡Tú eliges! -Armwood miró al dragón con suspicacia.
-¿Un pacto? ¿Qué pacto?- El Dragón rojo con impaciencia explicó.
-Los caballeros del dragón parecen empeñados en someter a todos los dragones. Pero los magos rojos estáis autorizados a someter dragones ¿no? -Armwood asintió un poco confuso.- Pues quiero que me sometas.- Armwood abrió los ojos, incapaz, de comprender.
-¿Quieres que te someta, de verdad?- El Dragón asintió Armwood movió la cabeza, confuso aún.- Pero deberás venir conmigo, perderás tu libertad -El dragón asintió.
-Sólo perderé la libertad que tu quieras quitarme. Un caballero dragón me quitará la libertad y la voluntad.- Armwood alzó una ceja comprendiendo al fin.
-Esto no ha sido un encuentro casual.- El dragón asintió- Tú pretendías que te subyugara, ¿no?- El dragón volvió a asentir- ¿Porqué?
-Porque llevo decenios buscando algún mago rojo a quien subyugarme para evitar la persecución de los caballeros del dragón, y eres el primero que he encontrado suficientemente inteligente para comprender que te seré más útil como amigo que como esclavo.- Armwood recapacitó, y lentamente, como si su mente poco a poco fuera comprendiendo todo aquello que el dragón le explicaba, fue asintiendo. Al final el dragón miró al mago con suspicacia y después de un instante de indecisión, un halo rojizo apareció a su alrededor.
Para entusiasmo de Armwood, comprendió que estaba viendo aquello que pocos magos, y menos humanos habían visto nunca, la transformación de un dragón en su forma humanoide. Cuando el fuerte resplandor rojizo hubo desaparecido, apareció un humano de piel cetrina, y negros cabellos, desnudo, alto y sonriente que se dirigía al mago con la mano extendida. Armwood intentó evitar la visión, pero el humanoide era demasiado grandote y estaba demasiado cerca para no verlo en su totalidad. El dragón se dirigió hacia él con paso rápido y decidido y le tendió la mano. Armwood con el rostro como una grana e intentando mirar solo a sus ojos, extendió la mano.
-Me llamo Kiria - Exclamó el dragón, su voz seguía retumbando aunque sin la potencia de antes. Armwood sonrió y dijo.
-Yo soy Armwood.- El dragón asintió también con una sonrisa.
-¿Trato hecho?- El mago no mostró indecisión y contestó.
-Trato hecho.
* * *
Cuando Armwood apuró su cerveza, Kiria lanzó una sonrisa cómplice con el tabernero. Los dos esperaban cuál sería el momento que el joven caería redondo. La taberna estaba llena de magos rojos y verdes que habían participado en el último concurso de sortilegios y encantamientos.
El mago rojo era uno de los más brillantes que jamás existirían en su orden, pero para los sortilegios era un verdadero desastre. Para ejecutar bien un sortilegio debía recordar la salmodia, y Armwood era incapaz de recordar tres palabras seguidas. El mago siempre llevaba en sus amplios bolsillos mágicos su libreta de salmodias. Pero en un concurso se suponía que ganaba el mejor, así que Armwood no podía usar su libreta.
El mago, desesperado, dio un golpe en la mesa pidiendo otra jarra. El tabernero miró inquisitivo a Kiria, pero el mago hizo un gesto ceñudo que convenció al orondo hombre de no contradecir al mago.
Kiria empezaba a enfadarse con su desanimado amigo.
-Beber no te va ayudar en nada-. La mirada furiosa del mago hizo retroceder a Kiria.
-No, efectivamente, lo que me hubiera ayudado es que un dragón estúpido utilizara el manto de invisibilidad para recordar los sortilegios. Kiria amenazó con la mirada al mago, pero el mago rojo no se dejaba intimidar fácilmente.
-Danae me vio, me obligó a quitarme el manto. Armwood miró desconsolado a su amigo. Cogió la jarra y la apuró de un sólo trago. Se tambaleó y a punto de caer se sujetó a la barra de madera. Su amigo Kiria lo obligó a sentarse en un también tambaleante taburete.
-Si, Danae te vio y ahora la vergüenza cae sobre mí, ella sabe que soy un necio, y mago nefasto, que no merezco ni una mirada suya-. Kiria rebufó.
-Has quedado el tercero, el tercero... cualquiera diría que de entre más de cien magos eso fuera un deshonor. Armwood alzó la mirada y escrutó a su compañero con atención.
-Querido Kiria, Sháhera y Danae han quedado por delante de mí, y ella sabe que intenté hacer trampas. Kiria alzó una ceja, divertido.
-¿Y eso importa?- El mago bajó la mirada, compungido.
-¿Que si importa? ¿Que si importa? Danae es la mujer más bella que ha pisado nunca la Torre Rubí, sus ojos jade, su negro y largo pelo azabache, ¿y preguntas si importa que ella sepa que he hecho trampas?- Kiria enarcó una ceja, el mago estaba gritando y otros contertulios se estaban fijando en su conversación.
-Danae me pidió que abandonara la sala y yo tuve que obedecer- respondió el Dragón ecuánime. El mago rojo sintió cómo la rabia le aceleraba el corazón.
-¿Tuviste que obedecer? ¿Obedecer? Tú eres mi Dragón, yo soy tu custodio, ¿y la tenías que obedecer a ella?- Kiria enarcó las cejas con preocupación. Algunos magos estaban prestando mucho interés a su conversación. Kiria intentó hacerle una señal, indicarle que estaba haciendo el ridículo, pero el mago estaba muy enfadado. Tan enfadado que incluso la cerveza parecía haber desaparecido de su cuerpo.
-Danae puede ser muy convincente-. Armwood abrió mucho los ojos, desconcertado.
-¿Estás enamorado de ella?- Kiria levantó la mirada, atónito.
-¿Yo? ¿De una humana? No digas tonterías. - Armwood sonrió malévolo.
-¿Oh? Sí, estúpido dragón, estás enamorado de ella, y pretendías dejarme en mal lugar, ¿No es cierto? Kiria miró a su alrededor desconcertado. Algunos magos los miraban con interés y Kiria comprendió que sabían que habían intentado hacer trampas en el concurso y que estaban terriblemente enfadados, y suponía que pronto les harían papilla, pero por otro lado si no aclaraba aquel terrible malentendido con su mago, el que le haría papilla sería Armwood.
-Estúpido mago, Danae no necesita enamorarme para someterme, es una poderosa maga roja-. Sabía que aquello era una estupidez, Kiria se había sometido voluntariamente a Armwood y solo podía obedecer sus ordenes. Sólo pretendía ganar tiempo. Pero Armwood no parecía convencido en absoluto, y con un gesto imperativo alzó la mano para iniciar un encantamiento.
Los otros magos sorprendidos, comprendieron en seguida que era un encantamiento de ataque y pensando que iba dirigido ellos, todos iniciaron sendos encantamientos de ataque y protección. Kiria que, demasiado tarde se dio cuenta que estaba en medio, intentó pensar algo rápido para impedir que aquellos ataques lo pulverizaran, pero la única cosa que podría detenerlos era su correosa piel de escamas de su forma de dragón, pero si se materializaba allí destrozaría la taberna, y Armwood estaría cien años pagando desperfectos.
El dragón pensó en agacharse, pero entonces los encantamientos llegarían a sus destinos, y con más de 15 magos allí dentro, aquello se podría convertir en una batalla campal.
Armwood percibió el movimiento de los encantamientos de sus compañeros antes de que Kiria siquiera tuviera tiempo de acabar de pensar y hizo un movimiento impetuoso de sus dedos y de repente el dragón sintió rielar todo su cuerpo, y con una leve sonrisa, comprendió que los otros magos rojos, asombrados veían desaparecer a su contrincante.
La taberna, conmocionada, vio desaparecer a los dos individuos, y a pesar de haber confesado hacer trampas, no podían hacer nada contra ello, pues Armwood seguía siendo el mago más poderoso de la Torre Rubí, y el único que podía acometer encantamientos de teletransporte.
Kiria miró con una sonrisa mordaz a su compañero. Armwood a pesar de las múltiples jarras de cerveza de mijo, y la conmiseración que sentía por si mismo, había realizado el encantamiento más complicado que podía hacer un mago rojo.
-Bueno muchacho, si pretendías que toda la ciudad hablara de tu encantamiento para presumir delante de Danae, lo has logrado.
Armwood hizo un gesto huraño, pero poco a poco fue comprendiendo lo que le decía su compañero. Una leve sonrisa que poco a poco se fue ampliando, hasta convertirse en una franca sonrisa. Kiria coreó su carcajada hasta que los dos amigos, mago y dragón en un abrazo impetuoso, no pudieron dejar de reír.
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