Relatos - La página de MillerNov




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La Estrella de los Tiempos ~ Varios Autores ~ Fantasía
 ~ Capítulo X ~ por Anacanudas ~
Roxana se inclinaba intranquila sobre su recién adquirido artilugio fascinada por su brillante luminiscencia. La quietud que la rodeaba, la inquietante oscuridad, el hecho de que ni las estrellas fueran visibles en aquella gélida noche, no parecía inquietar tanto a la maga verde, como aquella refulgente luz que hacia horas que la dominaba.

La mujer había dejado caer sus largos cabellos rojos sobre sus hombros y la luz ambarina refulgía a través de ellos, creando extrañas formas en las tapizadas paredes de su habitación ahora oscuras como el ónice. Cualquier mago que se precie hubiera presentido que aquella luz tenia una procedencia tétrica y oscura, cualquier mago que no hubiera caído ya en sus garras.

Los ojos de Roxana, verde jade, habían adquirido aquel brillo ambarino, inquietante y terrorífico. La sonrisa que iluminaba su rostro desfiguraba sus facciones en una terrible mueca de horror y dolor, como si la muchacha luchara contra sus propias emociones, sin conseguirlo.

El potente y estridente grito rasgó el silencio de la noche, pero nadie pareció percibirlo. La sonrisa del rostro de Roxana se hizo más amplia, y la mueca de terror desapareció, sustituida por una expresión sádica de triunfo. Sháhera miró a través de los ojos ambarinos, la mano crispada sobre el cuchillo. Aquel cuchillo serpiente, encantado con poderosas runas, tenia escrito un nombre en su hoja y no abandonaría aquella mano crispada hasta haber cumplido con su cometido. Las runas dejaron de brillar, y Roxana poco a poco se dio cuenta que el brillo ambarino de su artilugio había desaparecido. Sin saber muy bien de donde había salido guardó el cuchillo.

* * *

Nadie, ni siquiera el Señor del Dragón, que dormía a su lado, parecía haber escuchado aquel terrible grito de horror. La dragona dorada Seloé se incorporó, incomoda, y suavemente se acercó a su amo. Sus labios pronunciaron su nombre en un tono inaudible para cualquier humano, excepto para un Señor del Dragón.

Seloé se removió inquieta. Podía ver la respiración tranquila de su señor que abultaba pausadamente su pecho, pero sabía que algo iba terriblemente mal allí. Su señor tendría que percibir a su dragona nada más moverse esta y en cambió ni siquiera la oía. La dragona dorada se relajó. Ellos ya habían llevado a buen término su cometido, la predicción del mago dorado de la ciudad de los Señores del Dragón ya había sido comunicada, y no debía preocuparse por nada más.

A pesar de ello, la dragona sintió que un escalofrío recorría aquel extraño cuerpo al que ella, dada su juventud, aún no se había acostumbrado. Algo más allá de sus débiles sentidos humanos estaba ocurriendo y presentía que era importante. Pero su señor no despertaba y ella no sabía qué debía hacer.

Decidió abandonar su forma humana. Sus sentidos en este plano y en el mágico eran extremadamente mucho más sensibles como dragona. Aquella transformación era terriblemente dolorosa, pero a la dragona no le importaba el dolor, era capaz de soportarlo.

Precisamente lo más complicado de esa transformación era precisamente cuando sus sentidos se despertaban de nuevo a todo aquello que la rodeaba, percibiendo, de repente, todo lo que la humana había sido incapaz de percibir. Una espada de dolor incandescente atravesó su mente. El dolor, lacerante, no le impidió darse cuenta de lo que pasaba: ¡Mantas! ¡Por todos los espíritus de los Dragones! Por eso nadie se había apercibido de aquel terrible grito en la noche. La ciudad no le importaba mucho a la dragona, pero Seloé era consciente que su señor también estaba afectado. Pero ella no podía con las Mantas voladoras, aquello era muy superior a sus capacidades. Nadie podía ayudarla. Bien, nadie no. Kiria permanecía en el templo, en forma humana pero si ella le obligaba a transformarse, entonces Kiria sabría qué hacer....

Seloé odiaba a los dragones rojos, y ella sabía que Kiria también la odiaba a ella. Entrar en el templo no sería problema con el amuleto de Gwinnett que portaba, si recuperaba su forma humana en el momento justo. Pero Kiria no le daría oportunidad. Seloé era consciente que lo más probable es que muriese antes de poder decir nada.

Miró a su señor una vez más, su rostro plácido y tranquilo, e hizo un gesto con su cabeza de dragona que muchos hubieran considerado muy humano. En realidad, no tenía elección. Alzó el vuelo en silencio absoluto, moviendo las alas con elegancia y control. Voló a ras de la ciudad, intentando eludir las Gárgolas Guardianas. Subió hacia el templo aprovechando corrientes sin hacer el menor ruido, y con una agilidad sorprendente para alguien tan inmenso, se posó en un enorme ventanal que sólo sus sorprendentes sentidos de dragón podían distinguirlo de los otros cientos de ventanales de la torre.

Unos instantes después una figura desnuda, fibrosa, musculosa, y de formas perfectas, se formaba a los pies de la cama de Kiria. El dragón en su forma humana tenía sus sentidos muy mermados. Aún así había sentido a la dragona al instante. Se incorporó ágilmente y desenvainó su espada. La dragona, al parecer, consciente de que iba a morir, cerró los ojos y abrió los brazos en señal de resignación. El dragón que hacia siglos que corría por el mundo, se había acostumbrado a su forma humana mucho más que la mayoría de dragones, y no pudo evitar extremecerse ante aquella dragona extremadamente esbelta, de cabellos dorados y formas perfectas. Levantó la punta de su espada y recorrió la dorada piel del costado de su contrincante, hasta situarse a la altura de su cuello humano.

-Explícate rápido, antes que me arrepienta- exclamó el dragón.

Los ojos de ella se abrieron de repente, hiriendo a Kiria en lo más profundo de su ser, con aquella refulgente luz dorada, con una sorprendentemente bella expresión de sorpresa.

 Capítulo IX    Capítulo XI