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La Estrella de los Tiempos ~ Varios Autores ~ Fantasía |
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~ Capítulo XI ~ por MillerNov ~ |
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Confundido, pero sobre todo atraído por la visión que tenía enfrente, sintió como su instinto más primario se desbocaba.
-Despierta dragón, no me mires con ojos de humano- la voz, aunque algo ronca, tenía una musicalidad que rayaba en lo sensual, y llegó a sus oídos reptando sinuosamente por el aire, e hizo que algo cambiara en su actitud con ella.
Bajó un tanto la espada, incapaz de apartar su mirada de los ojos de Seloé, intentó asimilar toda la información que percibía.
-¿Es qué no hueles las Mantas?- preguntó la dragona, algo más confiada, pero con el mismo tono de voz, tan provocativo, con la certeza de volver a turbar los oídos del dragón.
Kiria, intentando que su sentido común se sobrepusiera a la excitación que sentía, luchó internamente hasta que reaccionó. -¡Por todos los Dragones Sagrados!- exclamó, -¡rápido, a la habitación de Armwood!-, dando media vuelta, salió tan velozmente como pudo con la dragona siguiéndole.
* * *
Roxana había llegado con tal sigilo hasta la puerta, que ni el gato más astuto habría detectado que algo se movía por el oscuro pasillo. De la misma manera, giró el pomo y la empujó suavemente y cuando hubo suficiente espacio se coló dentro la habitación. Con un suave movimiento, llevó la mano a su cinturón de fieltro y tomó el cuchillo. «Aunque no esté destinado para ti, serás quien primero muera esta noche. Eso facilitara mi trabajo» pensó la maga verde. Sujetó el arma con ambas manos, y las alzó por encima de su cabeza con la hoja apuntando hacia delante. Con toda la fuerza que pudo imprimir a sus brazos, descargó la fatal puñalada. Un golpe sordo, amortiguado por el relleno de lana del colchón, que tan fácilmente había atravesado el filo, le indicó que la cama estaba vacía. Sus labios se contrajeron, el gesto de rabia contenida, evitó el delator grito que le habría gustado desatar. Inmediatamente invocó un hechizo de luz, y en la palma de su mano apareció una esfera luminosa. Toda la habitación se inundó con un fulgor esmeralda.
-¡Maldición!- exclamó, -la asesina ha desaparecido-. Observó que la ventana estaba abierta, aunque a través de ella, esa noche, no se podía distinguir más que un tétrico velo totalmente negro.
* * *
Las repentinas corrientes de fétido aire frío y la humedad, reinaban por los interminables túneles que formaban el laberíntico sistema de alcantarillas de Ornoi, y hacían que la llama de la antorcha que sujetaba Rowina parpadease, emitiendo destellos irregulares que se reflejaban en las mojadas paredes de piedra, creando así, grotescas sombras y dificultándole la visión. Había perdido la noción del tiempo, y no sabía cuántas horas llevaba vagando por el subsuelo de la ciudad.
No estaba dispuesta a dejarse utilizar por una cuadrilla de magos incompetentes, que ya habían demostrado sus errores en el pasado. Ella tenía un compromiso con su gremio, y no quería pensar en las consecuencias que le acarrearía su incumplimiento. Tampoco le apetecía servir de cebo para la bruja. En sus planes iniciales no entraba la magia en absoluto, y por lo que había oído hasta ahora, los asuntos de los magos no habían hecho otra cosa que empeorar la situación. Si Shàsera era capaz de detectar la magia, sola, quizá tuviera una posibilidad. Usaría la estratagema de los magos en su favor.
Sin saber que gracias al espeso manto de tierra y adoquines que había entre su cabeza y el exterior, se había librado de caer bajo el hechizo que afectaba al resto de la ciudad, siguió buscando un desagüe que la llevara al otro lado de las murallas.
* * *
Moviéndose espasmódicamente, Armwood dormía en su cama, presa de alguna pesadilla. Cientos de minúsculas perlas de sudor adornaban su cara y la parte de la cabeza donde el cabello ya empezaba a escasear, brillantes, a causa de la luz que derramaba el candil que sujetaba Seloé. Kiria se desesperaba por momentos, incapaz de despertar a su viejo mago.
Dragona y dragón tensaron de repente sus cuerpos, sus sentidos les habían alertado. Algo se movía acercándose a ellos. Kiria hizo una seña, y Seloé apagó rápidamente la luz que emitía el quinqué. Abriendo con cuidado la puerta, la cabeza humana del dragón se asomó tímidamente al pasillo. No pudo creer lo que percibió; al final del largo corredor, una silueta que reconoció perfectamente, se estaba aproximando lentamente, rodeada de un halo verdoso. Además pudo sentir distintas formas de magia en la figura. Cerró la puerta, desenvainó la espada y esperaron en la oscuridad de la estancia.
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